Brain Rot: el capitalismo les pudre el cerebro a nuestros hijos. Defendamos la salud de la clase obrera y la sociedad


La llamada podredumbre cerebral no es una exageración ni una moda pasajera de redes. Es el nombre brutal de una realidad cada vez más visible, el capitalismo ya no se limita a explotar el cuerpo y tiempo de los trabajadores, también avanza sobre la atención, el sueño, el lenguaje, la imaginación y el desarrollo psíquico de sus hijos. Lo que hoy se presenta como “brain rot” no es un problema moral ni una falla individual de las familias. Es una forma contemporánea de destrucción de la infancia, organizada por un sistema que convirtió cada segundo libre en mercancía y cada momento de cansancio en una oportunidad de negocio. Que Oxford haya elegido “brain rot” como palabra del año 2024, luego de una votación de más de 37.000 personas y con un aumento de uso del 230 por ciento en un solo año, no es una curiosidad cultural, es la confirmación de que millones empiezan a ponerle nombre a un daño que ya sienten en la vida cotidiana.

No hay que equivocarse de enemigo. La tecnología no es, por sí misma, el problema. Una pantalla puede servir para aprender, estudiar, comunicarse, acceder a cultura o fortalecer vínculos. El problema es qué clase social controla esa tecnología, con qué fines la diseña y bajo qué lógica organiza su consumo. En manos del capital, la tecnología deja de ser una herramienta para ampliar la vida y pasa a ser un mecanismo para capturarla. Las grandes plataformas no buscan que nuestros hijos sepan más, descansen mejor o desarrollen pensamiento crítico. Buscan retenerlos el mayor tiempo posible, extraer datos, vender publicidad, moldear hábitos y acostumbrarlos desde chicos a la fragmentación, la ansiedad y la recompensa instantánea. El capital descubrió que la mente infantil también produce valor, y por eso disputa cada minuto de atención con una ferocidad que hace veinte años no existía.

En los hogares de trabajadores, esta ofensiva golpea con más fuerza. No porque las familias populares cuiden menos, sino porque cuidan en condiciones muchísimo más duras. Cuando la jornada laboral devora el día, cuando el viaje al trabajo roba horas de vida, cuando el salario no alcanza, cuando el agotamiento se vuelve rutina y cuando faltan jardines, clubes, espacios públicos y redes de apoyo, la pantalla entra muchas veces como una tecnología de supervivencia doméstica. Ordena tiempos, entretiene, calma, inmoviliza, resuelve silencios, compra un rato de aire en casas atravesadas por la fatiga. No aparece porque madres y padres “no quieran poner límites”, sino porque el capitalismo destruyó gran parte de las condiciones materiales para una crianza con tiempo, presencia, juego y conversación. Después, con cinismo, ese mismo sistema culpa a las familias por los efectos de una maquinaria que él mismo diseñó para colonizar la subjetividad infantil.

Los números ya muestran que no estamos frente a casos aislados. En la Ciudad de Buenos Aires, el 44 por ciento de las familias encuestadas afirmó que sus hijos usan dispositivos entre 2 y 5 horas por día, y el 23,4 por ciento reconoció un uso de más de 5 horas diarias. Entre quienes superan las 2 horas por día, el 64 por ciento de las familias considera que ese uso es excesivo. Es decir, incluso dentro de los hogares ya existe conciencia de que algo se desborda, de que la pantalla dejó de ser un recurso ocasional para transformarse en un organizador cotidiano de la vida de niños y adolescentes. Y cuando se naturaliza que un pibe pase una parte enorme de su vigilia saltando de estímulo en estímulo, lo que se normaliza no es solo un hábito de consumo sino una forma de deterioro.

Desde un estudio de enfermería de los cuidados, este problema debe leerse como una cuestión de salud integral y de reproducción social. La enfermería, sobre todo en el primer nivel de atención, en la escuela, en el territorio y en el acompañamiento familiar, tiene una mirada decisiva porque no observa únicamente horas de pantalla, observa cuerpos cansados, sueño alterado, irritabilidad, cambios de humor, dificultades de atención, empobrecimiento del juego, conflictos familiares, aislamiento y caída del rendimiento escolar. La enfermería no mira a la infancia como una estadística abstracta, sino como una vida concreta atravesada por condiciones materiales, vínculos y rutinas. Por eso su aporte es central, permite ver que no estamos solo ante un “exceso de tecnología”, sino ante un modelo social que enferma la crianza, desgasta a quienes cuidan y deja a los chicos a merced de plataformas construidas para atraparlos.

