La izquierda argentina sobre China: organizaciones congeladas y desorientadas en una era que ya no existe.Tantos libros, tanta página web, tantos locales y no saben caracterizar.
Por Raúl Valle
El problema de fondo no radica en qué partido tiene una opinión sobre China. El problema es que la mayoría de las organizaciones de la izquierda argentina abordan el debate sobre China con categorías acuñadas en otro siglo, para otro ciclo histórico, y se resisten a revisarlas no por rigor teórico, sino por inercia política y el peso de las tradiciones de sus estructuras. El resultado es una parálisis analítica con consecuencias prácticas directas en un momento en que la guerra imperialista está reconfigurando el orden mundial y situando a China en el centro del debate estratégico de la izquierda internacional. El problema de fondo que tiene la izquierda argentina no es la falta de militancia ni de presencia en los conflictos. Es que sus principales organizaciones llegan a la discusión sobre la etapa histórica con categorías construidas para otro ciclo, y se resisten a revisarlas por inercia de aparato. La tendencia dominante es la iniciativa burguesa, ajuste, reacción y guerra imperial articulados en un solo ciclo. En ese cuadro, el debate sobre el carácter de China no es un tema académico marginal, es una de las claves para entender qué está pasando en el mundo y qué le corresponde hacer a la clase obrera frente a dos imperialismos que se disputan el planeta.
El punto de partida del análisis debe ser empírico e histórico. En 1978, China inició un proceso de restauración capitalista basado en las reformas de Deng Xiaoping, que, en términos de velocidad y escala, constituye el proceso de desarrollo capitalista más masivo de la historia contemporánea. A mediados de la década de 1990, el capitalismo ya no era un sector marginal ni un enclave en la economía china; la búsqueda de beneficios se había universalizado como criterio de funcionamiento económico; la propiedad privada y la inversión extranjera se habían convertido en pilares del crecimiento; y la burocracia del PCCh se había transformado progresivamente en una burguesía estatal que acumulaba riqueza mediante la explotación de la mayor fuerza laboral del planeta. En 1949, China era un país semicolonial oprimido por el imperialismo. En 2026, es la segunda economía más grande del mundo en términos nominales y la primera en términos de paridad de poder adquisitivo, exporta capital a una escala comparable a la de las potencias del G7 y mantiene el segundo mayor presupuesto militar del planeta. La transición entre esos dos momentos históricos no fue lineal ni automática, sino real e irreversible en sus consecuencias materiales. Ignorarla o subestimarla no es radicalismo, es anacronismo.
Esa burguesía estatal acumula riqueza a costa de la explotación de cientos de millones de trabajadores. Alrededor de 300 millones de trabajadores migrantes, la mayoría jóvenes con aspiraciones de movilidad, abandonaron el campo y se incorporaron a un mercado laboral donde jornadas de 12 horas no generan un salario digno. La denominada cultura del "996", trabajar de 9 de la mañana a 9 de la noche seis días a la semana, fue declarada ilegal por el Tribunal Popular Supremo de China en 2021, pero ha persistido como norma en vastos sectores industriales y tecnológicos. La contradicción entre la legalidad formal y la práctica cotidiana no es un error del sistema, sino su funcionamiento. En las primeras semanas de junio de 2025, trabajadores de fábricas de manufactura, construcción y electrónica protestaron en varias provincias debido a despidos masivos, cierres repentinos de plantas sin indemnización y el impago prolongado de salarios y cotizaciones a la seguridad social. En Tongliao, los trabajadores de la construcción amenazaron con arrojarse desde los edificios si no recibían sus salarios atrasados. La respuesta del Estado fue la vigilancia policial, no la protección laboral. Sobre esa clase trabajadora, sobre esa masa de valor extraído y nunca devuelto, se construye el poder exportador que el debate argentino dejó sin comprender.
