Te explico la crisis de la derecha y la de los lúmpenes libertarios de acá y de allá

 Por Raúl Valle

La crisis interna de la derecha ya no puede leerse como una suma de episodios desconectados. Lo que ocurrió en Texas, hace unos días, con la derrota de John Cornyn frente a Ken Paxton, lo que viene sucediendo en Estados Unidos con el ascenso de las movilizaciones de No Kings, y lo que expresa en Argentina la experiencia de Milei, forman parte de un mismo movimiento histórico, la descomposición del viejo equilibrio liberal, la radicalización de una derecha cada vez más personalista y autoritaria, y la búsqueda todavía contradictoria de una respuesta social por abajo. Texas, en ese cuadro, funciona como laboratorio. Allí un senador con décadas de experiencia, con el aparato partidario detrás y una ventaja aplastante en financiamiento, fue derrotado por un dirigente acosado por escándalos, pero bendecido por Trump y legitimado por la base republicana más radicalizada. No fue una mera sustitución de nombres. Fue una señal política. La vieja derecha conservadora, institucional, negociadora, pierde terreno frente a una derecha que exige obediencia al líder, agresividad contra el enemigo y disposición a romper normas si eso fortalece su poder.


Sucede lo siguiente. La base republicana que hoy define las primarias no castiga la corrupción como una falta política decisiva si el acusado aparece, al mismo tiempo, como un combatiente eficaz contra demócratas, migrantes, feministas, sindicatos o jueces. Entonces, Paxton no gana a pesar de sus causas, sino que logra convertirlas en parte de su relato. La acusación se vuelve prueba de autenticidad. El político señalado por corrupción puede presentarse como perseguido por el sistema y, de ese modo, transformar su vulnerabilidad judicial en capital militante. Allí está uno de los rasgos más decisivos de la etapa: la corrupción deja de erosionar automáticamente a una figura si esa figura encarna una guerra cultural que su base considera más importante que cualquier norma. Por eso Texas no es un hecho pintoresco. Es una condensación. Muestra hasta dónde avanzó el trumpismo en la reorganización del Partido Republicano y hasta qué punto la lealtad personal a Trump vale más que la experiencia legislativa, la recaudación o los acuerdos con el establishment.


Si entendemos esto, se ve que el caso texano no es una excepción sino un síntoma sistémico. Desde hace años el Partido Republicano viene dejando de ser una máquina clásica de representación de sectores empresariales con mediaciones institucionales relativamente estables, para transformarse en una estructura de combate moldeada por Trump y por la presión de la base MAGA. Las primarias cumplen ahí un papel central. Son el mecanismo mediante el cual se expulsa o disciplina a gobernadores, senadores y dirigentes que no responden con obediencia completa. El mensaje es simple, no alcanza con votar casi siempre con Trump, no alcanza con declararse conservador, no alcanza con acompañar la agenda general de la derecha. Hace falta fidelidad sin fisuras. Hace falta haber estado del lado correcto cuando Trump cuestionó el resultado electoral de 2020, cuando exigió castigos internos y cuando necesitó subordinación pública. Cornyn no cayó por moderado en el sentido clásico. Cayó por insuficientemente fanático. Esa es la medida de la mutación.


Ahora bien, la radicalización de la derecha no se despliega sobre una sociedad pasiva. En el otro polo, aunque de manera desigual y todavía sin dirección independiente de clase, crecieron en Estados Unidos movilizaciones de masas que expresan rechazo al endurecimiento autoritario del régimen. El movimiento No Kings es la forma más visible de ese proceso. Su importancia no radica solamente en la magnitud de las marchas o en la cantidad de ciudades involucradas, sino en el tipo de sensibilidad que pone en juego. No se trata solo de una defensa liberal de la Constitución. Lo que aparece, mezclado y a veces de manera contradictoria, es el rechazo a la concentración del poder presidencial, a la utilización del Estado como maquinaria personal del jefe del Ejecutivo, a la represión migratoria, a la militarización y al deterioro general de las condiciones de vida. Entonces, millones salen a la calle no únicamente porque “Trump rompe las reglas”, sino porque perciben que esas reglas ya están siendo usadas contra ellos mientras el poder se concentra cada vez más arriba.


