El nuevo altar decadente de la burguesia argentina: Churchill, Thatcher, Trump, Milei y el sionismo de Estado


Por Ulra

Cada cierto tiempo Winston Churchill reaparece en los grandes medios argentinos. No vuelve como funcionario de un imperio que dominó territorios, rutas comerciales y poblaciones enteras, sino como filósofo de sobremesa, fabricante de frases motivacionales y ejemplo universal de carácter. Su rostro aparece en La Nación, en suplementos culturales, en discursos presidenciales y hasta, quien escribe pudo ver, en una infografía dentro de un supermercado Coto de Belgrano. La repetición no es inocente, cuando una clase dominante elige a sus próceres imperiales, también revela su propia historia, sus alianzas internacionales y el orden social que pretende presentar como natural.
Hace pocos días un periódico español volvió a poner en circulación una pieza típica de esa fabricación ideológica, le atribuyó a Churchill la frase según la cual el éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo, y convirtió toda su trayectoria en una lección individual sobre la capacidad de sobreponerse a las derrotas. La propia sociedad que administra su archivo documental ubica esa cita entre las que no logran verificarse en sus libros, discursos y escritos. Pero la veracidad importa menos que la autoridad de la marca, el nombre Churchill funciona como un sello que vende los valores de la burguesía imperial como si fueran enseñanzas universales.
La operación consiste en separar al personaje de las relaciones sociales que representó. Despojado del Imperio, de las colonias y de la lucha de clases, Churchill queda reducido a una colección de habanos, gestos adustos y frases breves. Sus fracasos aparecen como experiencias personales y nunca como decisiones cuyas consecuencias pagaron trabajadores, soldados y pueblos colonizados: la campaña de Galípoli se vuelve un tropiezo de carrera, su intervención contra la huelga general de 1926 desaparece, la cuestión palestina queda reducida a una disputa religiosa sin imperialismo de por medio, y la hambruna de Bengala directamente se borra del relato. El resultado es un prócer sin víctimas al frente de un imperio sin colonias.
La Nación participa activamente de esa construcción, mantiene una sección temática dedicada a Churchill y lo ha presentado como un indomable centinela de la libertad. A mediados de este año volvió a ocupar sus páginas cuando Javier Milei recurrió a otra frase que le atribuyó para meterse en una discusión política, aunque tampoco esa autoría estaba acreditada. No hace falta un relevamiento exhaustivo de la hemeroteca para notar una presencia recurrente y casi siempre elogiosa, donde Churchill funciona como reserva moral de la política occidental.
¿Por qué le resulta tan útil este personaje a la prensa liberal argentina? Porque condensa lo que la burguesía local reconoce como propio, la colonización por medio del genocidio, la defensa de la propiedad terrateniente y capitalista, la disciplina de los trabajadores, el anticomunismo y la aceptación de una jerarquía mundial dirigida por las potencias imperialistas. El vínculo entre la oligarquía argentina y Gran Bretaña nunca fue sólo cultural, durante décadas los ferrocarriles, los frigoríficos, los bancos y una parte decisiva del comercio exterior estuvieron atados a capitales británicos, y el propio trazado de las vías se organizó para conectar las zonas productoras con los puertos exportadores según las necesidades del capital extranjero, no para integrar el territorio nacional. De esa estructura surgió una alianza entre el gran terrateniente argentino y el comerciante, el frigorífico, el banco y el ferrocarril extranjeros: la clase dominante local conservaba la tierra y buena parte de la renta agraria, mientras el capital imperialista controlaba la circulación, el financiamiento y el transporte. No hacía falta que un ejército británico gobernara Buenos Aires; alcanzaba con actuar como socia menor de una división internacional del trabajo diseñada por las potencias industriales. El Pacto Roca-Runciman de 1933 mostró esa relación sin disimulo, al preservar una cuota para las carnes argentinas a cambio de condiciones favorables para las empresas británicas y del compromiso de destinar buena parte de las divisas obtenidas por las exportaciones a saldar obligaciones del capital radicado en el país.
