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 Por Ulra 

Sajonia-Anhalt vot贸, y el resultado no admite lecturas tibias, Alternativa para Alemania se impuso con 43,8% de los votos y 39 bancas sobre 83. No le alcanz贸 para la mayor铆a absoluta, pero le sobra m煤sculo para condicionar la pol铆tica nacional y disputar gobiernos regionales. Para cualquier trabajador, migrante o militante de izquierda en Alemania, esto no es una an茅cdota electoral m谩s, es la confirmaci贸n de que la extrema derecha logr贸 lo que ninguna otra fuerza pudo en d茅cadas —convertir la angustia social en combustible pol铆tico propio (ver nuestra nota anterior).

Porque de eso se trata el fen贸meno AfD. No cay贸 del cielo ni es un capricho del electorado alem谩n. Es el resultado de una crisis de representaci贸n acumulada, del desgaste de los gobiernos tradicionales, del deterioro sostenido de las condiciones de vida, de la desigualdad entre regiones. Y sobre todo, es el resultado de una operaci贸n pol铆tica deliberada: tomar el malestar leg铆timo de millones de trabajadores y desviarlo, con precisi贸n quir煤rgica, hacia migrantes, refugiados y minor铆as, en lugar de se帽alar a quienes de verdad decidieron el ajuste, la carest铆a y el vaciamiento de lo p煤blico.

Jorge Altamira, en Pol铆tica Obrera, tiene raz贸n en un punto central: este avance no se frena con apelaciones abstractas a "defender la democracia". Tiene raz贸n tambi茅n en exigirle cuentas al SPD, a Los Verdes, a Die Linke y a las burocracias sindicales, que administraron el capitalismo en crisis, se adaptaron a la austeridad, subordinaron la protesta obrera a la gobernabilidad y no ofrecieron ninguna salida de clase al hartazgo social que hoy capitaliza la ultraderecha. Ning煤n trabajador que vio a esas direcciones firmar recortes o mirar para otro lado ante los despidos tiene motivos para depositarles confianza autom谩tica.

Pero hay una diferencia entre se帽alar responsabilidades y borrar todas las diferencias pol铆ticas en un mismo bulto acusatorio pol铆tico. Y ah铆 es donde conviene pararse a pensar con la cabeza fr铆a, no con el reflejo de la trompada r谩pida al vac铆o. No sirve este tipo de an谩lisis para el combate de la lucha de clases. 

Empecemos por nombrar las cosas con precisi贸n —para diferenciarnos del periodismo comercial y acad茅mico que a todo lo que no sabe explicar le pone la etiqueta de "neo"— porque de eso depende saber contra qui茅n se pelea. Fascismo no es cualquier derecha reaccionaria: en sentido hist贸rico y marxista designa una forma espec铆fica de contrarrevoluci贸n, que combina movilizaci贸n de masas reaccionaria, nacionalismo extremo, violencia organizada contra la izquierda y el movimiento obrero, y la destrucci贸n f铆sica de las organizaciones independientes de los trabajadores, puesto todo al servicio de resolver una crisis capitalista —en una fase del imperialismo ag贸nico y terminal— mediante la derrota de las masas explotadas. El nazismo llev贸 ese proyecto un escal贸n m谩s all谩: le sum贸 un programa racial de Estado, la fantas铆a de una comunidad "aria" pura, la identificaci贸n de socialistas, jud铆os pobres, roman铆es, personas con discapacidad, personas negras, eslavas y homosexuales como enemigos a eliminar, y la maquinaria de persecuci贸n, deportaci贸n, trabajo esclavo y exterminio que conocemos. Ese nazismo, adem谩s, no es lo mismo en una naci贸n imperialista que en una naci贸n oprimida. En Argentina, las expresiones nazis vienen de una fracci贸n de la burgues铆a nacional que se apoya en el imperialismo, hoy dirigida por un lumpen como Milei, y se nutre de sectores marginales, "morochos" colonizados y empujadosa la derecha por la miseria y sectores civiles ligados al armado hist贸rico de las dictaduras militares, todo esto operando dentro de un r茅gimen democr谩tico formal del capitalismo.

