Guerra, descomposición política del sionismo de Estado y crisis imperialista: destrucción de fuerzas productivas. Una explicación coherente y socialista,
Por Ulra
La guerra imperialista es una tendencia destructiva dentro del capitalismo, no es una interrupción excepcional de su funcionamiento normal. Es una de sus formas más concentradas y brutales cuando la competencia entre capitales, monopolios y Estados ya no puede resolverse por los mecanismos comerciales, financieros o diplomáticos. Allí donde el mercado mundial aparece como promesa de integración, el imperialismo revela su contenido real, disputa por territorios, materias primas, rutas estratégicas, mercados, energía, tecnología y fuerza de trabajo. La tesis clásica del marxismo revolucionario conserva, por eso, toda su vigencia y vitalidad teórica. Lenin explicó en El imperialismo, fase superior del capitalismo que la concentración de la producción, la fusión entre capital bancario e industrial, la exportación de capitales, la formación de asociaciones monopolistas internacionales y el reparto territorial del planeta transformaban la guerra en una tendencia estructural de la época. Trotsky, en La guerra y la Cuarta Internacional, sostuvo que las fuerzas productivas de la humanidad habían desbordado tanto la propiedad privada de los medios de producción como el marco estrecho del Estado nacional. Cuando esa contradicción capitalista madura, las clases dominantes no encuentran una salida racional para la humanidad, procuran resolverla mediante la desvalorización, la destrucción y la subordinación violenta.
La guerra capitalista, entonces, no crea riqueza social. Destruye fuerzas productivas ya existentes, infraestructura, fábricas, redes energéticas, cultivos, viviendas, hospitales, sistemas de transporte, conocimiento acumulado y, sobre todo, vidas humanas. Pero esa destrucción puede resultar funcional para fracciones particulares del capital. La industria armamentística, la logística, el capital financiero, las corporaciones energéticas, las empresas de reconstrucción, las compañías tecnológicas y los aparatos de seguridad (servicios militares operadores de la guerra) convierten la catástrofe social en negocio privado. La ruina de unos se vuelve mercado para otros. Esta es la contradicción decisiva. La guerra es irracional desde el punto de vista de las necesidades humanas, porque consume recursos que podrían satisfacer hambre, vivienda, salud, educación y desarrollo científico. Pero puede ser funcional desde el punto de vista de capitales concentrados que buscan recomponer rentabilidad, eliminar competidores, controlar territorios o imponer nuevas condiciones sobre la clase trabajadora. El capitalismo es incapaz de resolver racionalmente las crisis que genera porque su lógica no está organizada alrededor de la vida social, sino la valorización subjetiva capitalista o privada de la valorización del capital.
Marx explicó que las crisis capitalistas implican periódicamente una destrucción más aguda del capital. No se trata únicamente de máquinas destruidas físicamente, también hay capital que se desvaloriza porque no puede venderse, porque se vuelve técnicamente obsoleto, porque carece de mercado o porque queda desplazado por otro capital más competitivo. Quiebran empresas, se cierran plantas, se despiden trabajadores y se pierden capacidades productivas que la sociedad había desarrollado durante décadas. En ese marco, cuando se habla de pleno empleo de guerra no es pleno empleo en sentido humano, sino fuerza de trabajo sometida al capital. El Estado burgués organiza la producción para la muerte, y el obrero no vende su fuerza a un capitalista individual, sino al capital colectivo de la nación en armas. La guerra puede absorber el ejército industrial de reserva, esos desocupados que el sistema expulsa, pero lo hace de forma criminal, unos van al frente, otros a la fábrica, todos bajo disciplina militar. No elimina la ley capitalista, la readapta. El trabajador produce medios de muerte, no medios de vida; se socializa la producción, pero se privatiza la ganancia y se estatiza el sacrificio. Lejos de resolver la contradicción entre capital y trabajo, la guerra la agudiza: concentra a los trabajadores, multiplica la miseria y la disciplina, y crea las condiciones objetivas para la revolución, pero también para la barbarie. Como decía Rosa Luxemburgo: socialismo o barbarie.
