El acto individualista del PTS en el próximo 1° de Mayo genera una crisis
Por Raúl Valle
El PTS llega a este 1 de mayo en una deriva que ya no se puede esconder detrás de consignas ruidosas ni de spots parlamentarios. El acto en soledad, rompiendo con la tradición de actos comunes del FIT-U, es una tarjeta roja de una orientación que ha dejado de pensar en términos de fuerza de clase y se ha encerrado en el cálculo mezquino de aparato. No se trata de una “diferencia táctica” más, sino de un quiebre en la jornada central de la clase trabajadora a nivel internacional, donde el mensaje debiera ser de unidad de acción frente al ajuste, el saqueo y el pago de la deuda. El PTS decide cortarse solo exactamente cuando el régimen descarga la ofensiva más brutal sobre el salario, el empleo y las condiciones de vida, copiando reflejos de centristas de otras épocas, pero trasladados mecánicamente a un escenario donde esa conducta no delimita por izquierda, sino que aísla y desarma. En vez de presentar un solo bloque de izquierda frente a la ofensiva patronal y estatal, el PTS le muestra a la periferia obrera y juvenil una izquierda fragmentada, y eso, en esta coyuntura, no es una simple torpeza, es un error estratégico que empuja al FIT-U hacia otra derrota y descomposición.
Esta política no es un rayo en cielo sereno, es coherente con el recorrido histórico del PTS, marcado desde su origen por una adaptación permanente a los marcos que le ofrece el régimen y por una comprensión deformada de lo “progresivo”. No hay que olvidar que el PTS se construyó inicialmente en la UBA sin presentar listas opositoras en los centros de estudiantes donde gobernaba la Franja Morada, el brazo universitario del radicalismo, y sí donde dirigía el peronismo, bajo el argumento de que era más “progresivo” golpear a la variante nacional-popular que a la fuerza del rectorado. Esa matriz oportunista, que lee la realidad siempre desde lo inmediato y no desde la estrategia de independencia de clase, se recicla hoy en la decisión de separarse del FIT-U en el 1 de mayo. Antes se adaptaba al mapa estudiantil para “no dividir” contra la derecha liberal; ahora rompe la unidad de la izquierda en el día internacional del proletariado para reforzar su propia marca frente a sus socios de frente. En los dos casos, el punto en común es el mismo, la clase obrera como tal, su organización independiente, su necesidad de instrumentos unitarios de combate, queda subordinada a los cálculos del aparato.
Mientras tanto, el peronismo sostiene que las próximas elecciones las ganará Milei, y sigue jugando su papel histórico como gerente del sometimiento al capital financiero y organizador del chantaje político sobre las masas. Toda su interna, por más virulenta que aparezca, se desarrolla dentro del marco sagrado del pago de la deuda externa y de la habilitación del saqueo de recursos y trabajo. Cada una de sus fases de gobierno lo confirma, el menemismo profundizando la deuda heredada de la dictadura con privatizaciones y apertura irrestricta, el kirchnerismo legitimando la estafa con canjes y pagos seriales envueltos en relato “nacional y popular”, el ciclo albertismo–massismo firmando un nuevo acuerdo colonial con el FMI para “pagar lo que otros tomaron”. En cada etapa, la misma matriz, la deuda se paga, aunque sea a costa de salario, jubilaciones, obra pública social y presupuesto de salud y educación; las multinacionales y la burguesía local se llevan la parte del león en dólares, y el pueblo trabajador soporta el ajuste. La lucha de fracciones interna no es entre una ala soberana y una entreguista, sino entre camarillas que disputan quién negocia con el FMI, quién maneja la caja y quién usa el miedo a Milei como herramienta de disciplina, o te alineás con “mi” fracción, o sos funcional a la derecha. En ese marco, es estructuralmente imposible que el peronismo organice antes de las elecciones un frente real de defensa de los trabajadores, un frente de ese tipo implicaría romper con el FMI, suspender el pago de la deuda, enfrentar a las patronales y a la burocracia sindical, es decir, dinamitar las bases materiales del propio peronismo.
