La ''posdemocracia'' y el mito de “Milei sin partido”: cómo se reorganiza la dictadura del capital



Por Raúl Valle

La democracia liberal contemporánea puede pensarse como la forma política específica de la dominación del capital en su fase financiera, más que como una desviación patológica de un ideal democrático previo. La categoría de posdemocracia, tal como la formula Crouch, señala un fenómeno efectivo, las instituciones electorales se mantienen pero la decisión real se concentra en élites económico‑políticas, la ciudadanía (no)participa en rituales de legitimación y los partidos se vuelven máquinas profesionales ligadas a intereses corporativos antes que a militancias de base. Sin embargo, si se toma esta noción sin perspectiva de clase, el problema aparece como “degeneración de la democracia” y no como profundización de la dictadura del capital, desplazando la mirada de la lucha de clases hacia una crítica de “la clase política” o “el sistema” en términos difusos. El riesgo teórico es que la posdemocracia se presente como un cambio de calidad interna de la democracia, cuando en realidad describe la forma actual de la dominación burguesa bajo el imperialismo y la financiarización.  

En ese contexto argentino, la fórmula “Milei no tiene partido” hay que ubicarla bien, es una tesis elaborada explícitamente por Altamira y por una parte de la izquierda, que la usan para señalar la fragilidad institucional del gobierno y la posibilidad objetiva de derribarlo por la combinación de crisis económica, lucha de masas y ruptura de apoyos parlamentarios. La observación empírica que subyace es real, La Libertad Avanza carece del tipo de estructura clásica que tuvieron el peronismo, la UCR o incluso el PRO; no tiene una red consolidada de gobernadores, intendentes, sindicatos y punteros que lo sostenga de manera orgánica, y su representación parlamentaria nació minoritaria. Esa debilidad organizativa hace que la figura presidencial esté más expuesta a choques con la realidad social, lo que Altamira y ese sector de la izquierda subrayan correctamente para marcar que no se trata de un régimen fascista ya consolidado e inexpugnable. Pero, formulada así, la tesis corre un riesgo teórico serio, convertir la ausencia de partido propio en sinónimo de ausencia de bloque de poder, y por lo tanto inducir la ilusión de que echar a Milei sería equivalente a derrotar al régimen.  

Justamente, una mirada marxista de conjunto obliga a ver que la ausencia de partido no implica ausencia de clase ni de alianzas políticas sólidas. Milei gobierna apoyado por fracciones del capital financiero, del agronegocio, de los grandes grupos económicos y por aparatos políticos preexistentes (PRO, sectores radicales, gobernadores y bloques peronistas que votan sus leyes). En este sentido, la tesis “Milei sin partido” sólo es rigurosa si se completa con una advertencia, Milei puede ser eyectado, pero su caída no disuelve la estructura de clase que lo sostiene; más bien abre la posibilidad de que el mismo bloque burgués se reorganice en una versión más disciplinada y feroz, como ya ocurrió en otras crisis. La experiencia de la Alianza y De la Rúa es el ejemplo más claro, el presidente cayó en 2001, “que se vayan todos”, el helicóptero, el repudio generalizado a la UCR y a la convertibilidad, pero el entramado neoliberal —capital financiero, grandes grupos privatizados, fracciones del radicalismo y del peronismo integradas al ajuste— sobrevivió y terminó regresando al gobierno, primero con Macri, y luego sosteniendo, en parte, al propio Milei.  

Esta continuidad también se ve en el comportamiento de las derechas tradicionales. La UCR, que se la daba de socialdemócrata parecía pulverizada tras el 2001, se reinsertó en la derecha, primero como parte del armado Cambiemos con Macri, y en la etapa actual aporta gobernadores, legisladores y cuadros que, con matices, sostienen tramos decisivos del programa de ultraderecha de Milei. El PRO, que había encabezado el ciclo macrista, ahora se recompone como sostén parlamentario y territorial de la ultraderecha liberal, discutirá internas y estilos, pero no la orientación estructural promercado, prodeuda y proajuste. A esto se suman rezagos del peronismo que, luego del fracaso del cuarto ciclo kirchnerista, se reubican como socios “federales” o “dialoguistas”, aportando votos para leyes clave como la Ley Bases, los paquetes fiscales o reformas laborales, y legitimando así la ofensiva contra las y los trabajadores. De este modo, sectores que ayer gobernaron en nombre del “progresismo nacional y popular” terminan hoy actuando como engranajes del endurecimiento del régimen, mostrando que la posdemocracia no es sólo un deterioro abstracto de la representación, sino una recomposición parcial e ideológica que da vuelta la realidad y activa transitoriamente la dominación de clase a través de viejos y nuevos vehículos políticos.  

