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Por Ulra
La estrategia de Washington para contener el avance chino en Am茅rica Latina encuentra en Per煤 uno de sus l铆mites m谩s claros. El gobierno de Donald Trump intenta reconstruir una influencia directa sobre la regi贸n a trav茅s de la diplomacia, las fuerzas armadas, los tratados comerciales y la presi贸n sobre los gobiernos nacionales, pero en suelo peruano choca con un terreno donde el capital chino ya se instal贸 con fuerza en sectores decisivos de la econom铆a.
Esa vocaci贸n de tutela militar no es nueva ni discursiva, tiene una infraestructura concreta desplegada por todo el continente. Distintos relevamientos, que var铆an seg煤n se cuenten instalaciones permanentes, destacamentos compartidos o simples acuerdos de cooperaci贸n, calculan entre 70 y 80 bases e instalaciones militares estadounidenses activas en Am茅rica Latina y el Caribe, con una fuerte concentraci贸n en Panam谩, Puerto Rico, Colombia y Per煤, y presencia consolidada tambi茅n en Honduras, donde funciona desde hace m谩s de cuatro d茅cadas la base a茅rea de Soto Cano. Esa red, administrada por el Comando Sur, no es un simple dispositivo log铆stico contra el narcotr谩fico o de asistencia humanitaria, como gusta presentarla la propaganda oficial: hist贸ricamente sirvi贸 para sostener golpes de Estado, entrenar y adoctrinar a oficiales locales —incluso en t茅cnicas de tortura, a trav茅s de la tristemente c茅lebre Escuela de las Am茅ricas— y garantizar que ning煤n gobierno de la regi贸n se saliera demasiado del libreto trazado por Washington. Es sobre ese trasfondo de dominio militar directo, y no solo comercial o financiero, que hay que leer la reacci贸n norteamericana frente al avance de la infraestructura china: lo que est谩 en discusi贸n no es 煤nicamente qui茅n gana una licitaci贸n portuaria, sino qui茅n conserva la capacidad de intervenci贸n armada sobre un continente que Estados Unidos considera, desde hace m谩s de un siglo, su patio trasero natural.
El s铆mbolo m谩s visible del avance chino es el puerto de Chancay, inaugurado en noviembre de 2024 por Xi Jinping junto a la entonces presidenta Dina Boluarte, con una inversi贸n inicial de 1.300 millones de d贸lares dentro de un proyecto total estimado entre 3.500 y 3.600 millones. La empresa estatal china COSCO Shipping Ports controla el 60% de la sociedad operadora, mientras que la minera peruana Volcan retiene el 40% restante. Chancay no es una obra aislada, sino una pieza central en el reordenamiento de las rutas comerciales del Pac铆fico sudamericano. La infraestructura busca conectar de manera m谩s directa la producci贸n minera, agroexportadora y comercial de Per煤, y potencialmente de otros pa铆ses de la regi贸n, con los mercados asi谩ticos, recortando el viaje mar铆timo hacia China de unos cuarenta d铆as a apenas veintitr茅s. El puerto empez贸 a operar comercialmente en junio de 2025 y en el primer semestre de 2026 ya procesaba unos 200.000 contenedores equivalentes de veinte pies, un 71% m谩s que en el mismo per铆odo del a帽o anterior. Pero la presencia china en el pa铆s no naci贸 con esta terminal: las relaciones diplom谩ticas datan de 1971 y el Tratado de Libre Comercio bilateral rige desde 2010. En las 煤ltimas d茅cadas, Beijing se consolid贸 como principal socio comercial peruano y sus compa帽铆as se expandieron sobre miner铆a, electricidad, telecomunicaciones, comercio y grandes obras de infraestructura. Chancay es apenas la s铆ntesis m谩s elocuente de esa penetraci贸n econ贸mica, porque combina en un mismo proyecto propiedad extranjera, extracci贸n de recursos, log铆stica internacional y proyecci贸n geopol铆tica.
