A 50 años de "La Noche de los Lápices" 16 de septiembre de 1976 – 2026
Por Fabi y Ulra
A cincuenta años de La Noche de los Lápices, recordamos a las y los estudiantes secundarios secuestrados, torturados y desaparecidos por la última dictadura cívico-militar-eclesiástica. Sus secuestros fueron parte de un plan sistemático de persecución, disciplinamiento y exterminio dirigido contra la juventud organizada, el movimiento obrero, las organizaciones populares y todas las fuerzas que cuestionaban el orden social impuesto por las clases dominantes.
La llamada Noche de los Lápices no fue un hecho aislado ni una represalia limitada al reclamo por el boleto estudiantil. Fue parte del terrorismo de Estado desplegado desde el 24 de marzo de 1976 para destruir la organización obrera, estudiantil, barrial, política y sindical. La dictadura necesitaba sembrar terror para imponer un programa económico de endeudamiento, apertura financiera, ajuste, congelamiento salarial y transferencia de recursos desde las mayorías trabajadoras hacia los grupos económicos concentrados. Para imponer ese plan, debía quebrar toda forma de organización y resistencia colectiva.
En La Plata, los centros de estudiantes secundarios tenían una fuerte tradición de militancia. Durante 1975, estudiantes de distintas escuelas se movilizaron por el boleto estudiantil secundario, una conquista que fue resultado de asambleas, coordinaciones entre colegios y movilizaciones. El boleto era una necesidad concreta para miles de jóvenes que debían trasladarse cada día para estudiar, pero expresaba al mismo tiempo una conciencia colectiva, las y los estudiantes podían organizarse y ser protagonistas de la vida política y social. En las escuelas se discutían las condiciones de cursada, los problemas edilicios, el acceso a los materiales de estudio, las desigualdades sociales, el autoritarismo institucional y la situación política nacional. Esos espacios eran ámbitos de debate, formación y acción colectiva, donde una generación aprendía a discutir, decidir en común y unir sus reclamos a las luchas de las y los trabajadores.
Ese proceso de organización juvenil fue considerado una amenaza por las Fuerzas Armadas y por los sectores civiles, empresariales, eclesiásticos y políticos que acompañaron el golpe. La dictadura persiguió y desapareció a delegados fabriles, militantes sindicales, docentes, estudiantes, periodistas, intelectuales, referentes barriales y familiares de víctimas. El secuestro de adolescentes fue parte de una política sistemática dirigida a eliminar una generación que se organizaba y luchaba.
Desde la noche del 16 de septiembre de 1976, grupos de tareas de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, bajo la órbita del general Ramón Camps, secuestraron en La Plata a Claudia Falcone, de 16 años; Francisco López Muntaner, de 16; María Clara Ciocchini, de 18; Horacio Ungaro, de 17; Daniel Racero, de 18; y Claudio de Acha, de 18. Ellas y ellos continúan desaparecidos. En los días posteriores fueron secuestrados también Gustavo Calotti, Emilce Moler, Patricia Miranda y Pablo Díaz, que sobrevivieron al cautiverio. Sus testimonios fueron decisivos para reconstruir el circuito represivo, denunciar los centros clandestinos de detención y demostrar que los secuestros no fueron hechos excepcionales sino parte de una operación organizada desde el Estado.
Las y los jóvenes fueron llevados a centros clandestinos como el Pozo de Arana, el Pozo de Banfield y la Brigada de Investigaciones de Quilmes, donde fueron sometidos a torturas e interrogatorios. La dictadura intentó borrar sus nombres, sus cuerpos y sus ideas, y no pudo, la memoria construida por sobrevivientes, familiares, organismos de derechos humanos y nuevas generaciones mantiene vivas sus luchas. La represión contra adolescentes fue mucho más amplia que el caso platense: más de 340 chicas y chicos fueron víctimas de desaparición forzada en todo el país, lo que confirma que no se trató de excesos individuales sino de una política de Estado dirigida a destruir la organización de la juventud e imponer un orden basado en el miedo, la explotación y la obediencia.
A cincuenta años, esas banderas siguen vigentes. La defensa del boleto educativo, del presupuesto para la educación, de las becas, de los comedores, de edificios en condiciones y de una enseñanza pública, gratuita, laica y de calidad sigue siendo tarea central, unida a la lucha de trabajadores, jubilados, comunidades originarias y pueblos que defienden la tierra y el agua.
