Chacareras marcianas
Por Ulra
La llanura se extendía entre piedras oscuras y ondulaciones de polvo rojo. A lo lejos, las paredes de un cráter cortaban el horizonte como las ruinas de una ciudad sin ventanas. Una vez había visto algo parecido por un estudio del centro espacial Tiangon. El viento arrastraba pequeñas columnas de arena que avanzaban unos metros, se desarmaban y volvían a levantarse. El Sol apenas asomaba sobre las elevaciones del este. Visto a través del vidrio protector, era un disco pequeño y pálido, sin la familiar contundencia del sol terrestre. Su luz oblicua alargaba las sombras de las antenas y encendía destellos en los conductos metálicos de la colonia.
Vera Sosa, corrió su cabello, apoyó una mano en el marco de la ventana. Apoyo su mentón en sus nudillos. Sus ojos eran marrones, su piel morena, su cabello lacio y negro, alta, su mentón afilado, y su cuerpo delgado. Un traje azul espacial de última generación y ajustado de neopren. Del otro lado del cristal no había un solo árbol. Pero había campos. Los llamaban campos reacondicionados, aunque ninguno había conocido jamás una cosecha. Eran largas parcelas cubiertas por bóvedas presurizadas, construidas sobre depresiones del terreno para protegerlas del viento. Dentro, el material marciano había sido lavado, tratado y mezclado con nutrientes y materia orgánica producida en los recicladores. Donde el suelo todavía no servía, las raíces crecían en canales de agua, sostenidas por soportes porosos. Bajo la iluminación violeta de los invernaderos se alineaban papas, hojas verdes y pequeñas plantas de trigo. En las paredes interiores, las gotas de condensación descendían hacia canaletas que devolvían el agua a los depósitos. No se desperdiciaba ni siquiera el vapor que alguien dejaba al respirar.
Entre los cultivos avanzaba una máquina de ocho patas articuladas. Se detenía junto a cada hilera, extendía un brazo fino y examinaba las hojas sin rozarlas. Se llamaba ''Carito''.
Más allá trabajaban sus compañeras: Otra máquina llamada ''Pensar en nada'', que levantaba muros con bloques fabricados a partir del material del terreno; la otra se llamaba ''Cachito'', baja y ancha, diseñada para buscar hielo bajo la superficie; y Arriera III, era un transporte de seis ruedas que llevaba herramientas, cosechas y personas entre las estaciones. Eran máquinas de tercera generación, descendientes tecnológicas de los antiguos exploradores robóticos que ya recorrían Marte en 2026. Curiosity y Perseverance figuraban en sus archivos de diseño como los nombres de unos abuelos remotos. Las nuevas máquinas tenían cuerpos modulares, herramientas intercambiables y superficies que se sacudían para desprender el polvo. Cuando una pieza fallaba, otra unidad podía retirarla y llevarla al taller. A Vera le gustaba especialmente "Carito". Tenía un faro ligeramente torcido que nadie conseguía corregir. Las colonias se extendían más allá de los campos, conectadas por galerías presurizadas. Desde afuera parecían terraplenes atravesados por puertas hidrostáticas, buena parte de las viviendas estaba enterradas o cubierta con gruesas capas de material marciano. En la superficie sobresalían las esclusas, los invernaderos, las torres de comunicaciones y las instalaciones de energía. Dentro, en cambio, había pasillos estrechos, cocinas compartidas, talleres, dormitorios y paredes donde los habitantes pegaban fotografías de lugares con lluvia.
La colonia de Vera se llamaba Horizonte Sur. Una multinacional de Black Rock. A varios kilómetros estaban las estaciones de investigación Amancay y Río de las Estrellas. Sus habitantes se conocían por la voz antes que por la cara, porque la mayor parte de las conversaciones sucedía a través de una radio. Todo estaba medido: el agua, la presión, la energía, el aire. Por eso, aquella madrugada, Vera supo que algo no encajaba. La primera señal no fue una palabra ni una imagen. Fue un golpecito.Tres golpes cortos, una pausa, otros tres. Un ritmo que aprendió en zamba cuando era chica y vivía en la Tierra. Se le hizo familiar. Lo escuchó a las cuatro de la mañana, mientras revisaba los archivos de una sonda abandonada en Marte desde hacía ochenta años. El aparato llevaba décadas sin responder, pero esa noche había despertado y transmitía un sonido que no figuraba en ninguno de sus protocolos.
Vera se acomodó los auriculares.
—Una pieza floja —murmuró.
Entonces apareció un segundo sonido. Más agudo. Casi una cuerda. La agencia espacial tardó once días en autorizar una investigación y otros seis meses en reconocer que no sabía qué estaba investigando. Se habló de interferencias, descargas eléctricas y dilataciones térmicas. Vera, que había crecido en Santiago del Estero, tenía una objeción.