Lo que distingue a la China actual de cualquier economía dependiente es que su capitalismo no está organizado hacia adentro, sino hacia el mercado mundial, y esa es precisamente la condición que Lenin señaló como característica central del imperialismo. El capital excedente chino es imparable; su enorme aparato productivo genera una sobreproducción crónica que no puede ser absorbida por la débil demanda interna, y se dirige al exterior como exportación de bienes a precios deflactados y como exportación de capital a las regiones donde la tasa de ganancia es mayor. En el otoño de 2025, el superávit comercial de China alcanzó los 875 mil millones de dólares, mientras la inflación al consumidor entró en terreno negativo y los precios de fábrica cayeron durante más de treinta meses consecutivos. El consumo privado representa solo el 40 por ciento del PIB, muy por debajo del promedio mundial, y las fábricas operan por debajo del 80 por ciento de su capacidad. A esa sobreproducción industrial se agrega una crisis inmobiliaria que lleva cinco años sin resolución y que expresa, en otro plano, la misma contradicción estructural. En su momento álgido, el sector inmobiliario representó alrededor del 30 por ciento del PIB del país. Ese modelo se construyó sobre endeudamiento masivo de promotores privados que vendían viviendas antes de construirlas, generando una burbuja que cuando el Estado intervino ya no pudo cerrar. Tras cuatro años de inacción mientras promotores como China Evergrande caían en cesación de pagos, las autoridades debieron intervenir a principios de 2025 para evitar el colapso de Vanke, uno de los últimos gigantes inmobiliarios supervivientes, que anunció pérdidas récord de 6.200 millones de dólares. La deuda residencial de los hogares alcanzó el 145 por ciento de la renta per cápita en 2023, la morosidad hipotecaria trepó a máximos desde la pandemia y los principales bancos de inversión mundiales proyectan que los precios de la vivienda continuarán cayendo al menos hasta 2027. Esta crisis destruye el ahorro de la clase media, contrae el consumo interno y agrava la sobreproducción que el modelo ya no puede absorber. Cuando el mercado inmobiliario interno colapsa y la demanda doméstica no crece, la única salida para el capital acumulado es la expansión hacia afuera. La crisis interna del capitalismo chino es, entonces, un motor adicional de su agresividad imperialista exterior.
Esa dependencia existencial del mercado mundial explica directamente la intervención china en el estrecho de Ormuz. Alrededor del 20 por ciento del petróleo y una parte significativa del gas natural licuado que se comercializa por mar en el mundo transitan por ese corredor. China es el mayor importador de petróleo del planeta y abastece más del 80 por ciento de sus compras de crudo iraní a través de él. Cuando el bloqueo y la guerra estadounidenses amenazaron con cerrarlo, Xi Jinping no justificó su apertura por solidaridad con Irán ni por principios antiimperialistas, lo hizo porque el cierre prolongado amenazaba directamente con estrangular la maquinaria industrial china, detener la acumulación y desencadenar una crisis energética con consecuencias impredecibles para la estabilidad del régimen. Las reservas estratégicas y comerciales chinas, calculadas entre 1.300 y 1.400 millones de barriles, serían suficientes para cubrir entre cuatro y seis meses de importaciones en el mejor de los casos. No se trata de Ormuz como principio; se trata de Ormuz como la arteria vital del capitalismo chino. Aquí se ve con claridad que China interviene en la geopolítica mundial como potencia que defiende las condiciones de reproducción de su propio capital, y no como la voz de los pueblos oprimidos. Lo que está en juego en Ormuz no es solo el petróleo iraní, es el desbloqueo de un corredor que permite la continuidad de la acumulación capitalista mundial a través del crudo, las tierras raras y el comercio en un arco que va desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo oriental, y cuyo cierre produce una crisis en cadena que afecta simultáneamente la producción china, el transporte europeo, los mercados de materias primas y las exportaciones latinoamericanas. La guerra no es, como la caracteriza buena parte de la izquierda argentina, una guerra de Irán. Es una guerra de Trump y de Estados Unidos, con Israel como brazo ejecutor en la región, que tiene como trasfondo estratégico la disputa con China por el control de esos corredores y recursos. Llamarla guerra de Irán no solo es impreciso, es políticamente desorientador, porque coloca en el centro al país agredido y borra de la escena al agresor y sus objetivos reales.