Esa defensa de la educación pública se enlaza hoy con la lucha del pueblo palestino. Mientras acá se ajusta el presupuesto educativo y se busca disciplinar a quienes reclaman, en Gaza el Estado de Israel destruyó o dañó de manera masiva escuelas y universidades; organismos de Naciones Unidas calcularon que alrededor del 93 por ciento de los edificios escolares de la Franja necesitan reconstrucción completa o rehabilitación mayor, y más de 637 mil niñas, niños y adolescentes quedaron sin acceso sostenido a la educación presencial. Hay un concepto que empezó a circular entre juristas y organismos internacionales para nombrar esto con precisión: escolasticidio, la destrucción sistemática y deliberada de la infraestructura educativa de un pueblo como parte de una estrategia más amplia de aniquilamiento social. No es una metáfora, describe un patrón verificable de bombardeos, demoliciones y ataques a escuelas convertidas en refugio.
Cada escuela bombardeada o demolida significa aulas vacías, docentes perseguidos o asesinados, infancias desplazadas, bibliotecas perdidas y una generación privada de su derecho elemental a estudiar. En Gaza, muchas de las escuelas que quedaron en pie fueron convertidas en refugio para familias desplazadas, y aun así también fueron alcanzadas por ataques. La ofensiva se extiende a Cisjordania, donde la ONU denunció demoliciones de escuelas palestinas y órdenes que amenazan a decenas de establecimientos, en agosto de 2026, fuerzas israelíes demolieron la última escuela que quedaba en un predio que antes reunía cuatro escuelas en Beit Lahia, y hubo ataques incluso contra aulas precarias donde chicas y chicos intentaban seguir estudiando.
Frente a este ataque contra la educación y contra la vida palestina, reafirmamos una solidaridad internacionalista activa. Denunciamos al Estado de Israel, al sionismo como proyecto colonial y de ocupación, y a las potencias imperialistas que lo sostienen con armas, financiamiento y cobertura política. Estados Unidos fue sostén decisivo de esa política, bajo gobiernos demócratas y republicanos, incluido el de Donald Trump, la alianza estratégica con Israel garantizó respaldo político y militar a la ocupación y a la impunidad. Denunciar al Estado de Israel y al sionismo no implica ningún odio contra el pueblo judío ni contra las personas judías; el antisemitismo debe combatirse sin ambigüedades, pero esa acusación no puede usarse para silenciar la denuncia de los crímenes contra el pueblo palestino, del apartheid, de la ocupación y de la destrucción sistemática de sus condiciones de vida, incluida su educación.
También el gobierno de Milei que se declara como un gobierno sionista y negacionista pretende avanzar sobre todos nuestros derechos, recorta el presupuesto educativo, ataca el salario, reprime la protesta social, persigue a quienes luchan y busca instalar la impunidad de los genocidas. Pero la organización del movimiento obrero, estudiantil, jubilado, de las comunidades originarias y de los sectores populares no les va a dar paz.
No hay memoria verdadera sin lucha en el presente. Reivindicar a las y los compañeros de La Noche de los Lápices implica defender el derecho de la juventud a organizarse, reclamar, movilizarse y construir una sociedad sin explotación, opresión, racismo, colonialismo ni genocidio.
Exigimos la apertura de todos los archivos de la dictadura y de los servicios de inteligencia; juicio y castigo a todos los responsables civiles, militares, eclesiásticos y empresariales del genocidio; el fin de la impunidad para los responsables de ayer y de hoy; y la ruptura de todo vínculo político, económico, militar y diplomático con el imperialismo y el Estado de Israel, el apartheid y la masacre del pueblo palestino.
Aparición con vida de Jorge Julio López. Libertad a Milton y Eneas, presos por luchar. Basta de represión a las y los jubilados. Desprocesamiento de todas y todos los luchadores sociales del país. Por los 30.000 compañeras y compañeros detenidos-desaparecidos: presentes, ahora y siempre. Por las y los estudiantes secundarios secuestrados y desaparecidos, siempre presentes, ahora y siempre. Por Palestina libre, del río al mar. Ni olvido, ni perdón, ni reconciliación con los asesinos de ayer y de hoy.
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