Razón y Revolución frente a Israel: cuando el marxismo normaliza un Estado colonial




Por Raúl Valle  

En su video “¿Qué está pasando en Israel? Los orígenes del conflicto”, Fabián Harari sostiene que Israel no es un Estado artificial ni parasitario, sino un Estado capitalista “normal”, “no muy distinto de cualquier otro Estado burgués”, con una burguesía nacional real y un aparato estatal comparable a otros Estados capitalistas. De allí deriva una conclusión estratégica, la izquierda no debería plantear la destrucción del Estado israelí, sino conservarlo y transformarlo en socialista, porque “no se trata de hacer desaparecer Israel sino de cambiar el carácter de su Estado”, integrando a judíos y palestinos en un único Estado común.  

https://youtu.be/AXe6khByQGE?si=WZ-uIpD0yo4sG_il

El problema de esta lectura no es que reconozca el carácter capitalista de Israel, sino que a partir de ese dato borra su especificidad histórica y estructural. Desde una perspectiva materialista, no alcanza con afirmar que una formación social es capitalista para tratarla como “un Estado nacional más”, importa qué tipo de Estado capitalista es, cómo se origina, sobre qué base social se construye y qué lugar ocupa en la totalidad del sistema imperialista. En el caso de Israel, todas las determinaciones relevantes apuntan en la misma dirección, estamos ante un Estado colonial de poblamiento, genocida y orgánicamente integrado como enclave del imperialismo en Medio Oriente.  

El origen histórico es claro. Israel no surge de una independencia contra una metrópoli ni de la maduración interna de una nación asentada en su propio territorio, sino de una colonización organizada desde Europa. La Declaración Balfour de 1917 y el Mandato británico institucionalizan la promesa imperial de un “hogar nacional judío” en Palestina, facilitando la inmigración y organización de colonos europeos mientras se reprime y desplaza a la población árabe palestina. La proclamación del Estado en 1948 se impone mediante la Nakba: destrucción de aldeas, expulsión masiva y reconfiguración forzada de la demografía del territorio. No se trata de una ruptura con la dominación externa, sino de un injerto colonial sobre un pueblo oprimido.  

A partir de allí, Israel se integra de manera privilegiada al dispositivo imperialista. La partición avalada por la ONU y el reconocimiento temprano de las grandes potencias normalizan su existencia como “Estado más” en el sistema interestatal. La URSS estalinista, al apoyar la partición y abastecer de armas al nuevo Estado a través de Checoslovaquia, contribuye a romper el aislamiento diplomático y militar de Israel y obliga a los partidos comunistas árabes a adaptarse a la coexistencia con un Estado nacido de la limpieza étnica, liquidando la vinculación entre comunismo y lucha antiimperialista en la región. Más tarde, el rol de Estados Unidos terminará de fijar la función de Israel como enclave central de su estrategia en Medio Oriente, ayuda militar y financiera multimillonaria, garantía de “ventaja militar cualitativa” sobre cualquier actor regional, respaldo diplomático constante, veto sistemático a resoluciones mínimas de la ONU y utilización del territorio israelí como plataforma para el despliegue militar y de inteligencia.  

Esta trayectoria no es compatible con la imagen de un “Estado capitalista normal” cuyo desarrollo pueda comprenderse al margen de la colonización y el imperialismo. Israel ha construido una economía avanzada, con sectores tecnológicos dinámicos y un complejo militar‑industrial potente, pero su reproducción se apoya en tres bases estructurales inseparables, apoyo imperialista extraordinario, expropiación colonial y militarismo permanente. La ayuda norteamericana no es un complemento, es una condición de posibilidad para sostener una máquina de guerra costosa y mantener un nivel de vida superior para amplios sectores de la población judía israelí. El robo sistemático de tierras en Cisjordania y Jerusalén Este, la expansión de colonias y la explotación de mano de obra palestina bajo apartheid son componentes permanentes de la acumulación. El complejo militar‑industrial convierte la represión y la guerra en fuente de ganancias vía exportación de armas y tecnologías ensayadas sobre la población palestina.  

