Trump pide la paz para reconfigurar la guerra. Derrota estratégica con las petroleras europeas y la expresión de una crisis más profunda.
Por Raúl Valle
La actual guerra entre Estados Unidos e Irán en el Golfo y en el Estrecho de Ormuz dejó de ser un episodio más de tensión regional para convertirse en uno de los ejes críticos de la situación mundial. El rompecabezas combina un alto el fuego frágil, una negociación en curso bajo chantaje militar, el cierre de una de las principales arterias energéticas del planeta y el reposicionamiento de potencias como China, Arabia Saudita y Pakistán. Sobre ese escenario se despliegan, al mismo tiempo, operaciones militares, bloqueos navales, incautación de buques, amenazas abiertas a la infraestructura civil iraní y la expectativa ansiosa de los mercados financieros ante cualquier señal de relajación o agravamiento del conflicto. Lo que aparece en los titulares como “conversaciones de paz”, “ceasefire” o “reapertura de Ormuz” condensa, en realidad, una disputa estratégica por el control de la energía, las rutas marítimas y la jerarquía del sistema internacional, como una expresión concentrada de la crisis capitalista en su fase actual.
Tras una ofensiva militar de cinco semanas de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní, se alcanzó un alto el fuego de dos semanas que se acerca a su vencimiento. El vicepresidente JD Vance se prepara para viajar a Islamabad, donde Pakistán ofrece su capital como sede de una segunda ronda de conversaciones con la delegación iraní encabezada por Mohammad Bagher Ghalibaf. El gobierno pakistaní ha blindado Islamabad con miles de efectivos y ha vaciado el hotel donde se alojarían las delegaciones, una escenografía que deja en claro que la llamada diplomacia se desarrolla en un contexto de guerra abierta. Teherán responde a cada movimiento norteamericano con una combinación calculada de gestos militares —bloqueo de Ormuz, reanudación de ataques, advertencias de sus comandantes— y mensajes políticos que oscilan entre la disposición a negociar y la negativa a hacerlo bajo la sombra de las amenazas. La forma concreta que adoptan estas idas y vueltas no puede separarse de la lógica general de la acumulación, el uso de la guerra como herramienta para reordenar el mapa energético y financiero en medio de una crisis que es al mismo tiempo económica, geopolítica y de hegemonía.
El Estrecho de Ormuz aparece como el punto de estrangulamiento donde se cruzan la geopolítica y la economía mundial. Cuando Irán responde a los ataques estadounidenses e israelíes cerrando de facto el paso de buques y Estados Unidos impone un bloqueo a los puertos iraníes, no se trata solo de movimientos tácticos sino de un pulso directo sobre una vía que concentra cerca de una quinta parte del comercio mundial de petróleo y gas. La caída relativa y posterior estabilización del precio del Brent, el comportamiento de los índices bursátiles asiáticos y europeos y la reacción moderadamente optimista de Wall Street ante la posible reanudación de las conversaciones muestran hasta qué punto la guerra y la paz en Ormuz se miden en dólares, barriles y puntos de índice. Los buques obligados a retroceder, los cargueros sancionados como el Touska, la presencia permanente de destructores estadounidenses en el Golfo y la respuesta iraní con misiles, drones o bloqueos son piezas de una misma lógica, el uso de la fuerza militar para regular quién puede y quién no puede circular por una arteria vital del capitalismo global. La crisis se manifiesta aquí como crisis de circulación y de realización, mercancías que no llegan, contratos que se incumplen, seguros que se disparan y capitales que buscan refugio o rentas diferenciales en medio del caos.
