La venta de tierra como matriz sionista del despojo: de la Palestina del Mandato a la ocupación y el genocidio actual por el Estado de Israel
Introducción: una lógica capitalista y sionista
El análisis del proceso de formación del Estado genocida de Israel suele detenerse en la votación del 29 de noviembre de 1947 o en la guerra que siguió. Sin embargo, la evidencia histórica muestra que la tierra no se obtuvo por una única vía, sino mediante una estructura capitalista articulada que operaron en el marco de la lucha de clases internacional. Esa estructura se desplegó a través de los imperialismos, las guerras, las revoluciones, la creación de Estados, la destrucción de fuerzas productivas, la caída de las burocracias de Estado y las crisis del imperialismo. En ese escenario, la relación capital-trabajo y la correlación de fuerzas funcionaron como sustancia política de la resolución, el poder se impuso apoyándose formalmente en las mayorías, mientras se las excluía del trabajo, la vivienda y la tierra.
La grieta original: títulos de propiedad ausentes y campesinos sin voz
La posibilidad de adquirir grandes extensiones se apoyó en una transformación previa del campo palestino. En 1858, el Imperio otomano aprobó un Código de Tierras que obligaba a registrar las propiedades. Muchos campesinos evitaron hacerlo por temor a los impuestos y al reclutamiento militar. El resultado fue que los títulos terminaron en manos de familias notables de Beirut, Damasco, Jaffa y Haifa. Los campesinos siguieron trabajando las tierras, pero como arrendatarios y sin documentos que reconocieran sus derechos. En 1872, el gobierno otomano vendió el valle de Jezreel, conocido también como Marj Ibn Amir, a la familia Sursock, de Beirut. Quienes cultivaban esas tierras desde hacía generaciones pasaron a pagar una renta a propietarios ausentes. Esa separación entre quien poseía el título y quien trabajaba la tierra abrió la grieta por la que ingresaron las organizaciones sionistas. Las primeras compras importantes fueron realizadas por asociaciones filantrópicas vinculadas a Rothschild. Desde 1908 también intervino la Compañía Palestina de Desarrollo de Tierras, con Yehoshua Hankin y Arthur Ruppin como operadores. Los vendedores fueron grandes propietarios ausentes, pero también familias palestinas que vendían parcelas ante el aumento de los precios. Como la ley otomana limitaba la venta directa a extranjeros, muchas operaciones se realizaron mediante intermediarios. Los propietarios recibían dinero; los campesinos que trabajaban la tierra quedaban expuestos al desalojo. El valle de Jezreel muestra con claridad ese proceso. Las primeras compras importantes comenzaron en 1910. En la aldea de al-Fula, cerca de la actual Afula, los campesinos resistieron las órdenes de desalojo y finalmente fueron expulsados por las autoridades otomanas. Después de la Primera Guerra Mundial, entre 1920 y 1925, las adquisiciones se aceleraron. La familia Sursock vendió grandes extensiones a organizaciones sionistas. Las estimaciones sobre la superficie varían según las fuentes, pero se trató de uno de los mayores traspasos de tierras del período. Los campesinos desalojados recibieron compensaciones limitadas. Algunas investigaciones calculan que fueron expulsadas alrededor de 1.700 familias; otras reducen la cifra. Lo que no está en discusión es que miles de personas perdieron el acceso a la tierra que cultivaban. Los dirigentes sionistas sostuvieron que las operaciones eran ''legales'' y que los afectados habían sido compensados. Pero esa ''legalidad'' es en un marco capitalista, y esa historia de ''legalidad'' y de ''venta'' de la tierra no eliminó sus consecuencias sociales. Para los campesinos, la tierra podía haber cambiado de dueño en los registros. En la vida cotidiana, significaba perder la vivienda, el trabajo y la posibilidad de sostener a sus familias.
