El amor que Ia propiedad no deja ser


Por Fabi y Ulra

Cuando se habla de familia, matrimonio o amor, suele hacerse como si se tratara de asuntos privados, naturales o eternos: un hecho consumado. El problema de esa mirada es que borra la historia. Oculta que las formas de convivir, criar, heredar, amar y organizar el hogar cambian con las sociedades, con sus clases y con sus modos de producción. Desde una lectura socialista, la familia no puede separarse ni de la propiedad ni del trabajo necesario para sostener la vida cotidiana.

Ese fue uno de los grandes aportes de Friedrich Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, publicado en 1884. Allí sostuvo que la familia monogámica moderna no era una institución eterna, sino una forma histórica ligada al desarrollo de la propiedad privada, la herencia y la subordinación de las mujeres. La opresión femenina no aparecía así como un hecho natural ni moral, sino como parte de una estructura social determinada.

La potencia de ese enfoque sigue intacta. La familia moderna no sólo organiza vínculos afectivos, también concentra una enorme masa de trabajo no pago, desde la cocina y la limpieza hasta la crianza y el cuidado de enfermos y ancianos. En las sociedades de clase, ese trabajo recae de manera desigual sobre las mujeres. Por eso, la crítica marxista a la familia no se dirige contra el amor ni contra los vínculos, sino contra las condiciones materiales que los deforman y los subordinan a la necesidad, a la herencia y a la dependencia económica.

Después de la Revolución Rusa de 1917, León Trotsky retomó este problema en un terreno enteramente nuevo. Ya no se trataba sólo de explicar el origen histórico de la familia bajo las sociedades de clase, sino de pensar qué ocurría con ella en un Estado nacido de una revolución obrera. En ese escenario, la cuestión dejaba de ser puramente teórica: se volvía un problema político, social y cotidiano.

Los primeros años del poder soviético trajeron transformaciones legales de enorme alcance. El nuevo régimen separó la Iglesia del Estado, secularizó el matrimonio, facilitó el divorcio y aprobó una legislación muy avanzada para su época en materia de derechos de las mujeres. Décadas más tarde, Trotsky recordaría que la Revolución de Octubre había colocado la emancipación femenina entre sus banderas y había dado origen a una de las legislaciones más progresivas de su tiempo sobre matrimonio y familia.

Sin embargo, Trotsky advirtió muy pronto que la igualdad jurídica no resolvía por sí sola la desigualdad real. En julio de 1923, en "De la vieja familia a la nueva", explicó que la opresión femenina persistía porque el peso de la vida doméstica seguía encerrado en el hogar privado. Mientras la mujer continuara absorbida por cocinar, lavar, coser, cuidar y sostener la reproducción cotidiana de la familia, su incorporación plena a la vida política, cultural y social seguiría bloqueada.

Allí aparece una de sus ideas más fuertes. La nueva familia no podía nacer por decreto ni por propaganda moral, sólo podía surgir sobre nuevas bases materiales. Eso implicaba vivienda digna, comedores colectivos, lavanderías públicas, jardines maternales, escuelas y formas socializadas de cuidado capaces de arrancar a las mujeres de la esclavitud doméstica. Para Trotsky, la emancipación no consistía en sumar trabajo asalariado a la carga del hogar, sino en transformar socialmente el trabajo doméstico mismo.

Ese punto enlaza directamente con Engels. Si la familia monogámica había quedado históricamente ligada a la propiedad, la dependencia, al patriarcado, al culto, y la herencia, su superación no podía ser un simple cambio de valores. Requería alterar la organización material de la vida. Sólo entonces el amor, la convivencia y la crianza podrían dejar de estar atravesados por la necesidad económica, por el mandato religioso o por la subordinación de las mujeres.

Pero 1923 fue también un año decisivo en otro plano. Mientras escribía sobre la crisis de la familia y de la vida cotidiana, Trotsky iniciaba una batalla política abierta contra la burocratización del Partido Comunista y del Estado soviético. El nuevo curso, texto publicado a fines de 1923 durante el debate interno que siguió a su carta de octubre al Comité Central, no está dedicado específicamente a la familia, pero aporta elementos fundamentales para comprender el contexto político en el que Trotsky elaboraba esas reflexiones.

En El nuevo curso, Trotsky denuncia que el aparato partidario comenzaba a sustituir la deliberación de las bases, la iniciativa de los militantes y la democracia obrera. Advertía que una capa de funcionarios, formada y fortalecida bajo las condiciones excepcionales de la guerra civil, la escasez y el aislamiento de la revolución, podía adquirir una autonomía creciente respecto de la clase trabajadora y de la juventud comunista. El peligro, para él, era que la revolución fuese administrada desde arriba y que la vida política de las masas quedara reducida a la obediencia.