—La dilatación térmica no suele entrar a tiempo en el estribillo.
La mandaron a investigar. Había llegado a Marte después de un viaje de siete meses. Ahora, desde la base, debía preparar una expedición hasta la vieja sonda, situada al otro lado de una región de terreno inestable. Durante todos los meses de discusiones y preparativos, los golpecitos continuaron. No le molestaban, era un ritmo dulce a chacarera. A veces se interrumpían y volvían a empezar desde el principio. Otras veces uno de los sonidos se adelantaba, todos se detenían y después llegaba una vibración grave, prolongada, que a Vera le parecía un rezongo.
"Carito'' la llevó hasta el borde de la zona segura. Desde allí continuó en un pequeño vehículo de exploración. Cuando llegó, encontró una máquina cubierta de polvo rojo, inclinada sobre una rueda rota. No había antenas nuevas, cables exteriores ni señales de intervención. Abrió el compartimiento de instrumentos. El sonido cesó.
—Bueno —dijo—. Por lo menos saben cuándo entra alguien.
Dentro había una costra verdosa, apenas visible, alrededor de un viejo sensor de humedad. Vera tomó una muestra y la llevó al laboratorio del módulo. Bajo el microscopio aparecieron miles de microorganismos. No estaban dispersos. Formaban círculos, hileras y pequeños grupos alrededor de estructuras hechas con fibras desprendidas de los aislantes. Algunos empujaban granos de polvo contra una membrana. Otros tensaban filamentos entre dos cristales. Vera amplió la imagen. Un microorganismo golpeó la membrana.Tres golpes cortos. Los demás se quedaron quietos. Después, otro tiró de un filamento. Vera dejó de respirar por un instante.
—No puede ser...
El análisis genético reveló que descendían de bacterias terrestres. Sus antepasados habían viajado ocultos en una junta de la sonda, protegidos de la limpieza. Una pequeña fuga del sistema térmico les había proporcionado calor; la condensación, agua. Durante generaciones incontables, habían vivido en aquel refugio y aprovechado los residuos del aparato. Hasta ahí, Vera podía escribir un informe. Lo que no podía explicar era por qué uno de ellos estaba probando sonido. Buscó en los archivos originales de la misión. Encontró planos, registros de fabricación, controles sanitarios y una carpeta de audio que un técnico había cargado clandestinamente durante el ensamblaje. El técnico se llamaba Ramón Sosa. Su padre. Vera abrió el primer archivo. Sonaron una guitarra y un bombo. Miró el microscopio. La colonia entera se agitó. Durante ochenta años, un fallo había reproducido aquella carpeta a través de un pequeño transductor. Las vibraciones habían atravesado el compartimiento donde sobrevivían los microbios. Primero las habían soportado. Después habían empezado a responder. Ahora tenían repertorio.
Pero la carpeta guardaba algo más, el programa experimental con el que su padre había intentado reconstruir la historia de los átomos. Lo había llamado “Memoria del aire”. Nadie en la agencia lo había tomado en serio. Según Ramón, cada átomo conservaba un eco diminuto de los lugares por los que había pasado. No una memoria de palabras o imágenes, apenas una vibración que su aparato, si tenía suficiente paciencia, podía convertir en sonido.
Vera conectó el programa al analizador del laboratorio. La pantalla tardó toda una noche en responder. Al amanecer apareció el primer resultado. Ella se dejó llevar por el sol que daba en su piel y pensó: los microbios que hoy respiran en el fondo de cualquier charco descienden de otros que ya respiraban cuando el aire todavía no era de nadie. Quizás cuando explotaron las estrellas. Luego, los átomos de oxígeno que se consumen fueron un inicio del mundo con una invasión vegetal, insectos, lagartos, y un mamífero pequeño que sobrevivía bajo la tierra con una táctica de lucha y huída. Quizás no fueron los homínidos nuestros ancentros sino un familiar de este ratoncito que se la tenia que ingeniar para sobrevir a las grandes bestias, pensó. Sólo hacia una comunidad. Pasaron, también, antes por los pulmones de los dinosaurios, por las branquias de los peces, por la inmensidad de las ballenas, por los ocho brazos de los pulpos que tantean el fondo del mar. Pasaron por los cazadores que siguieron a la manada hasta que el hambre se volvió costumbre, y de la costumbre nació el fuego, y del fuego el primer excedente, y con el excedente llegó lo que Engels vio nacer junto a la familia y al Estado: alguien que mandaba y alguien que cargaba.
No se podía explicar, pensaba, no encontraría, por ahora, el origen de este descubrimiento porque era científica pero podía caracterizar el mundo, pensó.
