El aumento de la demencia en la sociedad capitalista. Una salida.
Por Raúl Valle
La demencia no emerge de la nada. No es la nada misma. Emerge en una sociedad, en una forma histórica de organización de la producción, del trabajo, del cuidado y del tiempo humano, y ese origen social es precisamente lo que la ideología dominante se encarga de neutralizar. Los números son contundentes, en 2021 vivían con demencia 57 millones de personas en todo el mundo, de las cuales más del 60% se concentraban en países de ingreso mediano y bajo. Cada año se registran cerca de 10 millones de casos nuevos, y la proyección indica que esa cifra ascenderá a 78 millones para 2030 y a 139 millones para 2050, con un costo global que en 2017 ya superaba los 818.000 millones de dólares anuales, equivalente a más del 1% del producto bruto mundial. La enfermedad de Alzheimer explica entre el 60% y el 70% de esos casos, y en las Américas 10,3 millones de personas conviven actualmente con alguna forma de demencia. En Argentina, el PRONADIAL —Programa Nacional de Datos, Docencia e Investigación en Enfermedad de Alzheimer, radicado en la Facultad de Medicina de la UBA bajo la dirección del Prof. Dr. Luis Ignacio Brusco— estima más de 500.000 personas con Alzheimer en Argentina, con mayor prevalencia en mujeres y en población urbana, y subraya que la prevalencia de la enfermedad se duplica cada cinco años a partir de los 60 años de edad. El mismo programa, en su investigación AGA-ALZAR-PRONADIAL en colaboración con el CONICET y la Fundación Leloir, estudia marcadores genéticos para diagnóstico molecular en una serie de 1.220 sujetos de cinco regiones del país. Si bien la investigación biomédica avanza en comprender los mecanismos moleculares —el equipo de Brusco logró transformar células de piel de pacientes en neuronas para estudiar el origen mitocondrial del Alzheimer—, la pregunta que ese paradigma no puede responder solo es la siguiente: ¿por qué esta epidemia crece en el corazón de las sociedades más ricas, en las que el capitalismo llegó a su mayor desarrollo? La respuesta exige una lectura que articule biología y política, neurología y estructura de clases, y esa articulación comienza por desnaturalizar lo que el sistema presenta como destino inevitable.
El capitalismo como productor material de demencia se vuelve visible en cuanto se desmonta la operación ideológica que presenta el deterioro cognitivo como simple consecuencia del envejecimiento biológico. El propio documento fundacional del PRONADIAL establece que la dinámica demográfica y el crecimiento de la esperanza de vida son el resultado de transformaciones sociohistórica, en Argentina, esa esperanza pasó de 48,5 años en 1914 a 75,24 en 2010, y la población mayor de 60 años suma 5.725.838 personas, el 14,27% del total. En países subdesarrollados, el aumento de casos de demencia entre 2001 y 2040 se estima en un 300%, frente al 100% en países desarrollados. Esta asimetría no puede atribuirse a causas genéticas, responde al modo en que el capitalismo periférico combina envejecimiento poblacional con ausencia de sistemas de cuidado, precariedad laboral extendida, soledad urbana y acceso desigual a diagnóstico y tratamiento. A estos factores se suma una evidencia científica reciente que viene a confirmar la tesis desde un ángulo inesperado: en julio de 2025, una investigación publicada en The Lancet Planetary Health presentó el metaanálisis más amplio realizado hasta la fecha sobre contaminación del aire y demencia, llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Cambridge a partir de 51 estudios que incorporan datos de casi 30 millones de personas en cuatro continentes. Los resultados son inequívocos: por cada 10 microgramos por metro cúbico de aumento en la exposición sostenida a partículas finas PM2.5, el riesgo relativo de desarrollar demencia aumenta en torno al 17%; para el dióxido de nitrógeno el incremento es menor pero consistente, y para el hollín el riesgo también se eleva de forma significativa. La contaminación del aire no es un fenómeno natural, es el resultado directo del modelo de producción capitalista, basado en la quema de combustibles fósiles, la producción industrial sin control y la urbanización desigual. Las poblaciones más expuestas no eligen respirar aire tóxico: son las que viven cerca de rutas, fábricas y zonas de sacrificio, generalmente barrios obreros y periferias urbanas. La ciencia confirma así que el capitalismo no solo produce demencia a través del estrés y el aislamiento, sino también a través del aire que obliga a respirar a las clases trabajadoras, y que ese daño neurológico es acumulativo, silencioso y socialmente determinado.