Lo mismo ocurre con la alianza estratégica que China construyó con Rusia desde el inicio de la guerra en Ucrania en 2022. Desde que las sanciones occidentales cortaron el acceso ruso a los mercados europeos, China se convirtió en el principal comprador del crudo y el gas natural ruso, con un comercio bilateral que alcanzó los 244.000 millones de dólares en 2024 y un aumento de las exportaciones rusas hacia China del 63 por ciento desde el inicio del conflicto. Cuando Xi Jinping visitó Moscú en mayo de 2025 para los actos del Día de la Victoria, declaró que China estaba con Rusia frente a la intimidación hegemónica y firmó junto a Putin nuevas declaraciones conjuntas sobre estabilidad estratégica y cooperación económica. Este apoyo no es desinteresado ni antiimperialista, es el comportamiento típico de cualquier potencia que utiliza las dificultades de otra para fortalecer su propia posición en la cadena de suministros y en la correlación de fuerzas geopolítica. Toda potencia imperialista busca apoyos tácticos en otras fracciones del capital internacional cuando la disputa por los mercados y los recursos lo exige; lo que hace la oligarquía china con Rusia es exactamente eso, y hacerlo no la distingue del imperialismo sino que la confirma en él. La izquierda argentina tampoco ha sabido caracterizar la guerra en Ucrania con la misma precisión que reclama para el conflicto en Irán. El FITU exhibió desde el inicio de esa guerra una dispersión política que revela su naturaleza de frente electoral antes que bloque programático, mientras Izquierda Socialista y el MST se alinearon con la condena a la invasión rusa sin señalar el cerco sistemático de la OTAN como provocación previa, el PO y el PTS sostenían posiciones que señalaban el carácter interimperialista del conflicto pero con matices y oscilaciones que impidieron una posición pública coherente y sostenida. La clave que la izquierda evitó formular con claridad es que la guerra en Ucrania tiene para Rusia un carácter defensivo, en el sentido de que es la respuesta a la expansión sistemática de la OTAN hacia sus fronteras desde la disolución de la URSS, y que esa dimensión defensiva no borra el carácter reaccionario del régimen de Putin ni exige ninguna solidaridad con él, pero sí obliga a distinguir entre el agresor que cercó y el agredido que respondió, para construir desde ahí una política de clase que no se confunda con el bloque occidental. El imperialismo europeo, en particular, usó esa guerra para esconder su propia decadencia detrás del escudo moral ucraniano, mientras sus grandes operadoras energéticas se beneficiaban de la volatilidad que ellas mismas contribuyeron a generar. Vitol, el mayor trader independiente de petróleo del mundo con sede en Róterdam, obtuvo ganancias de 15.100 millones de dólares en 2022 y 13.200 millones en 2023, cifras más de tres veces superiores a las de 2020, aprovechando las disrupciones de suministro que siguieron a la invasión rusa. Trafigura, la segunda operadora global con base en Singapur pero controlada por capitales europeos, registró un récord de 5.500 millones de dólares en beneficios en el primer semestre de 2023. Gunvor, Mercuria y Glencore completaron el cuadro, entre Vitol, Trafigura, Mercuria y Gunvor acumularon más de 50.000 millones de dólares en ganancias combinadas en los dos años posteriores a la invasión rusa, un incremento de siete veces respecto a los niveles de 2018-2019. Los cinco grandes consorcios petroleros, entre ellos BP, Shell y TotalEnergies, registraron ganancias combinadas de casi 467.000 millones de dólares desde el inicio de la guerra en Ucrania hasta comienzos de 2026. Trump, en cambio, invirtió enormes recursos políticos y militares en sostener esa guerra y está saliendo perdiendo de ella, no por generosidad con Ucrania sino porque la alianza entre el capital financiero-energético europeo y la OTAN gestionó la crisis en función de sus propios intereses, que no siempre coinciden con los de Washington. La caída del gobierno de Bayrou en Francia y la crisis política sostenida de la Unión Europea no son accidentes, son la expresión de que el viejo imperialismo europeo está en declive estructural y que la guerra no lo fortaleció sino que aceleró sus contradicciones internas.
