A dónde van el PTS y Bregman? No saben caracterizar desde la izquierda



Por Raúl Valle

El PTS tendía a presentar el fenómeno Milei más como una reconfiguración del descontento social que como un giro estructural de las masas hacia la derecha, subrayando que gran parte del voto a favor de La Libertad Avanza fue un voto a regañadientes contra el peronismo y el régimen en su conjunto, y que coexistió con tendencias progresistas expresadas en conquistas como el derecho al aborto, el movimiento feminista o las luchas ambientalistas y juveniles. En sus declaraciones públicas y en La Izquierda Diario, la línea argumental era insistir en que Milei encarna la extrema derecha —lo afirman explícitamente—, pero que su ascenso se basó en una crisis de representación más amplia y en la promoción de LLA por parte del cuarto gobierno kirchnerista para dividir a la oposición, más que en una derecha consciente y sostenida de la clase trabajadora en su conjunto. Sin embargo, desde el punto de vista de la lucha de clases concreta, la llegada de Milei al gobierno y la coalición de poder que lo respalda —fondos de inversión, fracciones del gran capital local, el complejo exportador de soja, el capital financiero internacional, junto con la derecha tradicional de JxC— marcan, en términos de correlación de fuerzas, el giro a la derecha más profundo desde la restauración democrática de 1983. Esto se debe a la radicalidad de su programa —liquidación de los sindicatos de derechos y el acuerdo más profundos con la dirección peronista en los mismos, en relación a legalizar los monotributos y tercerizaciones dentro de los mismos, ya habilitados por el 4 gobierno peronista-kirchnerista, privatización masiva, desmantelamiento del estado de bienestar—, así como a la densidad ideológica reaccionaria que lo acompaña, negacionismo, ataque abierto a las organizaciones de derechos humanos y a los movimientos de mujeres, y justificación explícita del terrorismo de Estado. El hecho de que parte del electorado de Milei expresara indignación contra el sistema no elimina este hecho: que lograra la victoria acompañado de discursos contra el "tribunal de derechos humanos" y contra la "izquierdismo" educativo y cultural demuestra que este descontento fue hegemonizado por una salida reaccionaria, que desplaza el eje del malestar del capital y el Estado hacia "la casta", "los piqueteros" y el "parasitismo social". Afirmar que no hubo un giro a la derecha porque el electorado estaba indignado, es confundir forma y contenido, la indignación es la forma inmediata, el contenido político concreto del resultado —el programa de Milei y las relaciones de poder que consolida— sí constituye un giro a la derecha de la situación política, el más pronunciado en décadas, incluso más profundo que el ciclo de Macri, porque ahora el ajuste se combina con una ofensiva ideológica radicalizada y con una articulación orgánica entre el poder ejecutivo y el capital financiero global.

Este giro a la derecha no es un fenómeno puramente nacional, sino parte de una ofensiva internacional del capital en la fase actual de la crisis, donde la combinación de estancamiento, endeudamiento y caída de la tasa de ganancia impulsa nuevas rondas de despojo y disciplina social, articuladas con el surgimiento de nuevos movimientos radicalizados de derecha. En Argentina, esto se expresa, entre otras cosas, en el creciente peso de fondos globales como BlackRock, que ya bajo el gobierno de Macri había establecido una relación directa con la Casa Rosada —las visitas de Larry Fink en 2016 y los años siguientes lo ilustran— y que hoy se presenta como un actor central en la privatización de activos estratégicos y en la dirección general de la política económica, aprovechando la crisis para imponer un esquema de entrega de recursos públicos más brutal que cualquiera de los que precedieron a este gobierno. El propio Milei exhibe con orgullo sus vínculos con estos fondos de inversión, desde la campaña hasta la presidencia, presentando la total apertura al capital financiero como "libertad económica", mientras que las condiciones impuestas implican la destrucción de los salarios reales, la desindustrialización y una mayor dependencia externa. Este giro también fue preparado por el cuarto gobierno kirchnerista —el ciclo 2019-2023— que, lejos de revertir el ajuste ''macristiano'', lo continuó de otras maneras, acuerdo con el FMI, aranceles, inflación sostenida, caída de los salarios reales y una política de cooptación de los movimientos sociales que desmovilizó a amplios sectores de la clase trabajadora. El kirchnerismo, que se presentó como un baluarte contra la derecha, terminó erosionando su propia base social, erosionando la idea de un Estado protector y abriendo el espacio para que la extrema derecha se presentara como una ruptura con "la casta" y "el FMI", incluso mientras se preparaba para aplicar un programa de subordinación al capital financiero aún más radical que el propio peronismo ya venía allanando. En ese sentido, el cuarto kirchnerismo es la crisis del peronismo de derecha en su momento preparatorio, sus líderes se volcaron hacia posiciones de gestión de ajuste, de saqueo y conciliación con el capital financiero, mientras que una parte de sus bases comenzaron a moverse, contradictoriamente, hacia la izquierda, a través de experiencias de lucha y organización que a menudo desbordaron o chocaron con el liderazgo tradicional. Sin embargo, ese movimiento de izquierda de las franjas de la base peronista y otras no encontró una alternativa revolucionaria capaz de hegemonizarlo: el FITU, y en particular el PTS, no construyeron el puente hacia esos sectores, prefiriendo el oportunismo o el ''franeleo'', la lógica del aparato electoral y la tribuna parlamentaria en lugar de intervenir en las luchas concretas donde esas bases se estaban radicalizando. En ausencia de esa alternativa, una parte significativa de aquellos trabajadores y jóvenes que se alejaron del kirchnerismo no se volcaron hacia la izquierda independiente, sino que fueron seducidos por la retórica antisistema de Milei, ''terminar con el populismo'' (por derecha el cadáver insepulto) quien supo llenar el vacío político con un discurso de ruptura contra "la casta" funcional a los intereses del capital financiero. En términos marxistas, la combinación de un progresismo en crisis incapaz de resolver las contradicciones materiales de la acumulación dependiente, una izquierda que no ha tendido puentes hacia las masas en movimiento y un capital financiero que busca nuevas fronteras de valorización, crea el terreno ideal para el surgimiento de soluciones bonapartistas reaccionarias, Milei es la versión local de ese fenómeno global, en sintonía con la derecha radical de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica.