Esa producción estructural del daño biológico opera con un mecanismo complementario, la conversión del síntoma social en patología individual. En la sociedad capitalista, el estrés crónico, las jornadas extenuantes, la precariedad, el aislamiento y la sobrecarga del trabajo de cuidado —distribuido desigualmente sobre mujeres y familias empobrecidas— son condiciones producidas por la estructura, no por elecciones personales. Sin embargo, el discurso hegemónico de la salud las recodifica como problemas de “gestión del estrés”, “estilos de vida”, “resiliencia” o “genética individual”. La propia definición oficial de salud mental como capacidad de “tolerar las tensiones de la vida y trabajar de forma productiva” implica que quien no lo logra queda marcado como “enfermo” por inadaptación. Esa definición es funcional al capital, transforma relaciones de producción en atributos del sujeto. El deterioro cognitivo y las demencias no escapan a esa matriz, se presentan como fallas biológicas individuales, no como consecuencias de décadas de sobreexplotación, empobrecimiento, contaminación y desarticulación de los lazos comunitarios que el capitalismo disuelve para reconstituirlos como mercancía. Lo que el sistema llama “enfermedad del individuo” es, en rigor, la firma biológica de las condiciones que el propio sistema impone.
Esa dinámica alcanza incluso a los propios cuadros del sistema dominante, y allí se revela una de las contradicciones más agudas del capitalismo tardío. En la actualidad de la lumpen-burguesía de Milei y sus cuadros intermedios tanto sea del sector privado como público—gerencias, funcionarios, burócratas, elites técnicas, económicas y políticas— habitan el mismo sistema que producen. En la fase actual del capitalismo cognitivo en descomposición, la demanda de rendimiento intelectual es permanente e ilimitada, pero vaciada de contenido creativo auténtico, se trata de administrar, gestionar y reproducir un orden que ya no puede generar nuevas ideas movilizadoras para las mayorías. La investigación sobre capitalismo cognitivo y estrés laboral confirma que incluso los estratos “superiores” de la estructura de conocimiento padecen alienación, precariedad y daños constantes a la salud en el sistema que supuestamente gobiernan. Cuando un sistema no tiene fuerza para crear un horizonte de ideas para las masas, sus cuadros se refugian en la fuerza directa, en la impunidad, el espectáculo superficial, el deporte para ricos y la evasión. Ese repliegue de la producción intelectual a la reacción y el entretenimiento vanal no es un accidente, es el síntoma de una clase dirigente que ha dejado de poder pensar el mundo que administra, y que por eso niega sistemáticamente el proceso de creación de nuevas ideas para las masas trabajadoras. La clausura cognitiva de los cuadros dominantes no es solo política, es también neurológica, y la epidemia de demencias que el sistema gestiona sin explicar es, en parte, su propia cosecha.