Todo esto se expresa en la forma concreta del régimen. Desde 1967, la ocupación de territorios, el control de Gaza mediante bloqueos y ofensivas periódicas, la red de muros y puestos de control, las leyes de ciudadanía y propiedad que consagran privilegios étnicos, configuran un sistema de apartheid. Las grandes campañas militares, con decenas de miles de muertos, destrucción masiva de infraestructura civil y uso persistente de armas pesadas sobre población desarmada, han llevado a denuncias por crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio en curso. La protección diplomática y militar estadounidense frente a cualquier intento de sanción confirma que no estamos ante “un país más”, sino ante una pieza privilegiada del orden imperial.  

En este marco, la propuesta de Harari de conservar el Estado israelí y “transformarlo” reposa en una separación ficticia entre estructura estatal y contenido colonial. Cuando plantea preservar instituciones “nobles” –sistemas educativos, universidades, organismos científicos–, las abstrae de la totalidad que las produce. En un análisis materialista, esas instituciones no son islotes neutrales de saber, sino aparatos ideológicos que contribuyen a reproducir la cohesión interna de una sociedad de colonos, a legitimar el apartheid y a naturalizar la deshumanización del pueblo palestino. Del mismo modo, evitar pronunciarse por la disolución del ejército israelí –uno de los aparatos represivos más activos y letales del planeta– y del sistema de seguridad, inteligencia y prisiones, equivale en los hechos a aceptar la continuidad del núcleo material del régimen.  

La consecuencia es que la cuestión palestina queda reducida a un problema de futura integración administrada. Harari niega la existencia de una nación palestina, al no encontrar una burguesía nacional fuerte ni una economía “madura”, y desplaza el eje a la condición común de clase. En sus intervenciones llega a decir que “Palestina no es una nación en sentido estricto, sino una parte de la clase obrera internacional”, lo que le permite disolver la cuestión nacional en una abstracción económica y negar el derecho de autodeterminación a un pueblo cuya identidad se ha forjado justamente en la experiencia de la colonización y la resistencia. Pero las naciones oprimidas no se definen sólo por la presencia de un mercado interno consolidado, sino también por la experiencia histórica compartida de la opresión y la lucha contra ella. Palestina tenía vida social diferenciada bajo el Imperio otomano y el Mandato británico, y la conciencia nacional palestina se consolidó precisamente en la lucha contra la colonización sionista, la revuelta campesina, la Nakba, las intifadas y décadas de ocupación.  

El resultado político de esta operación es convergente con el del sionismo: se critican gobiernos, políticas o “excesos”, pero se preserva la estructura estatal que los hace posibles. Tratar a Israel como un Estado burgués “normal” y renunciar a la consigna de su destrucción implica, de hecho, renunciar al derecho de retorno efectivo, a la restitución real de tierras y al desmantelamiento completo del andamiaje de apartheid. La unidad de clase entre trabajadores judíos y palestinos no puede significar su integración en el Estado que organiza su expulsión, sino la alianza para derrocar ese Estado y construir nuevas formas políticas sobre bases no coloniales.  

Desde una perspectiva marxista consecuente, las conclusiones son otras. Israel no es “un Estado capitalista más” al que la izquierda debería aspirar a administrar, sino la forma específica que adopta en Medio Oriente la dominación imperialista mediante un Estado colonial de poblamiento. En consecuencia, la emancipación del pueblo palestino, la unidad real de la clase trabajadora regional y la perspectiva socialista se condensan en una misma tarea histórica, destrucción del Estado sionista, derecho de retorno con devolución efectiva de tierras y construcción de una federación socialista de Medio Oriente, basada en la expropiación de las burguesías locales y del capital imperialista.  

En ese horizonte, la población judía israelí no desaparece, pero su existencia nacional sólo puede encontrar una salida progresiva sobre la base de la ruptura con el proyecto colonial que la constituyó como sociedad de colonos armados y privilegiados. Cualquier programa que pretenda conservar el Estado israelí en nombre del socialismo no abre un camino original a la emancipación, simplemente adapta el marxismo al statu quo imperialista.  

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