La Iniciativa de la Franja y la Ruta no es un programa de cooperación entre naciones, es el principal instrumento mediante el cual la oligarquía china exporta capital excedente a regiones menos desarrolladas, asegura fuentes de energía y materias primas, construye corredores comerciales y subordina a los Estados receptores a través de deuda, cláusulas contractuales cautivas y el control de infraestructura crítica durante décadas. En 2025, China firmó un volumen récord de contratos e inversiones bajo esta iniciativa, alcanzando los 213 mil millones de dólares en nuevos acuerdos. En América Latina y el Caribe, el comercio bilateral alcanzó los 495.000 millones de dólares en 2023 y la inversión directa acumulada en dos décadas supera los 160.000 millones. En diciembre de 2025, el gobierno chino publicó su tercer documento de política hacia América Latina, reafirmando su voluntad de construir una comunidad de futuro compartido con la región. Detrás del lenguaje diplomático, el mecanismo es el de toda expansión imperialista, capital que penetra, condiciona y subyuga, extrayendo valor y construyendo relaciones de dependencia que no difieren en su lógica de las que el imperialismo occidental instaló con otras formas y otros instrumentos. Venezuela es el ejemplo más descarnado de lo que está en juego en esa disputa. El país con las mayores reservas de petróleo del mundo es objeto de un bloqueo total de sus buques petroleros ordenado por Trump en diciembre de 2025, que incluye la incautación directa de cargamentos y una escalada militar con más de 15.000 efectivos norteamericanos desplegados en el Caribe y dos docenas de ataques contra embarcaciones en el Pacífico y el mar Caribe. Trump no ocultó su objetivo, ''nos quitaron el petróleo hace mucho tiempo y lo queremos de vuelta'', afirmó, reclamando también tierras y otros activos. Lo que está en disputa no es solo el crudo venezolano, son las reservas de gas, oro, hierro, aluminio y minerales estratégicos que Venezuela posee y que el imperialismo norteamericano pretende recuperar bajo su control directo. China, en ese cuadro, no es un aliado de Venezuela sino un comprador interesado en ese mismo crudo, y la disputa entre ambas potencias por el acceso a los recursos latinoamericanos, desde el litio boliviano hasta el petróleo venezolano, pasando por los puertos y la hidrovía argentina, es parte del mismo proceso de recolonización acelerada del continente que la izquierda argentina no ha sabido nombrar con precisión.
La izquierda argentina de tradición comunista-estalinista y postestalinista afronta esta realidad con un trasfondo ideológico particularmente limitante. El Partido Comunista Argentino participó en los foros de Xi Jinping en 2025, aplaudiendo el socialismo con características chinas como un referente de gran importancia para los países en desarrollo, en un acto de adhesión ideológica que no resiste el más mínimo análisis materialista. Ese discurso es exactamente lo que su nombre indica, un barniz ideológico que una burocracia convertida en burguesía estatal se aplica a sí misma para disimular que administra, con un aparato de partido único, las condiciones de explotación de cientos de millones de trabajadores que en 2025 salieron a protestar por salarios impagados y fueron respondidos con vigilancia policial. El Partido Comunista Revolucionario se sitúa en el polo opuesto y habla de socialimperialismo, una categoría maoísta recuperada del debate sino-soviético de la década de 1960, que capta mejor el carácter del poder imperialista de China, aunque lo hace desde un marco teórico que arrastra las rigideces del maoísmo y sus propias tradiciones institucionales. Entre ambos extremos, queda un espacio vacío para un análisis materialista, histórico y concreto de la China del siglo XXI que resulte políticamente útil para la clase trabajadora.
