El aguante en FATE. El día a día.
Por corresponsal
El aguante en Fate no se sostiene solo con consignas, es que la moral de los trabajadores se construye en esta lucha, una convicción que se renueva cada día adentro de la planta, en la combinación de perspectivas que se discuten puertas adentro entre los que decidieron seguir en la lucha, y esa misma discusión es la que permite que la resistencia no se agote en la foto del acampe sino que se administre como una construcción colectiva, con sus urgencias concretas y sus tiempos.
El primer problema es el más elemental y que rodea el conflicto donde la patronal no entrega certificados como una operación dilatoria y de confusion, así, no hay trámite posible. La empresa depositó las liquidaciones sin dar aviso formal y sin entregar la documentación que habilita a trámites laborales, y eso frenó en seco la gestión en los órganos del mundo del trabajo: hay un grupo de compañeros que directamente no puede iniciar los trámite porque le piden ese certificado y el último recibo, y aunque la empresa depositó la plata, no acompañó ningún comprobante. A eso se le suma que la aplicación donde antes llegaban los avisos y notificaciones de la empresa, la dio de baja, donde se gestionaban los trámites laborales, así que ni siquiera pueden bajar sus propios recibos anteriores. El resultado es una zona gris donde la plata figura pero el trámite ante el organismo no arranca, y nadie tiene certeza de cuándo se va a destrabar. Entre los más jóvenes esa demora pesa distinto, son los que llevan menos años en la planta, los que no tienen margen de ahorro ni otra changa a mano, y ven pasar las semanas sin el certificado que necesitan para gestionar sus documentos. La antigüedad, en este conflicto, terminó funcionando como un colchón que no todos tienen.
A eso se le suma una tensión que atraviesa varias familias, compañeros con hijos o parientes con discapacidad, para quienes la plata de la indemnización no es un ahorro sino un sostén cotidiano. El abogado había aconsejado no tocar esos depósitos mientras dure la ocupación, para no darle a la patronal un argumento en la negociación. Pero esa recomendación choca todos los días contra el aumento de la canasta familiar, y no es lo mismo sostener esa disciplina para quien tiene otro ingreso que para quien no. Ya hay compañeros que gastaron parte de esa plata, no por indisciplina sino porque no había otra opción, y el endeudamiento —tarjetas, préstamos, deudas que se acumularon en estos meses sin quincena— empieza a operar como una presión silenciosa para levantar el aguante antes de tiempo.
Ese mismo cálculo económico atraviesa otro proceso que se viene dando en paralelo, una parte importante de los compañeros terminó aceptando los despidos, agotados por la falta de certeza y por la necesidad concreta de resolver lo cotidiano. Y es justamente en ese contexto donde sube la expectativa y también la ansiedad cada vez que la patronal intenta sacar máquinas de la planta, cada movimiento de ese tipo se lee puertas adentro como la confirmación de que la empresa avanza hacia el cierre definitivo, y en vez de aflojar, endurece la postura de los que quedan. La resistencia se pone más firme justo en el momento en que el vaciamiento se vuelve más concreto, como si la certeza de que se están llevando la fábrica pedazo por pedazo fuera, paradójicamente, lo que sostiene la decisión de no soltar.
Frente a ese cuadro, adentro se insiste en que es imperioso reforzar el fondo de lucha, y no como un gesto simbólico sino porque de ahí sale lo más urgente: la comida de cada día y los elementos de higiene y cuidado que hacen sostenible quedarse adentro de la fábrica. Sin esa base, la discusión política se vuelve abstracta; el aguante se sostiene con la olla funcionando y con lo básico cubierto, no solamente con la firmeza de la decisión.
Junto con eso se viene insistiendo en dar continuidad a las actividades que socializan el conflicto puertas afuera, en el barrio, en las redes, entre los trabajadores de otras fábricas de la zona, y si hace falta también entre los propios trabajadores judiciales de San Isidro, que son quienes tramitan buena parte de las causas de las que depende el desenlace del conflicto. Esa tarea de extender la solidaridad no es un complemento de la pelea de fondo, es la manera de que el conflicto no quede encerrado en la fábrica y en la agenda de la empresa.
En ese mismo terreno judicial hay otra pelea que se libra en paralelo, la de lograr que se caigan o al menos se bajen los procesos abiertos contra los trabajadores, partiendo de que se trata de un conflicto laboral y no de una causa penal. Encuadrar así el litigio, como parte de un marco mayor y no como hechos aislados, es también una forma de disputa, la de no dejar que la causa judicial termine funcionando como otra vía de presión para desgastar el aguante.
Todo esto ocurre en un momento en que la conducción de la CGT convoca a marchas y evalúa un paro, pero sin transformarlo en la apertura de un conflicto con el gobierno. Se administra el malestar más que se lo conduce a una confrontación real; se marca presencia sin forzar una definición. Ahí aparece la pregunta que atraviesa a los trabajadores en el aguante, si ese calendario de movilizaciones, por tibio que sea en su diseño, puede terminar empalmando con la pelea de abajo y dándole un oxígeno que hasta ahora no viene de arriba. No es una certeza, es una hipótesis que circula entre los que sostienen el acampe, que la fecha puesta desde la cúpula sindical, aun pensada para descomprimir, termine funcionando como punto de apoyo para fortalecer el aguante en las fábricas donde el conflicto sigue abierto. A veces sucede.
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