Te explico lo que pasa en Europa
Por Raúl Valle
Un proceso para entender el centro del derrumbe de los viejos imperialismos, es la guerra en Ucrania y el caso de Hungría que se vuelven emblemáticos. La incapacidad de la UE para sostener una política unificada en torno a Kiev cuando un solo Estado utiliza el veto para bloquear paquetes de ayuda y sanciones exhibe la fragilidad del andamiaje institucional europeo. Hungría, al trabar ayudas y bloquear la perspectiva de adhesión de Ucrania, hace visible que en la UE ya no opera la fantasía de una “comunidad de valores” homogénea, sino un club de Estados burgueses con intereses nacionales contradictorios, que usan la estructura comunitaria para negociar ventajas y frenar decisiones que afecten sus alianzas energéticas o su margen de maniobra interna. La guerra, lejos de consolidar un imperialismo europeo cohesionado en torno a la OTAN y a Washington, profundiza la desunión y expone al continente como terreno de disputa entre el imperialismo norteamericano, la presión rusa y la creciente presencia china.
Alemania concentra, además, la caída como locomotora industrial, un elemento particularmente explosivo, el auge del fascismo. La crisis económica, la sensación de declive nacional y el desgaste de los partidos tradicionales han permitido que la ultraderecha se convierta en segunda fuerza nacional y en algunos sondeos incluso en la primera, con un discurso abiertamente racista, nacionalista y autoritario. La represión a migrantes, el odio al refugiado, la nostalgia por un orden perdido y la promesa de restaurar la “grandeza” de Alemania son el envoltorio ideológico de una respuesta reaccionaria a una crisis de clase, sectores de la pequeña burguesía y de la clase obrera desorganizada son empujados hacia salidas fascistas porque no encuentran una alternativa socialista con fuerza real. El aparato del Estado, lejos de ser neutral, oscila entre la preocupación por el prestigio internacional de Alemania y el uso de la ultraderecha como presión hacia la derecha de todo el arco político. Sin embargo es una derecha que defiende el estado de Israel y está contra Palestina. Y además, este sector nazi, es apoyado por el oligarca Putin que digamos tiene una financiación directa, también, de grupos nazis en Rusia. El peligro histórico de este proceso es evidente, en el país del nazismo, la combinación de crisis económica, deterioro social y debilidad de la izquierda puede abrir otra vez la puerta a formas de reacción de gran alcance si el movimiento obrero no logra estructurar una contraofensiva propia.
La crisis no se limita al eje Berlín-París. En España la derecha lumpen, personificada en Vox, ha intentado hacer de la subordinación a Trump y a Milei su marca identitaria. Vende como rebeldía lo que es una sumisión total a la agenda del imperialismo norteamericano, incluso cuando esa agenda se expresa en aranceles y medidas económicas que perjudican directamente a productores y trabajadores españoles. Cuando intentan justificar las decisiones de Trump diciendo que “serán malas para España pero buenas para los americanos”, revelan su carácter de quinta columna, un nacionalismo de cartón, dispuesto a sacrificar los intereses del propio país en nombre de la adhesión a un líder extranjero. A su vez, toman a Milei como ejemplo de “revolución liberal”, sin registrar que el experimento argentino se traduce en una devastación social y en un laboratorio de ajuste catastrófico y el odio de los ricos a los trabajadores que pusieron de moda. Esa derecha española fanatizada y personalista funciona como un componente más de la reacción internacional, pero su propia base social la expone también a crisis internas cuando las consecuencias económicas del alineamiento con Trump comiencen a sentirse con más fuerza en sectores del agro, de la industria y del comercio exteriores.
En el otro extremo del mapa político aparece Irlanda, donde la cuestión palestina rompe los marcos de la diplomacia formal y se mete en el corazón del Estado. La presidenta irlandesa, de orientación progresista, ya se había posicionado en defensa de Palestina, pero el hecho de que su propia hermana haya sido detenida por la marina israelí cuando participaba de una flotilla humanitaria a Gaza llevó el conflicto a un plano nuevo. No se trata sólo de solidaridad popular con la causa palestina, que en buena parte de Europa se expresa en movilizaciones, boicots y acciones simbólicas. En Irlanda la detención de la hermana de la presidenta pone a un Estado miembro de la UE frente a un choque directo con Israel, en un terreno donde también interviene Estados Unidos y donde la UE, en su mayoría, se alinea con Tel Aviv y Washington. La simpatía por Palestina, que recorre sindicatos, juventudes y movimientos sociales, de este modo choca con la política oficial de los gobiernos, y el caso irlandés muestra que esa contradicción puede llegar a las alturas de las instituciones.
