Especulación financiera y el negocio de la IA: una renta mayor que la del Tesoro de EEUU a la sombra de la guerra mundial
Por Ulra
La expansión de la inteligencia artificial bajo el capitalismo no abre solamente una competencia por desarrollar programas más potentes. También impulsa un negocio financiero alrededor de los centros de datos, los chips y la infraestructura informática. Para BlackRock, uno de los principales parásitos financieros del mundo, el endeudamiento de las grandes tecnológicas ofrece una oportunidad de cobrar intereses sobre esa expansión. Al mismo tiempo, el Pentágono contrata a compañías del sector para incorporar capacidades avanzadas de inteligencia artificial. Son operaciones novedosas en un sentido, y añejo en otro, pero que se refieren a una convergencia: la infraestructura tecnológica se desarrolla bajo el impulso del capital financiero y encuentra en los Estados capitalistas y sus aparatos militares una fuente de demanda.
¿Por qué sucede está situación tan compleja?
El problema es del régimen social y se inscribe en la tendencia objetiva del capital a socavar las condiciones de su propia reproducción, una contradicción que los análisis vulgares eluden. En el marco de un imperialismo monopolista, parasitario, decadente y guerrerista, la inversión en inteligencia artificial no puede analizarse al margen de sus vínculos con el negocio armamentístico y las estrategias de dominación. Esto significa en forma compleja que cada dólar invertido financia la producción de armas en última instancia, por eso, exige investigar las relaciones económicas, tecnológicas y políticas que conectan ambos campos. La cuestión central es quién financia su desarrollo, quién controla sus capacidades y qué intereses y necesidades orientan su utilización.
Para incorporar estos elementos al análisis, es necesario estudiar la autoliquidación del capital y la articulación entre las finanzas, las grandes empresas tecnológicas y la militarización. Estas relaciones conforman una unidad atravesada por fisuras terminales y se desarrollan a través de contradicciones entre capitales que compiten entre sí, aunque comparten el interés por sostener la explotación de los trabajadores y la apropiación privada de la riqueza producida socialmente. Esa competencia no elimina su articulación; la vuelve conflictiva y puede convertir la expansión tecnológica en una fuerza destructiva, subordinada a la rentabilidad y a la guerra. Superar esa contradicción exige la nueva acción de un sujeto social y político capaz de abrir paso a una nueva sociedad: los trabajadores organizados de manera independiente y a escala mundial. El desafío es que esa organización se extienda al conjunto de la clase trabajadora, incluidos los sectores que permanecen alienados, y transforme el malestar compartido en una fuerza consciente y organizada. Las categorías de «ciudadanos» o «gente común», utilizadas por la sociología, terminarán por estallar ante la agudización de las contradicciones capitalistas y darán paso a una caracterización que haga visible la división de clases que esas denominaciones desdibujan. Sin embargo, esa conciencia no surgirá automáticamente de los acontecimientos ni podrá construirse cuando todo sea un hecho consumado: requiere un trabajo previo de organización, formación y planificación política que permita transformar las relaciones capitalistas y abrir paso al socialismo, orientando las capacidades tecnológicas hacia la satisfacción de las necesidades colectivas.
La deuda tecnológica como apuesta financiera rescatada por el estado capitalista.
Rick Rieder, tecnócrata especulador de BlackRock, presentó esos bonos corporativos de alta calidad como una oportunidad especialmente atractiva. En una entrevista con CNBC publicada el 21 de octubre de 2026, sostuvo que, hipotéticamente, era posible construir una cartera diversificada con un rendimiento superior al 7%, una duración inferior a tres años y una calificación crediticia promedio A−. Pero puso atención en la duración de la sensibilidad del precio de los bonos y a los cambios en las tasas de interés. Y terminó, reconociendo que el rendimiento no estaba garantizado, es decir, un pedido de rescate por el estado capitalista. Veamos: su preferencia incluía deuda de grandes proveedores de infraestructura informática, a los que atribuía abundantes flujos de caja y capacidad de pago. Según datos de LSEG citados por CNBC, Alphabet, Amazon, Meta y Oracle habían emitido aproximadamente US$228.400 millones en bonos hasta el 20 de octubre de 2026. La cifra corresponde al conjunto de sus emisiones, esto es importante, porque en las explicaciones del periodismo comercial no se toma en cuenta, no es exclusivamente a deuda destinada a inteligencia artificial. Pequeño detalle que mostramos al lector.