Vista así, la hipótesis de que Milei podría ganar nuevamente en 2027 no es un pronóstico electoral sino la formulación de una tendencia estructural, la del endurecimiento del régimen alrededor de un proyecto de clase que encuentra apoyos repetidos en las principales fuerzas del sistema. La clave no es tanto si la cara es Milei u otra, sino que el bloque burgués logre estabilizar una forma de dominación más abiertamente autoritaria, donde la alternancia electoral no cuestione la lógica de la deuda, la subordinación al capital financiero, el extractivismo y la precarización laboral masiva. El error estratégico consistiría en pensar que una derrota episódica de Milei —por renuncia, derrota electoral o crisis— significaría una victoria de la clase trabajadora si no ha habido, en paralelo, una acumulación de organización y programa que apunten a romper con la continuidad de clase que enlaza 2001, el ciclo kirchnerista, Macri y la actual ultraderecha liberal.  

A partir de este diagnóstico, la incorporación estratégica se vuelve necesaria para que la crítica no se agote en la descripción. Si la posdemocracia es, en el fondo, una fase de la dictadura del capital, y si la tesis “Milei sin partido” es real pero insuficiente porque no capta la persistencia del bloque burgués, la cuestión es cómo pensar una salida que no se reduzca al recambio de figuras. Una hipótesis combativa mínimamente coherente requiere, primero, la independencia política de la clase trabajadora respecto de los partidos del orden, incluyendo sus variantes progresistas, no se trata de ser la “conciencia crítica” de un próximo gobierno peronista o socialdemócrata, sino de construir una herramienta propia que ponga en el centro la ruptura con la deuda, con el FMI y con la dominación de los grandes grupos económicos. Segundo, implica recomponer la unidad de una clase fragmentada y precarizada, articulando trabajadores formales, monotributistas, tercerizados, desocupados, inquilinos, mujeres trabajadoras, comunidades originarias y juventudes precarizadas en nuevos organismos de base (cuerpos de delegados revocables, coordinadoras intersectoriales, asambleas territoriales con continuidad) capaces de disputar la dirección de las luchas sin quedar subordinados a las necesidades electorales de aparatos tradicionales. Tercero, supone dotar a esa organización de un programa de ruptura —no de mera gestión— que plantee el control social y obrero de la banca, del comercio exterior, de la energía y de los recursos estratégicos; la reversión de la reforma laboral en el parlamento y la silenciosa dentro de a CGT y la reducción de la jornada laboral; la suspensión del pago de la deuda externa en su totalidad u odiosa porque se dan tres cosas a la vez, no hubo consentimiento real del pueblo trabajador, la deuda no lo benefició (se usó contra sus intereses) y los acreedores sabían que era así, por eso nos cagaron sabiendo, y la reorientación de los recursos naturales hacia las necesidades de la mayoría. 

En esa perspectiva, la tesis de Altamira y una parte de la izquierda sobre “Milei sin partido” puede tener un uso táctico legítimo —mostrar que es derrotable, que no estamos ante un régimen fascista consolidado— siempre y cuando se la complemente con esta lectura estratégica, Milei puede caer, pero si la clase trabajadora no se organiza de manera independiente, si no surge un programa y una fuerza capaces de disputar el poder real, el lugar será ocupado por otra combinación del mismo bloque burgués, incluso débil, pero por esa característica más organizada y más feroz. La tarea, entonces, no es elegir entre denunciar la posdemocracia o denunciar la falta de partido de Milei, sino articular ambas críticas dentro de una estrategia que apunte a superar el régimen del capital y no sólo a cambiar de piloto en el helicóptero, y la posibilidad de un diálogo mejor y pedagógico con las masas trabajadoras que sí necesitan urgente fortalecer políticamente un partido, pero de trabajadores. Su contraparte superadora que se construye contra un estado fuerte pero descompuesto y débil políticamente.


Comentarios

  1. Muy buen análisis de situación. Altamira no lo escucho desde la fracción del partido. No me alcanza la vida para leer todo. Veo con tristeza una militancia tibia y después de la pandemia eso se vió con nitidez. Luchar contra el peronismo es una tarea árdua, no permite avanzar y algo que siempre se vió es el divisionismo. Soy de la escuela de Santucho. Pero quedó muy lejos yá.-

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