El andamiaje institucional: capital, ley y segregación sionista
En 1901 se creó el Fondo Nacional Judío, el Keren Kayemet. Sus tierras debían quedar como propiedad permanente de la burguesía sionista. No podían venderse ni arrendarse a no judíos. Los contratos establecían que la tierra adquirida solo podía ser trabajada por mano de obra judía, quien incumplía debía indemnizar, y a la tercera violación la tierra se recuperaba. Se trataba de segregacionismo por vía contractual. La compra no era, entonces, una operación inmobiliaria común, cada parcela debía integrarse a una estructura nacional. Las compras se concentraron en la llanura costera y los valles más fértiles, configurando una geografía de "puntos que controlan el conjunto". Hacia 1948, los inmigrantes judíos poseían apenas alrededor del 11% de la tierra del país, aunque otras estimaciones, según el criterio de medición, la sitúan en torno al 6,6%. En cualquier caso, esa base les bastó para montar el soporte territorial y la coartada jurídica de la ocupación posterior.
El marco de la guerra mundial
El proceso descrito no se entiende cabalmente fuera del contexto de la Segunda Guerra Mundial y de su desenlace. La contienda reordenó el sistema internacional, desplazó a Gran Bretaña como potencia dominante en Medio Oriente, consolidó a Estados Unidos y a la URSS como los dos polos del nuevo orden, y reconfiguró el mapa colonial. La partición de Palestina, votada en 1947, y la guerra de 1948 se inscriben en ese reacomodamiento. Gran Bretaña, agotada por el conflicto y incapaz de sostener su mandato, se retiró; Washington y Moscú, por motivos distintos, convergieron en la partición; y el movimiento sionista, que había construido su aparato institucional y armado durante el período del Mandato, ocupó el espacio que dejó el imperio en retirada. La guerra capitalista fue el motor del reordenamiento que hizo posible el resultado. El Estado sionista de Israel nació de la compra de tierras, de la migración armada y de una política expansionista y colonial, en una coyuntura mundial que le fue favorable. El ascenso de Hitler al poder, en enero de 1933, puso a la dirección sionista frente a una disyuntiva política, y la resolvió según su propia prioridad, llevar población y capital a Palestina. Esa prioridad la condujo a negociar con el régimen que perseguía a los judíos alemanes. La organización sionista en un inicio negaba la existencia de los campos de concentración, pero, luego, de llegar la información a los círculos intelectuales y diplomáticos de prisioneros que llevaban a ejecutar a las salas de gas, y ya no poder esconder estos hechos, pactó el sionismo con Hitler; por un lado acordó el inicio del plan nazi de exterminio hacia judíos pobres, homosexuales, gitanos, discapacitados y socialistas. Y por otro acordaron que los órganos de seguridad nazis distinguieran entre los judíos asimilacionistas, a quienes combatían, y los sionistas, cuya emigración favorecían. Hubo así una coincidencia de intereses, y esa coincidencia se plasmó en acuerdos concretos. El principal órgano fue el la Haavara, palabra que significa "transferencia". Se firmó el 25 de agosto de 1933 entre la Federación Sionista de Alemania, el Banco Anglo-Palestino y las autoridades económicas del Reich. El mecanismo era sencillo, el judío alemán que quería emigrar depositaba su patrimonio en una cuenta bloqueada en Alemania, con ese dinero se compraban mercancías alemanas que se exportaban a Palestina, y al llegar el emigrante recibía su equivalente en libras a medida que esas mercancías se vendían. El requisito era acreditar un capital de mil libras, la misma suma que Gran Bretaña exigía para admitir inmigrantes fuera de cupo. En los