Desde una perspectiva crítica, lo significativo es cómo aparece ese crecimiento ante el administrador financiero, la construcción de capacidad informática constituye también una oportunidad para adquirir derechos de cobro sobre los ingresos futuros de las empresas. La promesa tecnológica se convierte en una promesa de rentabilidad garantizada por el estado capitalista.
Sucede que cuando un inversor compra un bono del Tesoro estadounidense, le presta al Estado federal; cuando compra un bono corporativo, le presta a una empresa. Sus condiciones de riesgo, vencimiento, liquidez y rendimiento pueden ser diferentes. Por eso, comparar dos tasas sin identificar los instrumentos y sus condiciones puede inducir a un ocultamiento al que nos referimos. Como ejemplo puramente ilustrativo, un rendimiento anual del 7% supera a uno del 4,7% en 2,3 puntos porcentuales: equivale a cerca de un 49% más de rendimiento relativo. Pero esa diferencia no representa una ganancia adicional asegurada ni demuestra que las inversiones sean equivalentes. Tampoco permite atribuir el 7% al conjunto del negocio de la inteligencia artificial, porque está tomando otras deudas.
La magnitud de las emisiones introduce otro problema, la competencia por el financiamiento. Rieder advirtió sobre un posible efecto de desplazamiento asociado con la oferta de deuda de centros de datos y grandes tecnológicas, en un contexto de mayores rendimientos de los títulos públicos. Su observación no demuestra que la IA determine por sí sola el costo del crédito, pero sí muestra que su expansión financiera puede alterar las condiciones en las que otros actores buscan endeudarse. El propio burócrata privado de Black Rock señaló una desigualdad en los efectos de las tasas, mientras sectores como la vivienda, las tarjetas de crédito y los préstamos para automóviles ya sufrían presiones, las inversiones de las grandes tecnológicas seguían otro recorrido. La expansión de la infraestructura de IA y las dificultades de otros sectores pueden coexistir. El crecimiento del negocio tecnológico no equivale, por lo tanto, a una mejora general de las condiciones de vida.
Goldman Sachs y el destino de los intereses capitalistas
Una posición complementaria apareció en declaraciones de otro especulador, Anshul Sehgal, codirector global del parasitismo financiero, divisas y materias primas de Goldman Sachs. Según una crónica publicada en septiembre de 2026, expresó su preferencia, también, por inversiones en infraestructura de inteligencia artificial —incluidos centros de datos y proveedores de capacidad de cómputo— frente a bonos del Tesoro de largo plazo. Presentó esa apuesta como una oportunidad con mayor potencial de valorización, no como una operación idéntica a la compra de bonos corporativos recomendada por Rieder.
El razonamiento incluía una observación distributiva en favor de los capitalistas, los mayores pagos de intereses ponen recursos en manos de quienes poseen activos financieros y una parte de esos recursos puede financiar nuevas inversiones en IA. Según esa misma crónica, el especulador Sehgal señaló que esos ingresos benefician al capital y no al trabajo. Por eso en esta lucha entre capital-trabajo, la crisis capitalista la pagan los trabajadores y no los capitalistas que son rescatados en sus bonos y otras artimañas por el estado capitalista.
La lectura política que proponemos parte de esa distinción. El Estado paga intereses a sus acreedores y los propietarios de esos activos deciden dónde colocar los ingresos que reciben. Pero de allí no se desprende que pueda reconstruirse un recorrido único y directo entre cada pago de deuda pública y una inversión tecnológica determinada. Pero sí, lo que aparece es una relación de distribución y de poder: quién posee los títulos, quién cobra los intereses y quién decide el destino de esos recursos.
El financiamiento y el Estado como comprador
La relación del pulpo financiero BlackRock con la infraestructura no se limita a recomendar bonos. En julio de 2026, Meta anunció una sociedad con fondos administrados por BlackRock para desarrollar y operar un centro de datos en El Paso, Texas. Según Reuters, el proyecto contemplaba aproximadamente US$14.000 millones de inversión en desarrollo; los fondos administrados por BlackRock tendrían una participación del 80% y Meta conservaría el 20%. Una parte de la inversión se financiaría mediante US$12.500 millones de deuda.