Churchill simboliza para esa tradición oligárquica algo más profundo que un antiguo primer ministro: la capacidad de una burguesía imperial de gobernar el mundo y convertir sus intereses particulares en sinónimo de civilización y progreso. El Churchill real fue, sobre todo, un representante consciente del régimen capitalista y de la guerra de clases. Durante la huelga general de mayo de 1926, más de un millón y medio de trabajadores paralizaron sectores estratégicos del Reino Unido en solidaridad con los mineros amenazados por rebajas salariales. Churchill, entonces ministro de Hacienda, se puso al frente del periódico gubernamental creado para combatir la huelga, presentó la acción sindical como una amenaza contra la nación y usó el aparato estatal para dificultar la circulación de la prensa obrera. Cuando la lucha de clases dejó los discursos parlamentarios y ocupó fábricas, minas y ferrocarriles, se puso del lado de los propietarios.
Esa trayectoria explica su utilidad actual, pero la propia relación de la clase dominante británica con el nazismo desmiente cualquier lectura ingenua de la cruzada antifascista que hoy se le atribuye en bloque. Durante los años treinta, buena parte de la aristocracia y de la city londinense miró a Hitler menos como una amenaza que como un dique útil contra el comunismo, y sostuvo una política de apaciguamiento que dejó rearmarse a la Alemania nazi y desmembrar Checoslovaquia casi sin resistencia. Recién cuando esa conciliación fracasó de manera catastrófica y el expansionismo alemán amenazó directamente la posición imperial británica, la propia clase dominante fue a buscar a Churchill: por cálculo de supervivencia del imperio, no por una convicción antifascista temprana. Y esa misma memoria liberal que lo erige en salvador de Occidente silencia que fue el Ejército Rojo, con millones de muertos soviéticos, quien destruyó el grueso de la maquinaria militar nazi en el frente oriental, mientras Londres y Washington recién abrieron un segundo frente en 1944, con la derrota alemana ya decidida en las estepas rusas. La burguesía argentina no reivindican solamente al dirigente que encabezó al Reino Unido durante parte de esa guerra, reivindican un modelo de autoridad burguesa capaz de hablar en nombre de la democracia mientras combate la acción independiente de la clase obrera. Es la misma operación que hoy lo convierte en maestro de autoayuda, eliminando la lucha de clases de la historia para reemplazarla por la voluntad de individuos excepcionales.
La hambruna de Bengala de 1943 muestra el contenido material de ese liderazgo imperial. Murieron de hambre tres millones de personas, cifra que no agota la cuenta del imperialismo británico en la India: ese episodio fue apenas el último de una serie de hambrunas que el propio dominio colonial produjo durante más de un siglo, y que distintos historiadores calculan en unos treinta millones de vidas en total. Muchas de esas muertes no fueron por inanición estricta sino por malaria, cólera y disentería sobre organismos debilitados, agravadas por la ausencia total de infraestructura de salud y vivienda para los trabajadores. No fue una catástrofe natural: un estudio climático mostró que esa hambruna, a diferencia de otras crisis alimentarias indias, no coincidió con una sequía excepcional. La cuestión decisiva no era cuánto arroz existía sino quién tenía los medios para comprarlo, la economía de guerra disparó los precios, comerciantes y propietarios almacenaron grano especulando con nuevas subas, y el arroz quedó fuera del alcance de millones de pobres. Amartya Sen explicó ese proceso como un derrumbe de los derechos de acceso a los alimentos: la gente conservaba formalmente la libertad de comprar pero carecía del salario para hacerlo. Una investigación sobre la transformación agraria bengalí calcula que la proporción de trabajadores rurales sin tierra pasó de un tres por ciento en 1891 a cerca de un treinta por ciento en 1931, un proletariado extremadamente vulnerable frente a cualquier salto de precios.
El gobierno colonial agravó todo con la llamada política de denegación, ante el temor a una invasión japonesa, incautó o inutilizó decenas de miles de embarcaciones en una región donde los ríos eran la principal vía de transporte, destruyendo el sustento de pescadores y desarticulando los mercados locales. Hay además un detalle que rara vez aparece en las semblanzas admirativas: cuando funcionarios coloniales le reclamaron a Londres el envío urgente de barcos para aliviar la escasez, Churchill respondió atribuyendo el hambre a que los propios indios se reproducían como conejos. No fue un desliz de sobremesa, fue la misma lógica de la política de denegación puesta en palabras: la vida bengalí pesaba menos que las prioridades estratégicas del Imperio. La responsabilidad, de todos modos, no se reduce a un demonio individual: el sistema que produjo la hambruna era el capitalismo anglo-colonial, y terratenientes y acaparadores indios también participaron de la apropiación del arroz mientras el campesinado pobre vendía sus últimas pertenencias para comer.