La guerra moderna radicaliza este proceso. Lo que en una crisis aparece como quiebra, desempleo o mercancías sin comprador, en la guerra puede aparecer como bombardeo, bloqueo, destrucción de puertos, demolición de barrios, arrasamiento de redes eléctricas, devastación de hospitales y eliminación directa de fuerza de trabajo. El capital no resuelve de ese modo la contradicción de fondo entre producción social y apropiación privada, apenas la desplaza y la agrava sobre una base más estrecha y más violenta.
La guerra destruye al competidor. Destruye su infraestructura, interrumpe sus exportaciones, corta su acceso a puertos, financiamiento, energía y mercados. Las sanciones, los bloqueos comerciales, las restricciones tecnológicas y las guerras de divisas forman parte de esa misma lógica. Antes de que las bombas caigan sobre una fábrica, el capital imperialista suele intentar asfixiarla mediante el crédito, el control de pagos internacionales, las patentes, los aranceles o la apropiación de cadenas de suministro. La guerra destruye al consumidor. Altera rutas energéticas, encarece combustibles, alimentos, fertilizantes, transporte y bienes básicos. Los presupuestos públicos se vuelcan hacia el armamento mientras se recortan salud, educación, jubilaciones, vivienda e infraestructura civil. El trabajador paga la guerra aun cuando no es enviado al frente: la paga con inflación, salarios deteriorados, impuestos regresivos, servicios públicos degradados y pérdida de derechos. La guerra también destruye a la propia clase obrera de los Estados que la promueven. La burguesía no vacila en enviar a los hijos de los trabajadores a matar y morir por objetivos que no eligieron. En tiempos de militarización, convierte el sacrificio obrero en patriotismo, presenta la reducción de derechos como necesidad nacional y disciplina a quienes resisten con leyes de excepción, persecución, criminalización y propaganda. La clase capitalista puede necesitar trabajadores como productores, consumidores y soldados, pero no los considera una finalidad social, los considera una fuerza que debe ser explotada, administrada y, llegado el caso, sacrificada porque para ellos es una ''cosa''. La guerra imperialista es, por lo tanto, una forma extrema de competencia. Cuando los capitales no pueden imponerse solamente a través de precios, productividad, innovación, crédito o comercio, recurren crecientemente al poder estatal, a la coerción militar y a la violencia organizada. El mercado capitalista no desaparece en la guerra; se militariza. La libre competencia no termina: se transforma en competencia entre Estados armados, bloques militares, monopolios energéticos, complejos industriales y redes financieras.
La guerra en Medio Oriente permite observar esa dinámica con una crudeza particular. Israel no puede ser comprendido solamente como un Estado artificial entre otros ni como un aliado militar circunstancial de Estados Unidos. Su forma política combina colonialismo de asentamiento, militarización permanente, genocidio, inserción dependiente en la estrategia imperialista occidental y desarrollo de una industria de seguridad altamente integrada al mercado mundial. La caracterización de Estado sionista apunta a esa articulación. No designa una religión ni una identidad cultural o étnica. No refiere al pueblo judío como vulgarmente se presenta, no representa a las comunidades judías ni a la tradición histórica del judaísmo. Define un régimen político basado en el sionismo estatal, la supremacía nacional, el despojo territorial palestino, la ocupación militar, la segregación jurídica y el control permanente de una población sometida.