En este tablero, la oligarquía de la burguesía China interviene como potencia que se recuesta en el imperialismo en descomposición para someter a su propia clase obrera y contener la revolución mundial, sobre todo en Latinoamérica, con alianzas con fascistas como Milei porque intenta equilibrar la defensa de sus intereses materiales con la preservación del statu quo del que se beneficia. La intervención de Xi Jinping reclamando explícitamente la reapertura del Estrecho de Ormuz es significativa, China importa hasta 40 por ciento de su petróleo a través de ese corredor y, aunque dispone de reservas estratégicas, un cierre prolongado pondría en riesgo su comercio exterior y profundizaría la desaceleración de su economía. Beijing mantiene una relación estratégica con Irán, consolida vínculos con Arabia Saudita y los Emiratos y a la vez evita un choque frontal con Washington, con la vista puesta en una cumbre inminente con Trump. El llamado a que los países de la región tomen su destino en sus manos convive con la realidad de que la mayor parte del petróleo que cruza Ormuz alimenta cadenas de valor controladas por grandes corporaciones y mercados financieros. La voz china expresa la posición de una potencia que depende de la continuidad de la acumulación mundial y, por lo tanto, de que la crisis no se desborde al punto de provocar una ruptura descontrolada del orden, incluso cuando ese orden esté en plena descomposición.
Del lado iraní, la escena está dominada por tensiones internas dentro de la misma estructura de poder. El gobierno y los aparatos duros articulan una narrativa de dignidad y resistencia frente a Trump mientras calibran hasta dónde pueden escalar sin provocar un ataque devastador que ponga en cuestión la estabilidad interna. Masoud Pezeshkian habla de una desconfianza histórica hacia Estados Unidos y de la necesidad de evitar una guerra que no conviene a ninguna de las partes, pero al mismo tiempo advierte que los iraníes no se someten a la fuerza. El negociador Ghalibaf y el canciller Araghchi ensayan signos de apertura al plantear la reapertura de Ormuz o la continuidad de las conversaciones, y son inmediatamente cuestionados por sectores ligados a la Guardia Revolucionaria, que capitalizan políticamente el ''aguante'' ante la ofensiva militar. Esa dificultad para definir una línea clara frente a Islamabad es un síntoma de un régimen atrapado entre la necesidad de aliviar una economía golpeada por sanciones y bloqueos y el miedo a aparecer como débil ante su propia base y ante un adversario que anuncia ataques a la infraestructura civil y celebra la muerte de dirigentes como si fuera un cambio de régimen consumado. Esta indecisión es también una expresión de la crisis de dirección de una burguesía que explota a su propia clase trabajadora mientras se presenta puertas afuera como estandarte de la resistencia.
La otra cara del conflicto está en la factura económica interna que la guerra le pasa a Estados Unidos. Los costos directos para el erario se dispararon desde el inicio, en las primeras seis jornadas, el Pentágono ya había desembolsado 113.000 millones de dólares, cifra que se elevó a unos 165.000 millones hacia el duodécimo día de operaciones. Para el día treinta, estimaciones globales situaban el gasto entre 27.000 y 29.000 millones de dólares, y la administración Trump se vio obligada a solicitar al Congreso un suplemento de emergencia de 200.000 millones para sostener la guerra contra Irán y reponer arsenales, acompañado de un pedido presupuestario adicional del Pentágono que superaba también los 200.000 millones. Más allá de los desfasajes numéricos entre estimaciones de corto plazo y proyecciones de mediano alcance, la tendencia es nítida, la guerra se transforma en una aspiradora fiscal que acelera el déficit, reorienta recursos desde el gasto social hacia el complejo militar y presiona sobre una economía ya sobreendeudada. Esta dinámica es típica de las crisis capitalistas maduras, el recurso a la guerra como mecanismo de relanzamiento de la acumulación termina multiplicando las tensiones financieras y fiscales que se pretendía contener.