El giro a la derecha no solo se expresa en el Ejecutivo, sino también en la forma en que el peronismo —gobernadores, bloques parlamentarios, estructuras sindicales como la CGT— ha decidido integrarse como socio responsable del nuevo régimen, brindando gobernabilidad y los votos necesarios para la agenda antiobrera. En el Parlamento, la reforma laboral que obtuvo la mitad de la aprobación en el Senado en febrero de 2026 con 42 votos a favor fue aprobada con el apoyo de senadores peronistas vinculados a los gobernadores Jaldo (Tucumán), Figueroa (Neuquén), Sáenz (Salta), Passalaqua (Misiones) y Llaryora (Córdoba), y en Diputados el proyecto fue aprobado con 135 votos a favor y 115 en contra, con una fracción del peronismo proporcionando el quórum y los votos positivos. Diferentes sectores del peronismo también facilitaron la relajación de las regulaciones ambientales —como los ataques a la Ley de Glaciares para favorecer la megaminería— y un conjunto de normas represivas destinadas a criminalizar la protesta social y la vida cotidiana de la juventud precaria. Los gobernadores peronistas, lejos de constituir un muro de contención, negocian permanentemente recursos fiscales y obras a cambio de alinearse con las políticas nacionales, reproduciendo la lógica de los pactos fiscales de la década de 1990, subordinan las provincias al ajuste, disciplinan a sus gobiernos estatales y aceptan el avance extractivista, desde el litio hasta el fracking y la megaminería en áreas protegidas. La CGT, por su parte, ha demostrado ser un aparato de contención más que de combate, sus dirigentes se limitan a acciones simbólicas, mientras que en la práctica negocian la adaptación de los convenios colectivos a la nueva legislación flexible e incluso ofrecen al propio Milei y a ejecutivos empresariales una alianza estratégica para garantizar la gobernanza, acercándose a la Iglesia y a las facciones más conservadoras del régimen. Esta crisis del peronismo —su integración cada vez más abierta al mecanismo de ajuste y represión— coexiste con un proceso de experiencia desigual pero real en la izquierda, en su base, sectores de trabajadores, muchos de ellos con tradición peronista, comienzan a chocar con la burocracia y a recuperar tradiciones de lucha que vienen de lejos, de Córdoba, de la resistencia a las dictaduras, de la lucha contra la conciliación de clases en el régimen democrático. Pero lo que reaparece abajo y la dirección del PTS con su caracterizaciones políticas erróneas, es bloquear un puente con los luchadores y luchadoras del movimiento obrero, que existe, de forma aún dispersa, y con la tradición de los trabajadores independientes que actuaron como vanguardia con los hilos de lucha de los años sesenta y setenta, desbordando a la vieja dirección peronista y sintetizando en la práctica la idea de que la dictadura del capital no puede seguir gobernando en la fábrica y en el país, una tradición que se expresa hoy en delegados, comisiones internas y activistas que se oponen a las dádivas de la burocracia y buscan alternativas fuera del peronismo oficial. Así, el giro a la derecha no es solo Milei y su gabinete, se trata de un bloque de poder donde Milei actúa como principal ariete, pero donde el peronismo parlamentario, los gobernadores y la burocracia sindical proporcionan el cemento de la gobernabilidad, enmarcando a la clase trabajadora en el nuevo régimen y cumpliendo el papel histórico que el peronismo ha tenido en otras etapas de la ofensiva del capital, gestionar el ajuste, administrar la represión y preservar la dominación. Por eso la dirección del PTS es criminal, tampoco ve el giro a la derecha del peronismo, o inventa una supuesta ala izquierda para ''autoperonizarse''.