Esta descomposición no es exclusiva de los cuadros burgueses como los de Milei y el peronismo. En Argentina, el mismo proceso puede observarse en ciertos aparatos que formalmente se reclaman de izquierdas. El PTS y el Partido Obrero oficial que atraviesan la cooptación de muchos cuadros de la burguesía que se resisten a la descomposición y optan por una salida socialista, con muchos luchadores y trabajadores/as en formación pero que en la actualidad transitan una contradicción propia en sus propias bases luchadoras y clasistas, que expresan cada vez con mayor intensidad, la distancia en conjunto entre una militancia obrera que empuja hacia la acción directa y una dirección que tiende al centrismo, al cálculo electoral y a la preservación del espacio institucional por encima del programa. Esa contradicción tiene una expresión concreta y documentada, cuando el gobierno de Milei impulsó la Ley Bases en junio de 2024, y una parte de la reforma laboral mileísta incluida en ese paquete —orientada a flexibilizar derechos y abaratar el costo del trabajo— fue aprobada en el Senado con empate 36-36, desempatado por la vicepresidenta Villarruel, con tres senadores peronistas —Moisés (Jujuy), Mendoza (Tucumán) y Andrada (Catamarca)— votando a favor del RIGI, el capítulo que entrega los recursos naturales a megainversiones externas por 30 años bajo condiciones coloniales. Frente a ese ataque de sumo otro histórico, fue que el peronismo dio los votos necesarios para votar la Reforma Laboral, otro ataque a los derechos de los trabajadores, la CGT no convocó un plan de lucha sostenido sino que apeló judicialmente la reforma laboral que no sirvió para nada, y se negó a convocar a la huelga general, y solo organizó movilizaciones puntuales, sin romper con el peronismo que le dio los votos necesarios para que la ley avanzara. El problema de fondo es que la CGT no puede romper con el peronismo porque es su columna vertebral histórica, y el peronismo no puede oponerse de manera consecuente a una reforma laboral que responde a los mismos intereses de clase que él mismo representó en el poder durante décadas. Crear ilusiones en que la dirección de la CGT, sin ruptura con el peronismo, pueda encabezar un verdadero plan de lucha, es una forma de centrismo que desorienta a la vanguardia obrera y que, en los términos de este análisis, reproduce en el plano político el mismo mecanismo que el capitalismo usa en el plano neurológico, ocultar la causa estructural del daño para que el sujeto que la padece no pueda combatirla.
Es en ese punto donde aparece la figura del contestatario o militante de izquierda como sujeto de cambio y, con ella, la operación ideológica más refinada del sistema. El opositor radical —quien organiza la crítica desde las masas, quien construye programa teórico para la clase trabajadora— recibe el mismo tratamiento que el malestar individual, se patologiza. Quien nombra la explotación, quien denuncia la alienación, quien no acepta la naturalización de la decadencia, es catalogado de “dogmático”, “fanático”, "vehemente'', “anacrónico” o, en el límite, de “desequilibrado”. Esa operación no es inocente, actúa como aislamiento social y deslegitimación profesional, intentando producir el mismo efecto que el diagnóstico psiquiátrico produce sobre el individuo, separarlo de su entorno y neutralizarlo. Lo que el sistema diagnostica como “aislamiento patológico” es, muchas veces, el trabajo de acumulación teórica que precede a cada ciclo de ascenso de las luchas populares. La creatividad individual vinculada a las masas genera terror en el orden dominante, que por eso intenta estigmatizarla bajo el paraguas de la “locura” o el “fanatismo”. Pero esa estigmatización es también la confirmación de que la crítica toca intereses materiales profundos, la intensidad de la patologización es, en cierto modo, un indicador del nivel de amenaza que el contestatario representa para el orden vigente. Y en esa tensión entre el intento de neutralización y la resistencia activa se juega, también, una disputa neurológica y cognitiva que el sistema no puede ganar si el contestatario no pierde el vínculo con las masas.
