"Pueblos originarios: existieron, resistieron, siguen existiendo"
Por Ulra
La Patagonia que hoy vende el turismo como paisaje vacío —junto a indios que venden artesanías en mantas al costado de la ruta— estuvo, hasta hace apenas siglo y medio, densamente habitada. Querandíes y tehuelches septentrionales recorrían la llanura pampeana; los tehuelches meridionales, o aonikenk, dominaban la estepa patagónica; en el confín de Tierra del Fuego convivían selk'nam, haush y yámanas, cada uno con su lengua y su territorio de caza. Ninguno de esos pueblos vivía en un idilio sin conflicto. Entre los siglos XVII y XIX se produjo lo que la historiografía llama araucanización: parcialidades mapuches y pehuenches cruzaron la cordillera desde el occidente y, mediante alianzas comerciales, mestizaje y también sometimiento violento, terminaron imponiendo su lengua y sus costumbres sobre buena parte de los tehuelches y puelches pampeanos. Hubo malones, hubo guerra entre pueblos, hubo jerarquías y dominación mucho antes de que ningún criollo pusiera un fortín al sur del río Salado. Cualquier relato que necesite negar esto para sostenerse está construido sobre arena, y esa es precisamente la falla del mito del buen salvaje creado por la burguesía, no hace falta un edén previo para condenar lo que vino después.
Lo que vino después tiene nombre, fecha y responsables. Entre 1878 y 1885, bajo el mando de Julio Argentino Roca, el Estado argentino ejecutó la Conquista del Desierto, financiada en gran medida por los hacendados bonaerenses nucleados en la Sociedad Rural, fundada apenas doce años antes con ese horizonte de expansión territorial, y montada además sobre uno de los primeros grandes casos de corrupcion de compra de armamento del Estado argentino, donde el hermano de Roca y la familia iniciarán con este capital una de las fortunas en los grupos terratenientes y capitalistas de argentina. No es un dato menor, la fraseología liberal convirtió a Roca en mito fundacional de la nación, cuando fue, desde el arranque, el conductor corrupto y genocida de la consolidación del Estado capitalista argentino. No hubo dos ejércitos combatiendo, las bajas del lado del ejército de Roca fueron mínimas, mientras los muertos indígenas dejaron pronto de contarse en los partes oficiales. Los sobrevivientes marcharon a pie cientos de kilómetros hasta fuertes que funcionaron como campos de concentración de tránsito, entre ellos la Isla Martín García. Ese es uno de los puntos fundacionales que la historia oficial del capitalismo argentino que necesita negar: la tortura, el secuestro, el genocidio, el saqueo de tierras y la esclavización de cuerpos indígenas como método de origen. El mismo método que después, en clave política distinta, aplicarían las dictaduras militares latinoamericanas contra el movimiento obrero, que antes el nazismo perfeccionaría en Europa, y que hoy repite a cielo abierto el régimen sionista del Estado de Israel sobre Palestina. Conocer esta genealogía no es una digresión, es entender que el exterminio nunca fue un exceso aislado, sino un método que el capital reutiliza cada vez que necesita despejar un territorio de cuerpos que estorban para, luego, cosificar y convertir al resto en la mercancía para la burguesía.
Lo que quedó de estos pueblos originarios, luego de la matanza, se trasladó por las fuerzas militares en su mayoría a pie a fortines de Buenos Aires para terminar en la isla Martín García que se convirtió en un campo de concentración capitalista, el reparto fue sistemático, catorce mil personas, según el propio parte de guerra, quedaron reducidas a servidumbre. Los hombres jóvenes fueron deportados como mano de obra forzada a los ingenios azucareros del norte o a Cuyo, y muchos terminaron incorporados por la fuerza al Ejército que acababa de exterminar a los suyos. Las mujeres y los niños fueron trasladados a la Ciudad de Buenos Aires y entregados como servicio doméstico a familias de la alta sociedad porteña, previo bautismo cristiano que les cambiaba el nombre y borraba, de un plumazo administrativo, cualquier rastro de identidad. Los diarios de la época anunciaban la llegada de esos contingentes como un espectáculo urbano. Un equipo de investigadores del CONICET —Delrio, Lenton, Musante, Nagy, entre otros— sostiene desde hace más de una década, con archivo en mano, que todo esto configura un genocidio en sentido estricto, caracterización que en 2025 llegó incluso a una denuncia penal formal en tribunales argentinos. Más al sur, en Tierra del Fuego, el genocidio selk'nam no admite casi discusión académica: estancieros como Julio Popper y Menéndez, sumados a los buscadores de oro que llegaron con la fiebre de 1886, cazaron y exterminaron sistemáticamente a familias selk'nam, en muchos relatos documentados con pago por cabeza, hasta reducir a un pueblo de nueve mil años de historia a un puñado de sobrevivientes.