Alemania es distinto. No hay, todav铆a, un Estado fascista; no hay, todav铆a, sindicatos destruidos; no hay partidos de oposici贸n ilegalizados en lo formal. Lo que s铆 hay es el ascenso electoral de una fuerza de extrema derecha con tendencias fascistizantes, que todav铆a se mueve dentro del tablero parlamentario. Decir esto no baja un cambio la alarma, la afina. Porque permite ver con claridad qu茅 es lo que AfD efectivamente propone y viene ejecutando en su discurso, la "remigraci贸n", es decir, deportaciones masivas; centros de detenci贸n; segregaci贸n escolar para ni帽os refugiados; y una noci贸n 茅tnica de pertenencia nacional que no distingue entre el reci茅n llegado y el trabajador nacido en Alemania cuyo apellido, religi贸n o color de piel lo vuelve sospechoso. Nada de esto defiende a la clase trabajadora alemana, la divide en nativos y migrantes, y tapa con humo racial que la crisis habitacional, los salarios estancados y el colapso de los servicios p煤blicos son producto de decisiones pol铆ticas de clase, no de la existencia de inmigrantes.

Y ac谩 conviene no quedarse solo con la denuncia de AfD, porque la propia trayectoria reciente del SPD y de Los Verdes agrega un elemento que la tradici贸n marxista conoce bien. En marzo de 2025, con la nueva composici贸n del Bundestag ya electa pero todav铆a sin asumir, la coalici贸n saliente de democristianos y socialdem贸cratas, con el respaldo expl铆cito de Los Verdes, aprob贸 una reforma constitucional que except煤a del freno a la deuda todo el gasto militar que supere el 1% del PIB, habilitando un programa de rearme de cientos de miles de millones de euros sin techo real para la guerra imperialista. Die Linke vot贸 en contra. El paralelo con 1914, cuando la socialdemocracia alemana vot贸 los cr茅ditos de guerra del Kaiser y subordin贸 a la clase obrera a la defensa nacional del propio Estado que la explotaba, no es una met谩fora forzada, es el mismo patr贸n —una socialdemocracia que administra el Estado capitalista terminando por financiarle su aparato militar— aunque las condiciones hist贸ricas sean otras y hoy no haya una declaraci贸n de guerra sino un rearme "defensivo" frente a Rusia y un aprite de Trump para sostener la OTAN. Lo notable es el recorrido de Los Verdes, nacidos del movimiento pacifista y antinuclear de los a帽os setenta, terminaron siendo la bisagra parlamentaria que le permiti贸 a Merz los dos tercios necesarios para la reforma, a cambio de fondos clim谩ticos, es decir, canjeando su origen pacifista por una cuota de gasto verde dentro del mismo paquete que blindaba el rearme. Es exactamente el tipo de "responsabilidad objetiva" del que habla Altamira, nadie en el SPD ni en Los Verdes se propuso fortalecer a la ultraderecha votando ese rearme, pero un giro militarista impulsado por las mismas fuerzas que le fallaron a la clase obrera en lo social termina reforzando el clima de excepcionalidad securitaria en el que AfD, parad贸jicamente, tambi茅n pesca votos. Pero el Die Link en esta qued贸 afuera. No verlo no es de tuerto en un mundo de ciegos, sino, no caracterizar correctamente. 

Hay un cap铆tulo que merece contarse aparte porque desarma, mejor que cualquier otro argumento, uno de los trucos m谩s usados por cierta prensa comercial: la idea de que un dirigente de extrema derecha homosexual o de origen migrante desmentir铆a, casi por arte de magia, el car谩cter racista de su partido. Alice Weidel, copresidenta de AfD y su candidata a canciller, es abiertamente lesbiana. Convive desde hace m谩s de una d茅cada con su pareja, Sarah Bossard, productora de cine nacida en Sri Lanka y criada en Suiza, con quien tiene dos hijos. Poco despu茅s de la elecci贸n, el propio partido vot贸 incorporar a su plataforma una definici贸n "tradicional" de familia —padre, madre e hijos— que contradice de manera flagrante la vida familiar de su m谩xima dirigente.