La ocupación de Palestina no es un fenómeno ajeno a la economía política israelí. Forma parte de su estructura. El control militar de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este y las fronteras palestinas produce un espacio de experimentación para dispositivos de seguridad, vigilancia y represión. Drones, sistemas biométricos, software de inteligencia, tecnologías de frontera, armamento urbano, mecanismos de reconocimiento y coordinación entre fuerzas militares y empresas privadas se desarrollan en condiciones de ocupación y luego se comercializan internacionalmente. Puede hablarse, por ello, de un Estado colonial-militar de acumulación dependiente. Colonial, porque su reproducción territorial descansa en la expropiación, el desplazamiento de la clase obrera y población palestina, y la eliminación por genocidio del pueblo palestino. Es militar, porque el ejército, la inteligencia y la seguridad no son funciones externas sino ejes organizadores de su estructura estatal y económica. Toda la población israelí está obligada a participar del ejercito, es decir es una sociedad militarizada para el genocidio. Es de acumulación, porque la industria de defensa, la ciberseguridad, la vigilancia y la tecnología militar transforman la guerra y la ocupación en fuentes de negocio. Dependiente, porque su capacidad estratégica se encuentra entrelazada con el financiamiento, la protección diplomática, la cooperación tecnológica y el respaldo militar de Estados Unidos y de otras potencias occidentales.
La exportación israelí no consiste únicamente en armas. Exporta una doctrina de gobierno. Exporta métodos de frontera, vigilancia masiva, identificación de poblaciones, inteligencia integrada, represión urbana, criminalización de la migración y administración militarizada de territorios considerados peligrosos. Ese es el verdadero contenido del llamado que está en auge en esta fase de descomposición del imperialismo como el régimen sionista, el impulso artificial y la transformación de conflictos sociales, nacionales, migratorios y territoriales en problemas de seguridad tratados mediante tecnología, control y fuerza. La etiqueta comercial para la venta de armamento “probado en combate” revela con brutalidad el mecanismo. La experiencia de ocupación se convierte en valor agregado. La destrucción de una población sometida pasa a ser presentada como evidencia de eficacia técnica. El dolor palestino es transformado en demostración de producto para compradores estatales, policías, ejércitos, empresas de seguridad y gobiernos interesados en controlar fronteras o neutralizar conflictos internos. La relación entre Estados Unidos, Israel e Irán debe analizarse dentro de esta estructura imperialista. El conflicto se proyecta a una fusión interburguesa internacional reaccionaria y no se reduce a una rivalidad personal entre dirigentes ni a un choque cultural o religioso. En el centro se encuentran las rutas energéticas, el petróleo, el gas, el estrecho de Ormuz, la proyección militar en Medio Oriente, las relaciones con los Estados del Golfo y el control de un espacio decisivo para el mercado mundial. La guerra se presenta bajo el lenguaje de la seguridad, la defensa o la amenaza nuclear, pero su contenido material es la disputa por poder, recursos y dominio regional.
Ahora bien, el Estado sionista secextoende más allá de la dimensión territorial en Palestina. Su forma económica más dinámica no es la ocupación física, sino la mercantilización de la experiencia colonial. Lo que Israel exporta hoy es el colonialismo de su experiencia genocida y el asentamiento en su forma colonial y expansionista que se articula en los derivados comercializables hacia el mundo de gobiernos reaccionarios y capitalistas: tecnología de vigilancia, sistemas de control fronterizo, tácticas de contrainsurgencia urbana, plataformas de fusión de inteligencia y un discurso que redefine los problemas sociales como amenazas de seguridad. Esto significa que el modelo colonial ha entrado en una fase de desterritorialización y mercantilización. Ya no necesita conquistar territorio para reproducirse. Se reproduce vendiendo las herramientas con las que otros Estados conquistan, controlan o disciplinan a sus propias poblaciones. En argentina con el presidente más sionista del mundo y el régimen de Javier Milei, se materializa con la compra masiva de armamentos para seguridad por el núcleo sionista de Patricia Bullrich. La ocupación de Palestina funciona como laboratorio de I+D; el mercado mundial, como espacio de realización. Esta mutación es decisiva para comprender cómo el Estado sionista puede proyectarse hacia regiones donde la ocupación o invasión de los regímenes dependientes del imperialismo es un objetivo, incluida América Latina.