Texas queda parado en una posición muy particular ante ese proceso. Por un lado, consolida un perfil de bastión del trumpismo duro. Paxton, la maquinaria republicana estatal, la red evangélica conservadora, el peso empresarial y energético del estado, todo eso fortalece su papel como pieza estratégica de la derecha nacional. Pero, por otro lado, Texas también es escenario de resistencias urbanas y juveniles importantes. Houston, Dallas, Austin y otras ciudades muestran que incluso en el corazón del conservadurismo estadounidense existen franjas de trabajadores, estudiantes, profesionales y capas medias que no aceptan pasivamente ese rumbo. Sucede esta situación, el mismo territorio que sirve para disciplinar al Partido Republicano por derecha sirve también como terreno donde pueden madurar formas nuevas de oposición. Entonces, Texas expresa una doble condición. Es fortaleza de la ofensiva reaccionaria y, a la vez, zona de fricción social donde esa ofensiva encuentra límites, resistencias y potenciales reagrupamientos.


En el interior del Partido Republicano, esta contradicción se vuelve todavía más aguda. Trump ya no es solamente el dirigente dominante del partido. Es el principio organizador de su nueva unidad. La base MAGA actúa como una fuerza plebeya reaccionaria que empuja a toda la estructura hacia posiciones más extremas. No es una masa amorfa. Tiene anclajes religiosos, mediáticos, territoriales, empresariales y culturales. Tiene capacidad de castigo y de presión. Participa, organiza, selecciona y exige. Entonces, la disputa interna deja de ser entre alas programáticas más o menos conservadoras y se convierte en una lucha por la forma misma del partido. De un lado, la vieja guardia que intenta preservar alguna forma de negociación institucional. Del otro, una maquinaria política que vive de la polarización permanente, de la identificación de enemigos internos y de la personalización absoluta del mando. Ese choque, lejos de agotarse, probablemente se profundice, porque la base MAGA no fue absorbida por la institucionalidad, fue la institucionalidad republicana la que fue absorbida por ella.


A la vez, y esto es decisivo para no mirar la coyuntura solo desde arriba, la continuidad de No Kings y de otras expresiones de lucha muestra que la sociedad norteamericana no está entrando linealmente en una estabilización reaccionaria. Hay radicalización de derecha, sí. Pero también hay contra‑movimientos, estallidos, redes militantes, sindicatos que retoman iniciativa en algunos sectores, juventudes que se politizan y franjas enteras de población que ya no aceptan la naturalización del mando presidencial como si fuera un trono. El problema es que esa energía todavía aparece fragmentada, parcialmente capturada por el Partido Demócrata y sin una referencia socialista de masas capaz de transformarla en otra cosa. Entonces, la lucha existe, pero todavía no alcanza un punto de acumulación superior. Hay movilización, pero no una dirección alternativa consolidada. Hay conflicto, pero no síntesis política de clase.


Si pasamos a Argentina, el paralelo con Milei se vuelve más rico si evitamos la simplificación fácil. Milei no es Trump, del mismo modo que Argentina no es Texas ni Estados Unidos. Pero ambos expresan una misma lógica de época, fracciones de la clase dominante que, en un contexto de crisis de legitimidad, dejan de apoyarse únicamente en la promesa de gobernabilidad institucional y pasan a apoyarse en liderazgos de choque, discurso antipolítico y polarización reaccionaria. Milei no sale de un subsuelo rebelde ni de un movimiento plebeyo independiente de las clases dominantes. Sale del entorno de Eurnekian, de un conglomerado empresarial ligado a concesiones estratégicas, a negocios de infraestructura y a un tipo de capitalismo donde Estado, privilegio privado y zonas grises conviven hace tiempo. Entonces, la imagen del outsider anticasta se revela como lo que es, una cobertura ideológica para el ascenso de una nueva fracción del mismo orden social.


