Estados Unidos y Trump, la principal economía capitalista va al default
Por Ulra
La deuda pública de Estados Unidos se aproxima a los 40 billones de dólares y el principal emisor de la moneda mundial empieza a chocar contra una contradicción que durante décadas logró postergar: necesita endeudarse cada vez más para financiar déficits persistentes, pero los acreedores reclaman tasas cada vez más altas para seguir prestándole. Es la potencia capitalistas más fracasada y endeudada del mundo. Si uno tuviera la masividad de difusión y más fuerza teórica en estos textos pondría de rodillas con argumentos políticos a cualquier lumpen de Milei y sus lúmpenes defensores del capitalismo. Sucede que la reciente decisión del secretario del Tesoro, Scott Bessent, de triplicar las recompras de bonos de largo plazo hasta 6.000 millones de dólares revela la profundidad de esa tensión. Washington intenta retirar títulos del mercado para levantar su precio y reducir el rendimiento que debe pagar, pero lo hace mientras continúa emitiendo deuda nueva en cantidades gigantescas. Así cualquier lumpen politico maneja un estado capitalista y su economía, si uno lleva está explicación al capital simbólico de la inteligencia cultural argentina, se demostraría que los liberales en economía en argentina y el mundo no solo no tienen formación teórica para explicar la crisis del capitalismo, sino que ocultan está realidad, por eso caracterizamos está crisis como crónica y decadente del capitalismo para que nuestros lectores se formen como dirigentes y superen políticamente a esta basura teórica libertaria del capitalismo. EEUU es la imagen de un Estado que trata de apagar un incendio financiero con un vaso de agua, compra bonos por una ventanilla y vende bonos por otra para cubrir su déficit. El fracaso de esa maniobra es político y económico. La recompra puede mejorar temporalmente la liquidez de determinados bonos, puede ofrecer una señal de respaldo al mercado y hasta producir una baja puntual de las tasas, pero no resuelve las causas que empujan los rendimientos al alza, la expansión de la deuda, el costo creciente de los intereses, la inflación, las necesidades de financiamiento y una menor disposición de los grandes fondos a inmovilizar capital durante diez, veinte o treinta años a cambio de rendimientos que consideran insuficientes. Cuando el bono a treinta años vuelve a ubicarse cerca del 5,3 por ciento, lo que el mercado está expresando es que el poder financiero exige una prima mayor para prestarle al Estado norteamericano durante tres décadas.
No se trata de una crisis capitalista cualquiera. Los bonos del Tesoro de Estados Unidos son el núcleo del sistema financiero internacional, sirven como reserva de valor, garantía para operaciones bancarias, referencia de tasas para hipotecas y créditos, activo de refugio en períodos de turbulencia y base de numerosas reservas estatales. Durante la hegemonía estadounidense de posguerra, el dólar y los Treasuries permitieron a Washington hacer algo vedado para casi todos los países periféricos, financiar déficits externos y fiscales en su propia moneda. Argentina, por ejemplo, se endeuda fundamentalmente en una moneda que no controla; Estados Unidos se endeuda en dólares, la moneda que emite, recauda y utiliza para sostener la arquitectura financiera mundial. Esa capacidad extraordinaria no elimina la contradicción, la desplaza. Estados Unidos puede pagar en dólares porque puede emitir dólares, pero si cubre sus obligaciones recurriendo sin límite a la emisión monetaria y a la expansión de deuda, corre el riesgo de deteriorar el valor real de los títulos que entrega a sus acreedores. En otras palabras, el default estadounidense no tiene por qué adoptar la forma clásica de no pago que conocen los países subordinados, puede tomar la forma de una licuación inflacionaria, el acreedor cobra los dólares prometidos, pero esos dólares compran menos bienes, servicios y activos. También puede ocurrir por una parálisis política alrededor del techo de deuda, donde el Estado tenga capacidad material de pago pero el Congreso bloquee legalmente las transferencias, y en un escenario más extremo puede aparecer una crisis de confianza en la capacidad estatal de financiarse a tasas aceptables.