Lejos de desmentir el racismo de AfD, ese contraste lo confirma. Una organizaci贸n de extrema derecha puede exhibir en su c煤pula a una mujer lesbiana con pareja migrante y, al mismo tiempo, votar deportaciones masivas y segregaci贸n escolar para hijos de refugiados, porque la composici贸n personal de una dirigencia no define el car谩cter de clase de su programa. En este caso, esa biograf铆a incluso opera como blindaje medi谩tico frente a la acusaci贸n de racismo. La historia ofrece un antecedente elocuente, aunque en otro contexto, Ernst R枚hm, jefe de las SA, era homosexual y su condici贸n era conocida dentro del propio nazismo. Eso no le impidi贸 a Hitler mandarlo asesinar en 1934, ni le impidi贸 al r茅gimen profundizar despu茅s la persecuci贸n sistem谩tica contra los hombres homosexuales —unas 100.000 detenciones bajo el P谩rrafo 175, la mitad terminadas en condena, entre 5.000 y 15.000 personas enviadas a campos de concentraci贸n—.  Tambi茅n, en ese paso, muchos olvidan, hay que incluir a oficiales homosexuales nazis que violaban a los prisioneros en los campos de concentraci贸n. Pol铆ticamente, un aparato racista y autoritario no deja de serlo porque tolere, use o sacrifique individuos seg煤n le convenga a su cuota de poder. Y conviene aclarar para el que crea que la etimologia nazi de la categor铆a de "raza aria" que nunca fue una identidad biol贸gica real, sino una mentira criminal inventada para clasificar, perseguir y exterminar. No hay nada que discutir sobre qui茅n era "m谩s" o "menos" ario entre los propios jerarcas nazis, porque la pregunta misma repite la trampa. Pero si esa categor铆a se reformula y la hace ''moderna'' (capitalista) con el reemplazo de la categor铆a nazi, dado que el AFD se declar贸 defensora del estado de Israel y se pronunci贸 sionista como su estrategia geopol铆tica imperial.

Frente a todo esto, la tarea de la izquierda revolucionaria no puede agotarse en la denuncia moral ni resignarse a la impotencia electoral. Hay que disputarle a AfD, y a Milei en Argentina, calle por calle y f谩brica por f谩brica, la base social que hoy le presta el voto por desesperaci贸n —mostrando que la precarizaci贸n y la falta de vivienda tienen responsables de clase con nombre y apellido, y que la unidad entre trabajadores nativos y migrantes, no su divisi贸n, es la 煤nica fuerza capaz de torcerle el brazo a la ultraderecha.

Ante est谩 introducci贸n, vamos al punto de la estrategia de la izquierda, porque de 茅l depende buena parte de nuestro presente y futuro: el planteo de Altamira de  responsabilizar a los partidos patronales y a la izquierda reformista por el ascenso de la ultraderecha —llam谩ndolos directamente c贸mplices— es, en sus propias palabras, un callej贸n cuando expresa "para eso existen". Ah铆 hay algo cierto y algo que no cierra. Es cierto que esas direcciones cumplen una funci贸n objetiva de administraci贸n del capitalismo: existen, hist贸ricamente, para contener la lucha de clases dentro de los l铆mites del orden burgu茅s, y no deber铆a sorprender que su gesti贸n —ajuste, austeridad, subordinaci贸n de la protesta, y ahora tambi茅n rearme— termine abonando el terreno donde crece la extrema derecha y la guerra. Negar esa responsabilidad ser铆a iluso. Pero de ah铆 no se sigue que sean c贸mplices de AfD en el mismo sentido en que lo ser铆a un partido que negociara alianzas con ella o naturalizara su discurso: la complicidad supone una convergencia de objetivos que el reformismo no comparte con el proyecto racista y antiobrero de la ultraderecha, mientras que su responsabilidad es la de haber fracasado en construir una alternativa, no la de haber buscado este resultado. Confundir ambas cosas es mecanicista, porque borra las mediaciones concretas —desempleo, vivienda, racismo previo, propaganda, desmovilizaci贸n sindical, y ahora militarizaci贸n— que explican por qu茅 una crisis social termina en un voto a la ultraderecha y no en otra parte. Es desconocer la funci贸n negativa en la historia de un frente popular. Y es sectario, porque iguala en un mismo bando a quienes hay que combatir pol铆ticamente con la fuerza que hay que derrotar en la calle y en las urnas, repitiendo el error que Trotsky denunci贸 cuando el estalinismo alem谩n trat贸 a la socialdemocracia como "socialfascismo" y, con esa divisi贸n, le allan贸 a Hitler el camino al poder. Ah铆 s铆 el planteo de Altamira queda sin salida, aunque no por las razones que 茅l da: no porque nombrar responsabilidades sea in煤til, sino porque llamar en la lectura pol铆tica  "c贸mplices" a organizaciones con las que hace falta construir un frente 煤nico obrero para enfrentar a AfD deja a la izquierda revolucionaria m谩s aislada, no m谩s fuerte, frente al enemigo real.

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