hechos funcionó como un canal para la emigración de la burguesía judía, y quienes tenían patrimonio que depositar en la banca financiera y para favorecer las exportaciones nazis. Entre 1933 y 1939 llegaron a Palestina por esta vía alrededor de 60.000 judíos alemanes, y se exportaron mercancías por unos 105 millones de marcos. Para el Reich, el acuerdo significaba divisas, exportaciones y menos judíos; para el yishuv, capital y una población con medios. Para la lucha verdadera contra el nazismo significó otra cosa, el pacto ayudó a quebrar el boicot internacional contra Alemania que sostenían amplios sectores judíos de Europa y Estados Unidos. Los dirigentes sionistas lo defendieron como un rescate posible. Sus críticos, entre ellos los revisionistas de Jabotinsky, que impulsaban el boicot, lo denunciaron como un pacto con el verdugo. Los contactos no se limitaron a la economía. En junio de 1933 la Federación Sionista de Alemania envió al nuevo gobierno un memorando en el que proponía una relación basada en la separación de los judíos como grupo nacional distinto, una idea que el régimen podía leer como compatible con la suya. En 1937 hubo contactos directos entre un emisario de la Haganá y Adolf Eichmann. Y en 1941, ya en plena guerra, el grupo Lehi, una escisión revisionista, ofreció a diplomáticos alemanes una alianza militar contra Gran Bretaña a cambio del apoyo a un Estado judío; no obtuvo respuesta. La subordinación del rescate a la construcción nacional-sionista se hizo explícita cuando comenzó el exterminio. En una carta de diciembre de 1938, Ben-Gurión escribió que, si pudiera salvar a todos los niños de Alemania llevándolos a Inglaterra o a la mitad llevándolos a Palestina, elegiría lo segundo, porque estaba en juego no solo la suerte de esos niños sino la cuenta histórica del pueblo judío. Yitzhak Gruenbaum, que presidía el comité de rescate de la Agencia Judía, declaró durante la guerra que el sionismo estaba por encima de todo y que reclamar fondos de la Agencia para ayudar a los judíos de Europa era un acto antisionista. En Hungría, en 1944, Rudolf Kastner, dirigente del comité de ayuda de Budapest, negoció con Eichmann el traslado a Suiza de un tren con 1.684 judíos mientras cientos de miles eran deportados a Auschwitz; su caso derivó en un juicio y en un escándalo político. Las potencias, mientras tanto, mantuvieron cerradas sus puertas. En la conferencia de Évian, en julio de 1938, casi todos los países participantes se negaron a ampliar sus cupos para refugiados judíos. Estados Unidos conservó el sistema de cuotas de 1924, y en 1939 el Congreso dejó morir el proyecto Wagner-Rogers, que habría admitido fuera de cupo a 20.000 niños judíos alemanes. En mayo de ese año el transatlántico St. Louis salió de Hamburgo hacia La Habana con 937 pasajeros, casi todos judíos que huían de Alemania. Cuba les negó el desembarco, y cuando buscaron refugio en Estados Unidos, el gobierno de Roosevelt respondió que debían esperar su turno en la lista de visas. El barco volvió a Europa en junio. Gran Bretaña, Holanda, Bélgica y Francia aceptaron a los pasajeros, y de los 620 que quedaron en el continente, 254 fueron asesinados después en el Holocausto. El Libro Blanco británico de 1939 cerró además la puerta de Palestina al limitar la inmigración judía. Entre las cuotas de Washington, la negativa de Londres y la expulsión nazi, los refugiados quedaron encerrados entre fronteras, y esa situación alimentó el argumento sionista de que Palestina era el único destino posible. Al terminar la guerra, los sobrevivientes alojados en campos de desplazados se encontraron con las mismas puertas cerradas, y esa presión pesó en el camino hacia la partición de 1947.