Para comprender el voto a favor de Milei y el giro a la derecha, es necesario concebirlo como un momento clave en la planificación de la recomposición integral de la dominación burguesa en un contexto de profunda crisis. Esto implica una transformación en el tipo de subordinación de la economía argentina, de una semicolonia relativamente diversificada —con cierto margen para proyectos nacional-populares y un régimen de estabilización de la deuda con negociaciones periódicas— a una forma más cruda de protectorado bajo la égida del imperialismo norteamericano y, en particular, bajo la tutela política del trumpismo y el gran capital financiero asociado. Milei se alinea explícitamente con la facción trumpista de la burguesía estadounidense tanto a nivel discursivo —negacionismo climático, ataque a la "ideología de género", criminalización de inmigrantes y pobres— como en términos geopolíticos, reconfigurando la política exterior argentina en términos de alineación incondicional con Washington, Israel y la OTAN, y hostilidad hacia China, Rusia y cualquier intento de articulación regional autónoma. La llegada de fondos como BlackRock no tiene como objetivo realizar inversiones productivas, sino apropiarse de activos estratégicos, controlar los flujos financieros y orientar la política económica según sus necesidades de rentabilidad, se mantiene la soberanía formal, pero las decisiones estructurales se toman en función de los intereses de estos gigantes financieros, que manejan volúmenes de capital que multiplican el PIB argentino. En términos marxistas, se reconfigura la forma específica de dominación de clase: la vieja burguesía nacional —ya de por sí altamente parasitaria y dependiente— otorga aún más espacio a una oligarquía financiera transnacional que utiliza al Estado argentino como simple administrador de su programa, mientras que el gobierno se legitima sobre la base de un plebiscito reaccionario de ajuste y saqueo. En este proceso, la crisis del peronismo de derecha resulta funcional a la transición de semicolonia a protectorado, al abandonar incluso sus antiguas banderas nacionalistas y de justicia social, las dirigencias peronistas actúan como gestoras locales de dicha transición, mientras que en la izquierda quedan espacios para que nuevas generaciones de trabajadores retomen el hilo conductor que va desde el Córdobazo hasta la resistencia obrera y a la dictadura, desde las combativas comisiones internas hasta el 2001, y los actuales movimientos antiburocráticos que crecen en las fábricas y universidades. El voto a la derecha no puede entenderse únicamente como una reacción cultural de sectores atrasados, sino como parte de un mecanismo político mediante el cual la burguesía, ante una crisis de hegemonía, logra reorganizar su dominio en formas más autoritarias y dependientes, desplazando el horizonte del capitalismo nacional-popular hacia un horizonte de protectorado financiero-político en el que la soberanía se vacía y la violencia de clase se intensifica.