Si entendemos eso, sucede lo siguiente. El mileísmo puede presentarse como ruptura moral con la política tradicional mientras reproduce formas muy conocidas de apropiación privada del aparato estatal. Las denuncias vinculadas a compras públicas, retornos, sobreprecios, uso de organismos sensibles y beneficios a funcionarios o allegados no aparecen como desvíos incompatibles con el proyecto. Son parte de su modo de funcionamiento. El caso de Andis, con montos multimillonarios bajo investigación y con menciones al esquema del famoso 3% atribuido al entorno más próximo del poder, mostró hasta qué punto la retórica del ajuste y de la pureza puede convivir con tramas clásicas de corrupción. El caso Adorni, con operaciones patrimoniales y préstamos de origen poco claro según las denuncias publicadas, se inscribe en la misma lógica. A eso se suman investigaciones y cuestionamientos sobre créditos a funcionarios, negociados en áreas sensibles como PAMI, IOSE y sospechas en torno a espacios atravesados por procesos de privatización o tercerización. Entonces, la fórmula es reconocible, se ataca al Estado en nombre de la libertad mientras se usa el Estado para redistribuir favores, contratos, cobertura política y renta hacia una nueva camarilla gobernante.


En ese punto, también conviene mirar las continuidades con otros sectores del poder económico y político argentino. El universo de Eurnekian, la relación histórica del Estado con los grandes grupos empresarios, el papel de figuras como Massa en la articulación con fondos financieros internacionales y la persistencia de una economía subordinada a la deuda y a la valorización financiera muestran algo elemental, más allá de las disputas electorales, existen vasos comunicantes entre las distintas variantes de administración burguesa. Massa y Milei pueden presentarse como antagonistas, pero ambos se mueven en un terreno donde los grandes fondos, los acreedores y los grupos concentrados condicionan las decisiones centrales. BlackRock aparece, en este marco, no como un detalle de color sino como emblema de un capital financiero internacional que negocia con todos y asegura continuidad, más allá del color político del gobierno. Entonces, la supuesta guerra entre casta y anticasta encubre una realidad más profunda, fracciones distintas de un mismo régimen compiten por la administración de un país sometido a las necesidades del gran capital.


Ahora bien, para no caer en el moralismo selectivo, hace falta decir con claridad que el epicentro de la corrupción estructural en Argentina no puede pensarse sin el peronismo. Y no como una denuncia propagandística fácil, sino como balance histórico. Bajo Menem, el peronismo encabezó el gran ciclo de privatizaciones, entrega de patrimonio público y negociados asociados a la década neoliberal, desde las operaciones con empresas estratégicas hasta escándalos emblemáticos de coimas, contrabando y captura del Estado por grupos empresarios amigos. Bajo el kirchnerismo, mientras se reconstruía legitimidad social con políticas de ingresos y ampliación de márgenes estatales, también crecían redes de corrupción ligadas a obra pública, concesiones, subsidios y empresarios privilegiados, con la cartelización de contratos y la confusión sistemática entre negocio privado y caja política. Bajo Alberto Fernández, lejos de revertirse, esa degradación siguió bajo formas más descompuestas y menos épicas, entre escándalos de privilegios, contrataciones opacas, utilización arbitraria del aparato estatal y una administración impotente para ofrecer una salida progresiva a la crisis. Sobre todo la mayor perdida de soberanía fue la integración del peronismo al FMI. Entonces, cuando Milei logró instalar su discurso anticasta, lo hizo sobre el terreno real de una decepción histórica con un peronismo que hace tiempo dejó de ser visto por amplias franjas como una herramienta de defensa popular y pasó a ser identificado, también, con una máquina de administración corrupta del capitalismo argentino.


Pero de ese hecho verdadero no se desprende una salida por derecha. Al contrario. Lo que muestra la experiencia mileísta es que la bronca contra la corrupción peronista puede ser capturada por una variante todavía más agresiva del mismo orden social. Sucede lo siguiente, se reemplaza una casta por otra, una red de intereses por otra, un lenguaje estatal‑nacional por uno ultraliberal, pero la estructura de apropiación privada del Estado permanece. Entonces, la corrupción no se reduce, se reordena. Cambian los intermediarios, cambian los portavoces, cambian los valores proclamados. No cambia la lógica de fondo.