La Argentina de Javier Milei ocupa un lugar políticamente activo del sionismo, dentro de esta arquitectura. El problema no es solamente diplomático. No se trata únicamente de una sucesión de declaraciones favorables a Israel, de votos en organismos internacionales o de fotografías con dirigentes extranjeros sionistas. La cuestión central es que el gobierno intenta reorientar la posición internacional argentina en función de una alianza ideológica, política, financiera y securitaria con Estados Unidos, Israel y las derechas globales. También registrada e iniciada por el peronismo con el cuarto gobierno kirchnerista que inició y profundizó esta alianza sionista (En agua, tecnología, especulación inmobiliaria, armamento, alimentos). El lector debe recordar que Perón fue el primero en reconocer el estado de Israel y de ser cómplice de las políticas genocidas y sionistas contra el pueblo trabajador palestino. El cipayaje contemporáneo no debe reducirse a la vieja imagen de una burguesía local obediente ante una potencia extranjera. Esa obediencia existe, pero ahora adopta formas más complejas. Se expresa en la entrega de recursos estratégicos, en la apertura irrestricta a capitales financieros, en la aceptación de mecanismos de endeudamiento, en la subordinación tecnológica, en acuerdos de inteligencia, en la flexibilización de regulaciones ambientales y laborales, y en la disposición a alinear la política exterior con objetivos que no responden a las necesidades populares de la Argentina.
La Argentina se ofrece así como plataforma subordinada de proyección y articulador sionista regional. El gobierno de Milei procura ocupar un lugar de articulación entre el programa económico de ajuste, las agendas de seguridad, la retórica anticomunista, la ofensiva contra los derechos sociales y una política exterior de alineamiento absoluto. La subordinación no es pasiva, busca convertirse en activo político regional de una estrategia que combina neoliberalismo radical, militarización de la seguridad, disciplina social y adhesión a los intereses de Washington y Tel Aviv. La historia, la composición social, la geografía y la relación de fuerzas de ambos países son diferentes. Pero sí existe una transferencia de racionalidad política. La importación del modelo sionista ocurre mediante la copia literal de sus instituciones, y la adopción de su lógica: Ejecutivo fuerte, Corte suprema adicta, proyección de una sociedad militarizada, convertir problemas sociales en amenazas de seguridad; identificar enemigos internos; vincular protesta, pobreza, migración y criminalidad; ampliar la capacidad represiva estatal; presentar la subordinación internacional como modernización; y usar el lenguaje de la guerra cultural para justificar la ofensiva sobre la clase trabajadora. El ajuste económico es inseparable de esta política exterior. Un gobierno que recorta ingresos populares, debilita jubilaciones, destruye programas sociales, reduce presupuestos de salud, educación, ciencia e infraestructura y flexibiliza las condiciones laborales necesita también debilitar la capacidad de resistencia de quienes padecen esas medidas. El alineamiento externo y la ofensiva interna son dos caras de una misma política de clase. La entrega de soberanía hacia afuera exige disciplinamiento social hacia adentro. Trotsky explicó que las burguesías nacionales de los países atrasados o dependientes carecen de capacidad para impulsar un desarrollo autónomo. No porque sean incapaces individualmente o por una supuesta debilidad moral, sino porque sus intereses económicos se encuentran entrelazados con el capital extranjero y porque temen más a la movilización de su propia clase obrera que a la subordinación frente al imperialismo. La experiencia argentina confirma esa tesis bajo formas actuales, la clase dominante local prefiere asociarse a capitales extranjeros, fondos financieros y alianzas geopolíticas imperiales antes que desarrollar un programa de soberanía económica apoyado en la movilización popular.
La dimensión más concreta de esta subordinación es el llamado "Acuerdo Isaac", impulsado por Milei y Netanyahu en abril de 2026 y presentado explícitamente como un marco estratégico regional inspirado en los Acuerdos de Abraham. Su contenido sustantivo incluye la creación de grupos parlamentarios pro-israelíes en los congresos latinoamericanos, marcos legales para abrir recursos estratégicos —minería, agua, agricultura— a empresas israelíes, y la adopción de la definición de antisemitismo de la IHRA para criminalizar la crítica a Israel. El canciller israelí Saar declaró 2026 como "año de atención especial a América Latina", lo que indica una estrategia estatal organizada y no una suma de operaciones comerciales dispersas. Esto no es una venta de armas. Es una inserción estructural en la capacidad industrial y de seguridad de la región. El acuerdo entre Perú y Elbit Systems es ilustrativo, no se limita a la compra de sistemas de lanzacohetes, sino que incluye producción conjunta, transferencia de tecnología y capacitación de personal, con el objetivo de establecer capacidad de ensamblaje de vehículos blindados y sistemas de artillería en territorio peruano. En la mayor feria de seguridad de América Latina celebrada en México en 2026, el pabellón israelí organizó más de 500 reuniones de negocios centradas en ciberseguridad, inteligencia artificial, protección de infraestructura crítica y vigilancia fronteriza. Israel no exporta solo equipos: exporta la arquitectura misma del control social.