Estados Unidos va al default como una caracterización de tendencia histórica y como el anuncio de una fecha más cercana, son nuevos tiempos, la mayoría de los analistas se quedan en los aburridos análisis de los 70, muchos desconocen la crisis capitalista potente del 2008, la pasan de largo, no la estudian, les da alergia intelectual, como si nada. El default técnico, que atraviesa ahora Washington, entendido como incumplimiento nominal de intereses o capital, es hoy el desenlace más probable, el Estado yanqui solo conserva su capacidad fiscal, monetaria y geopolítica que ningún otro deudor posee porque es un país que resuelve sus crisis internas como capitalistas guerrerista y destructor de fuerzas productivas. Invadió más de 100 países en forma directa y se agregan más de 60 indirecta. Por eso en 2026, la situación ya no puede describirse como una normalidad estable. La deuda en torno a los 40 billones de dólares, las recompras ampliadas y la persistencia de tasas largas elevadas muestran que el privilegio de endeudarse ilimitadamente en la propia moneda tiene límites políticos, distributivos y materiales. Solo los socialistas y la vanguardia combativa del movimiento obrero podemos caracterizar a la deuda pública estadounidense no sólo como una cuenta contable, porque es una forma de concentración de riqueza y de transferencia de recursos desde el presupuesto estatal hacia el capital financiero. Cada punto adicional de tasa de interés transforma una porción mayor de los impuestos futuros, del gasto social y de la capacidad estatal en renta para tenedores de bonos, bancos, fondos de inversión, aseguradoras y grandes patrimonios. La deuda funciona como una relación de clase, el Estado se presenta como deudor general de la sociedad, pero los acreedores concretos pertenecen predominantemente a las fracciones más concentradas de la burguesía y del sector privado del capital nacional e internacional.
La suba del rendimiento de los bonos largos expresa entonces una forma de disciplina de mercado. Si el gobierno no recorta gastos, no eleva impuestos a los sectores más ricos, no modera su política económica o no ofrece una rentabilidad mayor, los fondos venden títulos y fuerzan el aumento de las tasas. En la democracia capitalista o el régimen de la dictadura del capital el mercado de deuda vota todos los días, no con boletas sino con compras y ventas, y es una democracia del capital en la que los grandes tenedores de riqueza cuentan con millones de votos porque cada dólar invertido se convierte en poder de presión sobre el presupuesto, la moneda y la política económica. La operación de Bessent deja esa contradicción expuesta. El Tesoro elevó la magnitud de sus recompras de bonos de largo plazo, pasando de operaciones de hasta 2.000 millones de dólares a 4.000 millones y luego a 6.000 millones. El objetivo declarado es preservar el funcionamiento y la liquidez del mercado, pero el sentido económico también es claro, si el Estado compra bonos largos, aumenta artificialmente su demanda, eleva su precio y busca bajar el rendimiento que los inversores exigen. Sin embargo una recompra de unos miles de millones no puede revertir por sí sola la lógica de un mercado de Treasuries valuado en decenas de billones de dólares ni compensar un déficit estructural que obliga a emitir títulos de manera continua, y el propio Tesoro confirmó que mantendría su calendario regular de subastas aun después de ampliar el programa de recompras, lo que muestra que no se trata de una reducción neta y permanente de endeudamiento sino de una maniobra cosmética sobre un problema estructural.
La crisis de deuda norteamericana es inseparable de la crisis de su hegemonía imperial. Durante décadas, el predominio industrial, militar, tecnológico y financiero de Estados Unidos permitió que el dólar fuera la mercancía monetaria universal. Países, bancos y empresas necesitaban dólares para comerciar, pagar deudas, importar petróleo, estabilizar sus monedas y construir reservas, y a cambio Estados Unidos pudo importar más de lo que exportaba y financiar su déficit externo con la emisión de pasivos denominados en su propia moneda. El llamado privilegio exorbitante consistía precisamente en que el resto del mundo trabajaba, exportaba, acumulaba dólares y luego los reciclaba comprando deuda estadounidense. China ocupa un lugar central en esa arquitectura. Su inserción exportadora produjo durante décadas una gran entrada de divisas, las empresas chinas venden mercancías al exterior, reciben dólares y esos dólares pasan, de modo directo o indirecto, al sistema financiero controlado por el Estado. Una parte de esas reservas se coloca en títulos del Tesoro estadounidense porque constituyen el mercado más líquido y profundo del mundo. China no compra deuda estadounidense por simpatía hacia Washington, la compra porque necesita activos líquidos denominados en dólares para administrar reservas, intervenir en su mercado cambiario, respaldar pagos externos y protegerse frente a crisis financieras, y Estados Unidos a su vez se beneficia porque la demanda extranjera de Treasuries ayuda a financiar su déficit.