El giro de Moscú: cálculo imperial, no revolución permanente
El dato que cambió el equilibrio vino de Moscú. El 14 de mayo de 1947 el representante soviético, Andrei Gromyko, dijo ante la ONU que su gobierno prefería un Estado binacional, pero que de no ser posible apoyaría la partición, y en octubre su delegación fue más lejos. El 29 de noviembre la URSS votó a favor, junto con Ucrania, Bielorrusia, Checoslovaquia y Polonia, cinco votos que pesaron en una votación donde se necesitaban dos tercios. El 17 de mayo de 1948, tres días después de la proclamación, fue el primer país en reconocer a Israel de iure, y Stalin autorizó a Checoslovaquia a venderle las armas que la Haganá necesitaba. No lo movía ninguna simpatía por el sionismo, sino un cálculo, sacar a Gran Bretaña de Medio Oriente y ganar, quizá, un aliado en el Mediterráneo. Ese giro fue un golpe para la izquierda de la región. El Partido Comunista de Palestina, fundado en 1922 por inmigrantes judíos y admitido en la Internacional Comunista en 1924, se había partido en 1943 entre sus miembros judíos y árabes, y estos últimos formaron la Liga de Liberación Nacional. En agosto de 1947 la Liga presentó a la ONU un memorándum contra la partición y a favor de un Estado democrático e independiente, con igualdad de derechos para árabes y judíos. Tras el giro de Moscú aceptó el plan y fue el único partido árabe palestino que lo apoyó. Con la derrota árabe de 1948 pagó esa decisión más que cualquier otra fuerza nacionalista, y sus militantes quedaron repartidos entre el Partido Comunista de Israel y el de Jordania. En octubre de 1948, un comunicado conjunto de la Liga y de los partidos comunistas de Irak, Siria y Líbano acusó a los gobernantes árabes de haber ido a la guerra no para impedir la partición sino para concretarla como quería Londres. Los partidos comunistas árabes se sintieron obligados a seguir la línea soviética, y esa obediencia les costó la simpatía de las masas, que hasta entonces habían respaldado sus consignas antiimperialistas. Una generación de trabajadores y militantes quedó desorientada, y el vacío lo ocuparon después el nacionalismo árabe y, décadas más tarde, el islamismo político. No fue la única causa de su declive, pero sí una de las decisivas. Ese error no fue un accidente, sino la consecuencia de una política. La burocracia estalinista, que había consolidado su poder sobre la teoría del socialismo en un solo país, subordinó la revolución mundial a los intereses diplomáticos del Kremlin. Disolvió la Internacional Comunista en 1943 para tranquilizar a sus aliados, disolvió el Partido Comunista en EEUU, ató a los partidos comunistas de los países atrasados a una etapa democrático-nacional bajo la dirección de las burguesías locales, y usó al sionismo, como usó a otros, de palanca contra Gran Bretaña. Pagaron el precio con una crisis de dirección y aveces con la muerte los trabajadores árabes y judíos.
El pronóstico de Trotsky y la crisis de dirección
Esa política había sido criticada por Trotsky antes de que se aplicara. Trotsky había señalado que la burocratización de un Estado obrero atrasado y aislado refutaba en la práctica la teoría del socialismo en un solo país, y planteó una alternativa: o los obreros derrocaban a la burocracia con una revolución política, o ella terminaría restaurando el capitalismo. Entre 1989 y 1991, con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS, la historia le dio la razón al pronóstico, y con ella se hundió el aparato internacional que esa burocracia había sostenido. Trotsky escribió poco sobre Medio Oriente, pero lo que dejó apunta en la misma dirección. En sus textos de 1937 a 1940 sostuvo que el sionismo era incapaz de resolver la cuestión judía, que el conflicto entre judíos y árabes en Palestina tomaba un carácter cada vez más trágico y que esa cuestión no podía resolverse bajo un capitalismo en descomposición y el control del imperialismo británico. En julio de 1940, tras el Libro Blanco británico de 1939, que rechazaba la partición de Palestina, ponía límites a la venta de tierras y limitaba la migración judía, escribió que el intento de resolver la cuestión mediante la migración a Palestina era "una trágica burla del pueblo judío". Advirtió que Londres había cambiado de política para ganarse a los árabes y que el país podía convertirse en una trampa sangrienta para cientos de miles de judíos, y ató la salvación del pueblo judío al derrocamiento del sistema capitalista. Su programa para los países atrasados partía de la teoría de la revolución permanente, las tareas democráticas y nacionales solo pueden cumplirse si la clase obrera toma el poder y avanza hacia las socialistas, sin esperar a que una burguesía nacional las complete en una etapa previa. Esa es la superación del etapismo que los partidos comunistas árabes no pudieron realizar, y la razón por la que el Programa de Transición de 