Cuando volvemos a mirar al PTS y su conducción, aparece con más claridad el hilo que une el error del 1 de mayo con una crisis de dirección de fondo. La figura central es el fantasma Albamonte, dirigente estrella interno del partido y el BI, que decide la orientación, fija la táctica, escribe la línea general, pero en la experiencia de la clase obrera es un espectro. No aparece en los conflictos, no dirige huelgas, no recorre piquetes, no interviene ni siquiera bajo la forma mínima a la que se adapta la izquierda electoral clásica, donde al menos sus principales jefes se exponen como panelistas, voceros, polemistas públicos. Albamonte conduce desde fuera de la escena visible y aplica esquemas aprendidos en otras etapas –donde el centrismo podía jugar a delimitarse de otros aparatos de izquierda en medio de ascensos de lucha– a un período de ofensiva capitalista y derrota parcial, donde esa conducta no educa una vanguardia, la desarma. Poner al FIT-U a la defensiva, fracturar el 1 de mayo y empujar la lógica de “cada uno por su lado” no son errores individuales de tal o cual diputado, son la traducción práctica de esa dirección fantasma que no conoce la realidad de las fábricas, de los hospitales, de las escuelas, de las cuadrillas precarizadas, y que por eso mismo subestima el daño que provoca la división abierta.
Todo esto golpea sobre un PTS que ya venía perdiendo base y cuadros en el movimiento obrero. La organización que supo exhibir algunos dirigentes obreros destacados en determinadas coyunturas hoy carece de figuras de peso que ordenen la intervención en los principales sectores de la clase. Los viejos referentes se han ido, se han replegado o han sido desplazados por el giro cada vez más parlamentarista y universitario del partido. Ni siquiera conserva la capacidad de cobertura que en otro momento le daba, por ejemplo, la presencia de Montes en Astillero Río Santiago, donde a pesar de sus alianzas con el PCR y sectores peronistas podía disimular su política de adaptación bajo la apariencia de una inserción obrera fuerte. Hoy ya no hay siquiera ese velo, el PTS no dirige procesos relevantes, no ocupa posiciones centrales en los conflictos más agudos, no organiza coordinadoras de lucha, no impulsa huelgas de gran repercusión. La prioridad ha pasado a ser la reproducción de sus bancas, su presencia mediática acotada y la administración de su aparato juvenil y universitario. El resultado es una de las peores crisis de su historia, pierde base, pierde autoridad entre los activistas, fragmenta al FIT-U, rompe el 1 de mayo y, en vez de ponerse al frente de la tarea de articular el hartazgo social en una salida de clase, contribuye a la desorganización.
Esta trayectoria, desde el origen universitario adaptado a los mapas del peronismo en la UBA hasta el presente de aparato parlamentario fragmentador, muestra un mismo hilo conductor, la incapacidad estructural de colocar en el centro la independencia política de la clase trabajadora y la construcción de organismos unitarios de combate. En el momento en que el peronismo se hunde en su propia crisis por el sometimiento al FMI y el saqueo, en que sectores cada vez más amplios de la población se abstienen, se cansan, se hartan de votar siempre contra sus propios intereses sin encontrar una herramienta de lucha por empleo, salario, vivienda y soberanía económica y social, el PTS decide dar la espalda a la unidad de acción de la izquierda y refugiarse en su propia burbuja. Esa combinación –peronismo sometido, FIT-U fracturado, PTS sin base obrera ni dirección presente– abre una situación explosiva: o se abre paso una discusión seria por abajo, desde los lugares de trabajo y estudio, por un congreso de delegados de base y por un partido de trabajadores con una prensa obrera y estudiantil independiente y socialista, o la clase trabajadora va a seguir enfrentando esta crisis sin dirección a la altura, mientras sus supuestos representantes se hunden entre aparatos, fantasmas de dirigentes y actos en soledad.

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