La crisis alemana muestra que la descomposición imperialista no afecta solo a países dependientes. También atraviesa a las potencias centrales. El triunfo de AfD en Sajonia-Anhalt, donde alcanzó aproximadamente 44% de los votos frente a alrededor de 17–18% de la CDU, representa uno de los resultados más fuertes de la ultraderecha alemana desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Está derecha declaró en su programa político la defensa del estado de Israel y las políticas coloniales internacionales del sionismo. No se habla mucho de esto. AfD no obtuvo una mayoría absoluta ni tiene asegurada la formación de un gobierno regional, porque las restantes fuerzas mantienen dificultades y resistencias para coaligarse con ella. Pero su avance es un terremoto político, muestra el hundimiento de la representación tradicional en una parte importante de Alemania. La explicación no puede limitarse a la xenofobia, aunque la xenofobia sea un elemento esencial de la política de AfD. Tampoco alcanza con atribuir el fenómeno al carisma de sus dirigentes, a la desinformación digital o a un malestar cultural abstracto. La ultraderecha se fortalece porque los partidos tradicionales y la formación de frente populares o la adapracion de la izquierda al sistema, o en su vertice por su politica y su sectarismo o impresionismo, por eso hace falta un partido de trabajadores de combate y socialista, no ofrecen una salida a la crisis de expectativas materiales, al deterioro de la seguridad laboral, al problema habitacional, a la inflación, a las tensiones migratorias administradas desde arriba, a la crisis energética, a las dificultades industriales y al desgaste de las instituciones políticas.
Durante décadas, Alemania pudo presentar una imagen de estabilidad basada en la potencia exportadora de su industria, en una inserción privilegiada en el mercado europeo, en energía relativamente barata, en superávit comercial, en disciplina fiscal y en un sistema político de grandes coaliciones. Ese equilibrio se ha deteriorado. La crisis energética, las tensiones geopolíticas, la competencia internacional, la necesidad de reconversión industrial, las desigualdades territoriales y el desgaste de los partidos tradicionales abren una etapa de inestabilidad más profunda. La descomposición imperialista no significa que Alemania haya dejado de ser una potencia. Tampoco implica un derrumbe inmediato o lineal de su economía. Designa algo más preciso, el agotamiento relativo de las formas políticas, económicas e institucionales mediante las cuales el imperialismo alemán aseguró su reproducción durante la posguerra. Los partidos que administraban el consenso pierden autoridad; la población deja de confiar en que el sistema pueda garantizar una vida mejor; las coaliciones se fragmentan; la extrema derecha convierte el malestar social en racismo y nacionalismo; y el Estado se orienta crecientemente hacia el rearme, la seguridad y la defensa de intereses estratégicos. El rearme alemán y el crecimiento de la ultraderecha no son fenómenos idénticos ni uno causa mecánicamente al otro. Son, sin embargo, respuestas diferentes a una misma crisis de hegemonía. El rearme intenta recomponer capacidad de acción externa, asegurar cadenas de suministro, reforzar alianzas militares y preparar al Estado para un escenario de competencia interestatal más duro. La ultraderecha intenta recomponer control interno mediante nacionalismo, exclusión, xenofobia y promesas de autoridad. Una política se dirige hacia fuera; la otra ordena la sociedad hacia dentro. Ambas revelan que el viejo equilibrio ya no puede sostenerse con los mecanismos de consenso anteriores.
