¿Está completa la teoría del valor?
Por Raúl Valle
Como método científico, la plusvalía es el valor producido por el obrero por encima del equivalente de su propio salario, apropiado gratuitamente por el capitalista en el proceso de producción. No es una anomalía del sistema sino su motor, su fundamento y su secreto estructural. Todo el edificio teórico de El Capital está construido sobre esta categoría, y comprenderla con precisión es comprender el mecanismo que sostiene la sociedad burguesa y la hace posible como forma histórica específica de organización de la vida social.
El mecanismo técnico opera sobre una distinción que la economía burguesa nunca formuló con precisión, la diferencia entre trabajo y fuerza de trabajo. El capitalista no compra el trabajo del obrero sino su capacidad de trabajar durante un período determinado. Esa capacidad tiene un valor fijado por el tiempo socialmente necesario para reproducirla, esto es, la canasta de bienes indispensables para que el obrero viva y vuelva al día siguiente a la fábrica. La jornada laboral se divide entonces en dos tramos estructuralmente distintos, el tiempo de trabajo necesario, en que el obrero produce el equivalente de su salario, y el tiempo de trabajo excedente, en que produce valor sin recibir nada. Todo lo producido en ese segundo tramo es plusvalía, y su apropiación es la base de la ganancia capitalista. La tasa de plusvalía expresa la relación entre la plusvalía y el capital variable, y cuando esa tasa supera el 100% significa que el obrero trabaja más tiempo para el capitalista que para sí mismo, lo cual es la norma y no la excepción en el capitalismo desarrollado.
Marx identifica dos formas operativas de extracción. La plusvalía absoluta se obtiene extendiendo la jornada de trabajo más allá del punto en que el obrero ya reprodujo el valor de su fuerza de trabajo; es la forma histórica originaria y sigue operando hoy en la industria global deslocalizada, en las maquiladoras, en el trabajo informal y en las cadenas de suministro del capitalismo periférico. La plusvalía relativa se obtiene reduciendo el tiempo de trabajo necesario mediante el aumento de la productividad del trabajo, lo cual se logra con revolución técnica de los procesos productivos sin necesidad de prolongar la jornada; es la forma dominante en el capitalismo central contemporáneo, donde la automatización y la organización científica del trabajo permiten extraer más valor en el mismo tiempo de trabajo. La plusvalía extraordinaria aparece cuando un capitalista individual aplica técnicas superiores al promedio social y captura transitoriamente una diferencia entre su costo individual de producción y el valor social de la mercancía, hasta que esa técnica se generaliza y el beneficio extraordinario se disuelve en la tasa media de ganancia.
La burguesía y sus economistas presentan la ganancia, el interés y la renta no como partes de la plusvalía sino como frutos naturales del capital, del riesgo y de la propiedad. Ellos invierten, ellos arriesgan el capital o son los que están capacitados porque ahorraron y no gastaron o no despilfarraron, son buenos, y no sucede como la gente mala que gasta en forma irresponsable. Este ocultamiento no es accidental sino constitutivo, es la función ideológica del fetichismo de la mercancía. Cuando el producto del trabajo se convierte en mercancía, la relación social entre el capitalista y el obrero queda encubierta detrás de una relación entre cosas, entre precios. El valor aparece como una propiedad natural del objeto y no como trabajo humano cristalizado en él. La plusvalía desaparece detrás de la ganancia como categoría contable, y la ganancia se presenta como retorno legítimo a quien arriesgó su capital, innovó, organizó, asumió responsabilidades. Marx compara este mecanismo con el fetichismo religioso, así como el hombre crea a dios y luego lo percibe como un poder externo e independiente que lo domina, el capitalismo crea el valor, lo cosifica en mercancías y luego presenta esa relación social producida históricamente como una ley natural e inmutable. La plusvalía es así confundida con riqueza en general, con productividad del capital, con mérito empresarial, con creatividad. Esta confusión es la operación ideológica central de la economía burguesa, presentar la apropiación de trabajo ajeno como creación de valor propio, hacer aparecer el robo como ingenio o ''avivada''.