La relación entre ambos países no es una subordinación simple de China a Estados Unidos ni la dependencia unilateral de Washington respecto de Pekín, es una interdependencia conflictiva. China necesita todavía una parte de los mercados de consumo y de las finanzas denominadas en dólares, Estados Unidos necesita que una porción de los excedentes mundiales siga financiando sus bonos. Si China vendiera masivamente sus Treasuries (deuda de EEUU), contribuiría a la baja de sus precios y a la suba de las tasas norteamericanas, pero también sufriría pérdidas sobre los bonos que conservara, presionaría a la apreciación del yuan y podría deteriorar la competitividad de sus exportaciones. La tenencia de deuda estadounidense es, por tanto, una herramienta de poder, pero también una atadura. El propio Tesoro estadounidense sostiene que China administra su tipo de cambio mediante el Banco Popular y también a través de bancos estatales, y un informe reciente calcula, según una de las metodologías, compras netas de divisas por 323.000 millones de dólares en 2025, aunque otra medición vinculada a activos de reserva arroja ventas netas. La aparente contradicción no invalida el hecho central, el régimen cambiario chino no es una flotación libre, se estructura alrededor de una paridad diaria administrada, intervención estatal para defender el capitalismo y regulaciones sobre la circulación internacional de capitales.
China devalúa o evita que se aprecie demasiado su moneda, el yuan o renminbi, y la consecuencia es que los precios en dólares de productos fabricados en China pueden resultar menores aun cuando el precio interno en yuanes no cambie. Si una mercancía vale 700 yuanes y el dólar pasa de cotizar a 7 yuanes a 7,7 yuanes, su precio externo cae de 100 a aproximadamente 91 dólares. Para el importador extranjero ese producto es más barato, para la empresa exportadora china los dólares obtenidos en el exterior se convierten en más yuanes cuando regresan al país. Ese mecanismo no es un tecnicismo monetario, una depreciación abarata exportaciones, pero encarece importaciones como petróleo, alimentos, insumos, maquinaria, tecnología y componentes extranjeros, y además puede acelerar la salida de capitales y generar choques con otros países que denuncien competencia cambiaria desleal, por eso el Estado chino procura administrar la cotización y no destruir sin control el valor del yuan. La competitividad exportadora china tampoco se explica sólo por el tipo de cambio, se apoya en infraestructura industrial, puertos, ferrocarriles, redes de proveedores, escala de producción, crédito dirigido, planificación estatal, transferencia tecnológica, inversión extranjera y una política de desarrollo que subordinó durante décadas el consumo de los hogares a la acumulación de capital, también la creación de puertos, infraestructura, inversiones de capital en países periféricos, o relaciones más profundas con Europa y Canadá. Algunos análisis sostienen que el renminbi (la moneda del pueblo en chino) enpodría estar subvaluado en una proporción significativa, con cálculos que oscilan aproximadamente entre el 21 y el 35 por ciento según la metodología utilizada, aunque esa cifra debe tomarse como una estimación debatible y no como una verdad matemática definitiva.
Los salarios baratos más baratos del mundo completan la ecuación. Durante la gran fase de industrialización china, la abundancia de fuerza de trabajo proveniente de la migración rural, el régimen de registro domiciliario hukou, las desigualdades entre regiones, la restricción de la organización sindical independiente y la prioridad estatal otorgada a las exportaciones contuvieron el costo laboral. Una moneda depreciada no reduce necesariamente el salario nominal en yuanes, pero sí puede reducir su equivalencia en dólares: un salario mensual de 5.000 yuanes equivale a aproximadamente 714 dólares con un tipo de cambio de 7 yuanes por dólar, pero cae a unos 649 dólares si el tipo de cambio pasa a 7,7 yuanes por dólar, y para una firma que calcula sus costos en dólares el trabajo chino aparece más barato. Para el trabajador chino, sin embargo, ese abaratamiento internacional no significa bienestar, porque si los productos importados o los insumos esenciales se encarecen, su salario real puede deteriorarse. La devaluación es una transferencia: puede fortalecer la rentabilidad exportadora y la posición competitiva de las empresas, mientras traslada una parte del costo hacia quienes viven de un salario y compran bienes afectados por el encarecimiento externo.