1938 resumía la crisis de la humanidad en la crisis de dirección del proletariado. Lo que faltó en 1947, como falta hoy, fue esa dirección, obrera, independiente de las burguesías árabes, del imperialismo y de la burocracia de Moscú. Sin embargo, esa crisis de dirección no fue un fenómeno exclusivamente palestino. A lo largo del siglo XX, la clase obrera intentó recomponerse una y otra vez, buscando formas propias de organización y de poder. En ese esfuerzo, algunas experiencias llegaron a tomar el Estado y a intentar transformaciones profundas. Una de ellas fue Yemen del Sur, la única experiencia de Estado marxista-leninista en el mundo árabe, que existió entre 1967 y 1990. Surgió tras la independencia del Reino Unido, bajo el liderazgo del Frente de Liberación Nacional, que en 1978 se transformó en el Partido Socialista Yemení. Desde su fundación, el partido se definió como la vanguardia de la clase trabajadora yemení, con base teórica en el socialismo científico. Nacionalizó sectores económicos, impulsó la redistribución de tierras, la emancipación de las mujeres y programas masivos de alfabetización. Aden se convirtió en un faro del campo socialista, lugar de refugio y entrenamiento de militantes, incluidos los del Frente Popular para la Liberación de Palestina. Pero Yemen del Sur fracasó. Y fracasó por razones que no fueron solo externas, sino profundamente internas. Su derrota se explica por varios factores entrelazados. Uno importante fue la subsistencia de la sociedad tradicional, apesar de las nacionalizaciones, la estructura tribal y religiosa sobrevivió, especialmente en las zonas rurales y en la región oriental del Hadramaut. El Estado socialista no logró transformar la base material de esas regiones, en parte por la debilidad del aparato estatal y la escasez de recursos. La sociedad que el partido pretendía revolucionar permaneció intacta bajo la superficie del discurso progresista. También, el fraccionalismo interno fue importante, devoró al partido. El PSY nunca fue una organización unificada. Desde su fundación, las disputas entre facciones, disfrazadas de divergencias ideológicas, definieron su historia. El punto culminante llegó el 13 de enero de 1986, cuando una reunión del Politburó terminó en una masacre: los seguidores del presidente Ali Nasser Mohammed abrieron fuego contra sus rivales, desatando diez días de guerra civil que dejaron entre 10.000 y 13.000 muertos. El partido que se proclamaba vanguardia de la clase obrera se masacró a sí mismo. La dirección concentrada en el secretario general y la cúpula partidaria había sofocado cualquier mecanismo democrático interno. Pero lo principal fue la política y la subordinación a Moscú que limitó toda autonomía. Yemen del Sur dependía del apoyo soviético, pero esa dependencia le impedía desarrollar una política propia adaptada a sus condiciones. La burocracia soviética no promovía la iniciativa revolucionaria de las masas, sino la estabilidad de sus aliados en la Guerra Fría. Cuando el bloque soviético comenzó a desintegrarse a finales de los ochenta, Yemen del Sur perdió su principal sostén externo y quedó al borde del colapso económico. Y ya en el contexto de la Guerra Fría y el reordenamiento imperial, la unificación con Yemen del Norte en 1990 no fue un acto de voluntad revolucionaria, sino el resultado de la debilidad. El Norte, con su régimen nacionalista, absorbió al Sur. Cuatro años después, en 1994, cuando los líderes sureños intentaron separarse, fueron aplastados militarmente por las fuerzas del Norte. La tierra, los recursos y las instituciones del Sur fueron saqueados. El Estado socialista había sido derrotado, y con él, una generación de trabajadores quedó sin dirección, sin partido y sin alternativa. La experiencia yemení muestra las dos caras del problema. Por un lado, la capacidad de la clase obrera y de los pueblos coloniales de organizarse, tomar el poder y avanzar en transformaciones que mejoraron las condiciones de vida: alfabetización, derechos de las mujeres, redistribución de tierras. Por otro, los límites de una dirección que no rompió con el etapismo ni con la subordinación a Moscú, que confundió la toma del Estado con la transformación de la sociedad, y que terminó devorándose a sí misma en una guerra civil fratricida. Yemen del Sur no fue una derrota de la clase obrera, sino de una dirección que no estuvo a la altura de las tareas que la propia clase obrera había abierto.
Ese es el hilo que conecta 1947 con hoy. Lo que faltó en Palestina y lo que faltó en Yemen del Sur es la misma cosa, una dirección obrera, independiente de las burguesías nacionales, del imperialismo y de las burocracias de Estado. La clase obrera intenta recomponerse, lucha, busca. Pero sin esa dirección, cada intento queda a mitad de camino, y el vacío lo ocupan otros: el nacionalismo, el islamismo político, o los aparatos de las burguesías locales.