Su aporte no se reducía a denunciar malos funcionarios. Trotsky definía al burocratismo como un fenómeno social, como un sistema de administración de personas y recursos cuyas raíces se encontraban en la heterogeneidad social, el atraso cultural de las masas, la necesidad de sostener el aparato estatal, la relación todavía conflictiva entre proletariado y campesinado y la lentitud de la recuperación industrial. Esas condiciones favorecían la concentración de decisiones en el aparato y debilitaban la intervención consciente de la clase trabajadora.

El nuevo curso liga, por eso, la democracia obrera con la posibilidad misma de que la revolución se desarrolle. Trotsky afirma que el burocratismo mata la iniciativa, frena el espíritu crítico y repercute especialmente sobre las nuevas generaciones comunistas. La salida que propone no es la dispersión del partido ni el rechazo de la centralización, sino que el partido recupere el control sobre su propio aparato mediante una democracia interna viva, participación real y crítica organizada desde abajo.

La cuestión familiar y la cuestión burocrática no aparecen todavía unificadas, en 1923, como una teoría cerrada. Sería incorrecto decir que Trotsky ya había comprendido entonces que la futura restauración conservadora de la familia sería una política sistemática de la burocracia estalinista. Pero sí estaba registrando dos procesos que más tarde quedarían profundamente ligados, por un lado, los límites materiales que trababan la transformación de la vida cotidiana y mantenían a las mujeres atadas al hogar; por otro, el crecimiento de un aparato que amenazaba con reemplazar la democracia obrera por métodos de mando y administración desde arriba.

La conexión entre ambas cuestiones no es mecánica, pero es profunda. Una revolución aislada, pobre y asediada debía resolver problemas inmensos de producción, abastecimiento, vivienda, salud y cuidados. Si esa resolución quedaba en manos de una burocracia separada de las masas, la respuesta podía tender a ser administrativa y conservadora. En lugar de impulsar una transformación colectiva de la vida cotidiana, el costo de la escasez podía ser trasladado nuevamente a cada hogar y, dentro de él, a las mujeres.

En los años siguientes esa conexión se volvió más visible. En "Las relaciones familiares bajo los soviets", de 1932, Trotsky todavía defendía las conquistas alcanzadas por la revolución en el terreno del derecho familiar, al tiempo que subrayaba las enormes contradicciones de la transición. La vieja familia patriarcal había sido golpeada por la revolución, pero no había desaparecido, la igualdad formal avanzaba más rápido que las condiciones materiales necesarias para sostenerla.

La formulación más contundente llegaría en 1936 con La revolución traicionada. Allí Trotsky sostiene que la burocracia soviética ya no representa una dificultad transitoria dentro de un proceso revolucionario vivo, sino una capa privilegiada que ha usurpado el poder político a la clase trabajadora. Aunque la propiedad estatal de los medios fundamentales de producción y la planificación subsistían, el régimen había sufrido una profunda degeneración burocrática.

El capítulo VII del libro, titulado "La familia, la juventud y la cultura", resulta decisivo. Trotsky parte de una constatación, la Revolución de Octubre había destruido las bases jurídicas de la vieja familia burguesa y patriarcal. Había separado a la Iglesia del Estado, establecido el matrimonio civil, facilitado el divorcio y reconocido derechos antes negados a las mujeres. Pero esas conquistas legales no podían liberar materialmente a las mujeres mientras persistieran la pobreza, la falta de vivienda y el peso de las tareas domésticas privadas.

La idea central de Trotsky puede condensarse así: la familia no se "abolía" por decisión administrativa; debía ser reemplazada. Su reemplazo requería instituciones colectivas capaces de asumir las funciones que, bajo la sociedad de clases, recaían en el hogar: comedores, lavanderías, jardines maternales, escuelas, viviendas y servicios públicos de cuidado. La revolución había abierto esa perspectiva, pero el atraso económico, la devastación provocada por las guerras y el aislamiento internacional impidieron realizarla en la escala necesaria.

Por eso el problema no era, para Trotsky, que la revolución hubiera concedido demasiado divorcio, demasiada autonomía personal o demasiados derechos reproductivos. El problema era que la sociedad soviética seguía siendo demasiado pobre para sustituir de manera completa el hogar privado por formas colectivas superiores de reproducción social. La familia sobrevivía porque no habían desaparecido las condiciones materiales que la sostenían.

La burocracia estalinista respondió a esa contradicción de un modo reaccionario. En lugar de impulsar una ampliación sistemática de los servicios colectivos y reconocer la persistencia del problema como resultado del atraso, convirtió la necesidad en virtud. Trotsky denuncia que, después de mostrar su incapacidad para reemplazar la vieja familia mediante una red social de cuidados, el Estado burocrático la rehabilitó, la rodeó de solemnidad y la convirtió nuevamente en un eje de la moral oficial. 

