Xi Jinping lanzó otra gran purga militar de su mandato en un intento de recomponer el control político sobre el Ejército Popular
Raúl Valle
Xi Jinping ha puesto en marcha la mayor purga militar de su mandato en medio de una etapa en la que China ya no puede ser leída solo como una potencia ascendente, sino como un Estado capitalista en inicio de una fase imperialista que necesita un mando armado absolutamente disciplinado para sostener su proyección global. La ofensiva ya afectó al 52 por ciento de los puestos máximos de liderazgo del Ejército Popular de Liberación y alcanzó a más de cien oficiales desde 2022, entre generales destituidos, desaparecidos o bajo investigación. La magnitud de la operación no revela simplemente un problema de corrupción administrativa, sino una crisis interna en el aparato militar de una potencia que busca disputar zonas de influencia, garantizar rutas estratégicas y consolidar su lugar en la competencia mundial.
En esa lógica, la purga no debe ser leída como saneamiento moral de un Estado socialista deformado, sino como una pelea interna dentro de una burguesía de Estado que utiliza al Partido, al Estado y a las fuerzas armadas como instrumentos de acumulación y de expansión geopolítica. Los casos oficiales son elocuentes: dos exministros de Defensa, Wei Fenghe y Li Shangfu, fueron condenados a pena de muerte suspendida por sobornos, mientras que Zhang Youxia, una de las figuras más poderosas del sistema militar chino, quedó bajo investigación por “graves violaciones de disciplina y ley”. La corrupción aparece así no como accidente, sino como una forma concreta de apropiación de riqueza y poder dentro de una estructura donde el control del presupuesto militar, de la modernización tecnológica y de los circuitos de decisión estratégica está ligado a intereses materiales enormes.
Desde este ángulo, los generales purgados no son una anomalía externa al régimen, sino parte de la misma clase dominante que encabeza Xi Jinping. Si China atraviesa una fase imperialista, entonces su alto mando militar forma parte de una burguesía de uniforme asociada a la administración del capital estatal, a la protección de inversiones en el exterior y a la preparación de escenarios de confrontación regional y global. Lo que Xi busca destruir no es una “desviación burguesa” dentro de un orden no capitalista, sino fracciones rivales o parcialmente autónomas de la propia burguesía de Estado, cuya corrupción, autonomía y redes de patronazgo amenazan la centralización política que requiere una potencia imperialista en expansión.
Este punto permite releer también la herencia de Mao Zedong. Mao ante su crisis se vio obligado a denunciar tempranamente la burocratización, la corrupción y el autoritarismo dentro del Partido y del Estado, e impulsó campañas como los “tres antis” y los “cinco antis” para combatir esos procesos. Pero el problema es que se montó en esa lucha y la desplegó desde un aparato que al mismo tiempo producía una nueva capa dirigente separada de las masas. La Revolución Cultural intentó golpear a esa burocracia emergente, pero no la suprimió; la reorganizó. En vez de liquidar la dominación burocrática, terminó dejando en pie una continuidad de poder estatal-partidario que luego sería la base material y política de la restauración capitalista y de la posterior transformación de China en una gran potencia mundial.
Por eso la purga actual de Xi no rompe con la paradoja histórica del maoísmo, sino que la lleva a un nuevo nivel. Mao había advertido el peligro de una capa burocrática que se autonomizara del proceso revolucionario, pero el sistema terminó incubando una élite capaz de reconvertirse en burguesía de Estado. Hoy, en la fase imperialista china, esa burocracia ya no aparece solo como deformación política, opera como clase dominante efectiva. La campaña anticorrupción sirve entonces para recentralizar el aparato coercitivo, disciplinar a la burguesía de uniforme y alinear al ejército con las necesidades estratégicas de una China que exporta capital, disputa hegemonía y se prepara para choques cada vez más agudos con otras potencias.
Así, la purga de Xi Jinping no expresa la defensa de una revolución amenazada desde adentro, sino la reorganización del mando dentro de un bloque de poder burgués en expansión. Bajo la bandera de la lucha contra la corrupción, el régimen chino redefine el equilibrio entre sus propias fracciones dominantes y refuerza el control del aparato militar en un momento en que la competencia imperialista exige cohesión, obediencia y capacidad de proyección. Lo que está en juego no es la pureza ideológica del ejército, sino quién dirige, administra y concentra la fuerza armada de una de las principales potencias capitalistas del siglo XXI.
China es la primera economía del mundo si se la mide por paridad de poder adquisitivo, aparece en el tercer lugar entre las principales potencias militares globales y forma parte del grupo de nueve Estados con armas nucleares.

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