La relación entre Alemania e Israel en esta etapa es la de un Estado que se prepara para recibir el modelo colonial, porque es un negocio capitalista proveer ar,aumento para su base material. En el primer semestre de 2026, el gobierno alemán aprobó exportaciones de equipamiento militar a Israel por casi 800 millones de euros, más del cuádruple del total autorizado en todo 2025, de los cuales aproximadamente el 67% corresponde a proyectos navales, incluido el submarino "INS Drako" construido por ThyssenKrupp. Este salto se produjo después de que el gobierno de Merz levantara parcialmente, en noviembre de 2025, las restricciones a la exportación de armas a Israel. Alemania no es "colonizada" por Israel. Es el eslabón aguas arriba del complejo tecnológico-colonial. Parte de la cadena de suministro de la tecnología de vigilancia y control fronterizo que Israel exporta a América Latina está inserta en el complejo militar-industrial alemán. La compra europea de tecnologías militares israelíes expresa la integración de Alemania y otros Estados europeos en un mercado de seguridad donde la militarización, el control fronterizo, la defensa antimisiles y la preparación para la guerra se convierten en áreas privilegiadas de inversión pública y ganancia privada. El capital que no encuentra condiciones suficientes de rentabilidad en otros sectores encuentra en el complejo militar-industrial un campo creciente de acumulación. La ultraderecha alemana no es todavía una repetición exacta del fascismo de los años treinta. Sería un error histórico borrar las diferencias. El nazismo combinó movilización de masas, organizaciones paramilitares, destrucción física de sindicatos y partidos obreros, aniquilamiento de libertades democráticas, persecución sistemática y preparación directa de una guerra mundial. AfD actúa por ahora dentro del régimen parlamentario y no ha destruido las organizaciones de la clase trabajadora. Pero sería igualmente un error minimizarla. Su crecimiento expresa una disponibilidad social para salidas autoritarias y reaccionarias que puede profundizarse si la crisis persiste y si el movimiento obrero no construye una alternativa propia.
El vínculo entre el giro fascista alemán y el giro a la derecha en América Latina no es de causalidad directa, sino de resonancia estructural. La victoria de AfD en Sajonia-Anhalt comparte con el giro latinoamericano el mismo conjunto de condiciones: pérdida de capacidad narrativa de los partidos tradicionales, colapso de la confianza del electorado en el establishment, y ansiedad por la migración y la seguridad capitalizada por la extrema derecha. Desde 2023, ocho países latinoamericanos cambiaron de control político, y en seis de esos casos el pasaje fue de izquierda a derecha. El motor no es una preferencia ideológica abstracta, sino la ansiedad por la seguridad y la desilusión económica. Estas son precisamente las condiciones de demanda para los productos tecnológicos israelíes. Los derivados coloniales —vigilancia fronteriza, control de poblaciones, contrainsurgencia urbana, fusión de inteligencia— ingresan al mercado latinoamericano bajo el rótulo de "combate al crimen y restauración del orden". El envío de fuerzas de defensa israelíes tras el terremoto en Venezuela, la promoción en Argentina de la declaración del IRGC iraní como organización terrorista, y el rápido restablecimiento de relaciones con Colombia tras el cambio de gobierno junto con el reconocimiento israelí de la soberanía sobre los Altos del Golán, demuestran que Israel no es un beneficiario pasivo, sino un actor activo que utiliza la ansiedad securitaria para reconfigurar las relaciones regionales. La proposición teórica que emerge de todo esto es la siguiente: el modelo colonial está atravesando una transformación desde la ocupación territorial hacia la mercantilización tecnológica, y esta transformación requiere la concurrencia simultánea de tres condiciones: un complejo técnico-securitario maduro en el polo exportador, la cesión factible de soberanía en materia de seguridad en el polo receptor, y la legitimidad ideológica que proporciona el giro global a la derecha. Israel posee la tecnología de gobernanza colonial mercantilizada; los gobiernos de derecha latinoamericanos necesitan narrativas de seguridad de efecto rápido; el giro fascista alemán proporciona resonancia ideológica a escala europea y base material al complejo militar-industrial; y la postura "neomonroísta" de Estados Unidos ofrece cobertura geopolítica al conjunto. El modelo colonial no se "trasladó" a América Latina: mutó en un dispositivo de gobernanza comprable, instalable y personalizable.