Se concentró más. Ese aire llenó el pecho de las amazonas que cabalgaron en los bordes de los imperios, y el de los miles de hombres y mujeres que arrastraron piedras bajo el sol para que el faraón pasara a la eternidad con su nombre grabado en una obra que no había tocado. Lo respiraron los pensadores griegos mientras discutían el ser en la sombra de un pórtico, con el ocio que les garantizaban los esclavos del Laurión, enterrados vivos en las minas de plata. Lo respiraron los generales de Asia que midieron el mundo en jornadas de caballo, y los conquistadores que cruzaron el Atlántico con la cruz y la espada para que Potosí se convirtiera en la sangre barata de Europa. Esa plata fue el primer gran capital financiero del planeta, y la mano de obra que la extrajo no figura en ningún balance. También lo respiró Túpac Amaru en la plaza del Cusco, cuando le ataron las extremidades a cuatro caballos y su cuerpo todavía se negó a rendirse. Quizás yo esté respirando los átomos que respiraron ellos y ellas, pensó.
Pasó por quienes se quedaron mirando lo invisible, las investigadoras que persiguieron otras dimensiones, la matemática que anticipó la computadora cuando faltaba un siglo para construirla, y por los que de tanto mirar el cielo terminaron frente a un tribunal. Y pasó, sobre todo, por los cuerpos de los que no tuvieron monumento: la tejedora de Manchester que perdió los dedos en el telar mecánico, el pibe de la mina que no llegó a los veinte, el fundidor que respiraba humo para que el vapor moviera locomotoras que iban a otro lado. El carbón convirtió ese aliento en mercancía. La electricidad lo volvió turno y la cadena de montaje lo midió con cronómetro. Lenin lo respiró en el exilio mientras leía a Hegel, y Trotsky lo respiró en un tren blindado que cruzaba la nieve. Rosa Luxemburg lo respiró hasta el último segundo, cuando la tiraron al Landwehrkanal, y Kollontai lo respiró en los pasillos del Zhenotdel, convencida de que el amor también debía liberarse del Estado y de la propiedad.
Lo respiraron los trabajadores que organizaron los gremios en el Buenos Aires de 1900, y los peones de la Patagonia que los fusiles de Varela dejaron tendidos contra el alambrado en 1921. Lo respiró Gregorio Flores cuando Córdoba se levantó en el 69 y la fábrica y la universidad se encontraron en la misma calle. Lo respiraron Fischer y Bufano, los treinta mil que ya no están, Walsh entre ellos, con su última carta dirigida a una Junta que no se dignó a leerla, y lo respiraron los obreros cuando decidieron que la fábrica podía funcionar sin patrón. Ese aire sigue circulando por las asambleas y los piquetes, por la docente que sostiene una escuela sin presupuesto en El Malezal, por el obrero de Fate que mira el expediente judicial con su nombre, por el pibe que mira un alquiler imposible desde su celular.
Hoy las mismas moléculas recorren los centros de datos donde se calculan los bonos de las corporaciones que prometen una inteligencia sin cuerpo, financiada por fondos como BlackRock con deuda que algún Estado terminará garantizando. La máquina más sofisticada de la historia necesita agua para enfriarse y electricidad para pensar, y detrás de esa electricidad hay mineros y operarios, en el Congo, en Potosí, en el litio de la Puna. El proceso que empezó con el fuego llegó al algoritmo sin cambiar de naturaleza: el trabajo humano sigue siendo la sustancia que se apropia otro, y el aire sigue siendo lo único que el capital todavía no logró cobrar por bocanada. Ella se descubrió pensando que pensaba.
Por eso se dio cuenta que los microbios, herederos mudos de ese linaje, seguian respirando el mismo oxígeno que respiraron Espartaco y los mineros de Potosí, Gregorio Flores y los trabajadores del Cordobazo, del 2001. En cada molécula queda un resto de las batallas que se perdieron, se ganaron y de las que están por darse. Quien se apropie del aire, se apropiará también de la memoria, y la memoria de los de abajo es la única que todavía no tiene dueño.
Átomos que habían atravesado selvas desaparecidas, circulado por océanos y permanecido encerrados en el hielo antes de volver al aire. Uno de los registros produjo un bramido tan profundo que el instrumentalista de la membrana se escondió debajo de un tornillo. Después aparecieron ecos más recientes. El aire de un escenario. Una respiración antes de cantar. El golpe de una bota contra las tablas. Vera leyó los nombres que el programa iba reconstruyendo: el Chaqueño Palavecino, el Chango Farías Gómez, Mercedes Sosa.
—Con razón tienen semejante oído —susurró. Sonrió.