La dialéctica de la lucha de clases transforma ese intento de neutralización en su contrario, bajo una condición precisa. En los períodos de reflujo, el intelectual de izquierdas que resiste el aislamiento sin claudicar produce un proceso de profundización teórica que fortalece su capacidad de intervención cuando la situación vuelve a madurar. Esa fortaleza tiene, no obstante, una condición decisiva y no negociable, debe estar ligada orgánicamente a las masas, no al aparato. El intelectual que se vincula únicamente al aparato burocrático —partido, Estado, institución— tiende a reproducir las mismas dinámicas de clausura cognitiva y aislamiento en casta que caracterizan a los cuadros del sistema que critica. Solo el vínculo vivo con las masas en movimiento, con sus demandas reales, con su experiencia histórica acumulada, garantiza que la profundización teórica en el reflujo no degenere en sectarismo o en elitismo intelectual. Es precisamente en ese proceso —cuando el reflujo ya no puede detener la maduración del nuevo programa teórico, cuando la acumulación en la adversidad alcanza un punto de inflexión— que el intelectual orgánico de la clase pasa a ser constructor orgánico de la clase: el que ya no solo interpreta el movimiento sino que articula el andamio conceptual y político sobre el cual las masas pueden apoyarse para el próximo ascenso. Esa transición no es automática ni individual, es el resultado de sostener el vínculo con las masas a lo largo del reflujo, sin abandonar la producción teórica y sin confundirla con la fidelidad al aparato.
La diferencia neurológica y cognitiva entre el constructor orgánico y el cuadro burgués en decadencia no es metafórica, tiene una base material. Mientras la aceptación de la decadencia del sistema conduce a sus cuadros superiores e intermedios al repliegue en rutinas, privilegios y evasión —con el consiguiente deterioro de las funciones cognitivas superiores (creatividad, pensamiento crítico, producción de largo aliento)—, el constructor orgánico ligado a las masas sostiene esas funciones en condiciones de alta demanda y adversidad. La investigación en neurociencia confirma que el cerebro que deja de crear, de cuestionar y de proyectar envejece más rápido, el uso sostenido de funciones cognitivas complejas —lenguaje argumentativo, planificación estratégica, síntesis teórica— actúa como factor protector frente al deterioro. El aislamiento en castas, burocracias y elites no es un accidente de carácter sino la forma organizativa que el capital tardío adopta para gestionar su propia descomposición sin enfrentarla, y ese aislamiento tiene costos neurológicos objetivos que la epidemiología de la demencia comienza a documentar. La epidemia de demencias no afecta por igual a todos los estratos, afecta de manera diferenciada según cómo se organiza el pensamiento, el vínculo y el sentido en cada posición de la estructura de clases.
La aceptación de la decadencia como vector de demencia en las elites se revela entonces como un proceso de doble movimiento. Las elites, las burocracias y las castas que administran el capitalismo tardío enfrentan una contradicción irresoluble, son dirigentes de un sistema que ya no puede prometer nada nuevo a las mayorías. Esa incapacidad generativa las empuja a replegarse en privilegios, rutinas y dispositivos de evasión que, en términos cognitivos, equivalen a la clausura del pensamiento. El capitalismo cognitivo, en lugar de liberar la creatividad intelectual, la somete a una lógica de rendimiento que termina destruyendo las condiciones mismas de la producción intelectual genuina, aliena a sus propios cuadros, los somete a estrés crónico, los priva de sentido y los condena, en el largo plazo, al mismo deterioro cognitivo que produce en el conjunto de la población que explota. La epidemia de demencias es, en ese sentido, también la epidemia de un sistema que ya no puede pensarse a sí mismo, que ha clausurado la creación colectiva y la reemplazó por la administración del declive.