El capitalismo no destruye el cerebro de nuestros hijos de un golpe. Lo hace en cuotas, todos los días, a través de una economía de la atención que perfora la concentración, reemplaza el juego por estímulos seriales, vacía de contenido la espera, degrada el lenguaje y acostumbra a la mente a vivir en estado de interrupción permanente. Un pibe que no puede sostener la atención, que se irrita cuando se corta la conexión, que duerme mal, que se aísla, que pierde interés por actividades no digitales, que no tolera el aburrimiento y que vive pendiente del próximo estímulo, no es simplemente un chico “adaptado a los nuevos tiempos”. Es, muchas veces, el producto de una forma de organización social que entrena cerebros para el consumo rápido y no para el pensamiento, la elaboración ni la vida en común. La tragedia es que ese proceso aparece disfrazado de entretenimiento.

Los factores de riesgo son claros y crecen al ritmo de la precarización social. La exposición temprana a pantallas, el uso prolongado sin límites, la falta de supervisión adulta, la utilización del celular o la tablet como principal forma de calmar, entretener o contener, el acceso irrestricto a redes y videojuegos, la reducción del juego activo, la falta de descanso adecuado, el estrés familiar, el aislamiento y el agotamiento de madres y padres conforman un cuadro de vulnerabilidad cada vez más frecuente. En los hijos de los trabajadores se suma un elemento decisivo, menos tiempo disponible de los adultos, más sobrecarga doméstica y menos recursos comunitarios para sostener la crianza. El mercado ocupa ese vacío. Donde falta tiempo social de cuidado, aparece tiempo de pantalla. Donde falta comunidad, aparece algoritmo. Donde falta conversación, aparece flujo ininterrumpido de contenido basura.

Los signos y síntomas también son visibles para cualquiera que quiera mirar de frente. Irritabilidad cuando se interrumpe el uso del dispositivo, alteraciones del sueño, fatiga persistente, dificultades para concentrarse, descenso del rendimiento escolar, ansiedad, retraimiento, baja tolerancia a la frustración, cambios bruscos de humor, pérdida de interés por actividades físicas, recreativas o sociales, dependencia emocional del celular y conflictos cotidianos alrededor de la conexión. En niños más pequeños pueden aparecer retrasos o empobrecimientos en el lenguaje, en el juego compartido y en la interacción con adultos. En adolescentes, el cuadro suele combinarse con aislamiento, angustia, hiperestimulación, comparación permanente en redes y debilitamiento del vínculo cara a cara. No son detalles. Son señales de una subjetividad dañada en pleno proceso de formación.

Desde la enfermería de los cuidados, la respuesta no puede reducirse a sermones sobre “bajar el celular”. Cuidar implica intervenir sobre la organización cotidiana de la vida, establecer rutinas, proteger el sueño, construir espacios sin pantallas, recuperar tiempos de conversación, fortalecer el juego, la lectura, la actividad física y la presencia adulta, detectar de manera temprana las señales de alarma y acompañar sin culpabilizar a las familias. Pero también implica decir con claridad que no alcanza con recomendaciones individuales cuando el problema tiene una raíz estructural. No se puede pedir crianza de calidad en medio de una maquinaria social que exprime a los adultos, desfinancia los espacios públicos de cuidado y deja a la infancia entregada a un mercado que disputa cada segundo de su atención.

Por eso la pelea de fondo no es contra la tecnología, sino contra el capitalismo que la organiza para dañar. La verdadera discusión no es si las pantallas “son buenas o malas”, sino por qué millones de chicos crecen cada vez más horas bajo el mando de dispositivos que fueron diseñados para volverlos dependientes, dispersos y consumibles. No es una fatalidad generacional. No es un defecto de los pibes. No es incapacidad de las familias trabajadoras. Es un régimen social que destruye en vida los cerebros de nuestros hijos porque necesita sujetos cansados, ansiosos, fragmentados y obedientes al circuito infinito del consumo. Defender la salud mental, el desarrollo y la atención de la infancia exige entonces algo más que consejos de autocuidado, exige enfrentar un orden que ya decidió convertir la mente de nuestros chicos en territorio de saqueo.

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