A 86 años del asesinato de León Trotsky: la vigencia de una lucha por la revolución socialista
Este 20 de agosto se cumplen 86 años del atentado contra León Trotsky en su casa de Coyoacán, México. Aquel día de 1940 un agente de la policía política soviética, la NKVD, le hundió un piolet de alpinista en el cráneo. Trotsky agonizó durante casi veinticuatro horas y murió el 21 de agosto. No fue un crimen aislado ni el golpe de un fanático suelto: fue el cierre de una cacería internacional organizada desde el Kremlin por Iósif Stalin contra el último gran dirigente vivo de la revolución de Octubre.
El asesino se hacía llamar Jacques Mornard, un supuesto empresario belga de buena posición que durante meses había cultivado una relación sentimental con Sylvia Ageloff, una militante trotskista neoyorquina, para ganarse la confianza del círculo de seguridad de la casa de Coyoacán. Bajo ese nombre falso, y después bajo el de Frank Jacson, el agente estalinista Ramón Mercader fue tejiendo con paciencia de espía el camino que lo llevaría, esa tarde de agosto, hasta el escritorio donde Trotsky revisaba un manuscrito. No era el primer intento: apenas tres meses antes, el 24 de mayo, un comando estalinista había ametrallado la casa a la madrugada sin lograr matarlo.
Trotsky había sido, junto a Lenin, uno de los organizadores centrales de la insurrección de Octubre de 1917, presidente del Soviet de Petrogrado y fundador del Ejército Rojo, la fuerza que sostuvo al primer Estado obrero de la historia frente a la contrarrevolución blanca y catorce ejércitos imperialistas. Muerto Lenin, encabezó la Oposición de Izquierda contra el ascenso de una burocracia que se consolidaba en torno a Stalin, y denunció tempranamente que el aislamiento internacional de la revolución rusa —producto de las derrotas obreras en Alemania, China y otros países— estaba fortaleciendo a una capa dirigente cada vez más despegada de las masas trabajadoras que la habían llevado al poder.
Ese diagnóstico temprano se confirmó de la forma más sangrienta durante los llamados Grandes Purgas, entre 1936 y 1938. Stalin no se conformó con desplazar políticamente a sus rivales: los hizo desfilar por procesos armados de antemano, con confesiones arrancadas bajo tortura, y después los fusiló. Grigori Zinóviev y Lev Kámenev cayeron tras el primer proceso de Moscú, en agosto de 1936. Nikolái Bujarin y Alekséi Rýkov, dos de los cuadros más importantes del viejo partido bolchevique, fueron liquidados en el último gran juicio, en 1938. Los tribunales estalinistas acusaban de traición, espionaje y sabotaje a hombres que habían hecho la revolución; las confesiones eran fabricación policial pura, destinada a borrar cualquier voz que pudiera disputarle el poder personal a Stalin. La cifra fría de esa masacre política todavía impresiona: los propios archivos soviéticos, abiertos después, reconocen 681.692 ejecuciones verificables solo en 1937 y 1938, sin contar los cientos de miles de deportados y encarcelados en el sistema de campos.
El cerco estalinista no se detuvo en los cuadros del viejo partido: también fue por la propia familia de Trotsky. Su hijo Lev Sedov, principal colaborador político y editor del Boletín de la Oposición, el órgano que sostenía la lucha contra la burocracia desde el exilio, murió en París en febrero de 1938 en circunstancias nunca del todo esclarecidas, tras ser internado por una apendicitis en una clínica atendida en buena parte por personal ruso emigrado con vínculos sospechados con la NKVD. Trotsky quedó convencido de que se trató de un asesinato más de la policía política soviética, y la pérdida fue, a la vez, un golpe personal devastador y un golpe organizativo: Sedov no era solo su hijo, era el nexo operativo entre Trotsky, aislado en su exilio, y la militancia dispersa por Europa. Con su muerte, Stalin no solo le arrancaba un hijo, le desarticulaba buena parte de la estructura que sostenía la pelea cotidiana de la Oposición de Izquierda.
Lo que Stalin exterminó en esos años no fue un puñado de opositores personales, sino a una generación entera de revolucionarios formados en la lucha contra el zarismo, en la guerra y en la construcción del primer Estado obrero. Trotsky era, de esa generación, el que quedaba en pie y con capacidad de organizar una alternativa. Por eso era el objetivo final: no representaba solamente una crítica moral al estalinismo, sino un programa concreto, la democracia obrera en los soviets, la planificación económica bajo control de los trabajadores y la perspectiva de extender la revolución a escala internacional, en las antípodas de la teoría del "socialismo en un solo país" con la que la burocracia soviética blindaba sus propios privilegios y subordinaba a los partidos comunistas del mundo a la diplomacia del Kremlin.