Frente a este panorama, el programa de salud pública enfrenta un límite estructural que sus propios datos permiten vislumbrar. El PRONADIAL reconoce que los costos del cuidado de demencias ascendieron a 604 mil millones de dólares anuales en 2010 a nivel mundial, representando más del 1% del PBI global, y que por cada enfermo dos familiares se afectan psicológicamente y el 40% de ellos debe dejar de trabajar. El programa plantea metas legítimas, bases de datos epidemiológicos, capacitación interdisciplinaria, fortalecimiento del rol de la universidad pública, líneas de investigación orientadas a la calidad de vida. Son avances reales, y la articulación entre PRONADIAL, CONICET y la Fundación Leloir representa lo mejor del modelo de universidad pública nacional al servicio del bien común. Pero ningún programa técnico-científico puede, por sí solo, responder la pregunta que el dato epidemiológico impone: ¿por qué la epidemia crece exponencialmente en el contexto del sistema que acumula más riqueza en la historia de la humanidad? La respuesta exige ir más allá del paradigma biomédico e interrogar las relaciones de producción, la organización del cuidado como trabajo no remunerado y feminizado, la privatización de la vejez, la contaminación como producto del modelo energético capitalista y la destrucción de los lazos comunitarios que el capitalismo disuelve sistemáticamente. Sin esa interrogación, la salud pública administra los síntomas sin tocar la enfermedad.
El recorrido completo desemboca en una tesis que es a la vez política, neurológica e histórica. Si el capitalismo actúa como una enfermedad estructural que produce daño biológico y cognitivo en sus propios cuadros —al cerrar la creatividad, aislarlos en castas y negarles el vínculo con las mayorías—, y si al mismo tiempo intenta patologizar al contestatario que desarrolla exactamente las funciones que el sistema destruye en los suyos, entonces la lucha de clases tiene también una dimensión neurológica y cognitiva que no puede ignorarse. El intelectual orgánico ligado a las masas —no al aparato— resiste mejor el deterioro porque ejerce, en condiciones de adversidad, precisamente las funciones que protegen el cerebro: creatividad sostenida, producción de largo aliento, vínculo comunitario, síntesis teórica al servicio de un proyecto colectivo. La advertencia es tan importante como la tesis, esa resistencia desaparece en el momento en que el lazo con las masas se reemplaza por la fidelidad al aparato. Cuando eso sucede, el intelectual que se pretendía contestatario reproduce, en su propia práctica cognitiva, la misma clausura que lo llevará al mismo destino que los cuadros del orden que alguna vez quiso transformar.
La pregunta que sigue es si esa ventaja cognitiva sobrevive cuando el sistema expulsa al intelectual de su estructura productiva. La respuesta es que sí, pero bajo una condición precisa, que el sujeto construya una vida propia con lazos teóricos activos, puentes de solidaridad, diálogo sostenido y capacidad de acompañar los tiempos de maduración política sin desesperarse ni capitular. El que espera sentado el ascenso de las masas para volver a pensar, se deteriora. El que construye durante el reflujo, llega vivo al momento en que las masas vuelven a moverse, y llega con el andamio ya armado.
Y entonces aparece la figura que sintetiza todo el recorrido: la del constructor orgánico o la constructora orgánica de la clase. El intelectual orgánico de la clase que no cae en el aparato ni se destruye en el aislamiento no es el cuadro que obedece ni el ermitaño que teoriza solo. Es el que construye sin tener el andamio, el que produce no documentos para una burocracia sino lazos, entre generaciones de militantes, entre experiencias de lucha dispersas, entre teoría acumulada y nueva demanda social que todavía no sabe nombrarse a sí misma. Esa figura madura precisamente en el reflujo, cuando el proceso teórico alcanza el punto de inflexión en el que ya no alcanza con interpretar el movimiento sino que es necesario articular el programa sobre el cual el próximo ascenso pueda apoyarse, el intelectual orgánico se convierte en constructor orgánico. Esa transición no se produce en los aparatos sino en el vínculo vivo con las masas, y tiene, neurológicamente, exactamente el perfil protector que la epidemiología de la demencia describe como factor de resistencia: propósito sostenido, vínculo social activo, producción de sentido colectivo, desafío cognitivo permanente sin la rigidez del rendimiento impuesto.