La guerra imperialista es la continuidad del mercado capitalista. Porque es su continuidad por medios violentos cuando el mercado deja de ofrecer una salida suficiente a la competencia entre capitales. Las bombas, los bloqueos, las sanciones, las deudas, los tratados desiguales, la apropiación de recursos y los controles tecnológicos no son fenómenos separados. Forman parte de una misma cadena de dominación. El capital necesita destruir al competidor porque cada capital existe frente a otros capitales. Necesita destruir o empobrecer al consumidor porque el salario, el gasto social y el consumo popular aparecen como costos que deben reducirse para restaurar rentabilidad. Y puede destruir a su propia clase obrera porque, cuando la dominación se encuentra amenazada, la preservación de la fuerza de trabajo deja de ser prioritaria frente a la necesidad de restablecer el control social. La contradicción es que la humanidad produce en una escala mundial, con conocimiento científico acumulado, redes globales de cooperación, cadenas tecnológicas complejas y una capacidad inédita para satisfacer necesidades sociales. Sin embargo, esa potencia productiva se encuentra atrapada en relaciones de propiedad privadas y estatales que la fragmentan. Se produce socialmente, pero se apropia privadamente. Se depende del mundo entero, pero se compite mediante Estados nacionales. Se podrían organizar racionalmente la energía, los alimentos, la salud, el transporte y la tecnología, pero se los subordina a la ganancia y al poder geopolítico. Lenin mostró que, en la época imperialista, el reparto del mundo ya realizado no eliminaba la competencia: la hacía más explosiva. Trotsky explicó que el Estado nacional se había convertido en un obstáculo para fuerzas productivas que exigían una organización mundial. La guerra contemporánea verifica ambas tesis. Desde Irán hasta Palestina, desde la industria militar israelí hasta el alineamiento argentino, desde el "Acuerdo Isaac" hasta el rearme alemán y la crisis de la representación en Sajonia-Anhalt, aparece una misma dinámica: la incapacidad del capitalismo para administrar pacíficamente las fuerzas que él mismo ha creado. La salida no puede ser pedir un capitalismo más humano, un imperialismo más equilibrado o una gestión más racional de la competencia entre monopolios. Esa ilusión ha sido desmentida una y otra vez por la historia. El pacifismo del centrismo y el progresismo de izquierda que no cuestiona la propiedad capitalista, el Estado imperialista y la subordinación de las economías dependientes termina aceptando las condiciones que producen nuevas guerras. La tarea es construir una respuesta internacionalista de la clase trabajadora, independiente de las burguesías nacionales, de los gobiernos imperialistas y de sus aliados subordinados. Socialista. Una política que se oponga a la guerra, sl imperialismo, al colonialismo, al saqueo de los recursos, a los frentes populares, a las politicas sectarias e impresionista de la izquierda, a la militarización, al ajuste y a la extrema derecha como aspectos de una misma crisis histórica. No porque todos los procesos sean idénticos, sino porque están unidos por una misma estructura, un sistema que, para preservar la ganancia de una minoría, está dispuesto a sacrificar pueblos enteros, destruir las fuerzas productivas y llevar a la humanidad a una nueva etapa de barbarie.
Bibliografía
Lenin, V. I. El imperialismo, fase superior del capitalismo. 1916–1917.
Trotsky, L. La guerra y la Cuarta Internacional. 1934.
Trotsky, L. La revolución permanente. 1929.
Marx, K. El capital. Especialmente los pasajes dedicados a las crisis, la sobreproducción, la desvalorización y la destrucción de capital.
Riesnik, P. Las formas del trabajo en la historia, un estudio de la economía política. Editorial Biblos 2007.
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