"El PTS y su contradicción terminal: alta imagen positiva, bajo voto obrero y defensa encubierta de Cristina"
Por Raúl Valle
El discurso de Myriam Bregman en el acto del primero de mayo de 2026 en Ferro presenta múltiples contradicciones que revelan las limitaciones estratégicas del PTS y su incapacidad para construir un auténtico partido leninista de la clase trabajadora. Cristian Castillo, también, directamente en su antesala del cierre no hizo una mención critica al peronismo, sobre todo al rearme del mismo en un frente electoral de la producción y el trabajo que el mismo PTS lo presentó como atractivo y como novedad en su acto (?) "con todos y todas'' pero que esconde el voto a la reforma laboral esclavista por el peronismo y que para la mayoría de los trabajadores es desconocido.
La ausencia total de crítica al peronismo y la burocracia sindical constituye una capitulación política fundamental que desarma ideológicamente a la clase obrera. Bregman menciona la posibilidad de un peronismo moderado por la producción y el trabajo pero no realiza ninguna delimitación de clase con el peronismo como movimiento burgués que históricamente ha subordinado a la clase obrera a la burguesía nacional. No hay una sola palabra sobre el rol traidor de la CGT bajo Milei, apenas un reparto de volantes en vacaciones por un núcleo juvenil de la Matanza, cuando la burocracia sindical peronista archivó toda acción de lucha de conjunto mientras negocia por abajo que no le toquen las cuotas sindicales compulsivas. Esta omisión refleja la incapacidad del PTS para romper con el frente popular encubierto y delimitar programáticamente con las direcciones traidoras del movimiento obrero.
La presentación del Frente Peronista de la Producción y el Trabajo como simple ejemplo de proyecto burgués moderado sin criticar la propia táctica del PTS de levantarlo constituye la adaptación típica del morenismo a iniciativas de la burguesía. Bregman le da entidad política a ese proyecto burgués mencionándolo como alternativa a debatir en lugar de simplemente denunciarlo como variante del frente popular. Esta es exactamente la desviación que el propio PTS criticó del morenismo cuando se separó del MAS en 1988. Levantando políticamente esa consigna burguesa de la producción y el trabajo aunque sea para criticarla le dan entidad a un programa que subordina a los trabajadores a sectores de la burguesía nacional. A quién le importa ese frente burgués si no es para denunciarlo como maniobra de la clase dominante y contraponer un programa independiente de clase.
La defensa encubierta de Cristina Kirchner, para buscar el voto desahuciado peronista, constituye una de las capitulaciones políticas más graves desde el punto de vista marxista. Cuando Bregman dice que el peronismo moderado es tan moderado que no pueden decir que Cristina Kirchner está proscripta y presa, está realizando una operación ideológica perversa. En lugar de denunciar a Cristina como representante de la burguesía nacional que gobernó doce años aplicando el ajuste del FMI, sosteniendo la deuda externa, reprimiendo a los trabajadores en Las Heras y en Panamericana, manteniendo intacta la estructura del Estado burgués, Bregman la presenta como víctima de la proscripción judicial. Esta formulación implica que Cristina debería poder presentarse, que hay algo injusto en su inhabilitación, que el problema es que el peronismo moderado no la defiende. Pero da exactamente lo mismo si Cristina está proscripta o no, porque tanto Cristina como Milei son representantes de fracciones burguesas enfrentadas por la gestión de la crisis capitalista argentina. El PTS al plantear que Cristina está proscripta y presa como si esto fuera un atropello que hay que denunciar está reproduciendo la lógica del frente popular encubierto. Está sugiriendo que existe una contradicción entre democracia y autoritarismo que es más importante que la contradicción entre burguesía y proletariado. Trotsky fue lapidario en sus análisis sobre el frente popular explicando que esta política desarmaba al proletariado porque lo ataba a la defensa de instituciones y dirigentes burgueses en lugar de prepararlo para destruir el Estado burgués y tomar el poder.