Entonces, sucede lo siguiente, la ofensiva de Trump no puede entenderse solo como una guerra “clásica” por influencia regional, sino como un intento sistemático de destruir fuerzas productivas y reabrir un ciclo de acumulación por despojo, un ejemplo es el caso venezolano que funciona como un laboratorio exitoso y el caso iraní como un objetivo todavía inconcluso. En Venezuela, el giro reciente cristaliza una expropiación imperialista de la renta petrolera bajo la cobertura de sanciones, acuerdos supervisados y una “normalización” tutelada o protectorado, la combinación de licencias especiales, control político de las exportaciones y reestructuración de la PDVSA real permite a Washington asegurarse volúmenes crecientes de crudo pesado a precios favorables, mientras los flujos de caja estratégicos quedan condicionados por acuerdos que canalizan miles de millones de dólares hacia circuitos dominados por el capital estadounidense. Sobre una producción que vuelve a ubicarse en torno al millón de barriles diarios, Estados Unidos logra apropiarse, de manera directa o indirecta, de decenas de millones de barriles al año y de un orden de 10.000 millones de dólares anuales en ventas que se realizan bajo su órbita de control, configurando un mecanismo de recomposición de la tasa de ganancia basado en el saqueo externo más que en un aumento “orgánico” de la productividad. Con Irán, la lógica buscada es análoga —quebrar la autonomía energética, imponer un nuevo marco de inversiones y disciplinar el uso geopolítico del petróleo y del Estrecho de Ormuz—, pero la correlación de fuerzas todavía lo impide, el país mantiene capacidad militar, densidad estatal y margen de maniobra regional suficientes como para que la destrucción de fuerzas productivas mediante la guerra y el bloqueo no se traduzca todavía en un dispositivo estable de acumulación originaria bajo mando estadounidense. De este modo, Trump ya logró en Venezuela una captura efectiva de renta petrolera, cuantificable en barriles y en miles de millones de dólares, mientras que en Irán solo ha obtenido, por ahora, una elevadísima factura fiscal y militar sin el correlato pleno de saqueo estructurado que su estrategia persigue.
Pero si se mira el conjunto de la economía estadounidense, el impacto es todavía más profundo. Solo en los primeros cuatro días de guerra, las pérdidas totales, incluyendo efectos en cadena, se estimaron en torno de los 210.000 millones de dólares, mientras que los ingresos fiscales se desplomaban en 4.000 millones en ese mismo lapso. Al mismo tiempo, se proyectaba que el conflicto destruya del orden de 10.000 puestos de trabajo mensuales, elevando al borde del 50 por ciento la probabilidad de una recesión en los doce meses siguientes. Esta combinación de gasto militar explosivo, caída de la recaudación, destrucción de empleo y riesgo recesivo muestra la guerra como catalizador de contradicciones ya acumuladas, sobreproducción relativa, sobrecapacidad instalada, endeudamiento crónico y dependencia de burbujas financieras y tecnológicas para sostener tasas de ganancia. Lejos de ser una excepción, el conflicto con Irán encaja en la lógica cíclica del capitalismo, donde cada intento de resolver una crisis de rentabilidad a través de la destrucción —sea física, financiera o social— prepara las condiciones de la siguiente crisis en un nivel más alto.
El comportamiento del sector petrolero refuerza esa lectura de crisis estructural. Desde el punto de vista agregado, el aumento de los precios del crudo prometía un viento de cola considerable, se calculaba que las petroleras estadounidenses podrían embolsarse 63.400 millones de dólares adicionales si el barril promediaba los 100 dólares en el año, y otros análisis estimaban unos 5.000 millones extra solo en marzo. Sin embargo, las dos gigantes integradas, ExxonMobil y Chevron, registraron un saldo negativo en el primer trimestre de 2026, con pérdidas del orden de 5.300 millones en el caso de Exxon y entre 2.700 y 3.700 millones para Chevron, sumando cerca de 7.000 millones de pérdidas de mercado. La razón de esta aparente paradoja está en la estructura concreta del negocio, las ganancias extraordinarias del sector como conjunto no se tradujeron en beneficios para las grandes integradas más expuestas al daño físico del conflicto en el Golfo, que sufrieron cortes de producción, ruptura de contratos y pérdidas millonarias en coberturas. Es decir, el mismo mecanismo que prometía ganancias extraordinarias a partir de la volatilidad se volvió contra los actores más imbricados en la infraestructura regional. Aquí la crisis no solo es de realización, sino también de valorización desigual entre fracciones del capital.