En ese marco, la pelea interna del mileísmo también importa. Bullrich expresa la conexión con una derecha más tradicional, con vínculos en aparatos de seguridad, estructuras partidarias previas y fracciones del capital acostumbradas a un orden represivo más clásico. Villarruel, por su parte, se apoya en sectores militares, nacionalistas reaccionarios y corrientes ideológicas que no se sienten plenamente representadas por el libertarismo económico puro. Entonces, la coalición gobernante no es homogénea. Está unida por el ajuste, por la ofensiva contra derechos laborales y democráticos y por el rechazo a la izquierda y al movimiento popular, pero contiene tensiones estratégicas reales. Villarruel podría, en una crisis mayor, intentar construir un polo propio con sectores de la derecha nacionalista, parte del conservadurismo católico y franjas vinculadas al aparato militar. Bullrich podría aspirar a capitalizar el desgaste desde otro lugar, más articulado con gobernadores, viejos cuadros del PRO y actores económicos que prefieren una represión eficaz con algo más de orden institucional. Milei, entonces, aparece como vértice inestable de una síntesis que todavía puede fracturarse.


La gran pregunta pasa, sin embargo, por la respuesta social. Y ahí entra el movimiento obrero argentino. El gobierno avanzó con despidos, ajuste, ofensiva judicial y política sobre sindicatos, intentos de intervención y destrucción de herramientas de organización. Hubo 20 intervenciones a los sindicatos y ataques a la organización y el peronismo y ahora Furlan de la UOM es puro humo, solo cantan la marcha peronista pero no marchan contra el poder, solo son una murga colorida y ni hacen huelga general. Frente a eso, la dirección peronista y la burocracia de la CGT no ofrecieron una respuesta a la altura. Hubo paros, sí, pero sin continuidad ni estrategia de conjunto. Hubo gestos de oposición, pero muchas veces subordinados a la especulación electoral y no a un plan de lucha sostenido. Entonces, las bases quedan a la intemperie. Sienten el golpe del gobierno, perciben la pasividad de sus direcciones y, en muchos casos, no encuentran una referencia alternativa clara. Esa situación es muy peligrosa, porque la desorganización no beneficia automáticamente a la izquierda, también puede abrir paso a la resignación, al repliegue corporativo o incluso a la penetración de ideologías reaccionarias entre franjas obreras y de clase media baja.


Ese problema se vuelve todavía más serio si se lo piensa en relación con Brasil. El bolsonarismo mostró que una derecha de masas puede conquistar franjas importantes de clases medias radicalizadas, pequeños propietarios, sectores populares precarizados e incluso porciones del proletariado desorganizado. En Argentina, una parte de ese fenómeno ya se ve. No con la misma forma, pero sí con una lógica parecida, odio antipolítico, rechazo a la representación tradicional, identificación del empleado público o del beneficiario social como enemigo y penetración de ideología libertaria en segmentos que padecen de lleno las consecuencias del ajuste. Entonces, la lucha ideológica dentro de la clase y en su periferia social se vuelve central.


Y ahí aparece la cuestión de la izquierda. El FITU tiene méritos indudables, sostuvo independencia electoral, mantuvo presencia pública y conservó implantaciones obreras y estudiantiles que siguen siendo valiosas. Pero también arrastra limitaciones de caracterización y de estrategia que pesan más en una etapa de crisis orgánica del peronismo. Una parte importante de su práctica queda atrapada entre el propagandismo general y el electoralismo. En el caso del PTS, esto se expresa con fuerza en la centralidad dada a figuras como Miriam Bregman, presentada muchas veces como eje de una construcción “de movimiento” que se proyecta indefinidamente, sin traducirse en una estrategia consistente de construcción de un partido de trabajadores con anclaje real y con método leninista. Entonces, se oscila entre una expectativa permanente de ascenso inminente y una adaptación a la lógica de la figuración pública. Entre la revolución siempre próxima y la campaña siempre presente. Esa combinación, atravesada por impresionismo pequeño burgués y por una lectura insuficiente de la etapa, lleva a errores serios.