En ese marco debe leerse el giro de 1936. El régimen estalinista volvió a prohibir el aborto salvo excepciones restringidas, dificultó el divorcio y reforzó una propaganda que exaltaba la maternidad, la familia estable y la autoridad doméstica junto a la glorificación de la patria. Para Trotsky, esas medidas no eran detalles legislativos ni correcciones pasajeras, expresaban un viraje político y social de fondo. El aborto, sostenía, era en condiciones de necesidad y sufrimiento familiar uno de los derechos civiles, políticos y culturales más importantes de las mujeres; la prohibición revelaba que el Estado no resolvía las condiciones que llevaban a recurrir a él y elegía, en cambio, la coerción.

La tesis era clara. Allí donde el Estado no resolvía colectivamente las tareas de cuidado, las devolvía al ámbito privado; y al hacerlo, descargaba nuevamente sobre las mujeres el peso de la reproducción social. La burocracia convertía así una necesidad no superada en una virtud conservadora. Lo que la revolución no había podido resolver por la pobreza, el atraso y el aislamiento, el estalinismo lo transformaba en ideología de Estado.

Por eso, para Trotsky, la cuestión familiar funcionaba como un verdadero barómetro del régimen. Un Estado obrero que avanzara hacia el socialismo debía tender a ampliar la libertad efectiva de las mujeres, socializar el cuidado y erosionar las bases materiales de la opresión doméstica. La burocracia, en cambio, necesitaba orden, jerarquía y disciplina social. Trotsky relaciona el nuevo culto oficial a la familia con la necesidad de esa capa dirigente de asegurar una jerarquía estable y disciplinar a la juventud a través de millones de hogares convertidos en puntos de apoyo de la autoridad.

La tesis de La revolución traicionada no es que el estalinismo hubiera restaurado el capitalismo ni que hubiese vuelto intacta la familia zarista. Es más contradictoria y, por eso, más potente. Sobre una base económica surgida de la expropiación de la burguesía, la burocracia reconstruía formas de privilegio, autoridad y subordinación propias de una sociedad de clases. La rehabilitación de la familia mostraba que la revolución, políticamente expropiada por la burocracia, ya no avanzaba de manera lineal hacia la emancipación de la vida cotidiana.

Dicho de otro modo: Trotsky no descubre en 1923 una degeneración estalinista ya consumada, pero sí empieza a ver el terreno político y social en el que esa degeneración podrá afirmarse. Registra que la revolución no puede transformar la familia sólo con leyes y, al mismo tiempo, combate la creciente autonomía del aparato respecto de la democracia obrera. Cuando en 1936 vuelve sobre el problema, puede unir ambos planos: la burocracia no sólo administra la escasez, sino que la utiliza para consolidar un orden conservador en la vida cotidiana.

Esta discusión no pertenece sólo al pasado soviético. También hoy la familia capitalista aparece muchas veces como refugio frente a un mundo hostil, al mismo tiempo que concentra una parte decisiva del trabajo no pago que permite reproducir la sociedad. Pero puede funcionar también como un bloqueo de clase: un espacio donde las urgencias de supervivencia, la sobrecarga de cuidados, el endeudamiento y la falta de tiempo dificultan la participación política, sindical y colectiva de trabajadores y trabajadoras.

Para muchos militantes, además, la familia opera como refugio ante las crisis de dirección de la izquierda, las derrotas sociales y el desgaste de la lucha cotidiana. No se trata de condenar ese refugio afectivo, sino de comprender su límite. Cuando la vida colectiva no ofrece una perspectiva de organización, solidaridad y transformación, la salida individual aparece como la única posible. El hogar puede convertirse entonces en un repliegue defensivo frente a una realidad social que no deja respiro.

Pero la precarización laboral, la crisis de vivienda, el deterioro de los servicios públicos y la sobrecarga de cuidados no se quedan en la puerta de la casa. Reorganizan los vínculos, los tiempos y las dependencias dentro de ella. No hay una escapatoria puramente individual frente a la vida cotidiana capitalista, lo que parece íntimo está atravesado por el salario, el alquiler, el transporte, la salud pública, la escuela, el precio de los alimentos y la disponibilidad —o ausencia— de redes colectivas de cuidado.

Por eso volver a Engels y a Trotsky no significa buscar una curiosidad histórica, sino recuperar una pregunta estratégica, qué relaciones afectivas pueden nacer verdaderamente libres en una sociedad donde el cuidado sigue privatizado, donde el tiempo está subordinado a la explotación y donde millones de mujeres cargan con una doble o triple jornada. La promesa de una vida amorosa emancipada no depende de sermones sobre la familia, sino de una transformación radical de las condiciones materiales que hoy la atan a la propiedad, a la desigualdad y a la necesidad. ¡Por ia Revolución Socialista, paso a la mujer trabajadora y la juventud! 

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