La caracterización internacional que deben adheririr nuestros lectores para lograr un análisis saludable es incorporar la noción de que es la crisis estadounidense y el ascenso chino la que se encuentran en esa articulación contradictoria. Estados Unidos absorbió durante años mercancías baratas y excedentes financieros del mundo, China construyó su acumulación exportando mercancías, conteniendo costos laborales y acumulando reservas en dólares. El excedente chino volvió a Estados Unidos bajo la forma de compra de bonos, ayudando a financiar el déficit del mismo país que consumía las mercancías producidas por la fuerza de trabajo china. La relación funcionó mientras el dólar siguió siendo incuestionablemente el eje del sistema y mientras el capital global aceptó títulos estadounidenses con tasas relativamente bajas. Hoy ese equilibrio se desgasta. Estados Unidos necesita atraer más capital para refinanciar una deuda gigantesca, para lograrlo debe elevar la remuneración que ofrece a los acreedores, pero tasas más altas elevan los intereses, agrandan el déficit y obligan a emitir todavía más deuda. Es una espiral potencialmente explosiva. Bessent puede recomprar títulos y buscar una baja momentánea de los rendimientos, pero no puede eliminar por decreto la contradicción entre un Estado endeudado, un capital financiero que exige rentabilidad y una hegemonía mundial cada vez más disputada.
Hay algo más que conviene subrayar y que suele quedar afuera del análisis financiero convencional, la propia geografía de los tenedores de deuda estadounidense se ha vuelto un problema para Washington. China redujo sostenidamente su tenencia de Treasuries (deuda de EEUU) desde el pico de más de un billón de dólares que llegó a sostener, y hoy buena parte de esa demanda extranjera la absorben plazas como Japón, Reino Unido o centros financieros como las Islas Caimán, mientras la Reserva Federal y los bancos comerciales estadounidenses terminan sosteniendo una porción creciente de la propia deuda de su Estado. Esto significa que el sistema financiero norteamericano se autofinancia cada vez más a sí mismo, lo cual no es un signo de fortaleza sino de un mercado que empieza a mostrar señales de crisis capitalista: cuando el comprador de última instancia de la deuda pública es el propio aparato bancario y monetario del país emisor, la frontera entre financiamiento y monetización se vuelve cada vez más difusa, y ese es exactamente el terreno donde la licuación inflacionaria deja de ser una hipótesis de manual y empieza a operar como mecanismo efectivo de licuación del pasivo estatal.
El default norteamericano, probablemente no se parezca al default de una economía como la argentina o periférica sin reservas. Puede manifestarse como incumplimiento por bloqueo político del propio Trump (aranceles), como inflación que reduce el valor real de la deuda, como represión financiera que obligue a bancos y fondos a absorber bonos, como depreciación del dólar o como una combinación de estas formas. Lo que está en juego no es solamente la solvencia contable del Tesoro, es la capacidad de Estados Unidos de seguir trasladando al resto del mundo el costo de sus desequilibrios, exportar su crisis capitalista (guerra imperialidta como explicamos arriba). La deuda de 40 billones de dólares no es la prueba de un derrumbe automático, pero sí el síntoma de que la potencia que organizó el orden financiero de posguerra empieza a enfrentar los límites históricos de su propio privilegio.