En cambio, las grandes petroleras europeas y el capital comercial del viejo imperialismo europeo supieron aprovechar la disrupción para maximizar sus ganancias. Menos expuestas directamente a la infraestructura en zona de conflicto y más posicionadas en la esfera de la circulación, se beneficiaron de diferenciales de precio, arbitrajes en el comercio físico y financiero de crudo y derivados, y reacomodamientos en las rutas de suministro. El intento de Trump por reposicionar a Estados Unidos en el tablero energético global mediante una demostración de fuerza terminó traduciéndose en una sangría de recursos que fortaleció precisamente a sus competidores europeos en la esfera de la circulación del capital. Este desplazamiento de beneficios entre fracciones y espacios geográficos del capital señala un rasgo típico de la fase actual, los golpes lanzados para recomponer la supremacía imperial terminan, en parte, acelerando el desorden y abriendo grietas por las que otros capitales se infiltran. Es una forma de descomposición del imperialismo hegemónico, que mantiene una enorme capacidad destructiva pero pierde eficacia relativa para organizar en su beneficio el conjunto del sistema.
Un dato importante es que a pesar del elevado costo fiscal y económico interno, la moderación del precio del Brent hacia los 95 dólares, el retroceso del precio de la gasolina desde picos recientes y el repunte de los índices bursátiles en Asia y Europa son leídos como señales de que la guerra puede mantenerse dentro de márgenes administrables. Analistas de grandes bancos de inversión pronostican nuevos máximos del S&P 500, impulsados por el crecimiento de las ganancias corporativas y por la expansión de la inversión en inteligencia artificial, integrando la guerra como un factor más en el cálculo de riesgo y rentabilidad. Esto revela la otra cara de la crisis, la capacidad del capital financiero para absorber la destrucción y, al mismo tiempo, impulsar nuevas burbujas en torno de sectores de alta tecnología, incluso cuando la economía real acusa el golpe. Esa desconexión relativa entre la esfera financiera y la productiva es uno de los síntomas de la descomposición de un imperialismo que sigue generando polos de acumulación, pero sobre una base cada vez más inestable, atravesada por endeudamiento masivo, degradación social y destrucción ambiental y bélica crecientes.
Sobre este trasfondo, el discurso y la táctica de Trump se comprenden mejor. El presidente se empeña en presentar la guerra como un éxito casi cerrado, proclama que los asesinatos selectivos de dirigentes iraníes equivalen a un cambio de régimen, exhibe la incautación de buques sancionados como prueba de firmeza y establece una línea roja con amenazas explícitas contra la infraestructura civil iraní. Sin embargo, los datos económicos, las tensiones geopolíticas, el desgaste interno y el propio comportamiento de los mercados muestran que la prolongación del conflicto entra en contradicción con la necesidad de estabilizar la acumulación y de evitar que la crisis se desborde hacia una recesión mayor o hacia una ruptura del dominio estadounidense sobre el sistema energético. Esa contradicción empuja al gobierno norteamericano a combinar la escalada con gestos de contención, a la vez que ensaya la vía de la negociación en Islamabad. El objetivo no es abandonar la lógica imperial, sino transformarla en un alto el fuego prolongado y en un acuerdo que consagre, bajo nuevas formas, la presión militar, económica y diplomática sobre Irán y el conjunto del Golfo.
En ese sentido, la búsqueda de un alto el fuego y de una paz negociada por parte de Trump no expresa una superación de la lógica de la guerra, sino su reconfiguración. El esfuerzo por llegar a un cese del fuego que pueda presentarse como victoria propia es la tentativa de cerrar, al menos en la superficie, un capítulo particularmente costoso de la crisis, sin modificar el entramado de sanciones, bloqueos, bases militares y control de rutas que sostiene la posición estadounidense. Lo que aparece como voluntad de pacificación es, en realidad, un intento de administrar una crisis que desborda los cauces tradicionales, de frenar una guerra que amenaza con volverse inmanejable para el propio agresor y de recomponer, aun parcialmente, la capacidad de mando de un imperialismo en descomposición. Trump busca el alto el fuego y la paz en este marco preciso, la paz como forma temporal de estabilizar una crisis capitalista que se manifiesta en la guerra, y la guerra como herramienta para imponer una paz funcional a los intereses de un sistema que es, en última instancia, responsable estructural de la crisis mundial que él mismo alimenta.

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