El trotskismo argentino organizado en el Frente de Izquierda y de los Trabajadores-Unidad plantea un problema teórico distinto, pero igualmente serio. Sus principales organizaciones reivindican el Programa de Transición que Trotsky elaboró en 1938 en un contexto histórico radicalmente diferente: Francia y la Europa reformista sumidas en una profunda crisis, el avance del fascismo como respuesta burguesa a dicha crisis, el agotamiento de la Segunda y la Tercera Internacional, y una clase obrera que el autor del programa consideraba objetivamente madura para la revolución, siendo el factor subjetivo el único elemento ausente. En ese marco específico, el Programa de Transición es una brillante herramienta teórica y política, estableció el método del puente entre las demandas inmediatas y el programa revolucionario, la dinámica de las demandas transitorias que parten de la conciencia real de la clase obrera para elevarla hacia los objetivos históricos del socialismo. Lo que se necesita hoy no es abandonar ese método ni revisarlo en un sentido reformista, y mucho menos derivar de él un revisionismo oportunista. Un temor que aparece inmediatamente en esta discusión, y que suele venir acompañado de la acusación de revisionismo, es el maltrato que la corriente de Nahuel Moreno hizo de dicho programa. Ese maltrato consistió, por un lado, en reinstalar en la práctica la vieja separación entre programa mínimo y programa máximo y en introducir etapas de supuesta inviabilidad de la revolución para adaptarse a corrientes oportunistas; y, por otro lado, en pasar de caracterizar al peronismo como un movimiento lumpen-fascista a apoyarlo mediante un entrismo del tipo “soldados de Perón”. Una de las muletillas de esta orientación es presentar una situación extraordinaria como no revolucionaria porque forma parte de un “todo” del proceso en el que su propio aparato no puede intervenir, ya sea por su propio autobombo o porque, en su esquema, “otros” deben intervenir primero para luego comprender y llegar a igualar el nivel teórico autoproclamado de dicho aparato. Lo que, en verdad, se necesita es aplicarlo rigurosamente a condiciones radicalmente diferentes, una era de reacción, ajuste y saqueo global regresivo donde la tendencia mundial dominante no es el auge del movimiento obrero, sino su subyugación, su fragmentación, su derrota política, expresada en el surgimiento de gobiernos reaccionarios a escala global y en el aplastamiento de las condiciones de vida y organización de la clase trabajadora. Confundir ambas etapas conduce a la producción de documentos programáticos que no interpretan la realidad concreta, sino que la reemplazan con una plantilla. La diferencia entre aplicar el método y congelar conclusiones coyunturales como si fueran leyes eternas es precisamente la diferencia entre vivir el marxismo y el marxismo como catecismo.
Una objeción frecuente merece una respuesta precisa antes de continuar. Si la burguesía tiene la iniciativa histórica, ¿cómo se explica la caída de gobiernos en América Latina, el declive histórico de la imagen de Trump y el deterioro de la popularidad de Milei? La pregunta parece contradecir la tesis, pero en realidad la confirma si se distinguen correctamente los planos que el análisis marxista jamás debe confundir, iniciativa de clase y estabilidad gubernamental. La iniciativa burguesa no implica estabilidad gubernamental, sino que define la agenda económica y política del momento, impone los términos del debate y promueve la transferencia de riqueza y el desmantelamiento de las conquistas obreras. En ese sentido, la burguesía mundial tiene la iniciativa hoy, los salarios reales caen, se recortan los derechos laborales, se privatizan los servicios públicos, la guerra redistribuye los recursos hacia el capital financiero y armamentístico, y la clase trabajadora no ha logrado revertir ninguno de estos procesos en ningún país importante del mundo hasta el momento. La descomposición es la otra cara de la moneda. Una burguesía que saquea sin construir consenso, que destruye las condiciones de vida sin ofrecer ninguna perspectiva, que gobierna en medio de una crisis estructural que no puede resolver por sí misma, inevitablemente genera rechazo, inestabilidad y caídas de gobierno. Pero esas caídas, cuando no existe una alternativa organizada de la clase trabajadora con su propio programa para liderarla, no revierten la iniciativa burguesa, simplemente reemplazan una administración burguesa desgastada por otra, o abren una crisis de gobernabilidad que la propia burguesía cierra a su manera. Bayrou cayó en Francia, pero no fue reemplazado por un gobierno obrero, sino por otra variante de la crisis burguesa francesa. Orbán cayó en Hungría, pero Magyar es de centroderecha proeuropea. La popularidad de Trump está en mínimos históricos, pero no ha producido ninguna alternativa de clase para llenar ese vacío. La imagen de Milei se deteriora, pero la CGT convoca marchas que la burocracia sindical controla para negociar con el propio gobierno, no para derrocarlo. El marxismo siempre ha distinguido entre iniciativa de clase, estabilidad gubernamental y crisis revolucionaria como tres momentos distintos de la lucha de clases. Puede darse una iniciativa burguesa plena con alta inestabilidad gubernamental, en tiempos de mayor reacción, los gobiernos tienden a caer precisamente porque el ajuste que la burguesía necesita imponer genera resistencia, pero esa resistencia aún carece de la organización, el programa o la dirección para transformarse en una ofensiva revolucionaria. Esa es precisamente la situación actual, los gobiernos reaccionarios generan su propio rechazo, pero la clase obrera se encuentra a la defensiva estratégica porque aún no tiene una dirección que transforme ese rechazo en poder. Si la izquierda argentina confunde la caída de un gobierno reaccionario con el fin de la iniciativa burguesa, producirá documentos que anuncien una situación prerrevolucionaria inexistente y que desorientarán a la vanguardia obrera en el momento en que más necesita claridad. Interpretar correctamente el escenario no es pesimismo, es la condición para prepararse para las luchas actuales y las que se avecinan.