Washington observa impotente este avance con una genuina alarma. Funcionarios norteamericanos vienen advirtiendo que el control chino sobre una infraestructura portuaria estrat茅gica puede comprometer su sometimiento imperial y allanar el terreno para una futura presencia militar en la regi贸n. La disputa incluso lleg贸 a los tribunales, una sala judicial peruana restituy贸 el 1 de julio de 2026 las facultades del regulador Ositr谩n para supervisar y sancionar al operador del puerto, revirtiendo decisiones previas que hab铆an recortado esa capacidad de control estatal. Pero el discurso de Washington choca con una contradicci贸n que no puede resolver con declaraciones altisonantes: durante d茅cadas fue precisamente Estados Unidos, junto con los organismos financieros internacionales, quien empuj贸 la apertura econ贸mica, las privatizaciones y la libre movilidad de capitales en toda Am茅rica Latina. Cuando los capitales occidentales no aparecieron para financiar infraestructura estrat茅gica, fueron las corporaciones chinas las que ocuparon ese vac铆o. Ahora Washington denuncia la p茅rdida de soberan铆a peruana, aunque fueron exactamente esas pol铆ticas de subordinaci贸n, privatizaci贸n y desregulaci贸n, alentadas hist贸ricamente por las potencias imperialistas occidentales, las que abrieron la puerta al dominio extranjero sobre sectores clave de la econom铆a nacional.
En medio de esa disputa entre potencias se mueve el gobierno de Keiko Fujimori, que no puede darse el lujo de romper con China sin golpear directamente los intereses centrales de la burgues铆a peruana. China es hoy un mercado decisivo para las exportaciones del pa铆s, una fuente central de inversi贸n y un actor ya instalado en 谩reas estrat茅gicas de la econom铆a. Por eso, aunque Fujimori representa a una derecha dispuesta a profundizar la colaboraci贸n con Washington en materia de seguridad, defensa y negocios, su gobierno intenta al mismo tiempo conservar intacto el v铆nculo econ贸mico con Beijing. Lejos de tratarse de una estrategia soberana, esa pol铆tica es apenas una maniobra de equilibrio entre dos potencias rivales: el fujimorismo busca aprovechar el capital chino en miner铆a, puertos, energ铆a y comercio, mientras refuerza en paralelo la relaci贸n pol铆tica, militar y de seguridad con Estados Unidos, que a su vez considera a Fujimori una aliada regional potencial para contener a China y fortalecer operaciones contra el narcotr谩fico, la miner铆a ilegal y el crimen organizado. La contradicci贸n, en el fondo, es una contradicci贸n de clase: la burgues铆a peruana no aspira a recuperar para el pa铆s el control de su riqueza, de sus puertos o de sus rutas comerciales, sino simplemente a conseguir mejores condiciones para asociarse con uno u otro bloque capitalista. Necesita a China como comprador, financista e inversor, y busca en Estados Unidos un respaldo pol铆tico, militar y financiero. El resultado de esa doble subordinaci贸n es una soberan铆a apenas formal, mientras la econom铆a real queda atravesada de punta a punta por los intereses de potencias extranjeras.
Es cierto que Chancay puede reducir costos log铆sticos, ampliar la circulaci贸n de mercanc铆as y fortalecer la actividad exportadora peruana. Pero el beneficio para los trabajadores no est谩 garantizado por el simple hecho de que exista m谩s comercio. Si la infraestructura queda en manos de una empresa estatal extranjera asociada con capitales privados locales, si las ganancias se concentran en exportadoras, mineras y navieras, y si el pa铆s sigue organizado en torno a la extracci贸n de materias primas para el mercado mundial, el megapuerto puede terminar reforzando la dependencia estructural en lugar de superarla. Y ah铆 aparece el punto que la izquierda latinoamericana no puede permitirse pasar por alto: la expansi贸n china confronta de hecho con la hegemon铆a norteamericana, pero eso no la convierte en una alternativa emancipatoria ni antiimperialista. China act煤a en Per煤 y en el resto del continente como lo que es, una gran potencia capitalista que necesita asegurarse minerales, alimentos, mercados, infraestructura log铆stica, rutas de transporte y posiciones financieras. La diferencia de bandera con Estados Unidos no borra la relaci贸n desigual que se establece entre una potencia industrial, tecnol贸gica y financiera de primer orden, y econom铆as latinoamericanas especializadas hist贸ricamente en la exportaci贸n de materias primas.