Es necesario señalar las limitaciones y los errores de la caracterización del PTS y de Bregman, que se alejan del análisis marxista riguroso para adaptarse a las necesidades coyunturales de un aparato en crisis, atravesado por tensiones internas y por la presión de preservar posiciones parlamentarias, repitiendo, en otros términos, la dinámica de adaptación y fragmentación que conocimos con el MAS en los años ochenta. El documento más preciso en este sentido es el informe político de Emilio Albamonte a la XIII Conferencia Internacional de la Fracción Trotskista, celebrada en marzo de 2024, donde se exponen las posiciones de la dirección del PTS con citas textuales. Dicho informe reconoce el carácter reaccionario del gobierno de Milei —su alineación con Israel y Estados Unidos, su ataque a las conquistas laborales y sociales, la subordinación del modelo al capital financiero—, pero al mismo tiempo construye una interpretación de la situación que, en su conjunto, subestima el giro a la derecha de la correlación de fuerzas mediante un procedimiento teórico propio del centrismo: transferir el peso explicativo de las condiciones objetivas al estado subjetivo de las masas, y desde ahí justificar una política de aparato. Albamonte caracteriza que «el proletariado blanco se encuentra actualmente en una posición conservadora», que «el clima en el movimiento obrero es conservador, especialmente en la industria», y que «aún existe mucho conservadurismo en las masas debido al temor y la inacción de la burocracia a darle tiempo a Milei». El problema teórico de esa caracterización no radica en que sea completamente falsa en sus datos parciales —existe la desmovilización, el miedo, el peso de la burocracia—, sino en que transforma esos datos tácticos en una caracterización estratégica del sujeto, confundiendo la derrota relativa de una clase con su posición histórica. En la tradición marxista, una clase tácticamente derrotada no es una clase conservadora en el sentido estructural, es una clase que atraviesa un período de recomposición contradictoria, y esa diferencia no es un matiz académico, sino la base sobre la que se define si la tarea consiste en construir el partido revolucionario en la clase obrera industrial o en buscar sustitutos. De esa confusión, el PTS extrae la segunda consecuencia, propone reemplazar al sujeto central con las asambleas vecinales de AMBA, a las que asigna el rol de embriones de soviets y comités de acción a pesar de agrupar entre 2.000 y 3.000 activistas en 2024, cifra que Albamonte imagina multiplicar a 80.000 convirtiendo al 10 por ciento de los votantes de FITU en participantes de las asambleas. Lo que expresa esta operación no es un análisis de la realidad sino su inversión, ante la dificultad de construir en la clase trabajadora en un período desfavorable, se construye una teoría que convierte esa dificultad en virtud, presentando a las asambleas vecinales como el nuevo sujeto emergente, esto libera al aparato de la tarea más ardua y menos visible electoralmente de arraigarse en fábricas, sindicatos y centros de trabajo. Es el subjetivismo al servicio de la adaptación del aparato, la caracterización de la realidad se ajusta a lo que el partido ya hace, en lugar de ajustar lo que el partido hace a la caracterización rigurosa de la realidad. A este panorama se suma lo documentado en septiembre de 2025, el PTS dirige sus construcciones sindicales hacia grupos de la burocracia peronista-kirchnerista, denominándolos "interlocutores" para futuras reagrupaciones, mientras critica a otras corrientes por hacer exactamente lo mismo, expresando no una diferencia de principios, sino una competencia de aparatos por espacios de influencia dentro del mismo territorio de conciliación de clases. Esto recuerda, en términos estructurales, la crisis del MAS en los años ochenta, cuando la combinación de adaptación parlamentaria, interpretaciones voluntaristas de la relación de fuerzas y disputas internas entre facciones condujo a un proceso de fragmentación que debilitó a la izquierda revolucionaria durante décadas, demostrando que sin una teoría rigurosa, un arraigo real en la clase y una práctica que subordina el aparato a la estrategia, la deriva hacia la autosupervivencia organizativa termina devorando el proyecto histórico. La consecuencia política de esta doble ceguera es la siguiente: la dirección del PTS, con Albamonte a la cabeza, al no percibir el giro a la derecha en toda su profundidad objetiva —al convertirlo en un fenómeno de subjetividad conservadora de las masas en lugar de una reconfiguración del bloque de poder burgués—, también es incapaz de ver y organizar el giro a la izquierda que se produce simultáneamente en las bases. Porque ese giro a la izquierda no ocurre en abstracto, ocurre precisamente como respuesta a la ofensiva burguesa, en las comisiones internas que luchan contra la reforma laboral, en los delegados que se enfrentan a la burocracia, en los trabajadores independientes que llevan décadas luchando con los programas de Córdoba, contra las dictaduras y contra la conciliación de clases en el régimen democrático y la dictadura del capital en la fábrica. Un partido que no lee la magnitud del ataque tampoco puede leer la resistencia que ese ataque genera, y un partido que no lee la resistencia no puede organizarla. Eso es lo que le está sucediendo hoy al PTS, no es que ignore ese movimiento por distracción o mala voluntad, sino porque su marco teórico-político, construido para preservar el aparato en lugar de leer la realidad, lo deja estructuralmente ciego a los dos movimientos decisivos de la coyuntura. Un proceso que desarrollaremos en una próxima nota, es como una parte de la izquierda argumenta que Milei no hace o no llega a un partido o estructura tipo nazi, pero que tras esto se oculta una intensificación en este paso, acuerdos cada vez más profundos con el peronismo que se maquillan con un frente anti-Millei con Kicillof y el PRO.

Desde el punto de vista de un marxismo consecuente, la tarea es afrontar ambos movimientos en toda su crudeza, el giro a la derecha de la burguesía y sus aparatos, y el arrastre de un sector de la clase obrera, y el giro contradictorio de las bases, e intervenir y acompañar el giro a la izquierda en la realidad actual, y en ese terreno construir, juntos, una alternativa revolucionaria, un partido de trabajadores que evite tanto la adhesión al progresismo en crisis como la adaptación electoral y el fetichismo de las asambleas que hoy atrapan a buena parte de la izquierda institucional.

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