El genocidio como como política estratégica de la creación del Estado de Israel: Plan Dalet y Nakba
Volvamos a 1948. Cuando Gran Bretaña se retiró, el aparato armado que había ayudado a crear estaba listo, y la última capa de propiedad se resolvió con fusiles. Arab al-Nufay'at, en el subdistrito de Haifa, tenía 8.937 dunams, de los cuales todos menos 1.471, de tierra pública, figuraban como propiedad judía. Fue vaciada por fuerzas del Yishuv el 10 de abril de 1948. El Plan Dalet, adoptado el 10 de marzo en la "Casa Roja" de Tel Aviv bajo la conducción de Ben-Gurión, y aplicado por jefes como Dayán y Rabin, encuadró la expulsión de unos 750.000 palestinos. Los historiadores cuentan entre 418 y 531 aldeas despobladas, según el criterio.
La Ley de Propiedad de Ausentes convirtió después a los refugiados en "ausentes" y legalizó el despojo. Cualquiera que entre el 29 de noviembre de 1947 y el fin de la emergencia no estuviera "presente" en su propiedad, hubiera sido expulsado por la fuerza o no, quedaba definido por ley como "ausente", y su propiedad pasaba automáticamente al custodio israelí. La expulsión armada quedó así refrendada como "partida voluntaria", y la tierra vaciada ingresó con estatus "legal" al patrimonio estatal. Entonces, el Estado no nació de una suma de compraventas, fue parte de su inicio, podemos decir que nació de un mercado que dejó una cabeza de puente en las tierras más fértiles, de un imperio que le dio marco legal, concesiones y armas, y de una guerra que borró lo que quedaba por medio del genocidio, bombardeo de civiles, destrucción de escuelas y hospitales, destrucción de fuerzas productivas palestinas. Sin embargo, el centro, de principio a fin, está la misma figura, el campesino arrendatario, sin título y sin voz, que perdió la tierra primero cuando se vendió y después cuando se la tomó. En el fondo de la ideología sionista su preocupación era que las masas palestinas no construyeran una base material para su descendencia. La burguesía sionista les negaba la proletarización en sus propios lugares de trabajo y los empujaba a la marginalidad, porque su proyecto colonial se apoyaba en la "conquista del trabajo hebreo" (avodá ivrit). La Histadrut organizó piquetes contra el trabajo árabe en las plantaciones de cítricos de Petaj Tikva y otras colonias agrícolas.También, otras acciones sionistas contra trabajadores palestinos en los sectores petroleros, el transporte y otras áreas de producción. El Fondo Nacional Judío arrendaba tierra exigiendo que se trabajara con mano de obra exclusivamente judía. Y las empresas sionistas solo contrataban palestinos cuando no alcanzaba la fuerza de trabajo judía, o cuando resultaba más barata, para despedirlos apenas la situación cambiaba. La huelga general de 1936 muestra la lógica política detrás de esa exclusión. El paro de los trabajadores del puerto de Jaffa contra el ingreso de fusiles para el armamento de colonos, mostró lo peligroso que era depender de obreros palestinos en un punto estratégico, y el sionismo respondió inaugurando el puerto de Tel Aviv para tener un enclave propio con mano de obra judía. La seguridad del abastecimiento, incluido el armamento, pasó a depender de que los palestinos no controlaran los puertos. Entonces, podemos decir que estaba viva la clase obrera y la fracción del proletariado palestino, pese que se niegue, y le moleste a académicos y sectores de la izquierda centrista: existió en puertos, ferrocarriles, transportes, canteras, antecedentes de la obra pública británica y la industria petrolera de Haifa, con sus propias organizaciones sindicales y huelgas. Claro en la union de trabajadores palestinos, judíos y toda etnia, como unidad de clase. Contra el capital-trabajo. Y es esa clase obrera en los hechos el sujeto histórico de la transformación. Buena parte de la izquierda populista actual no lo reconoce, o directamente rechaza que en los palestinos puedan tener una dirección independiente en este proceso político. Son funcionales al sionismo. Los hechos objetivos, como sostenemos nosotros, dicen lo contrario. Otra cosa es reconocer que la lucha del movimiento