Desde el punto de vista científico, la plusvalía no es riqueza creada por el capital sino trabajo no remunerado convertido en acumulación privada. Caracterizarla como robo es técnicamente impreciso porque el robo implica una violación de las reglas del sistema, mientras que la apropiación capitalista de plusvalía ocurre exactamente dentro de las reglas del sistema y es garantizada por el Estado. Es más preciso llamarla expropiación legal y sistemática, el capitalista compra la fuerza de trabajo a su valor exacto y luego extrae de ella más valor del que pagó, sin violar ninguna norma jurídica burguesa. La corrupción tampoco es la categoría correcta porque la corrupción es la desviación de una norma, y aquí la norma misma es la expropiación. Lo que Marx describe es un modo de producción cuya ley operativa es la apropiación continua y estructural de trabajo excedente, institucionalizada, codificada y defendida por la totalidad del aparato jurídico, policial y militar del Estado burgués.
El mercado no es el espacio neutral de intercambio libre que presenta la teoría burguesa. Es una construcción histórica cuya condición de existencia fue la violencia de la acumulación originaria. Marx demuestra en el capítulo XXIV de El Capital que el capital no surgió del ahorro pacífico y virtuoso de los industriosos, como narraba la fábula burguesa, sino del despojo violento y sistemático de los productores directos de sus medios de subsistencia. En Inglaterra este proceso adoptó la forma de las Leyes de Cercamiento, que expulsaron a millones de campesinos de las tierras comunales que habían trabajado por generaciones, creando una masa de proletarios libres, es decir, libres de toda propiedad y por tanto obligados a vender su única mercancía disponible, la fuerza de trabajo. En las colonias el mismo proceso adoptó formas aún más descarnadas: esclavitud directa, trabajo forzado, destrucción de economías comunitarias precapitalistas, saqueo de recursos naturales a escala continental. El Estado burgués no fue árbitro de este proceso sino su ejecutor directo, utilizando legislación, tribunales y fuerza militar para transformar la propiedad común en propiedad privada capitalista. La noción de mercado como espacio natural de coordinación voluntaria tiene en este sentido una función análoga a la de las ideologías feudales que presentaban la servidumbre como el orden divino del mundo, en ambos casos se trata de una construcción ideológica que legitima una relación de fuerza constitutiva. El mercado capitalista no fue descubierto, fue construido sobre sangre y fuego, según la fórmula literal de Marx.
No somos pacifistas. La violencia capitalista tiene varias dimensiones que el análisis marxista debe distinguir con precisión para no reducirla a sus formas más visibles. La violencia directa de la acumulación originaria fue la condición histórica de existencia del capital, guerras de conquista, esclavitud colonial, despojo de tierras comunales, expulsión masiva de campesinos, trabajo forzado en minas y plantaciones. Una vez establecidas las relaciones capitalistas de producción, esa violencia directa se retira al fondo del escenario y da paso a la violencia estructural o económica, el obrero que no vende su fuerza de trabajo muere de hambre, porque fue previamente despojado de todo acceso independiente a los medios de producción y de subsistencia. Esta coerción económica es tan efectiva como la cadena o el látigo y tiene la ventaja adicional de aparecer como libertad, ya que formalmente nadie obliga al obrero a firmar el contrato, lo que lo obliga es la ausencia de cualquier alternativa real. Otra dimensión es la violencia ideológica, ejercida a través de las instituciones culturales, educativas, mediáticas y jurídicas del Estado burgués, que reproducen cotidianamente la percepción de que el orden capitalista es natural, racional y justo, que la pobreza es responsabilidad individual, que el mercado premia el mérito y castiga la pereza. Estás dimensiones operan de forma articulada y se refuerzan mutuamente, la violencia directa crea las condiciones materiales de la explotación, la violencia estructural la perpetúa cotidianamente, y la violencia ideológica la hace invisible o la presenta como inevitable.
La relación entre plusvalía y Estado no es accidental ni secundaria dentro del marxismo, es la relación constitutiva de todo el sistema capitalista. El Estado existe porque existe la plusvalía, y la plusvalía se perpetúa porque existe el Estado. Separarlos analíticamente tiene valor pedagógico pero oscurece que son dos dimensiones del mismo fenómeno: la dominación de clase en su forma capitalista desarrollada. El proceso de apropiación de plusvalía no se sostiene solo por la lógica económica abstracta. Requiere que el obrero llegue cada día a la fábrica sin medios de producción propios, sin acceso independiente a la tierra, sin capacidad de negarse colectivamente a trabajar sin ser desalojado, arrestado o reprimido. Esa condición de posibilidad permanente de la extracción de plusvalía es exactamente la función del Estado burgués, garantizar la propiedad privada de los medios de producción, reprimir la organización obrera que amenace la tasa de ganancia y administrar ideológicamente la apariencia de que ese orden es natural y justo. El Estado no interviene ocasionalmente en el proceso de valorización capitalista, es su condición estructural de reproducción.
