Trump y las próximas elecciones: el diésel no se volvió solo su flanco más expuesto, sino que es el el capitalismo y su autoliquidación.
El 1 de octubre el diésel costaba en Estados Unidos 6,39 dólares por galón, según AAA, a centavos del récord de fines de septiembre y casi tres dólares más que un año atrás. Es un precio que se derrama sobre toda la economía, porque el diésel mueve los camiones que llevan la comida y las mercancías y hace andar tractores y maquinaria de obra. La guerra con Irán cortó buena parte del suministro desde Medio Oriente y Rusia prohibió sus exportaciones tras los ataques ucranianos a sus refinerías. A un mes de las legislativas, Trump necesita mostrar una baja, y los propios republicanos le señalan el camino: el senador Chuck Grassley, en nombre de los agricultores, pidió un embargo a las exportaciones de diésel, y en la Cámara hay proyectos para restringirlas. La lógica es simple, si el combustible que hoy se vende afuera se queda adentro, hay más oferta local y el precio cede. Goldman Sachs calcula una baja de unos 25 centavos por semana, y Oxford Economics, una caída cercana al 30% en algunas regiones.
Pero la simpleza se termina en la refinería. Ese diésel extra no tiene a quién venderse, porque el consumo interno no crece de golpe, y se acumula hasta llenar los tanques. Entonces las refinerías procesan menos crudo, y como del mismo barril salen también gasolina y otros derivados, producen menos de todo. Goldman estima que la nafta subiría unos 30 centavos por galón, y Wood Mackenzie, que una prohibición amplia podría recortar el procesamiento en más de dos millones de barriles diarios. El alivio en el diésel se pagaría en el surtidor de nafta, que llega a muchos más votantes. Además, el precio se fija en el mercado mundial y por la guerra mundial, dejar el combustible adentro no lo abarata por decreto. Y el golpe no se detiene en las fronteras. Estados Unidos es el mayor exportador de diésel del mundo y Europa depende en buena medida de él, de modo que Oxford calcula que los precios mayoristas europeos podrían saltar entre 40% y 50%. Por eso la Casa Blanca duda, dijo que no hay decisión, y el secretario de Energía, Chris Wright, prefiere un recorte voluntario antes que una prohibición. La industria ya advirtió que se trata de un riesgo real.
Queda entonces la opción de catástrofe electoral para Trump, y es la que Washington ya empezó a recorrer, que el sacrificio lo hagan otros. Le pidió a la Unión Europea 120 millones de barriles de diésel durante seis meses y, según Reuters, amenazó con la prohibición si Francia y Alemania no liberan sus reservas de emergencia. La dirección de la amenaza lo dice todo, no se trata de impedir que Europa venda combustible a Estados Unidos, sino de cortarle el suministro si no abre sus depósitos. Trump busca trasladar a sus aliados parte del costo de la crisis sin lesionar, de entrada, la rentabilidad del capital refinador de su país. En la crisis, el "orden occidental" reparte los costos según el poder de cada uno.
Pero esta salida también tiene techo. Las reservas europeas se agotan, y la amenaza exportadora, si se concreta, golpea a quien la formula. Trump queda atrapado en una contradicción que no se resuelve con una orden, necesita combustible barato para sostener el apoyo político y, al mismo tiempo, que las empresas sigan produciendo y vendiendo con ganancias.
Trump presiona a Europa para que use su gasoil de emergencia y ayude a bajar el precio mundial, porque cortar las ventas estadounidenses podría perjudicar a Europa, pero también causarle un problema de nafta y de producción dentro de Estados Unidos. El capital es enemigo decsu propio capital. No tiene amigos.
Esto permite como hipótesis política que Trump va a perder las elecciones por el descontento popular de las dos maneras, es que el diésel no se volvió solo su flanco más expuesto, sino que es el el capitalismo y su autoliquidación.
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