La construcción del PTS evidencia una opereta democratizante como un movimiento que nunca llega a constituirse en partido leninista de trabajadores porque su base social se reivindica mayoritariamente anarquista o autonomista y niega el proceso de construcción partidaria centralizada. El llamado final de Bregman a construir (en realidad) un nuevo movimiento histórico, un (sin) partido de la clase trabajadora, revela esta debilidad estructural. Después de 38 años de existencia del PTS fundado en 1988 y 15 años del Frente de Izquierda desde 2011, siguen planteando la necesidad de construir el partido como tarea futura en lugar de afirmar que ya lo tienen. En realidad construyen un movimiento como el viejo MAS y reniegan de todo proceso de autoridad política, porque lo esconden con a su máximo representante, Albamonte. Sin candidatos son resultado del marketing electoral como lo fueron Néstor Vicente, Walsh y Zamora que justamente se despegan del partido para no ser ''pianta votos''. Esta indefinición expresa la composición sociológica real de su militancia estudiantil y de sectores medios radicalizados que rechazan el centralismo democrático leninista y prefieren formas asambleístas horizontalistas.
La estrategia electoralista encubierta tras el discurso de movilización representa otra contradicción fundamental. Bregman dedica un segmento importante a mencionar las encuestas que la favorecen, su crecimiento electoral, la posibilidad de ser candidata presidencial, invirtiendo la relación marxista entre lucha de masas y táctica electoral. Para Lenin el parlamento era una tribuna subordinada a la construcción del partido revolucionario en la clase obrera, pero el PTS ha convertido la acumulación electoral en estrategia sustituyendo la construcción de fracciones revolucionarias en los sindicatos y fábricas por el autobombo mediático y parlamentario. Las referencias a Nati la enfermera o a Sebastián Tesoro de Fate son anecdóticas, meras ilustraciones testimoniales, mientras que el peso político está puesto en las encuestas y la proyección electoral 2027.
El internacionalismo abstracto y simbólico contradice la ausencia de política internacionalista concreta. Menciona actos en París y San Pablo, la flotilla a Gaza, el bloqueo a Cuba, pero todo como decorado emocional sin ninguna elaboración estratégica sobre las tareas de la clase obrera argentina en relación al imperialismo yanqui. No hay una palabra sobre qué hacer frente al FMI más allá de oponerse abstractamente, no hay programa de ruptura con el imperialismo, no hay llamado a la expropiación de las multinacionales, no hay caracterización del Estado argentino como semicolonial o colonial, o China como un imperialismo (ni se toco el tema) que requiere la revolución permanente.
La ausencia de toda mención a la necesidad de autodefensas armadas, de colocarse del lado del bando militar en el plano defensivo en Gaza contra el sionismo pese a su dirección brilla por su ausencia, ni hablar de soviets o de la dualidad de poder que revela que el partido de trabajadores que invocan no es leninista sino un partido amplio electoralista. Convocan a hacer comités y asambleas pero sin ninguna precisión sobre su carácter de clase, su programa y su relación con el partido revolucionario. El planteo verdadero tiene que ser transformar la sociedad de raíz y terminar con el capitalismo decadente que aparece como un agregado retórico sin ninguna mediación programática concreta. No hay caracterización de la etapa, no hay táctica de frente único obrero contra la burguesía y su Estado, no hay política hacia las Fuerzas Armadas burguesas. ''Por ahí no es maravilla'', dirían las pibas y pibes...
La contradicción final es que convocan a miles y millones pero construyen un aparato político cerrado sin democracia interna real donde las decisiones estratégicas las toma la dirección del PTS sin ningún control de base. El partido de trabajadores que invocan sería uno donde los trabajadores de verdad tendrían voz deliberativa y decisoria, pero el PTS funciona como aparato burocrático de cuadros estudiantiles que usan a los trabajadores como testimonios, como floreros, pero no los forman como dirección proletaria con independencia teórica y política.