La operación muestra cómo se articulan propiedad, financiamiento y construcción de infraestructura. Su importancia para mostrar a nuestros lectores es ''qué'' permite observar en la participación directa de esos grandes administradores financieros en los activos materiales sobre los que descansa la expansión tecnológica. Mientras los liberales presentan el mercado como un mecanismo capaz de coordinar por sí mismo la producción y la inversión, dejan fuera de cuadro el papel del Estado y de la guerra. Desde una perspectiva socialista, esa relación es la observable y debe explicarse con precisión: el ''qué'' es el aparato militar estadounidense porque no observa desde afuera la expansión de la inteligencia artificial, sino que interviene como comprador de sus capacidades. Pequeño detalle que se les escapa a estos subjetivistas. Objetivamente, la demanda militar ofrece una salida comercial a determinados desarrollos tecnológicos y abre oportunidades de acumulación para las empresas contratistas. Aquí aparece una contradicción que los apologistas del libre mercado prefieren ocultar: el capital privado, presentado como una fuerza autosuficiente, encuentra en el gasto estatal un sostén para su valorización. El Estado no actúa como un elemento ajeno a la economía capitalista, sino que organiza una demanda capaz de convertir capacidades tecnológicas en contratos e ingresos privados, mientras subordina una parte de su desarrollo a objetivos bélicos. No se trata de una anomalía que contradiga la supuesta pureza del mercado, sino de una articulación entre competencia empresarial, poder estatal y militarización al servicio de la apropiación capitalista de la plusvalía producida por la clase obrera. Lo que se celebra como un triunfo exclusivo de la iniciativa privada es una mentira: depende de decisiones políticas del Estado capitalista que comprometen recursos públicos, favorecen la acumulación privada y orientan capacidades productivas hacia la destrucción de las fuerzas productivas de capitalistas rivales o de otras naciones. El 14 de julio de 2025, el Departamento de Defensa anunció contratos con Google, OpenAI, Anthropic y xAI, con un límite de hasta US$200 millones por compañía. El techo conjunto de US$800 millones no equivale a desembolsos efectivamente realizados. Los acuerdos buscaban ampliar la adopción de IA avanzada para tareas de seguridad nacional; el contrato de OpenAI incluía el desarrollo de prototipos para aplicaciones de combate y de gestión. La incorporación también alcanza sistemas especializados. En marzo de 2026 se informó, sobre la base de una carta del subsecretario de Defensa estadounidense, la decisión de convertir el Maven Smart System de Palantir en un programa formal del Pentágono, con el objetivo de facilitar su integración entre las distintas ramas militares y darle financiamiento estable. Vale como ejemplo que está utilización se volvió automáticamente obligatoria para el salvataje del proyecto imperialista descompuesto de Trump (Ibid).
Sabemos que a la intelligentsia burguesa en este tema se le ponen los pelos de punta: fingen demencia, se refugian en la pereza intelectual o declaran de inmediato su aburrimiento. A nosotros, en cambio, nos interesa discutirlo porque lo que está en juego es el presente y el futuro de la clase obrera. Por eso vamos a explicar una relación compleja, que no se reduce a un vínculo directo y automático, se articula a través del financiamiento de la infraestructura informática y de los contratos para desarrollar herramientas destinadas a funciones militares. Es un vínculo capitalista y político que nos interesa examinar, porque son las capacidades tecnológicas desarrolladas dentro de este entramado capitalista y que se incorporan a las estructuras de vigilancia, identificación de objetivos y conducción de operaciones orientadas para el genocidio y el asesinato de civiles a escala mundial. Veamos ias más importantes:
Gaza, automatizar la selección de objetivos y genocidio
La investigación de +972 Magazine y Local Call publicada el 3 de abril de 2024 ofreció un caso especialmente grave. Basada en testimonios de seis oficiales de inteligencia israelíes, describió el uso de Lavender, un sistema que llegó a señalar a unos 37.000 palestinos como presuntos integrantes de organizaciones armadas y posibles objetivos de ataques. Esa cifra corresponde a personas marcadas por el sistema para el asesinato programado.