Expulsado de la URSS en 1929 y expulsado después de Turquía, Francia, Noruega, hasta encontrar refugio final en México, Trotsky no dejó de escribir ni de organizar un solo día de su exilio. Desde Coyoacán denunció el carácter de farsa de los procesos de Moscú, explicó el contenido contrarrevolucionario de las purgas y advirtió, con más de un año de anticipación, sobre el estallido de una nueva guerra mundial y el ascenso del fascismo en Europa. Esa advertencia no era abstracta: Trotsky sostenía, con la experiencia de 1914 y 1917 todavía fresca, que las grandes guerras imperialistas tienden a abrir procesos revolucionarios, porque llevan al límite el sufrimiento de los pueblos y ponen en cuestión a los propios Estados que las conducen. Cuando el atentado se ejecuta, en agosto de 1940, la guerra mundial ya había estallado un año antes y Stalin, que acababa de firmar el pacto con Hitler, necesitaba borrar del mapa a cualquier polo revolucionario independiente que pudiera capitalizar políticamente la crisis que se avecinaba. Matar a Trotsky, en ese sentido, no fue solo saldar una cuenta pendiente con el pasado: fue un cálculo hecho a partir de la guerra que se abría y de la posibilidad concreta de que, como había pasado en 1917, esa guerra terminara pariendo nuevos procesos revolucionarios.
Y en efecto los parió, aunque sin la dirección que Trotsky había peleado por construir. De esa misma guerra salieron la revolución yugoslava y la revolución china, el ciclo de luchas anticoloniales que sacudió a Indonesia, Vietnam y buena parte de Asia, la resistencia griega que estuvo a un paso de tomar el poder y las insurrecciones populares que jaquearon a media Europa liberada del nazismo. Ninguno de esos procesos contó con una dirección revolucionaria marxista de la magnitud que Trotsky representaba, y varios terminaron encauzados o directamente contenidos por direcciones estalinistas que privilegiaron acuerdos con el imperialismo antes que la extensión de la revolución. La ausencia que dejó su asesinato no fue entonces solo una pérdida simbólica: se sintió en el destino concreto de esas revoluciones que se abrieron después.
Frente a esa degeneración, Trotsky impulsó la fundación de la Cuarta Internacional, concretada en septiembre de 1938 en Périgny, cerca de París, con el objetivo de sostener el programa del marxismo revolucionario y preparar una dirección capaz de enfrentar al mismo tiempo al imperialismo, al fascismo y al estalinismo. El documento que le dio contenido a esa fundación, el Programa de Transición, proponía unir las demandas inmediatas de los trabajadores —salario, empleo, condiciones de trabajo, organización sindical, control obrero de la producción— con la pelea estratégica por el poder y la transformación socialista de la sociedad. El propio Trotsky definió con precisión el lugar que ese organismo venía a ocupar, sin concesión posible a nadie: la Cuarta Internacional gozaba ya desde su nacimiento del justo odio de los estalinistas, de los socialdemócratas, de los liberales burgueses y de los fascistas por igual, no tenía ni podía tener lugar en ningún frente popular y combatía irreductiblemente a todo grupo político ligado a la burguesía, porque su misión era aniquilar la dominación del capital, su objetivo era el socialismo y su método, la revolución proletaria. La Cuarta Internacional sufrió, apenas dos años después de nacer, el golpe de perder a su fundador, y atravesó la Segunda Guerra Mundial, la represión y sucesivas divisiones; aun así dejó una herencia que distintas corrientes siguen reivindicando y discutiendo hasta hoy: que no hay emancipación de la clase trabajadora sin independencia de clase, sin democracia obrera y sin una estrategia internacionalista.
Conmemorar este aniversario no es un ejercicio de nostalgia hacia una figura del pasado. Es volver sobre las lecciones de una derrota histórica concreta: sin dirección revolucionaria, sin debate político libre, sin democracia obrera y sin perspectiva internacional, hasta las luchas obreras más grandes pueden terminar desviadas, derrotadas o devoradas por aparatos que les son ajenos. A 86 años del piolet que le partió el cráneo en Coyoacán, la figura de Trotsky sigue afirmando una idea simple y todavía vigente para cualquier militante obrero: a los revolucionarios se los puede perseguir y asesinar, pero las ideas y la organización de la clase trabajadora pueden sobrevivir a sus verdugos.
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