Sobre este escenario de imperialismos debilitados, derechas descompuestas y guerra, se levanta una parte del movimiento obrero europeo. Ese ascenso no es homogéneo ni lineal, pero tiene puntos de concentración muy claros. Portugal es ahora mismo el epicentro. La huelga general del 3 de junio de 2026, segunda en algo más de medio año, fue convocada por la CGTP contra la reforma laboral de un gobierno de centroderecha que busca desregular horarios, extender la precariedad, facilitar despidos y recortar derechos de maternidad y paternidad. La jornada arrancó antes de la medianoche, con piquetes y paros anticipados; el transporte ferroviario sufrió cancelaciones masivas de trenes, los aeropuertos registraron múltiples vuelos suspendidos, el Metro de Lisboa directamente no abrió y anunció que permanecería cerrado hasta el día siguiente, mientras escuelas y hospitales funcionaban con servicios mínimos o seriamente afectados según sectores. No se trata de un “gesto simbólico” sino de una paralización real en áreas estratégicas, y eso expresa la fortaleza organizativa de la CGTP, capaz de sostener una huelga general incluso sin el acompañamiento de la UGT, que esta vez se mantuvo al margen. El gobierno de Montenegro, por su parte, minimiza el alcance de la huelga, sostiene que “la mayoría de los portugueses trabajará” y ratifica que la reforma seguirá su curso parlamentario, apoyándose en la coalición derechista y en la extrema derecha para intentar imponerla. Pero el hecho objetivo es que el país vivió dos huelgas generales en pocos meses, algo que no ocurría desde la etapa más aguda de la crisis de la deuda y la austeridad. El movimiento obrero portugués mostró capacidad de respuesta, continuidad y una combatividad que se alimenta también del peso que tienen las y los migrantes en la economía, en un país donde casi un millón y medio de extranjeros sostienen sectores claves de servicios, cuidados y trabajo manual.
En Bélgica hubo varias huelgas generales contra reformas laborales y previsionales, con manifestaciones de decenas de miles en Bruselas y paros que afectaron transporte y servicios públicos. En Suiza se realizaron paros y movilizaciones por aumentos salariales y contra el encarecimiento del costo de vida, con presencia fuerte de trabajadores migrantes en servicios y logística. En Austria se registraron huelgas en el sector metalúrgico y en el transporte, ligadas a negociaciones colectivas y a la pérdida de salario real por inflación. En los países nórdicos (Suecia, Noruega, Finlandia) hubo conflictos importantes en transporte, educación y salud, y en algunos casos huelgas de periodistas y del sector tecnológico por condiciones de trabajo y regulación del teletrabajo. En los Balcanes se multiplicaron protestas contra privatizaciones, cierres de fábricas y tarifazos en energía, con movilizaciones en Serbia, Bosnia y Croacia donde sindicatos y movimientos sociales actuaron juntos. En el este europeo, además de Polonia y Grecia, hubo bloqueos y acciones obreras en el puerto del Pireo (Grecia) y en otros nodos logísticos contra el genocidio en Gaza y el envío de armas, articulando demandas laborales con la consigna de romper relaciones con Israel.
En Inglaterra el Brexit fue claramente desfavorable para la economía y para la posición internacional del Reino Unido. Estudios recientes estiman que, casi diez años después del referéndum, la salida de la UE redujo el PBI entre un 6% y un 8%, la inversión entre un 12% y un 18%, y el empleo y la productividad entre un 3% y un 4%, como resultado de menor demanda externa, más incertidumbre y nuevas barreras comerciales. Informes adicionales calculan que el costo fiscal acumulado ronda las 40.000 millones de libras y que el país ha quedado rezagado respecto de economías comparables, lo que alimenta un “arrepentimiento por el Brexit” que sondeos de 2025 registran como mayoritario en la opinión pública.
En el plano político, el Brexit abrió un ciclo de inestabilidad con renuncias en cadena, David Cameron dimitió tras perder el referéndum; Theresa May cayó luego de no lograr aprobar su acuerdo; Boris Johnson dejó el cargo en medio de escándalos y fracturas internas; y Liz Truss se vio obligada a renunciar tras sólo 45 días en Downing Street, después de que su mini‑presupuesto provocara un derrumbe de la libra y de los bonos británicos que sintetizó el “tobogán del Brexit” hacia un laberinto político sin salida clara. Para 2026, incluso el laborismo de Keir Starmer aparece golpeado por derrotas electorales locales y renuncias en su gabinete, mientras la extrema derecha de Reform UK capitaliza parte del descontento post‑Brexit, profundizando la fragmentación del sistema de partidos.