obrero palestino cayó por su propia debilidad, su aislamiento internacional, el peso de la ocupación y la limpieza etnica del sionismo. Sigamos. La política de expansión colonial sionista no se detuvo en las fronteras de 1948. En 1967, durante la Guerra de los Seis Días, Israel ocupó Cisjordania, Jerusalén Este, Gaza, los Altos del Golán y la península del Sinaí. El Sinaí fue devuelto a Egipto tras el tratado de paz de 1979, pero la ocupación de los territorios palestinos continuó. Desde entonces, la expansión territorial se apoyó en la ocupación militar, la construcción de asentamientos, el control de los recursos y distintas formas de desplazamiento de la población palestina. Estados Unidos se convirtió en su principal respaldo político, militar y financiero, especialmente después de 1967. La lógica de fondo es idéntica a la de 1948, crear ''fake'' de población sobre ''fake'' de tierra, y luego legalizar el ''hecho'' consumado con instrumentos jurídicos. La Ley de Propiedad de Ausentes sigue aplicándose en Jerusalén Este, donde las propiedades de palestinos que viven fuera de la ciudad pasan automáticamente al custodio israelí y de ahí a organizaciones de colonos.
En la actualidad, la expansión israelí tiene carácter transregional en el marco de una geopolítica imperialista. En Oriente Medio, los asentamientos siguen cercenando Cisjordania, Gaza es sometida a bloqueo y destrucción reiterada, y las operaciones militares en Líbano y Siria avanzan bajo el nombre de "zonas de amortiguación" hacia un control territorial de facto. En África, Israel desarrolla cooperación militar, de inteligencia y agropecuaria con varios países, usando la "ayuda al desarrollo" como cuña para construir puntos de apoyo estratégico, mientras empuja la cuestión palestina fuera de la agenda de la Unión Africana. En América Latina, vende armas al narcotráfico y tecnología de vigilancia a Guatemala, Colombia, Honduras y otros, a cambio de apoyo diplomático, y utiliza el territorio y los recursos de esos países como nodos de su red de inteligencia y logística. En Argentina con el presidente mas sionista del mundo, Javier Milei, tira abajo la ley de tierras, que limita la venta de tierras a extranjeros y prepara el terreno político y social para la compra sionista en Argentina de la tierra prometida para los sionistas.
La versión contemporánea en Oriente Medio de este patrón se ha mejorado, ya no depende de la "compra-expulsión" del siglo XIX, sino de un triángulo técnico-militar-diplomático: genocidio en Palestina, destrucción de escuelas y hospitales, hambrunas, campos de concentración a cielo abierto; en Cisjordania, robo de tierras, drones y sistemas de vigilancia para el control permanente de población y territorio, negocios inmobiliarios, venta de armas para atar lealtades exteriores, y el discurso "antiterrorista" como cobertura de legitimidad para cualquier operación. Respecto de 1948, cambian los medios, no el objetivo, control real de la tierra y expulsión o confinamiento de la población no judía.
Conclusión: el hilo de continuidad
La diferencia con 1948 no está en la lógica primaria, sino en la continuidad de la política estratégica de la decadencia imperialista, y de su táctica con los instrumentos, ayer fueron la compra, el contrato y el fusil; hoy son el asentamiento, genocidio, expansionismo militar, el dron, ejércitos matando civiles y encarcelando niños y médicos, y el apartheid. Pero en el centro sigue estando la misma figura de siempre, quien trabaja la tierra sin título, o sin trabajo, o precarizado, sin vivienda, sin salud y sin voz. El resultado es el mismo de siempre y que se debe superar, primero se pierde la tierra cuando se vende y después se la saquea y se la roba, sin trabajo, sin vivienda, sin agua y sin comida, como ocurre hoy en Cisjordania y en Gaza. Esa figura no actúa por sí misma en el plano político, y la dirección obrera e independiente que podía representarla es la que faltó en 1947 y la que sigue faltando. Necesitamos preparar esa superación dialéctica y el triunfo político de los trabajadores.
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