La misma lógica imperial atraviesa el papel de Churchill en Palestina. Como secretario de Estado para las Colonias entre 1921 y 1922 tuvo responsabilidad directa sobre Palestina, presidió la Conferencia de El Cairo y participó de la reorganización de Medio Oriente tras la derrota otomana, buscando administraciones subordinadas que redujeran el costo de la ocupación y aseguraran los intereses de Londres. Su Libro Blanco de 1922 reafirmó el compromiso británico con un hogar nacional judío en Palestina, sin otorgarle a la mayoría árabe un reconocimiento político equivalente. Ese respaldo estuvo ligado tanto a la estrategia imperial como a su anticomunismo, en un texto de 1920 contrapuso el sionismo a la participación judía en movimientos revolucionarios, reproduciendo estereotipos antisemitas sobre una supuesta influencia judía en el bolchevismo mientras presentaba al sionismo como una alternativa compatible con la protección británica. Por eso es indispensable distinguir judaísmo, población judía, sionismo y Estado de Israel: identificarlos como una sola cosa reproduce el mismo antisemitismo que le atribuye a todo el pueblo judío una voluntad política homogénea, cuando existieron corrientes judías socialistas, comunistas y antisionistas. La crítica marxista apunta al colonialismo, nunca a una identidad étnica o religiosa.
Existe además una continuidad entre Churchill y Margaret Thatcher, más allá de que sus programas económicos respondieran a necesidades imperiales distintas: comparten una misma tradición de autoridad conservadora, anticomunismo y uso del Estado contra la organización independiente de los trabajadores. Durante la huelga minera de 1984 y 1985, Thatcher retomó en condiciones nuevas la guerra social que Churchill había librado en 1926, presentando al sindicato minero como enemigo de la democracia y desplegando un enorme dispositivo policial hasta lograr una derrota que modificó durante años la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo. La guerra de Malvinas de 1982 le permitió además colocarse dentro de la tradición churchilliana, citando expresamente a Churchill y presentando la victoria como prueba de que el viejo imperio todavía conservaba voluntad de actuar como potencia. La dictadura argentina fue responsable de lanzar esa guerra aventurera para salvarse de su propia crisis, pero eso no vuelve legítima la ocupación británica ni convierte a Thatcher en defensora de la autodeterminación universal: Gran Bretaña invocó ese principio sólo para la población implantada bajo su administración.
La conexión llega hasta Javier Milei, que durante el debate presidencial de 2023 calificó a Thatcher como una de las grandes dirigentes de la historia y después, en la BBC, volvió a llamarla brillante y afirmó admirar profundamente a Churchill. Esa reivindicación tiene una gravedad especial porque fue Thatcher quien autorizó el ataque contra el crucero General Belgrano, en el que murieron trescientos veintitrés tripulantes argentinos. El actual ministro de Defensa, el teniente general Presti, presentó ese hundimiento como un error inglés y no como lo que fue, un crimen de guerra; cualquier soldado honesto tendría motivos para pedir que responda por sostener semejante versión. Milei pretende separar la política económica de Thatcher de su papel como jefa de gobierno durante esa guerra, pero esa separación es artificial, el nacionalismo imperial y la ofensiva antisindical formaron parte de un mismo proyecto político.
