La derecha y ultra derecha española se derrumban por la guerra y por defender a Trump

 


Por Raúl Valle

La guerra con Irán no es un conflicto más en la periferia del sistema mundial. Ocurre lo siguiente: es, ante todo, una pieza central en la reconfiguración del orden económico y político global y, al mismo tiempo, un factor de desestabilización interna para las potencias que la impulsan. Desde el inicio de la ofensiva militar, los precios del petróleo han subido constantemente por encima de los 110 dólares por barril, alcanzando máximos de 130 dólares tras los ataques a instalaciones iraníes y las interrupciones intermitentes en el estrecho de Ormuz. Alrededor del 20% del petróleo comercializado en el mundo pasa por este cuello de botella geopolítico, y una parte creciente de ese flujo ha comenzado a negociarse en monedas distintas del dólar, principalmente en yuanes.

El impacto en la arquitectura financiera internacional es tan profundo como silencioso. En ese contexto, la participación del dólar en las reservas internacionales de los bancos centrales cayó al rango del 56%-57%, el nivel más bajo en tres décadas, en paralelo con un aumento sostenido de las tenencias de oro y, en menor medida, de yuanes. Lo que está en juego es la erosión de la fórmula que sostuvo la hegemonía estadounidense durante medio siglo, seguridad militar a cambio de la dolarización del comercio energético. De esta manera, la guerra, lejos de reforzar automáticamente esa ecuación, acelera el debate sobre el petroyuan, la diversificación de las reservas y el agotamiento de un modelo que ya no garantiza la estabilidad ni siquiera para los propios aliados de Washington.

En Estados Unidos, la guerra representa un arma de doble filo para Donald Trump. A corto plazo, el conflicto le permitió reconstruir parte de su imagen de "comandante en jefe" y consolidar el apoyo de su electorado más radical. Sin embargo, la inflación bélica, caracterizada por el aumento de los precios del combustible y la presión sobre los alimentos, perjudica a los trabajadores independientes y a los sectores populares, que ya sufrían de salarios estancados, deudas históricas con tarjetas de crédito y alquileres que en muchas áreas metropolitanas superan el 30%-40% de los ingresos familiares.

La paradoja es evidente. Trump intenta presentarse como el líder que "subyugó al antiguo imperialismo" marcando el ritmo de la guerra y condicionando a sus aliados, pero esa narrativa coexiste con un deterioro real de las condiciones de vida de la base social que le dio la victoria. Incluso podríamos decir que el trumpismo se apoya cada vez más en una retórica épica externa para ocultar una crisis social interna que se mide en pobreza infantil, deuda estudiantil, déficit de vivienda y sufrimiento cotidiano.

La dimensión europea de la crisis, y en particular el caso español, añadió una tensión inesperada que puso al descubierto las contradicciones más profundas de la derecha y la ultraderecha ibéricas. España emergió como un actor diplomático inesperado al oponerse a la escalada militar en foros internacionales, articulando un discurso crítico sobre la guerra, su impacto humanitario y el coste económico para la población europea. Esta postura obligó a Washington a moderar su expectativa de una alineación automática con la Unión Europea, pero también generó un terremoto político en España.

El gobierno de Sánchez condena enérgicamente la guerra de Gaza, aunque durante más de un año siguió firmando contratos millonarios con Israel. Solo bajo presión canceló parte de esos acuerdos, si bien el negocio no se interrumpió por completo. Asimismo, supo capitalizar de forma oportunista el creciente rechazo social a la guerra. Según encuestas realizadas tras el inicio del conflicto, más del 60% de la población española se manifestó en contra de cualquier participación en una escalada bélica, mientras que la mayoría advirtió que la guerra afectaría a la economía familiar debido al aumento del consumo de energía y alimentos.

Pero fue la reacción de la derecha española la que acabó convirtiendo este escenario en una crisis política de primera magnitud. El PP y Vox se alinearon sin matices con la lógica de la guerra y con el discurso de Trump sobre la defensa de Occidente, la lucha contra Irán y el fortalecimiento del vínculo atlántico. Así, quedaron expuestos como fuerzas dispuestas a apoyar una guerra impopular y la agenda de un presidente extranjero antes de que este sintiera el respaldo de la mayoría de su propia sociedad.

Las movilizaciones contra la guerra congregaron a cientos de miles de personas en las principales ciudades españolas. En Madrid, Barcelona, ​​Valencia, Sevilla y Bilbao, las calles se llenaron de jóvenes, obreros y jubilados que coreaban consignas de rechazo a la intervención militar. Cabe aclarar, por si acaso, que la ausencia de los dirigentes del PP y Vox en esas movilizaciones, o peor aún, sus justificaciones públicas de la guerra, quedaron grabadas en la memoria colectiva.

El ridículo ante la sociedad española se agudizó cuando ambos partidos intentaron retractarse sin reconocer su error. Declaraciones posteriores, de tono más moderado, chocaron con sus posturas iniciales de apoyo explícito a la escalada. En Vox, además, la contradicción se hizo aún más evidente cuando parte de sus votantes comenzó a cuestionar por qué tenían que pagar combustibles más caros para financiar una guerra en el extranjero.