Para entender por qué esta crisis no es coyuntural sino estructural hace falta ir a las categorías que el genio de Marx desarrolló para explicar las crisis del capitalismo maduro, empezando por la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. A medida que el capital se acumula, la composición orgánica del capital, es decir la relación entre capital constante invertido en máquinas, tecnología e infraestructura y capital variable destinado a salarios, tiende a crecer, porque la competencia obliga a cada capitalista a mecanizar y automatizar para abaratar costos y ganar mercado. Pero como sólo el trabajo vivo, el capital variable, genera plusvalía, un capital cada vez más compuesto de maquinaria y cada vez menos de fuerza de trabajo tiende a generar una masa de ganancia relativamente menor en proporción al capital total invertido. Estados Unidos exhibe esta tendencia de manera elocuente, buena parte de la acumulación de las últimas décadas migró hacia la esfera financiera, hacia la valorización bursátil y hacia sectores de altísima composición tecnológica, precisamente porque la rentabilidad en la producción material directa se volvió cada vez más difícil de sostener frente a la competencia global, en particular la china.
Esa caída tendencial de la ganancia empuja al capital hacia la sobreacumulación, otra categoría central del análisis marxista. Sobreacumulación significa que se ha acumulado más capital del que puede valorizarse rentablemente en la esfera productiva, generando un excedente de capital-dinero que busca desesperadamente colocación. Ese excedente se dirige hacia la especulación inmobiliaria, hacia las bolsas, hacia instrumentos financieros cada vez más sofisticados y, de manera decisiva, hacia la deuda pública, que ofrece un refugio relativamente seguro para un capital que ya no encuentra suficiente rentabilidad en la inversión productiva. La deuda estadounidense de 40 billones de dólares es, en este sentido, la contracara de una sobreacumulación mundial de capital: masas gigantescas de riqueza financiera que no encuentran cómo valorizarse produciendo mercancías y que terminan financiando al propio Estado que organiza el sistema, en un círculo que no resuelve la caída de la rentabilidad productiva sino que la desplaza temporalmente hacia el terreno fiscal y monetario.
A esto se suma lo que Marx llamaba las contratendencias a la caída de la tasa de ganancia, que el capitalismo estadounidense activó de manera intensiva en las últimas décadas, el abaratamiento de elementos del capital constante gracias a la deslocalización productiva hacia China y el sudeste asiático, el aumento de la explotación relativa del trabajo mediante la intensificación de los ritmos laborales y la precarización, y sobre todo el comercio exterior, es decir la posibilidad de importar mercancías baratas producidas con fuerza de trabajo barata china en lugar de producirlas internamente con costos laborales más altos. Estas contratendencias funcionaron como paliativo durante un largo período, pero no eliminaron la ley de fondo, sólo la postergaron, y su agotamiento actual, expresado en el reordenamiento geopolítico, las tensiones comerciales y el propio límite que empieza a mostrar la relación financiera con China, es una de las claves para entender por qué la crisis fiscal estadounidense se agudiza justo ahora.
Finalmente está la cuestión del crédito y el capital ficticio, categoría que Marx desarrolla en el tomo tercero de El Capital. Los títulos de deuda pública no representan capital real invertido en producción, son un derecho sobre ingresos futuros del Estado, capital ficticio que circula, se compra y se vende como si fuera riqueza real, pero que en última instancia sólo tiene valor en la medida en que el Estado pueda efectivamente extraer, vía impuestos o emisión, los recursos para honrarlo. Cuando la masa de capital ficticio crece mucho más rápido que la capacidad real de la economía de generar el excedente que respalda esos títulos, se abre una brecha entre la riqueza financiera nominal y la riqueza social efectivamente producida, brecha que tarde o temprano debe cerrarse, ya sea mediante una crisis de desvalorización de esos activos, mediante inflación que licúa su valor real, o mediante una redistribución forzosa de recursos sociales hacia el pago de la deuda. Leido y comprendido por nuestros lectores, si es necesario nos acercamos a tomar con café un día de franco en nuestros trabajos, con quien nos indique, es necesario conocer estas herramientas politicas, decimos que el camino de Estados Unidos hacia el default no es un accidente de gestión ni un problema de un funcionario más o menos hábil en el Tesoro, es la forma concreta que adopta, en la principal potencia capitalista del mundo, el agotamiento histórico de un modelo de acumulación que durante décadas logró posponer sus propias contradicciones exportándolas al resto del planeta, y que hoy empieza a chocar contra los límites que la propia ley del valor le impone incluso al emisor de la moneda mundial. Solo los revolucionarios que abrazamos el marxismo podemos caracterizar un diagnóstico verdadero y proveer herramientas al movimiento obrero combativo para vencer el capital.
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