Esa reivindicación, sin embargo, convive con una incomodidad que Milei nunca resuelve del todo, porque su lealtad principal no es con Londres sino con Washington. Estados Unidos y el Reino Unido son los dos socios más importantes de la OTAN, pero esa sociedad atraviesa hoy una tensión real: el propio Donald Trump reclama abiertamente achicar o romper el compromiso norteamericano con la Alianza, lo que debilita el paraguas bajo el cual Londres sostiene desde hace más de cuatro décadas su presencia militar en el Atlántico Sur. No es descartable que Washington, en una negociación entre los dos socios centrales de la OTAN, termine acordando con el Reino Unido algún esquema que traslade a manos estadounidenses el control de Malvinas y de una porción del sur argentino, bajo la forma de una base o una zona de interés estratégico directo. Milei quedaría entonces atrapado entre dos lealtades imperiales, la nostálgica, hacia el linaje churchilliano y thatcherista que dice admirar, y la real, hacia Washington, que puede terminar pidiéndole exactamente lo que ese linaje nunca aceptó, avalar que Londres ceda soberanía sobre el Atlántico Sur a cambio de una tutela norteamericana directa.
De Churchill, Milei toma el culto al dirigente firme y la idea del orden occidental como sinónimo de civilización; de Thatcher, la ofensiva contra el Estado social y el poder sindical, encuadrada además en la escuela austriaca y su teoría del valor subjetivo colonizado. De ambos recoge una misma convicción, que la sociedad debe ser gobernada por minorías propietarias convencidas de que sus intereses representan la libertad de todos, y esa exaltación conjunta no es una rareza intelectual del Presidente sino la conciencia de una parte de la clase dominante argentina, Churchill representa el mando imperial, Thatcher la ofensiva neoliberal necesaria para restaurar la rentabilidad, y Milei el intento de aplicar esa tradición en un país subordinado que busca demostrar fidelidad a Washington, a Londres y a los mercados.
Y acá conviene recuperar aquella frase que se le atribuye a Sarmiento sobre la aristocracia con olor a bosta de vaca, surgida como respuesta a un estanciero que rechazaba la educación común invocando el supuesto carácter aristocrático de la sociedad porteña. Detrás de los modales europeos y la admiración por la cultura británica había una clase de grandes propietarios cuya riqueza salía de la tierra, el ganado y la explotación de peones rurales, cosmopolita en el consumo y dependiente en la economía, imitaba las costumbres de las burguesías imperialistas sin haber hecho nunca una revolución nacional capaz de romper el latifundio. Para esa oligarquía, Churchill es el espejo donde una burguesía dependiente se imagina como clase dirigente universal, al elogiarlo intenta apropiarse simbólicamente de la autoridad de un imperio al que estuvo materialmente subordinada, olvidando que históricamente fue su socia menor. Los tres nombres, Churchill, Thatcher y Milei, forman una genealogía: imperio, restauración neoliberal y subordinación contemporánea.
Por eso la presencia reiterada de Churchill en la prensa argentina no es una curiosidad cultural sino una pedagogía de clase, enseña que la historia la hacen individuos excepcionales, que el mercado está por encima de las necesidades sociales y que los trabajadores deben admirar a quienes los reprimieron. Una prensa de trabajadores tiene que invertir esa operación: no preguntar cuánto entusiasmo conservó Churchill después de sus fracasos, sino quiénes pagaron esos fracasos. Churchill no vuelve porque el pasado se resista a morir; vuelve porque la clase dominante todavía necesita sus servicios, y cuando esa clase encuentra en Milei a un presidente dispuesto a elogiar a Churchill, a Thatcher y a Trump, el círculo se completa, el imperialismo pone los héroes, la oligarquía pone los intereses y el gobierno argentino intenta poner la obediencia.
La tarea de los trabajadores no es buscarse un Churchill propio, o alinearse con Trump, sino romper con la historia escrita por ls burguesía nacional que está alineada al imperialismo. Frente a la falsa grandeza imperial hay que levantar la memoria de los mineros británicos, los campesinos bengalíes, el pueblo palestino y los marineros del General Belgrano. Esa ruptura no puede quedarse en el terreno de la memoria, hace falta romper con el imperialismo para llevar adelante una reforma agraria que termine con el latifundio heredado de aquella oligarquía con olor a bosta, dar trabajo genuino a una clase media hoy lumpenizada por la desindustrialización, y planificar el proceso productivo junto con los propios trabajadores como dueños de los medios de producción, contra la dictadura que el capital ejerce todos los días adentro de la fábrica y en cada lugar de trabajo. Cuando un sistema capaz de condenar a millones de personas termina presentado como una frase de autoayuda o una infografía de supermercado, ya no hay ninguna curiosidad periodística, hay propaganda de clase capitalista.

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