Frente a este escenario, el movimiento obrero británico protagonizó la mayor ola de huelgas en décadas. Desde 2022 se encadenan paros en ferrocarriles, correos, sanidad, educación y sector público, con jornadas en las que cerca de medio millón de trabajadores participaron en huelgas y cientos de miles marcharon en las principales ciudades contra la caída del salario real, el encarecimiento de la vida y el deterioro de los servicios públicos. El sindicato ferroviario RMT, los docentes, las enfermeras, el personal estatal y trabajadores del correo impulsaron huelgas coordinadas en algunos momentos, dando lugar a una “strike wave” que expresa un rechazo obrero a pagar el coste de la crisis post‑Brexit y del ajuste; sin embargo, la fragmentación de las direcciones sindicales y el carácter principalmente defensivo de las demandas hacen que ese potencial de lucha todavía no se traduzca en una alternativa política de clase que desborde al bipartidismo tradicional y a la nueva derecha populista.
En Polonia la cuestión palestina y la denuncia al sionismo irrumpen en el Parlamento en un contexto en el que el movimiento obrero está políticamente desarmado, lo que permite que la extrema derecha intente apropiarse de un discurso “antisionista” mezclado con antisemitismo clásico. En abril de 2026, el diputado de extrema derecha Konrad Berkowicz, del partido Confederación, desplegó en plena sesión del Sejm una bandera de Israel en la que había sustituido la estrella de David por una esvástica nazi y afirmó que “Israel es el nuevo Tercer Reich” y que su bandera “debería reflejarlo”, acusando al Estado israelí de genocidio en Gaza. El gesto provocó un escándalo inmediato, el presidente del Parlamento, Wlodzimierz Czarzasty, denunció públicamente la acción como una violación de la autoridad del Sejm y de las normas del debate, declaró que “no hay ni habrá lugar en el Parlamento polaco para símbolos y mensajes asociados a una ideología responsable de los mayores crímenes de la historia, ni para el antisemitismo” y elevó una moción para sancionar al diputado, además de presentar una denuncia ante la fiscalía, lo que podría derivar en la máxima sanción disciplinaria prevista, con retirada de la mitad de su sueldo durante varios meses. La embajada de Israel definió el hecho como un “horror antisemita” y exigió sanciones ejemplares, a lo que el gobierno polaco respondió acusando a Israel de “injerencia” en sus asuntos internos, en un clima donde la simpatía popular con Palestina crece pero la gestión institucional del conflicto queda en manos de sectores conservadores y ultras.
En paralelo, el movimiento obrero polaco no aparece, todavía, como un sujeto visible en esta disputa, no hay grandes huelgas o campañas obreras masivas que articulen la solidaridad con Palestina desde una posición de clase internacionalista que denuncie el sionismo, la ocupación y el genocidio sin deslizarse a la tradición antisemita que la derecha polaca arrastra desde hace décadas. La clase trabajadora mantiene una fuerte tradición histórica (Solidaridad, las luchas de los años 80), pero hoy sus principales sindicatos están integrados al régimen y se limitan a conflictos salariales o sectoriales, dejando el terreno de la “denuncia a Israel” en manos de partidos nacionalistas que combinan la crítica a Gaza con discursos contra los judíos en general. Eso refuerza una de las contradicciones que venimos marcando para toda Europa, crece el rechazo popular a la política genocida de Israel y la solidaridad con Palestina, pero, donde el movimiento obrero y la izquierda no dan una respuesta propia y organizada, esa indignación puede ser capitalizada de manera distorsionada por fuerzas reaccionarias, que convierten una causa justa en combustible para viejos prejuicios racistas en lugar de ligarla a una perspectiva socialista e internacionalista.
En Grecia el gobierno de Mitsotakis aprobó en 2025 una reforma laboral que permite jornadas de hasta 13 horas diarias y seis días a la semana, bajo la forma de combinar un empleo principal con un segundo trabajo “opcional” que suma horas hasta ese tope, lo que en la práctica legaliza el pluriempleo forzado y una intensificación brutal de la explotación. Para las empresas se flexibilitan despidos (con menos protección en el primer año), se introduce la figura de trabajador “de guardia” sin horario fijo y se endurece la legislación contra la acción sindical, incluyendo sanciones a piquetes que bloqueen el ingreso al trabajo.
Frente a esto, el movimiento obrero griego reaccionó con huelgas generales convocadas por las principales centrales (GSEE y ADEDY) y paros sectoriales, en particular en transporte y servicios públicos: trenes interurbanos, ferris y parte del transporte urbano en Atenas se detuvieron durante las jornadas de protesta, con miles de trabajadores concentrados frente al Parlamento mientras se debatía y votaba la reforma. Las huelgas mostraron una disposición de lucha importante en la base, que recuerda la oleada de movilizaciones de la década pasada contra la troika, pero también evidenciaron los límites de las direcciones sindicales, estilo peronistas que tienen dos caras , una para la patronal y ya en esta época historica, otra para traicionar a sus bases, que llamaron a acciones puntuales, sin un plan sostenido para derrotar la ley, lo que deja planteada la necesidad de una organización más combativa para que esa resistencia no quede sólo como una válvula de escape frente a un salto cualitativo en la explotación.