Reconocer todo esto —el exterminio planificado, el reparto de servidumbre, la responsabilidad concreta del Estado y de una clase terrateniente con nombre y apellido— no requiere, para sostenerse, que los pueblos sometidos hayan sido antes una comunidad armoniosa sin conflicto interno. No es ese el argumento. Esa es la trampa que el mito del buen salvaje les tiende hasta a sus propias víctimas: exige pureza previa como condición para reconocer la injusticia posterior, cuando en realidad la injusticia posterior se sostiene sola, con decretos, cifras y archivos. Por eso hoy, cuando sectores nacionalistas y ciertos círculos afines a las fuerzas armadas argentinas resucitan la vieja discusión etnológica sobre la araucanización para concluir que los mapuches "son chilenos" y por lo tanto ajenos a cualquier reclamo territorial legítimo en la Argentina, están haciendo trampa y mostrando su miseria política dos veces. Usan un dato real —hubo expansión mapuche sobre territorio tehuelche— para producir una conclusión falsa, porque la evidencia arqueológica y genética muestra continuidad poblacional mapuche a ambos lados de la cordillera desde hace al menos mil años, muy anterior a cualquier "invasión" tardía, y sobre todo porque tanto el Estado argentino como el chileno se constituyeron después de esas identidades étnicas, proyectarles hoy una nacionalidad moderna es un anacronismo que solo cobra sentido como maniobra política. Cuando Roca avanzó sobre la Patagonia, el Estado no se detuvo a distinguir entre tehuelches "originarios" y mapuches "araucanizados": exterminó y redujo a servidumbre a unos y otros por igual, como el mismo enemigo a desplazar. Resucitar esa distinción ciento cincuenta años después no es rigor historiográfico, es una herramienta para fragmentar el reclamo territorial actual y restarle legitimidad.
Y sin embargo, reconocer el genocidio de conjunto tampoco puede convertirse en la coartada opuesta, la que blinda de toda crítica cualquier acción posterior de cualquier organización que invoque esa historia. El genocidio patagónico fue un proceso colectivo y estructural, con sujetos identificables y una relación de opresión que no depende de ningún relato para sostenerse. Pero eso no vuelve automáticamente correcta, ni exenta de análisis, cada política concreta de cada dirigencia que hable en nombre de ese pueblo hoy. El marxismo nunca necesitó elegir entre esas dos cosas, puede sostener sin matices la legitimidad de una lucha contra la opresión estructural y, al mismo tiempo, someter a crítica rigurosa los métodos y las alianzas de quienes la conducen en cada coyuntura concreta. Negarse a esa distinción, en cualquiera de sus dos direcciones —negar el genocidio o mitificar acríticamente todo lo que venga después— es la misma pereza intelectual con otro nombre.
Esa doble pereza es, en el fondo, una doble negación. Al pueblo mapuche-tehuelche se lo niega dos veces: la derecha nacionalista lo niega hacia atrás, inventándole una extranjería que nunca tuvo, para borrar el genocidio y deslegitimar el reclamo de tierra; el progresismo lo niega hacia adelante, convirtiéndolo en función muda de un relato que un intelectual porteño administra desde afuera, decidiendo qué protesta es auténtica y cuál no. Ninguna de las dos operaciones deja en pie al sujeto real, la primera lo borra del pasado, la segunda lo tutela en el presente. Y no es casualidad que ambas coincidan en el resultado práctico, porque las dos necesitan, para funcionar, que el pueblo mapuche-tehuelche siga sin voz propia, la derecha para no devolverle la tierra, el progresismo para seguir hablando en su nombre.
Frente a eso no hace falta una tercera narrativa que también hable por ellos, hace falta identificar quién se beneficia materialmente de las dos negaciones. Los mismos terratenientes que financiaron la Conquista del Desierto son, en línea de sucesión directa de clase, los que hoy extraen renta de esas tierras con soja, con litio o con petróleo no convencional, y necesitan del mismo aparato estatal —hoy con el nombre de Milei y la misma función de los gobiernos peronistas o macristas— para sostener el despojo. Ahí, y no en el terreno del relato, el reclamo territorial mapuche-tehuelche y la lucha de la clase obrera dejan de ser dos causas que simplemente coinciden y pasan a ser una sola causa mirada desde dos frentes: ninguna alcanza sola para derrotar a ese enemigo común, porque ninguna dispone en soledad de la fuerza social necesaria para torcerle el brazo al Estado y a la Sociedad Rural que lo sostiene. Por eso la salida no es la reparación simbólica, ni el gesto multicultural del capitalismo progresista, ni el asistencialismo que administra la pobreza indígena sin tocar la propiedad de la tierra, la única reparación real es la expropiación de los terratenientes que se beneficiaron y se siguen beneficiando de ese genocidio, y la devolución de esa tierra bajo control de las propias comunidades, como parte de un programa de conjunto que solo la clase obrera organizada, en alianza con los pueblos originarios y no por encima de ellos, tiene la fuerza histórica para imponer. No hay reconciliación posible con el mismo Estado capitalista que fue el ejecutor material del exterminio, hay, en todo caso, una tarea pendiente, la de terminar lo que Roca dejó inconcluso para su clase —despojar del todo— convirtiéndolo en lo contrario: expropiar del todo. Expropiar a los expropiadores. Esa, y no otra, es la única conclusión que este genocidio, catorce mil servidumbres y un pueblo entero exterminado en Tierra del Fuego después, por eso, solo así, junto al movimiento obrero combativo y socialista podrá ser saldado, y es saldado con nuestra historia de lucha y teoria, y el paso al presente.
Comentarios
Publicar un comentario