El caso Michelli y la no aceptación, por ahora, de la renuncia de Bullrich al gobierno lumpen de Milei: Te explico la lucha interburguesa de alineamiento con el imperialismo en crisis en Argentina
Por Raúl Valle
En la Argentina actual, la crisis política que atraviesa el gobierno no puede entenderse como un simple conflicto personal o institucional. Lo que está en juego es una disputa entre fracciones de la misma clase dominante por el control del Estado, sus negocios y su alineamiento internacional. La tensión abierta por el caso Michelli —el veto a una jueza por ser cuñada de un periodista que investiga al poder— y la reacción de Patricia Bullrich, que incluso llegó a poner en juego su continuidad en el bloque oficialista, funciona como punto de condensación de esa lucha.
El episodio es revelador. El gobierno decide frenar el ascenso de una jueza no por su capacidad técnica, sino por su vínculo familiar con un periodista que investiga posibles tramas de corrupción en el entorno oficial. Esto implica un uso directo del Estado para blindar intereses propios y disciplinar al sistema judicial y mediático. No se trata de una anomalía, sino de una lógica, cuando los negocios del poder están en riesgo, las instituciones se subordinan. La reacción de Bullrich, negándose a acompañar esa decisión y planteando una posición “republicana”, no rompe con esa lógica de clase, pero sí marca un límite interno. Su postura expresa la necesidad de una fracción de la burguesía de preservar reglas mínimas de funcionamiento institucional para sostener su legitimidad frente al capital y a sectores medios. No es una disputa ética, sino estratégica.
Ahí aparece con claridad la división del bloque interburgués. Por un lado, el eje Milei–Trump, que organiza su proyecto en torno al capital financiero, el agronegocio y los sectores extractivos, apoyado en el acuerdo con Estados Unidos que habilita exportaciones por alrededor de 1000 millones de dólares adicionales y consolida la apertura económica. Ese esquema beneficia directamente a grandes exportadores y grupos concentrados, pero destruye industria local, empleo y recaudación, trasladando el costo al conjunto de la sociedad mediante ajuste, tarifazos y pérdida de derechos. Por otro lado, el eje Bullrich–Israel, ligado al complejo de seguridad y armamento, donde los negocios pasan por contratos estatales millonarios, como compras de equipamiento con sobreprecios que en algunos casos alcanzan hasta cinco veces su valor real, con montos que llegan a cientos de millones de dólares. Dos formas distintas de acumulación, pero un mismo resultado, transferencia de recursos públicos hacia sectores concentrados.
El caso Michelli tensiona estos dos modelos. El núcleo del gobierno actúa para proteger sus propios circuitos económicos, incluso a costa de deteriorar la imagen institucional. Bullrich, en cambio, intenta posicionarse como garante de un orden más previsible, necesario para otro tipo de negocios y alianzas. Su “republicanismo” no es neutral, es funcional a una fracción del capital que necesita reglas estables, previsibilidad jurídica y menor exposición a escándalos para sostener sus vínculos internacionales y sus inversiones.
Este conflicto local se conecta con un escenario internacional inestable. El alineamiento de Milei con Trump no es solo ideológico, sino estructural. Pero ese liderazgo atraviesa una crisis prolongada, derrotas electorales, cuestionamientos institucionales, un intento previo de desconocer resultados electorales y una creciente conflictividad social en Estados Unidos. En 2026, las movilizaciones conocidas como “No Kings” reunieron entre 8 y 9 millones de personas en más de 3300 puntos del país, expresando rechazo a políticas migratorias, intervenciones militares y tendencias autoritarias. Ese nivel de movilización muestra que el bloque de poder estadounidense no está estabilizado, y que el liderazgo de Trump enfrenta límites reales. Si ese eje se debilita, el proyecto internacional de Milei pierde uno de sus principales soportes.
En ese contexto, la posición de Bullrich cobra otro sentido. Su articulación con el complejo de seguridad y con Israel no depende de un liderazgo personal inestable, sino de relaciones estatales más consolidadas. Por eso, su perfil aparece como posible alternativa dentro del mismo bloque de poder: continuidad del ajuste y la subordinación internacional, pero con mayor control político y menor exposición a crisis personales del liderazgo. Su disputa actual no es ruptura, es posicionamiento hacia un eventual recambio.
Ahora bien, desde una perspectiva de clase, lo central no es quién gane esta interna, sino quién paga sus consecuencias. En ambos modelos, el costo recae sobre las mayorías sociales. En el esquema Milei–Trump, lo pagan los trabajadores industriales que pierden empleo, las economías regionales desplazadas, los usuarios que enfrentan tarifas crecientes y las comunidades afectadas por el extractivismo. En el esquema Bullrich–Israel, lo paga la sociedad a través de recursos públicos desviados a compras sobrefacturadas, endeudamiento y fortalecimiento de aparatos represivos.
La pelea por Michelli muestra, en escala, cómo funciona el Estado en esta disputa, no como árbitro neutral, sino como herramienta de cada fracción para garantizar sus intereses. Y también muestra sus límites, cuando el uso del Estado se vuelve demasiado evidente, otras fracciones reaccionan para preservar la estabilidad del sistema en su conjunto.
Por eso, la clave para pensar una intervención desde abajo es no quedar atrapados en la falsa opción entre variantes del mismo proyecto. Sobre todo seguir la complicidad del peronismo y su descomposición con Milei. La tarea central es hacer visible quién gana y quién pierde en cada decisión, transformar esos datos en conciencia política y construir organización social y política de trabajadoras y trabajadores capaz de disputar el rumbo. Mientras la lucha interburguesa se resuelva solo dentro de la clase dominante, el resultado será siempre el mismo, la crisis seguirá siendo descargada sobre las y los de abajo. Pensar que existe en la Argentina una izquierda, un grupo internacional que plantea la unidad monolítica de la burguesía, con estos ejemplos, que describí, se pueden ir al basurero de la historia como dirección y dar paso a la juventud y a la mujer trabajadora...
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