Italia y Francia aparecen como otros dos puntos de erupción. En Italia, las huelgas generales recientes combinan el rechazo al presupuesto de guerra y a los recortes sociales del gobierno Meloni con la solidaridad activa con Palestina. Los sindicatos de base y la CGIL se vieron empujados por la presión de su base a convocar paro general contra el genocidio en Gaza y contra el desvío de recursos hacia la militarización. En un país donde la precariedad laboral, la informalidad y la fragmentación del empleo juvenil son masivas, que se logre articular acciones nacionales de ese tipo habla de una recomposición, aunque todavía parcial, de la confianza obrera en su propia fuerza. Francia, por su lado, mostró en 2025 un poder de movilización impresionante contra la reforma previsional y los recortes presupuestarios: cientos de miles y, según organizaciones sindicales, más de un millón de personas en las calles, paros en el transporte, la educación, el sector público. El gobierno, girado hacia el centro-derecha, logró aprobar parte de sus medidas, pero quedó profundamente desgastado, y la idea de que “Francia está ingobernable” se instaló no sólo en los medios sino en la propia burguesía francesa. Bélgica también vivió en 2025 y 2026 huelgas generales y protestas masivas, particularmente contra reformas laborales y previsionales que atacan conquistas históricas, mostrando que incluso países “pequeños” del corazón europeo ingresan en la dinámica de la lucha de clases abierta.
En este cuadro no se puede dejar de lado la introducción de China como inversor y actor estructural en Europa. La presencia china en puertos, infraestructuras, telecomunicaciones, redes energéticas y sectores industriales estratégicos es una respuesta, por parte de la burguesía europea, a la necesidad de capital e inversión externa en un momento de estancamiento interno. China compra activos, financia obras, coloca tecnología y se vuelve un socio imprescindible para muchos proyectos; pero al mismo tiempo, esa penetración refuerza la evidencia de la decadencia europea, ya no es Europa la que exporta capital e impone sus condiciones, sino que se ve obligada a aceptar capital extranjero que viene con su propia agenda. La disputa entre Washington y Beijing por el control de tecnologías clave, cadenas de suministro y nodos logísticos atraviesa a Europa, que aparece como terreno de disputa y no como sujeto. Para la clase obrera europea, esto no significa un “salvador” alternativo a Estados Unidos, sino un cambio en el origen del capital que igual viene a precarizar, disciplinar y extraer plusvalía. Pero si la izquierda no explica esto desde una perspectiva internacionalista, puede surgir una reacción nacionalista que culpe a China de la crisis en lugar de colocar el foco en la lógica capitalista global.
Desde una perspectiva socialista, la síntesis es clara y contradictoria a la vez. Crecen las luchas del movimiento obrero europeo, hay más huelgas generales, más movilizaciones de masas, más resistencia organizada al ajuste y a la guerra. Crecen también las ideas de izquierda en sectores juveniles y obreros, la simpatía por el socialismo, la crítica al capitalismo y la solidaridad internacionalista, especialmente visible en la causa palestina. Pero al mismo tiempo se da una paradoja grave, las direcciones de los partidos de izquierda, en la mayoría de los países, están retrasados respecto de las tareas y de los objetivos que la situación plantea. No logran estar a la altura del nivel de confrontación que abre la realidad. Van detrás de los acontecimientos, adaptados al parlamentarismo, atrapados en frentes con sectores burgueses o en una gestión “progresista” del mismo sistema que los trabajadores empiezan a repudiar. Mientras el movimiento obrero portugués paraliza el país contra una reforma laboral, las direcciones de los partidos de izquierda discuten si votar tal o cual enmienda; mientras las masas francesas salen en millones contra la reforma previsional, buena parte de la izquierda institucional se limita a “gestionar el descontento” sin ofrecer una perspectiva de poder; mientras en Alemania la crisis abre un espacio enorme para una alternativa socialista, la única fuerza que capitaliza el derrumbe de los viejos partidos es el fascismo. Esta desproporción entre la fuerza potencial del movimiento obrero y la debilidad programática y organizativa de la izquierda es el problema estratégico del período. La pregunta no es solo si crecen las luchas, sino si habrá una dirección revolucionaria capaz de transformarlas en una ofensiva consciente contra el poder capitalista. Hoy, la respuesta es que esa dirección no está aún construida, y que la tarea central de los socialistas revolucionarios en Europa y el mundo es intervenir en este nuevo ascenso obrero con un programa que unifique la resistencia al ajuste, la lucha contra la guerra y la solidaridad con Palestina en una estrategia de ruptura con los viejos imperialismos en crisis.
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