Pero la contradicción más clarificadora de todas es que todo este discurso es puro humo, y los números lo demuestran con claridad lapidaria. El PTS opera permanentemente con encuestas ganadoras, agitando que Bregman tiene 47% de imagen positiva según Atlas-Intel de abril 2026, 42,1% según Tendencias, instalando mediáticamente la figura presidenciable, haciendo actos masivos en Ferro. Pero cuando se mira la intención de voto real, los números cuentan otra historia: entre 3,7% y 13,8% según las distintas mediciones de abril 2026, con promedios que rondan el 7% u 11,4% en el mejor de los casos. Y estos son los números de las encuestas, que siempre favorecen más que la urna. Cuando llega la hora de la verdad electoral sacan el mismo porcentaje bajo de siempre, ese dos o tres por ciento histórico que los condena a ser testimoniales. El PTS en su conjunto y en su larga y aburrida lista de oradores no se refirió a la reforma electoral reaccionaria de Milei que deja a la Izquierda afuera y a las partidos chicos porque solo se van a financiar los partidos con mucho dinero para campaña y financiados por Black Rock, Techint, Madanes y el narcotráfico para que devuelvan favores para atacar a los y las trabajadoras. Encima se piensa cortar solo...
Esta brecha clara entre imagen positiva del 47% y voto del 7% revela algo fundamental, la clase obrera reconoce que Bregman y el PTS están en las luchas, que pelean, que ponen el cuerpo, pero no les cree que vayan a hacer la revolución. La imagen positiva es simpatía, reconocimiento moral, respeto por estar en la calle. Lo que la dirección del PTS no dice, y sobre todo su dirigente, Albamonte, totalmente ausente en el acto, por eso, el carácter para las masas es un partido con una dirección fantasma y provoca desconfianza en las masas, por eso, decíamos, que el voto es confianza política estratégica, convicción de que pueden tomar el poder y transformar la sociedad. Y ahí el PTS se desploma porque los trabajadores intuyen correctamente que esto no es un partido para conquistar el poder sino para hacer oposición testimonial linda, parlamentarismo con fraseología radical.
Y esto no es nuevo, es un patrón histórico estructural de la izquierda argentina que se repite sistemáticamente. Justamente en el acto del primero de mayo estuvo presente en el escenario Patricia Walsh, y su caso es ejemplar de esta contradicción. En 2003, Walsh tenía reconocimiento enorme como hija de Rodolfo Walsh, figura respetada y venerada de la izquierda argentina. Tenía prestigio moral, imagen positiva, presencia mediática. Pero cuando llegó la hora electoral, Izquierda Unida con Walsh aspiraba a apenas 800.000 votos para superar el 3%, y las encuestadoras como Graciela Römer advertían que las fuerzas de izquierda no superarían los magros resultados previos. El apellido Walsh pesaba, la historia pesaba, el reconocimiento social existía, pero no se convertía en votos masivos porque la clase obrera no confiaba en que esa izquierda pudiera gobernar o hacer la revolución.
En la historia política argentina, los partidos de izquierda han tenido una influencia mucho mayor por su actuación en la calle, en la prensa escrita y en las ideas que por sus resultados electorales y su hasta ahora nula experiencia en el poder de un gobierno nacional. Ahí está todo dicho. Alta visibilidad, reconocimiento social por estar en las luchas, influencia cultural e ideológica, pero bajo voto electoral y cero experiencia de poder real. El mejor resultado histórico del FIT fue en 2013 con 1.260.000 votos, apenas el 5% nacional, tres diputados, considerado triunfo pero absolutamente marginal comparado con los millones del peronismo o incluso con fuerzas burguesas emergentes.
Bregman en 2026 repite exactamente el mismo patrón de Walsh en 2003 y de toda la izquierda argentina en su historia, prestigio moral alto, voto político bajo. Y no es porque la clase obrera sea ignorante o esté confundida. Es porque los trabajadores ven con claridad que el PTS no construyó un partido revolucionario bolchevique para tomar el poder sino un aparato electoral universitario que habla lindo, moviliza bien, tiene presencia mediática, pero no tiene ni estrategia ni voluntad real de enfrentamiento insurreccional con el Estado burgués. Por eso después de décadas de construcción siguen estancados en un dígito electoral, porque la clase obrera no se equivoca cuando opta masivamente por el voto en blanco, por la abstención, por no votar a esta izquierda, por ahora. La clase trabajadora sabe instintivamente que esta izquierda no la va a llevar al poder sino a una nueva frustración reformista con bandera roja y retórica revolucionaria. Los que acusan, como el PTS, a la izquierda de peronizar terminaron y son los que tienden puentes con los dirigentes peronistas, y toman mate con Cristina en su casa. El PTS es un fraude movimientista y va a otra crisis como el viejo MAS.

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