Uno de esos errores es la caracterización del peronismo. Si se lo sigue leyendo como una fuerza moderada, reformista o simplemente ambigua, se pierde de vista que hoy funciona, en amplios sectores, como una fuerza nacionalista en descomposición, cada vez más adaptada a administrar derrotas, contener luchas y votar o dejar pasar reformas regresivas. Entonces, no alcanza con denunciar a Milei y al mismo tiempo mantener una crítica genérica al peronismo. Hace falta comprender que la crisis del peronismo no es solo electoral ni moral. Es estratégica. Ya no puede presentarse, como en otras etapas, como mediación durable entre la clase trabajadora y el Estado. Administra esa relación cada vez peor, con menos concesiones materiales, más burocratización y menos capacidad de integración.


Por eso resulta importante que los dirigentes, militantes y círculos del FITU que perciben estas limitaciones, especialmente en corrientes con mayor implantación obrera como el Partido Obrero, impulsen debates serios y no rituales. Debates para escuchar a los trabajadores y no solo para hablarles. Debates para revisar caracterizaciones, para salir del automatismo, para pensar cómo se construye dirección en una clase atravesada por la confusión, el hartazgo y la fragmentación. Entonces, la tarea no es elegir entre intervención electoral o trabajo de base, sino subordinar toda intervención electoral a una estrategia de organización real en lugares de trabajo, barrios, sindicatos, universidades y escuelas. La izquierda necesita menos autocomplacencia y más capacidad de aprender de la experiencia viva de la clase.


Si uno enlaza todos estos hilos, aparece una imagen más precisa de la etapa. En Estados Unidos, la derecha se radicaliza en torno a Trump y convierte estados como Texas en laboratorios de una nueva forma de dominación autoritaria, al mismo tiempo que surgen movilizaciones masivas como No Kings que expresan rechazo al endurecimiento del régimen. En Argentina, Milei encarna una variante local de esa recomposición reaccionaria, apoyada en fracciones empresariales, capital financiero y discurso antipolítico, mientras reproduce mecanismos clásicos de corrupción y saqueo del Estado. En el medio, el peronismo llega exhausto, corroído por su propia historia de administración del capitalismo y por una larga secuencia de corrupción estructural que va de Menem al kirchnerismo y de allí a la etapa de Alberto Fernández. Y la izquierda, aunque conserva activos importantes, todavía no logra transformarse en referencia de masas para sectores amplios de trabajadores que buscan una salida.


La conclusión política no puede ser moralista. No se trata de oponer honestos contra corruptos como si el problema fuera ético antes que social. La corrupción es una forma de funcionamiento del capitalismo realmente existente, sobre todo en su fase de descomposición, cuando las mediaciones liberales pierden eficacia y las fracciones dominantes compiten más abiertamente por el botíestatal. Entonces, la tarea de la izquierda no es prometer transparencia abstracta, sino construir una salida de clase contra todo el régimen. Eso exige romper tanto con la ilusión de que el peronismo va a recomponerse como herramienta útil para los trabajadores, como con la adaptación a una práctica electoral sin estrategia de poder. Exige discutir en serio qué partido hace falta, cómo se organiza una vanguardia obrera y juvenil, cómo se pelea por dirección en los sindicatos y cómo se articula la bronca social con un proyecto socialista que no sea consigna vacía ni espera pasiva del derrumbe automático del sistema.


Se trata de saber caracterizar la situación política, cosas que la izquierda parlamentaria por su materialidad no puede hacer, si el movimiento obrero de combate que busca su propio partido, y de construir herramientas políticas y de analisis para ser un imán de las trabajadoras y trabajadores para que interpreten sus vidas y darles seguridad para seguir luchando y levantarse ante el marasmo cultural de la tele, los panelistas y la decadente opinión de la hegemonía capitalista. Entender que Texas, Trump, No Kings, Milei, Eurnekian, Massa, BlackRock, la corrupción peronista, la crisis de la CGT y las limitaciones del FITU no son temas separados. Son capítulos de una misma crisis histórica. La diferencia la va a hacer quién logra leerla mejor, intervenir con más claridad y construir una referencia que no administre la derrota, sino que prepare una salida por izquierda.

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