Según las fuentes entrevistadas, durante las primeras semanas de la ofensiva los resultados de Lavender recibieron una supervisión humana muy limitada. Un oficial describió revisiones de unos veinte segundos por objetivo, mientras que las comprobaciones internas citadas en la investigación habían estimado errores en aproximadamente el 10% de los casos. Los testimonios también advirtieron sobre identificaciones equivocadas relacionadas con patrones de comunicación y con teléfonos que habían cambiado de usuario.
Otro sistema, denominado “Where’s Daddy?”, permitía seguir a personas seleccionadas y alertar cuando entraban en sus viviendas. De acuerdo con los testimonios, ese procedimiento facilitó ataques contra casas familiares. La investigación distinguió esas herramientas de Habsora, o “el Evangelio”, un sistema orientado a identificar edificios y estructuras como objetivos.
El ejército israelí reconoció los objetivos civiles. Sostuvo que se trataba de uso de herramientas tecnológicas y que se realizó en el marco de la expansión colonial, el sistema servía para el debilitamiento interno del enemigo. Esa respuesta oficial se ratificó con las denuncias de los oficiales entrevistados: lo central es precisamente que la tecnología se usó y existió una orientación ideológica basada en el supremacismo sionista y las decisiones respaldada por la superestructura del estado de Israel permitía ese procedimiento.
La responsabilidad política no desaparece detrás del algoritmo. Los testimonios describen decisiones sobre los criterios de identificación, los niveles de supervisión y la aceptación de víctimas civiles. La propaganda sionista y las representaciones diplomáticas israelíes en Latinoamérica presentan estas operaciones como parte de un proceso de automatización tecnológica, desplazando del debate las decisiones políticas y militares que las orientan. Pero la inteligencia artificial no actúa como un agente independiente, su utilización responde a una estrategia, a una cadena de mando y a criterios definidos por responsables políticos y militares. Presentar esas decisiones como resultados impersonales de un algoritmo contribuye a diluir responsabilidades. Por eso, la gravedad de lo ocurrido no puede reducirse a una controversia sobre la precisión o las fallas de una tecnología, exige examinar los objetivos de su utilización y las consecuencias humanas de las operaciones que permite ejecutar. El 16 de septiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU concluyó que las autoridades y fuerzas israelíes habían cometido y continuaban cometiendo genocidio contra los palestinos de Gaza.
Medio Oriente: los datos cotidianos como recurso militar
La utilización bélica de información personal no se limita a los sistemas de selección de objetivos. Una investigación del Financial Times publicada en julio de 2026 informó sobre intentos de localizar a personal militar y contratistas estadounidenses en Medio Oriente mediante vulnerabilidades de las redes móviles y datos comerciales de ubicación. Fuentes citadas en el reporte atribuían las sospechas a Irán o a grupos vinculados con ese país; esa atribución debe mantenerse como tal, no presentarse como un hecho definitivamente establecido. El mecanismo incluía consultas a redes de telecomunicaciones capaces de revelar la ubicación aproximada de teléfonos en itinerancia. El reporte también recogió sospechas sobre el uso de bases comerciales de publicidad móvil para identificar dispositivos. Este episodio amplía el problema, la información producida por la vida cotidiana puede convertirse en un recurso de inteligencia. No todo rastreo depende de IA, ni toda base comercial se crea para una operación militar. Precisamente por eso importa el análisis de la conexión, datos recogidos o comercializados para unos fines pueden ser utilizados en otros escenarios de poder, conflicto y asesinato selectivo.
Ucrania: producción masiva y dependencia tecnológica
En Ucrania, la escala de fabricación de drones muestra otra dimensión de la transformación. En julio de 2026, Reuters recogió la estimación de un funcionario del Pentágono según la cual Ucrania produciría entre seis y siete millones de pequeños drones de ataque FPV durante ese año. Se trataba de una previsión de producción, no de una cifra anual ya cumplida.
Los drones no deben identificarse automáticamente con inteligencia artificial, son categorías distintas. Su inclusión permite observar la industrialización de capacidades militares y su relación con redes empresariales, sensores, comunicaciones e información digital. La dependencia también se manifestó en el acceso a imágenes satelitales. El 7 de marzo de 2025, Maxar confirmó que, por decisión del gobierno estadounidense, se había suspendido el acceso de usuarios ucranianos al programa GEGD, mediante el cual Estados Unidos proporcionaba imágenes comerciales adquiridas por su gobierno. No fue una suspensión demostrada de todos los servicios satelitales de Maxar para Ucrania, sino de ese mecanismo específico. Días después se informó el restablecimiento del acceso. El episodio muestra que disponer de una capacidad tecnológica no depende exclusivamente de que exista o pueda comprarse. También puede depender de decisiones estatales, contratos y permisos de acceso. La infraestructura comercial y la política militar se encuentran, en este caso, de manera concreta.