En un estado socialista de transición, el excedente no desaparece sino que cambia radicalmente de función social. En la Crítica al Programa de Gotha Marx establece que del producto social total deben deducirse primero los fondos para reponer los medios de producción gastados, ampliar la producción, cubrir las necesidades sociales como educación y salud, y formar reservas para imprevistos. Solo después de esas deducciones se distribuye el producto según el trabajo aportado por cada productor. Este es el principio de la fase inferior del comunismo, de cada uno según su capacidad, a cada uno según su trabajo. El excedente que en el capitalismo es plusvalía apropiada privadamente se convierte bajo el socialismo en fondo social de acumulación y reproducción, gestionado colectivamente. No hay apropiación privada, el excedente retorna al conjunto de la sociedad bajo la forma de infraestructura, servicios, inversión productiva, educación, salud. Lo decisivo es que los productores directos controlan efectivamente las decisiones sobre ese excedente, lo cual requiere formas organizativas concretas de poder obrero y no la mera sustitución del patrón privado por el Estado como propietario abstracto.
La disolución del Estado es el horizonte de la fase superior del comunismo, y no una decisión política voluntaria sino el resultado material de condiciones específicas. Cuando las fuerzas productivas estén suficientemente desarrolladas para garantizar la abundancia, cuando haya desaparecido la diferencia entre trabajo manual e intelectual, cuando el trabajo se haya convertido en la primera necesidad vital de cada individuo, recién entonces el principio de distribución puede cambiar a su forma plena, de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades. En ese estadio ya no existe explotación porque no hay apropiación de trabajo ajeno, ya no existe clase dominante porque no hay clase desposeída, y por tanto el Estado como instrumento de dominación de clase se torna objetivamente innecesario y se extingue. Engels precisa que el Estado no es abolido por decreto sino que se va marchitando a medida que desaparecen las condiciones que lo hacían necesario. La plusvalía deja de existir como categoría porque deja de existir la relación capitalista que la produce, sin propiedad privada de los medios de producción no hay compraventa de fuerza de trabajo, sin compraventa de fuerza de trabajo no hay tiempo de trabajo excedente apropiado gratuitamente, y sin ese mecanismo el concepto mismo de plusvalía pierde su objeto.
Cuando se plantea la transición socialista, la pregunta decisiva es qué ocurre con el excedente, es decir, qué ocurre con lo que era plusvalía bajo el capitalismo. Marx establece que ese excedente deja de ser apropiado privadamente y pasa a ser gestionado como fondo social colectivo. Pero aquí aparece el nudo teórico central: ¿quién gestiona ese fondo, bajo qué formas organizativas y con qué mecanismos de control por parte de los productores directos? Si la gestión del excedente queda en manos de un aparato estatal separado de los productores, con información asimétrica, con poder coercitivo propio y con intereses institucionales en su perpetuación, entonces ese excedente no dejó de ser apropiado, cambió el apropiador. En lugar del capitalista privado individual aparece la burocracia estatal colectiva, y la explotación no desaparece sino que se vuelve ''gris''porque carece del nombre jurídico que la identificaba.
Esto es precisamente lo que ocurrió en la URSS y en todas las formaciones que Trotsky llamó Estados obreros degenerados. La plusvalía no desapareció con la estatización de los medios de producción, se transformó en excedente planificado burocráticamente, apropiado no a través del mercado sino a través del poder administrativo sobre la asignación de recursos. La burocracia no recibía plusvalía con ese nombre, no la registraba como tal en ningún balance, pero decidía cuánto se invertía, en qué sectores, con qué salarios para los obreros y qué privilegios de consumo para los cuadros dirigentes. La forma había cambiado, la sustancia no.
La categoría Estado obrero fue construida por Trotsky en La Revolución Traicionada de 1936 para describir una formación donde los medios de producción estaban estatizados pero una burocracia parasitaria se había adueñado de la dirección sin ser formalmente una clase propietaria. La distinción era, base económica socialista expresada en la propiedad estatal y la planificación, superestructura política deformada por la burocracia. De allí el rótulo Estado obrero degenerado, obrero por la base, degenerado por la cúpula. Una tesis para responder a una situación internacional, a una crisis interna de la IV y un contexto que ya no dirime en 2026. Esta formulación tuvo la virtud política de defender la URSS frente al imperialismo mientras denunciaba internamente a Stalin, pero cargó consigo una contradicción que ningún desarrollo posterior que nuestra corriente logró resolver, hasta ahora.