La experiencia regional confirma ese diagn贸stico. Los principales destinos de la inversi贸n china en Am茅rica Latina son Brasil, Per煤, Chile y Argentina, con una fuerte concentraci贸n en recursos naturales e infraestructura. Esas inversiones pueden financiar obras que los propios Estados nacionales nunca llegaron a realizar, pero al mismo tiempo consolidan una estructura donde los pa铆ses sudamericanos siguen exportando cobre, litio, soja, petr贸leo y carne, mientras importan tecnolog铆a, maquinaria y productos industriales de mayor valor agregado. Por eso celebrar a China como un simple "contrapeso" frente a Estados Unidos, sin discutir qui茅n controla realmente las inversiones y bajo qu茅 r茅gimen laboral, ambiental y fiscal operan, equivale en los hechos a aceptar otra forma de subordinaci贸n con un acento distinto. La soberan铆a no consiste en elegir qu茅 embajada presiona menos a un gobierno, qu茅 banco refinancia una deuda con mejores condiciones, qu茅 multinacional extranjera termina controlando un puerto estrat茅gico, o cu谩ntas banderas militares se reparten el territorio. Consiste, en cambio, en que sea la propia poblaci贸n trabajadora la que controle democr谩ticamente sus recursos y decida un plan econ贸mico en funci贸n de las necesidades sociales, y no de la rentabilidad de los grandes grupos empresarios ni de la geopol铆tica de las potencias, sean estas occidentales u orientales.
Para la clase trabajadora argentina, el caso peruano ofrece una ense帽anza que no admite demasiadas vueltas. Argentina tampoco logr贸 construir soberan铆a alguna mediante el equilibrio entre potencias rivales. El peronismo, en sus distintas etapas, busc贸 negociar simult谩neamente con Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional, los acreedores privados, la Uni贸n Europea y China, y esa pol铆tica pudo en alg煤n momento mejorar transitoriamente las condiciones de financiamiento o abrir determinados mercados, pero nunca logr贸 superar la estructura de fondo hecha de endeudamiento cr贸nico, fuga de capitales, dependencia de exportaciones primarias y escasez recurrente de d贸lares. El swap con China expone con crudeza ese l铆mite estructural. Argentina mantiene con el Banco Popular de China un acuerdo de monedas por unos 18.000 millones de d贸lares, cuyo tramo activado, de 5.000 millones, fue renovado en abril de 2025 y funciona como respaldo directo de las reservas del Banco Central. El propio FMI reconoci贸 en 2026 que la autoridad monetaria argentina negociaba la extensi贸n de ese acuerdo y el refinanciamiento del tramo activado.
El origen y el destino de esos fondos son, en s铆 mismos, reveladores del verdadero papel que cumplen. Durante el gobierno de Alberto Fern谩ndez, el dinero activado se utiliz贸 para pagar obligaciones externas, incluidos compromisos con el propio FMI, y para financiar importaciones corrientes. No form贸 parte de ning煤n programa de transformaci贸n industrial planificada ni de recuperaci贸n p煤blica de recursos estrat茅gicos: sirvi贸, lisa y llanamente, para postergar una crisis de reservas y sostener la rueda de pagos de la deuda. Javier Milei llev贸 la subordinaci贸n a Washington, al Fondo y al capital financiero internacional a un nivel abierto y hasta program谩tico, aplicando un ajuste brutal sobre salarios, jubilaciones, empleo p煤blico, educaci贸n, ciencia y salud con el objetivo declarado de garantizar el pago de la deuda y atraer capitales. Pero ni siquiera ese alineamiento expl铆cito con Washington le permiti贸 romper con China: mientras proclama su devoci贸n por Estados Unidos, su gobierno necesita que el Banco Popular de China siga refinanciando una porci贸n central de las reservas disponibles. En abril de 2025, en pleno proceso de negociaci贸n de un acuerdo de 20.000 millones de d贸lares con el FMI, China renov贸 por un a帽o m谩s el tramo activado de 5.000 millones. La conclusi贸n que se desprende de estos hechos es dif铆cil de discutir: Milei no representa ninguna salida real de la dependencia mediante una alianza privilegiada con Estados Unidos, del mismo modo que el peronismo tampoco la construy贸 apelando a un discurso de "multipolaridad" y acuerdos con Beijing. Ambos, con m茅todos, ritmos y discursos bien distintos, terminan administrando una misma econom铆a subordinada a acreedores, organismos internacionales, grandes exportadores, bancos y capitales extranjeros.