Ante esta realidad, las tres principales corrientes de la izquierda argentina exhiben respuestas distintas que comparten una misma limitación, el análisis correcto de los datos no permite llegar a la conclusión política que de ellos se deriva. El Partido Obrero y su portal Prensa Obrera reconocen el carácter imperialista de China en documentos congresales, aunque con reservas. En el Informe Internacional para su XXVIII Congreso, señaló la existencia de exportaciones de capital y la presencia de multinacionales chinas en la periferia, pero relativizó la caracterización completa del imperialismo argumentando que el capital financiero aún no ha logrado desplazar a la burocracia estatal del PCCh como actor dominante. Esta postura reconoce los datos, pero retrasa la conclusión política justo donde más se necesita. Más recientemente, el PO ha denunciado con precisión el carácter colonial del presupuesto Milei, la entrada de importaciones chinas que destruyen la industria nacional y el avance del capital chino en la vía marítima, pero sin articular esa descripción específica con una caracterización de China como una potencia imperialista que tiene sus propios intereses que defender en Argentina y en la región. La contradicción entre el análisis inmediato y la caracterización del contexto produce documentos sólidos en el ámbito sindical y débiles en el estratégico. El PTS y La Izquierda Diario presentan un problema más acuciante. En abril de 2025 caracterizaron a China como un gigante de la sobreproducción capitalista, y en noviembre de 2025 organizaron debates internos sobre China y la Teoría de la Revolución Permanente. El fantasmín de Emilio Albamonte analiza la guerra imperialista contra Irán y sus circunstancias, pero evita formular a China como una potencia imperialista en toda regla. El resultado práctico es que La Izquierda Diario produce una cobertura de la guerra más cercana al antiimperialismo abstracto que a una política de clase contra dos polos imperialistas rivales, y el programa que ofrece a la clase trabajadora contra la guerra no distingue con precisión entre los intereses del imperialismo norteamericano y los de China en la Argentina concreta. Política Obrera y su portal homónimo constituyen la tendencia que más claramente ha avanzado en la dirección opuesta. Altamira sostiene en notas recientes que la guerra que se está desarrollando tiene un carácter global y que los protagonistas estratégicos son Estados Unidos y China. Al cierre del IV Congreso de Política Obrera el 19 de abril de 2026, insistió en oponer el reformismo de las consignas electorales de la FITU a las consignas del poder obrero, como la huelga general y el gobierno obrero, marcando la diferencia entre adaptarse a la etapa de reacción con un programa más reducido y proponer, desde la derrota, las tareas correspondientes a la independencia de clase. Sin embargo, la palabra interimperialista aún no aparece de forma explícita y sistemática en los documentos programáticos de la organización.y la caracterización de China oscila entre una potencia capitalista restauracionista en ascenso y el polo imperialista en toda regla, con todas las consecuencias políticas que ello implica.