No eran átomos que pertenecieran a nadie. Habían pasado por esas personas, como habían pasado por tantos otros cuerpos, y después habían seguido viaje. Ahora estaban allí, en una colonia microscópica a millones de kilómetros de la Tierra. No sabían de dónde venían, quizás era mejor así, los hacía de la colectividad humana. El último registro no correspondía a un teatro ni a un festival. Era un cuarto en Berazategui. La imagen apareció incompleta, una ventana abierta, una silla con ropa, una cama corrida apenas hacia la pared para dejar lugar. Un termo rosa para el mate. Una chica llamada Eugenia bailaba sola. Sus pies desnudos. Suaves. Le gustaba hacerlo a la noche, cuando la luna era plena y los caminos llegaban a la noche como si fueran a descansar bajo su ventana. Bajaba la música para que no la escucharan desde las otras habitaciones, pero seguía el ritmo con los pies descalzos. A veces levantaba los brazos y giraba. Otras, se detenía para repetir un paso que no terminaba de salirle. Entonces se reía, se acomodaba el pelo y empezaba otra vez. No tenía público. O eso creía.
El aparato recuperó el ruido de sus pies sobre las baldosas y una frase que Eugenia había dicho mirando la Luna:
—Algún día voy a bailar donde no haya bailado nadie.
Vera volvió la vista hacia el microscopio. Sonrió, otra vez y se emocionó, brotaron una lágrimas bellas.
En el centro de la colonia, un microorganismo avanzó, retrocedió y giró alrededor de un cristal. Repitió exactamente el paso. La ingeniera pasó el registro una segunda vez. El microbio volvió a hacerlo.
Vera permaneció un largo rato frente a la pantalla. Después guardó una copia del archivo en su bolsillo, junto a la fotografía de su padre. Pero ahora, agregó la de sus hijos, estaba contenta.
Durante las semanas siguientes descubrió que los del filamento discutían mucho con los de la membrana. Que siempre había alguno que seguía tocando cuando los demás habían terminado. Y que un ejemplar diminuto, instalado sobre una escama de cobre, conseguía detener a toda la colonia con una sola vibración. Lo llamó don Ramón.
Desde la Tierra exigieron novedades.
—¿Existe una organización compleja?
—Sí.
—¿Competencia por los recursos?
—Especialmente por el lugar cerca del calor.
—¿Comunicación?
—Constante.
—¿Puede traducirla?
Vera miró a don Ramón, que acababa de interrumpir por cuarta vez al grupo de los filamentos.
—Todavía no, pero creo que les está diciendo que afinen.
La orden llegó al día siguiente: debía sellar el compartimiento y preparar las muestras para su traslado.
Vera acercó las pinzas al microscopio. En la pantalla vio que los microorganismos habían despejado el centro del recinto. A los lados, varias hileras aguardaban inmóviles. Dos individuos avanzaron hasta quedar frente a frente. Sonó la membrana.
Uno retrocedió. El otro lo siguió. Giraron, se separaron y volvieron a encontrarse. Era el paso de Eugenia.
Pero habían agregado algo: al girar, golpeaban el suelo con una prolongación diminuta de sus cuerpos, levantando una nubecita de polvo rojo.
Vera retiró las pinzas.
—No —dijo por radio—. Las muestras no se trasladan.
—Doctora Sosa, necesitamos una justificación científica.
Ella activó la cámara, aumentó la imagen y la envió a la Tierra. Durante varios minutos nadie contestó.
Finalmente, una voz preguntó:
—¿Eso que están haciendo es…?
—Sí.
—¿Y los del fondo?
—También. Pero bastante peor.
Esa noche, antes de cerrar el compartimiento, Vera orientó una pequeña lente hacia el cielo. La luz de una de las lunas de Marte entró por la abertura y cayó sobre la pista. Los bailarines se acercaron al círculo iluminado.
Vera grabó la escena y preparó un mensaje para Berazategui. No sabía si Eugenia seguía viviendo allí, si alguien recordaría su cuarto o si aquella ventana todavía daba a la misma calle. Mandó el archivo de todos modos. Se pregunto el porqué de bailar, quizás no era la pregunta, sino sentir.
En el asunto escribió: “Tu paso llegó”. Al regresar a Horizonte Sur, vio encenderse los invernaderos. Las maquinas recorrían las hileras de trigo y "Carito" esperaba junto a una esclusa, con su faro torcido apuntando al suelo. En las galerías, los trabajadores del turno nocturno se cruzaban con los del amanecer.
Vera pensó en todos los años que habían dedicado a construir habitaciones donde los seres humanos pudieran vivir en Marte. Después miró la transmisión de la sonda: unos seres diminutos ya habían decidido qué hacer con la suya. Volvió al día siguiente, reforzó el aislamiento del compartimiento y pegó sobre la tapa una etiqueta escrita a mano: “No golpear. Hay ensayo”. Porque aquellos microbios, viajeros de un aire que había pasado por dinosaurios, cantores y una chica que bailaba sola bajo la Luna, habían formado en Marte una sala de música: allí hacían folklore y, entre bombos de membrana y guitarras de filamentos, bailaban chacareras marcianas.
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