De ah铆 que los trabajadores latinoamericanos no tengan absolutamente ning煤n inter茅s en alinearse ni con Trump ni con Xi Jinping, y tampoco en depositar expectativas en burgues铆as nacionales que se presentan como mediadoras patri贸ticas mientras negocian puertos, minerales y reservas con corporaciones extranjeras a espaldas de sus pueblos. En Per煤, el fujimorismo intenta captar simult谩neamente los negocios de Beijing y el blindaje geopol铆tico de Washington, con sus decenas de bases desplegadas en la regi贸n como garant铆a 煤ltima de ese blindaje. En Argentina, Milei busca el respaldo pol铆tico de Estados Unidos y del FMI sin resignar el ox铆geno financiero que le da el swap chino, mientras el peronismo, en sus distintas variantes, utiliz贸 su relaci贸n con Beijing sin romper jam谩s ni con el Fondo ni con la l贸gica de la deuda externa. Una pol铆tica obrera y socialista tiene que partir de una delimitaci贸n clara frente a ese doble juego: ni tutela estadounidense, ni tutela china, ni FMI, ni bases militares extranjeras, ni acuerdos secretos de endeudamiento, ni dominio privado o extranjero sobre puertos, minerales, energ铆a, banca y comercio exterior. Eso supone, para el conjunto de la clase trabajadora latinoamericana, avanzar hacia la recuperaci贸n bajo propiedad p煤blica y sin indemnizaci贸n de los recursos estrat茅gicos, los puertos, la energ铆a y la banca; exigir la apertura completa de los contratos firmados con COSCO, con las mineras, con las energ茅ticas y con los organismos de cr茅dito; rechazar de plano el pago de una deuda ileg铆tima y cualquier programa del FMI que descargue el ajuste sobre salarios y derechos sociales; exigir el desmantelamiento de toda base y todo acuerdo militar extranjero en territorio latinoamericano; imponer control obrero sobre las condiciones laborales y ambientales en los enclaves extractivos y en las grandes obras de infraestructura; y avanzar hacia una planificaci贸n regional de la producci贸n y el transporte que permita a los trabajadores de la regi贸n dejar de competir entre s铆 a fuerza de salarios bajos, precarizaci贸n y destrucci贸n ambiental para seducir inversiones extranjeras.
La discusi贸n de fondo, entonces, no pasa por si Chancay debe terminar respondiendo a Beijing o a Washington, sino por si ese puerto, la riqueza minera peruana y las rutas del comercio regional van a estar puestos al servicio de las grandes corporaciones y de la exportaci贸n de ganancias, o al servicio de un desarrollo planificado por y para las mayor铆as trabajadoras del continente. Exactamente lo mismo vale para la Argentina: el problema real no es si el Banco Central debe depender del FMI o del swap chino, sino c贸mo terminar de una vez con una econom铆a entera organizada en funci贸n de pagar deuda, garantizar rentas empresariales, alojar bases militares extranjeras y transferir riqueza hacia el exterior. La clase trabajadora argentina tiene que sacar de todo esto una conclusi贸n pol铆tica concreta: la subordinaci贸n abierta de Milei a Estados Unidos no la libra de la dependencia china, la relaci贸n con Beijing no elimina el peso del FMI sobre la econom铆a nacional, y un eventual regreso de una administraci贸n peronista que simplemente aprenda a negociar mejor con ambos polos tampoco resolver铆a absolutamente nada de fondo. Sin una ruptura efectiva con la deuda, con la fuga de capitales, con el dominio bancario, con el extractivismo exportador, con la presencia militar extranjera y con la propiedad privada de los resortes estrat茅gicos de la econom铆a, la dependencia va a seguir estando ah铆, cambiando apenas de bandera, de acreedor y de discurso, mientras la 煤nica salida real —la de una econom铆a puesta bajo control de quienes la hacen funcionar con su trabajo— sigue esperando ser conquistada.
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