La contradicción es estructural y se deriva directamente de la teoría de la plusvalía. Si el Estado es por definición marxista un instrumento de dominación de clase, llamar Estado obrero a una formación donde los obreros no dirigen ni controlan nada es una contradicción en los términos. Un Estado que planifica la producción pero no es controlado por los productores directos no representa los intereses de la clase obrera sino los de quienes tienen el poder efectivo sobre la planificación. La burocracia soviética tenía acceso diferencial a bienes y servicios vedados al trabajador común, controlaba las decisiones de inversión sectorial y territorial, fijaba los salarios y las condiciones de trabajo, reprimía cualquier forma de organización independiente de los trabajadores incluidas las huelgas, y reproducía su posición privilegiada a través de la herencia cultural y educativa. Que no poseyera títulos de propiedad privada formal es irrelevante desde el punto de vista de la explotación real, lo decisivo no es el título jurídico sino quién decide sobre el excedente social, quién lo asigna, quién se beneficia de él. Desde la teoría de la plusvalía esto no es ambiguo, quien controla el destino del excedente ejerce la función del capitalista, cualquiera sea el nombre que lleve su cargo.
A estas alturas, y dimensionando la obra de Trotsky, pero batallando en 2026, llamar Estado obrero a esa formación, aunque sea con el adjetivo degenerado, no es solo un error descriptivo sino un error políticamente funcional a la dominación burocrática. El calificativo obrero en el nombre legitima al Estado frente a la clase trabajadora real, que percibe intuitivamente que ese Estado no la representa pero no tiene el lenguaje conceptual para refutar la legitimación teórica que le ofrecen los propios marxistas que deberían criticarla. Es exactamente el mismo mecanismo que la burguesía usa con el mercado, presentar una relación de dominación con un nombre que evoca lo contrario. El Estado burocrático que planifica en nombre de los obreros sin control obrero real no es un Estado obrero degenerado: es un Estado burocrático a secas, con una ideología de legitimación marxista, lo que lo hace más peligroso para la conciencia de clase que un Estado burgués declarado porque desorganiza la crítica desde adentro y convierte la terminología de la emancipación en instrumento de la dominación. No se define por una segunda revolución, sino que confunde, y toda teoría que confunde, deja de ser teoría.
La condición sine qua non de cualquier formación estatal que merezca el nombre de obrera no es la estatización de los medios de producción sino el control efectivo, directo y revocable de esos medios por parte de los productores organizados. Sin consejos obreros con poder real sobre las decisiones productivas, sin rotación y revocabilidad inmediata de todos los cargos de dirección, sin igualdad salarial entre quienes dirigen y quienes producen, sin libertad plena de organización política de la clase trabajadora incluso frente al partido gobernante, no hay Estado obrero de ningún tipo, hay una nueva forma de apropiación del excedente con distinta vestimenta ideológica. Donde la burocracia prospera el Estado no se extingue sino que se consolida, y donde el Estado se consolida la plusvalía no desaparece sino que cambia de dueño
Sostengo que el esquema de Marx tiene insuficiencias que no invalidan su construcción central pero que el pensamiento marxista posterior debe asumir con honestidad científica. Para los limones amargados de izquierda parlamentaria y todo aparato centrista, que solo le interesa recaudar para sus rentas, toda crítica a Marx es una insolencia o una herejía, y sobre todo si lo hace un militante que lucha, enseguida como auto justificativos catalogan a uno como un fundido, bueno no interesan lo que digan, pero veamos: una crítica importante es el problema de la transformación de valores en precios de producción, Marx transformó los outputs del proceso productivo a precios de producción en el Tomo III pero no hizo lo mismo con los inputs de capital constante y capital variable, dejando una inconsistencia interna donde la suma de valores y la suma de precios no son simultáneamente iguales. Hay muchos autores que argumentan que esa operación era metodológicamente innecesaria dentro del esquema secuencial de Marx donde el dinero es la forma de manifestación del valor, pero la discusión sigue abierta y ninguna solución propuesta cierra el sistema de forma completamente satisfactoria, hasta ahora. La otra es la insuficiencia caracterización o la ausencia del trabajo doméstico y reproductivo, se puede tratar de contexto