La crisis desatada por la guerra no fue solo un conflicto diplomático entre el gobierno español y la oposición. Fue, en esencia, la explosión de una contradicción que la derecha española arrastraba desde hacía años, su incapacidad para construir su propia narrativa ante los grandes problemas geopolíticos y su subordinación práctica a los designios de Washington y la lógica de la OTAN. La derecha española también se encontraba rezagada con respecto a la propia derecha europea, figuras como la italiana Giorgia Meloni dieron un giro crítico al denegar permisos para ataques desde su base de Sigonella y declarar que el país "no está en guerra ni tiene intención de estarlo". En Francia, Marine Le Pen calificó los ataques de "catastróficos". En Alemania, la cúpula de la ultraderechista AfD advirtió sobre las consecuencias económicas de la guerra y llegó a pedir la salida de las tropas estadounidenses, mientras que el canciller Friedrich Merz expresó dudas sobre el éxito de la estrategia militar. En Reino Unido, el laborista Keir Starmer rechazó participar en operaciones ofensivas, limitando el uso de bases británicas a misiones defensivas.

El coste político para PP y Vox también empezó a reflejarse en las encuestas. PP cayó varios puntos respecto a sus mejores resultados preconflicto, y Vox también retrocedió, mientras que la abstención aumentó entre los votantes de centroderecha. De hecho, más allá de las cifras, la desconexión de esa derecha con las preocupaciones materiales de sus propias bases sociales es evidente (No se preocupa de los inquilinos, y sus dirigentes, muchos, son dueños de inmobiliarias)

Mientras los dirigentes del PP y Vox se mostraban en los medios internacionales alineándose con Trump, en los barrios populares de Madrid, Valencia o Sevilla, los trabajadores veían aumentar el precio del diésel, nafta, alquileres y la cesta de la compra. La vivienda, además, se convirtió en otro indicador del malestar, el precio del alquiler subió considerablemente en las principales ciudades, mientras que los salarios medios se quedaron muy rezagados. Más de 2,5 millones de jóvenes españoles de entre 18 y 35 años siguen viviendo con sus padres ante la imposibilidad de emanciparse.

La ironía reside en que, al alinearse con la guerra promovida por Trump, PP y Vox terminaron defendiendo los intereses de las grandes empresas energéticas y armamentísticas que se beneficiaron del conflicto. Las empresas de defensa incrementaron su facturación y las petroleras registraron beneficios extraordinarios, mientras que las familias españolas destinaban una parte cada vez mayor de sus ingresos a cubrir los gastos energéticos. Es decir, ganancias récord por encima y ajuste diario por debajo.

El absurdo se hizo aún más evidente cuando la ultraderecha europea intentó mostrar cohesión en Madrid con un acto conjunto de sus principales referentes. Lo que pretendía ser una demostración de fuerza acabó revelando sus contradicciones, dentro se hablaba de civilización occidental y de apoyo a Estados Unidos; fuera, miles de manifestantes denunciaban la guerra y la subordinación de España a intereses extranjeros.

Las consecuencias de esta crisis de credibilidad no se limitaron al descenso de la intención de voto. Además, la derecha española perdió uno de sus activos más importantes, la capacidad de presentarse como una alternativa sensata y moderada. Al estar alineada con una guerra impopular y con un Trump cuya política comercial también comenzaba a perjudicar los intereses productivos españoles, esa imagen de sentido común quedó seriamente dañada.

En el ámbito electoral, el desgaste político se tradujo en reveses visibles y victorias simbólicas para el oficialismo en distintos territorios. Por otro lado, en comunidades con tradiciones políticas muy diferentes, comenzó a observarse un giro del voto de centroderecha hacia posturas más críticas con la guerra. En este contexto, el discurso pacifista del gobierno encontró eco incluso en sectores que no necesariamente lo apoyaban en otros temas.

El choque entre la agenda bélica y el malestar social también impregna la base reaccionaria de Trump, pero en España adquirió una forma más aguda debido a la distancia geográfica y cultural del conflicto. Para muchos votantes españoles de derecha, la guerra con Irán es un problema lejano que, sin embargo, se ha hecho sentir en sus bolsillos a través de la inflación, los altos precios de la energía y la incertidumbre económica. Y cuando sus líderes aparecieron defendiendo esa guerra con más entusiasmo que el propio gobierno español, la brecha entre la dirigencia y la base social se hizo innegable.

Bueno, continuemos. Hoy, mientras Trump profundiza su ofensiva proteccionista contra Europa y amenaza con nuevos aranceles que podrían afectar seriamente al sector exportador agrícola español, la derecha española aún no ha resuelto su contradicción fundamental. No se puede criticar a Trump sin cuestionar su alineación con la guerra, y no se puede mantener esa alineación sin seguir pagando el precio político de una postura que gran parte de la sociedad española ya ha ridiculizado.

Desde esta perspectiva, la guerra con Irán, lejos de unificar a la derecha occidental bajo la bandera de Trump, abrió profundas fisuras en su seno. En España, esas fisuras se hicieron visibles, PP y Vox cayeron en su propia trampa, defendiendo los intereses de las petroleras y las empresas armamentísticas mientras sus votantes veían cómo la vida se encarecía. En definitiva, el ridículo sufrido por la sociedad española no fue accidental, sino la consecuencia lógica de una política que priorizó la lealtad a Washington sobre las necesidades concretas de la gente. Y esa lección, para la derecha española, podría resultar muy costosa en los años venideros.

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