La expulsión del aparato, que el sistema produce como castigo, puede funcionar entonces como liberación cognitiva si el sujeto la atraviesa con la identidad intacta. El aparato —cualquier aparato más allá del contenido de clase, sindical, partidario, universitario— funciona cognitivamente como el capitalismo que critica, impone rutina, clausura el disenso, premia la reproducción del orden interno y penaliza la creatividad disruptiva. El que es expulsado pierde, algunos la renta y el carnet, otros, el prestigio, o se lo acusa de salirse del partido o no cotizar, o la burocracia más podridas acusan al militante que refuta de policía o servicio, condenándolos al ostracismo, pero recupera la pregunta. Y la pregunta es lo que protege el cerebro, no la respuesta.
Los puentes de solidaridad que el constructor orgánico o la constructora orgánica tiende no son solo éticos ni solo políticos, son también neurológicos en el sentido más literal. Cada conversación real con alguien que piensa distinto dentro del mismo campo popular, cada lectura compartida con un estudiante que recién descubre que el mundo no empezó ayer, cada carta escrita para alguien que está solo en un período de reflujo, activa exactamente el circuito cognitivo que el aislamiento en casta destruye en los cuadros burgueses. La solidaridad orgánica no es un gesto moral añadido al trabajo político, es el metabolismo cognitivo del intelectual que quiere llegar viejo pensando. La escala no importa para el cerebro: importa que el puente esté vivo.
Una experiencia histórica de lucha, cuando es vivida con intensidad colectiva y procesada teóricamente, no desaparece con el reflujo. Queda para siempre. Queda en la memoria del sujeto, en los textos que produjo, en los lazos que construyó, pero también —y aquí entra la hipótesis que la neurociencia contemporánea empieza a sugerir— queda inscripta en las marcas epigenéticas que el estrés, la resistencia y el vínculo solidario dejan en la biología del organismo. La experiencia histórica de lucha es, en ese sentido, una forma de inmunidad adquirida, no inmunidad frente al dolor o la derrota, sino frente a la claudicación cognitiva, frente al deterioro que produce la aceptación pasiva de un orden capitalista que se presenta como eterno. Lo que el ADN no registra como dato genético, lo registra como huella epigenética del sujeto que resistió. Y esa huella es transmisible, no por herencia biológica directa, sino por el tejido que el constructor orgánico levanta entre generaciones, que es la única forma de herencia que la lucha de clases conoce y que ningún aparato puede expropiar del todo.
Eso conduce a la conclusión más profunda de nuestro recorrido: el constructor orgánico o la constructora orgánica no necesita que le devuelvan los medios de producción porque nunca los perdió del todo. El medio de producción del intelectual orgánico/a es el cerebro en vínculo con otros cerebros. Es la única maquinaria que el capital no puede expropiar completamente, porque cada vez que intenta hacerlo —patologizando, aislando, burocratizando, despidiendo— lo que hace es acelerar su propio deterioro cognitivo y confirmar la vitalidad del que resiste. El sistema puede quedarse con la fábrica, con la universidad, con el sindicato, con el partido. Pero no puede quedarse con la acumulación histórica de experiencia que vive en los sujetos que construyen lazos entre generaciones. Y a diferencia del capitalista, cuyo medio de producción se deprecia si no lo usa o si lo usa mal, el nuestro se aprecia con el uso colectivo. Cada debate, cada aula, cada texto compartido, cada puente de solidaridad en el reflujo, no gasta el medio de producción sino que lo potencia. La plusvalía que generamos no se la apropia nadie porque no tiene forma de mercancía, es conciencia de clase, es memoria histórica, es programa político, es esa huella epigenética que se transmite sin patente ni copyright. Somos, en ese sentido preciso, los únicos productores cuyo capital fijo crece cuando lo compartimos y se deteriora cuando lo acumulamos en soledad o lo ponemos al servicio del aparato. Y eso no es solo una posición política, es también, en los hechos, la mejor profilaxis contra la demencia que tiene la sociedad de clases mientras exista el capitalismo. Por la revolución socialista.

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