La convergencia de intereses muestra un circuito interesante, por ejemplo Google pertenece a Alphabet, una de las emisoras de deuda mencionadas y su relación con los contratos del Pentágono. Se entrelazan en una amalgama de inversiones en centros de datos, con los sistemas israelíes en la selección de objetivos y con los servicios de imágenes satelitales que los tienen como protagonistas y en acciones específicas de objetivos para moralizar a sus ciudadanos en los conflictos bélicos a su favor en casos particulares en los medios comerciales como el asesinato de líderes bajos tierra o desmoralizar al enemigo como el bombardeo civil a escuelas en forma deliberada como sucedió en Irán.
Esto permite afirmar, como tendencia, que cada bono recomendado por BlackRock financia un arma o una operación militar. Nos permite investigar los intereses entre quienes financian infraestructura, quienes desarrollan capacidades informáticas y quienes las incorporan a la guerra. La crítica socialista gana fuerza cuando se demuestra esas relaciones en la continuidad de la sed de ganancia del capitalismo y la destrucción de fuerzas productiva y el asesinato de civiles en la novedad tecnológica como justificado por el algoritmo imparcial.
Una disputa por el control social
Ante tanta catástrofe capitalista, la renta no está asegurada. El propio Rieder expresó cautela ante partes del negocio de los centros de datos que no cuentan con garantías o respaldo de las grandes plataformas. Su entusiasmo por determinados bonos convivía con advertencias sobre otros emisores y sobre la magnitud de la deuda que llegaba al mercado.
La contradicción que expresa Rieder, de la que hace mucha fuerza por reprimir, es política: una expansión capitalista presentada como promesa de progreso aparece organizada, al mismo tiempo, como una oportunidad de rentabilidad y como una capacidad aprovechable por los aparatos militares. En definitiva, las recomendaciones financieras y los contratos estatales examinados no agotan los usos de la inteligencia artificial, pero muestran quiénes participan en orientar una parte de su desarrollo.
Conclusión para el lector, los trabajadores y trabajadoras
Desde una perspectiva socialista, la pregunta no es solamente cuánto puede rendir una inversión. Es qué necesidades satisface, qué trabajo exige, quién controla sus resultados y sobre quién recaen sus costos. La posibilidad de orientar estas capacidades hacia la reducción de la jornada laboral, la investigación médica o la satisfacción de necesidades colectivas debe convertirse en un programa social con otra orientación, no en una justificación automática de cualquier expansión tecnológica en un marco capitalista.
Una explicación socialista debe volver comprensible lo complejo. Pero comprender no basta, transformar las prioridades del desarrollo tecnológico exige modificar las relaciones materiales y de poder que las determinan. Se trata de una relación de fuerzas, de organización política y de capacidad para disputar el control de la producción, no solamente de una discusión sobre programas y máquinas. Su control no debería quedar en manos de administradoras de activos, del Pentágono ni de las élites empresariales y estatales de las potencias en competencia. La alternativa que defendemos exige un debate público y la organización independiente de los trabajadores a escala mundial, con una conciencia de clase que no se diluya en la conciliación con las clases dominantes ni confunda la propiedad estatal con la emancipación social.
No se trata de que los trabajadores adopten una conciencia estatista o midan su fortaleza por la del aparato estatal. Se trata de que conquisten el poder político sin renunciar a su independencia de clase, quiebren la resistencia de la clase capitalista y transformen las relaciones sociales que hacen necesaria la dominación de una clase sobre otra.
Quienes sostienen con su trabajo todo ese circuito deben disputar su control. No para reemplazar una élite dominante por otra, sino para construir un poder de los trabajadores que se organice y se extienda a escala mundial, a la altura del alcance global de la inteligencia artificial. Un poder que abra una transición socialista orientada a la abolición de las clases y, con ella, primero la destrucción y luego la disolución del propio Estado.
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