Un ejemplo concreto de esta incapacidad analítica se desarrolla ante los ojos de la izquierda argentina en tiempo real y permanece sin ser procesado de manera coherente. Javier Milei, un gobierno que desde que llegó al poder en 2023 ha profundizado el ajuste más regresivo de las últimas décadas, sumiendo a la clase trabajadora argentina en el abismo del capitalismo con 270.000 empleos privados registrados perdidos hasta octubre de 2025 y una desindustrialización acelerada, mantiene una relación de conveniencia mutua con China que la izquierda no ha podido caracterizar políticamente. Las importaciones de origen chino crecieron un 109 por ciento entre enero y octubre de 2025 en comparación con el mismo período de 2024, las de automóviles chinos crecieron casi un 385 por ciento interanual, y BYD descargó miles de vehículos en el puerto de Zárate mientras el gobierno proclamaba la libertad de mercado y desmantelaba la industria nacional. En septiembre de 2025, China reafirmó su apoyo al gobierno de Milei, y el embajador Wang Wei enfatizó la cooperación en todos los aspectos y el papel de China como socio comercial clave y fuente importante de inversión. En Davos, en enero de 2026, el propio Milei describió a China como un gran socio comercial y señaló que Argentina no tenía otra opción que comerciar con ella. Esta relación demuestra en la práctica que el capital chino no discrimina ideológicamente a sus socios, apoya financieramente a un gobierno que está destruyendo el aparato industrial y los derechos de la clase trabajadora argentina, del mismo modo que cualquier potencia imperialista apoya a gobiernos que garantizan condiciones favorables para su capital, independientemente del impacto en la población trabajadora. Que el PCCh administre esta política con terminología comunista no altera en absoluto su carácter de clase. La burguesía argentina ya no tiene un proyecto nacional propio, actúa como ejecutora simultánea de proyectos imperialistas rivales, tanto norteamericanos como chinos, según la fracción de capital que le conviene en cada caso. Ante esta situación, la categoría de burguesía semicolonial susceptible a la presión resulta insuficiente. La realidad que se nos presenta se asemeja más a la de una clase dominante en proceso de convertirse en gestora colonial de dos imperialismos simultáneamente.
El movimiento obrero argentino se encuentra a la defensiva en términos estratégicos, y decirlo no es desmoralizador, es la condición para prepararse mejor para la lucha. Cuatro huelgas desde diciembre de 2023, la del 19 de febrero de 2026 con el transporte paralizado y 400 vuelos cancelados, una nueva convocatoria para el 30 de abril con una marcha a la Plaza de Mayo, un plenario nacional del sindicalismo combativo con casi 1.000 delegados en agosto de 2025 que aprobó un programa de lucha, todo esto demuestra que la resistencia existe y que el movimiento obrero recurre a sus métodos históricos. Pero la defensa estratégica y la resistencia táctica coexisten, y la diferencia entre ambas no es semántica, en la resistencia táctica se pueden ganar batallas parciales, pero sin una correcta caracterización del escenario y de los polos de poder a los que se enfrenta, esas batallas no se acumulan en una dirección política clara.
En notas sucesivas, se desarrollarán las implicaciones específicas de esta caracterización para la política del movimiento obrero argentino. La pregunta que permanece abierta, y que cada tendencia debe responder con honestidad teórica y política, es la siguiente, si las relaciones de producción en China son capitalistas, si la oligarquía del PCCh explota a la clase obrera más grande del mundo, trabajadores que en 2025 enfrentaron jornadas de doce horas, salarios impagos y represión policial cuando exigieron lo que les correspondía; si una crisis inmobiliaria que destruye los ahorros de decenas de millones de familias muestra el agotamiento del mercado interno y acelera la expansión del capital en el extranjero; si esa expansión opera sobre los países más débiles como dominación y no como cooperación; si su intervención en el Estrecho de Ormuz obedece a la defensa de sus propias condiciones de acumulación y no a la solidaridad con los oprimidos; si sus capitales apoyan activamente a un gobierno que sumerge a la clase obrera argentina en el ajuste más destructivo de su historia reciente; y si la guerra que la izquierda sigue llamando guerra contra Irán es en realidad una guerra de Trump y Estados Unidos con un trasfondo estratégico de disputa con China por el petróleo, las tierras raras y el control del comercio mundial, ¿qué justifica seguir tratando a ese polo como algo cualitativamente diferente del imperialismo? Y lo que es más importante: ¿a qué intereses de clase sirve esta confusión?

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