histórico, pero sigamos, Marx trató la reproducción de la fuerza de trabajo como un costo abstracto del capital variable pero no analizó el trabajo concreto no remunerado que garantiza esa reproducción cotidiana, realizado históricamente de forma mayoritaria por mujeres, que produce valor para el capital de modo indirecto reduciendo el costo de reproducción de la fuerza de trabajo que el capitalista debería pagar si esas tareas fueran mercantilizadas. Su exclusión del análisis afecta el cálculo de la tasa de explotación real, que es siempre más alta que la que refleja el salario del trabajador asalariado tomado como sujeto universal. Otra insuficiencia es la más contemporánea, las formas de extracción de valor en el capitalismo de plataformas, cognitivo y financiero desbordan los contornos del esquema del siglo XIX. Cuando un usuario de una red social produce contenido que genera datos vendidos como insumo publicitario hay extracción de trabajo no remunerado sin contrato laboral, sin jornada medible, sin capital variable reconocible. Cuando un fondo de inversión obtiene renta financiera mediante derivados sobre derivados, la distancia entre ese ingreso y cualquier proceso productivo concreto es tan grande que la cadena de transmisión de la plusvalía queda oscurecida hasta resultar casi indetectable con las herramientas conceptuales originales. Marx tenía los elementos para pensar estas extensiones, particularmente en los Grundrisse cuando desarrolla la noción de general intellect, pero no las sistematizó y esa es la tarea aún nos queda pendiente del marxismo como ciencia viva.
Bueno, como se ve el proceso teórico no es acumulativo, y solo la lucha revolucionaria la puede transformar, por eso sostengo que en la izquierda hay una conclusión, entre otras cosas, sobre la burocracia como categoría incompleta. Sobre todo en la formación de partidos centristas, como sucede en el FITU, y de ahí el debate que propongo. La noción de Estado obrero degenerado es teóricamente incompleta porque aplica a la burocracia un adjetivo, degenerado, que presupone la existencia previa de algo genuino que se corrompió, cuando en rigor lo que existió desde el momento en que la burocracia consolidó su control sobre el excedente fue directamente una nueva forma de dominación de clase, no la deformación de una dominación obrera que nunca llegó a existir de modo pleno. La degeneración implica un proceso de deterioro progresivo desde un estado anterior más puro, pero el Estado soviético nunca fue controlado efectivamente por los obreros en el sentido que la teoría marxista de la plusvalía exige para que ese control sea real, determinación colectiva sobre el destino del excedente social. Lo que hubo fue una revolución obrera que destruyó el Estado burgués zarista y estatizó los medios de producción, seguida de un proceso acelerado de concentración del poder sobre el excedente en manos de una capa burocrática que desplazó a los órganos genuinos de poder obrero, los soviets, vaciándolos de contenido antes de suprimirlos formalmente. El concepto de degeneración describe adecuadamente ese proceso histórico como trayectoria, pero es insuficiente para caracterizar el resultado final, que no era un Estado obrero deteriorado sino un Estado burocrático consolidado con legitimación marxista. La insuficiencia teórica de la categoría tiene consecuencias políticas directas, quien acepta que la URSS era un Estado obrero aunque degenerado está obligado a defenderlo frente al imperialismo como si fuera una conquista obrera, aunque en ese mismo acto esté defendiendo a la burocracia que expropió a los obreros del control sobre su propio excedente. El marxismo como ciencia social no puede permitirse esa confusión sin pagar el precio de convertirse en ideología de justificación de una nueva forma de explotación. La categoría correcta para una formación donde los medios de producción están estatizados pero el excedente es controlado por un aparato burocrático separado de los productores y opuesto a su organización independiente es la de capitalismo de Estado burocrático, que nombra lo que realmente existe, apropiación de excedente por un aparato colectivo que ejerce las funciones del capital sin los títulos jurídicos privados del capital, lo cual lo hace formalmente distinto del capitalismo clásico pero funcionalmente equivalente en lo que más importa desde el punto de vista de los productores directos, es decir, en quién decide sobre el fruto de su trabajo. Por ahí, desarrollando una claridad en este asunto, podemos mejorar nuestra realidad de nuestra Izquierda. Y es por acá...
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