Con la AFL‑CIO en silencio, crece el frente contra Trump y la guerra con Irán
Por Raúl Valle
La guerra de Trump contra Irán, incluso bajo la forma de alto el fuego provisorio y negociaciones en Islamabad, sigue operando como una guerra abierta hacia afuera y hacia adentro. Hacia afuera, porque mantiene el bloqueo a los puertos iraníes, la presencia militar en el Estrecho de Ormuz —clave para casi una quinta parte del petróleo mundial— y un ritmo de gasto que ya ronda los 200.000 millones de dólares en pocas semanas: más de 100.000 millones en los primeros seis días, unos 160.000 millones hacia el día doce, entre 170.000 y 200.000 millones al mes, más suplementos presupuestarios de decenas de miles de millones para reposición de arsenales y créditos de guerra. Hacia adentro, porque ese drenaje se traduce en un impacto agregado estimado en 210.000 millones en los primeros cuatro días, una caída de aproximadamente 4.000 millones en la recaudación fiscal y proyecciones de destrucción de unos 10.000 empleos mensuales, con una probabilidad de recesión cercana al 50%. Es decir, la “paz” parcial no suspende la lógica de guerra: simplemente la disfraza mientras siguen circulando armas, barcos de guerra y paquetes presupuestarios.
En este marco, las encuestas marcan una disociación profunda entre la política oficial y la mayoría social. Mediciones como las de Marist Poll muestran que alrededor del 56% de los estadounidenses se opone a la guerra con Irán, frente a un 44% que la apoya. Estudios tipo Quinnipiac señalan que cerca del 74% rechaza enviar tropas terrestres, incluyendo amplias franjas de votantes republicanos. Sondeos de YouGov, Pew y otros institutos sitúan en torno al 60% el porcentaje de quienes consideran que la ofensiva militar “ha ido demasiado lejos” o “no hace al país más seguro”, y en tres cuartas partes el de quienes están “preocupados” o “muy preocupados” por un exceso de involucramiento. Sobre este telón de fondo, la aprobación de Trump cae por debajo del 40%, mientras la desaprobación se sitúa en el rango del 55–60%, niveles que lo convierten en el presidente más impopular en guerra desde Vietnam. Esta combinación —guerra cara e impopular, presidente en minoría— no es un dato más, es el terreno en el que cualquier sacudida puede disparar una respuesta social abrupta.
Frente a este cuadro, nuestra tesis es que existe ya un germen concreto de movimiento anti‑guerra con capacidad de transformarse en acción directa de masas contra el aparato militar‑industrial. Ese germen tiene nombres propios. Por un lado, los excombatientes organizados en About Face: Veterans Against the War y Veterans For Peace, procedentes de estados obreros y rurales como California, Nueva York, Ohio, Pensilvania, Carolina del Norte y otros, que ocuparon el Cannon House Office Building con un centenar de personas y alrededor de sesenta detenciones, levantando carteles de “End the War on Iran” y “We Can’t Afford Another War”. Por otro, el movimiento estudiantil y académico por Palestina, que ha instalado acampes en docenas de campus, ha sufrido miles de detenciones, suspensiones y expulsiones, y ha puesto en el centro la complicidad de las universidades con el complejo militar‑industrial y con empresas como Lockheed Martin, Raytheon, Boeing o General Dynamics. Finalmente, una clase trabajadora cada vez más inmigrante y precarizada, golpeada por una inflación que encarece la gasolina, el diésel, los alimentos y los alquileres, que observa cómo se aprueban paquetes de 100.000 o 200.000 millones de dólares para el Pentágono mientras se recortan subsidios, programas sociales y presupuestos escolares y hospitalarios.
En el medio de estos tres polos se ubica la dirección de la AFL‑CIO y de los grandes sindicatos —United Auto Workers, Teamsters, United Steelworkers, AFSCME, SEIU, NEA, AFT, entre otros— que han elegido situarse del lado del orden imperial, no han convocado a ni una sola jornada nacional contra la guerra, no han organizado paros en puertos ni en aeropuertos para frenar embarques de armas, no han llamado a piquetes frente a plantas de Raytheon, Lockheed, Northrop Grumman o Boeing, no han impulsado boicots sindicales a las cadenas logísticas de armamento. En conflictos más recientes, como el apoyo a Israel y la guerra en Gaza, la tónica vuelve a ser de ambigüedad y bloqueo: cuando consejos laborales locales, como el de la Bahía de San Francisco, aprobaron resoluciones a favor de un alto el fuego, de cortar vínculos con la central israelí Histadrut o de desinvertir en empresas vinculadas a la ocupación, la dirección nacional intervino para anularlas o desautorizarlas, alegando que no se ajustaban a la línea oficial y que la política hacia Israel y Palestina se define exclusivamente a nivel nacional. La AFL‑CIO mantuvo sus relaciones con la Histadrut y no llamó a acciones sindicales específicas contra la producción o el envío de armas a Israel, del mismo modo que hoy evita cualquier campaña contra las armas destinadas a la guerra con Irán.
Su silencio, respaldado por la cercanía orgánica con el Partido Demócrata, garantiza que los antagonismos materiales entre los cientos de miles de millones gastados en Irán y las carencias de salarios, salud, vivienda, la desprotección de los migrantes y la educación permanezcan encapsulados como “opinión pública” y no como programa de acción. Pero ese bloqueo no borra la posibilidad de ruptura de sus bases, simplemente la desplaza hacia el terreno donde veteranos, estudiantes y trabajadores empiezan a encontrarse por abajo. En la Bahía de San Francisco y en otros puntos del país, la experiencia de consejos laborales que votan alto el fuego para Gaza y son desautorizados desde Washington deja una huella: muestra en acto que la dirección sindical actúa como dique de contención frente a cualquier intento de utilizar la fuerza real del movimiento obrero —puertos, aeropuertos, fábricas— para frenar la guerra, sea en Palestina o en Irán.
La combinación actual de crisis económica (con un costo de guerra en el orden de los 200.000 millones, proyección de destrucción de 10.000 empleos al mes y riesgo de recesión del 50%), crisis política (presidencia con menos del 40% de aprobación, 55–60% de desaprobación), y crisis social (familias de militares, veteranos y trabajadores inmigrantes soportando la factura), está conteniendo el potencial de un movimiento anti‑guerra que no se limite a expresar un pacifismo abstracto, sino que apunte directamente a los nodos de la acumulación bélica: embarques de armas, bases militares, sedes de contratistas, presupuestos del Congreso. Ese movimiento, si se consolida la alianza objetiva entre excombatientes de About Face y Veterans For Peace, estudiantes por Palestina y sectores de la clase trabajadora —incluyendo a los sindicatos que rompan con la parálisis de la AFL‑CIO y recuperen la tradición de consejos como el de San Francisco—, puede pasar de la consigna “We Can’t Afford Another War” a acciones concretas de paro, bloqueo y boicot que, por primera vez desde Vietnam, interpongan el cuerpo colectivo de la clase trabajadora entre el Estado imperial y su maquinaria de guerra.
En otras palabras, la propia lógica de una guerra impopular y carísima, que ya ha consumido cerca de 200.000 millones de dólares, que destruye miles de empleos, que enfrenta al 56–60% de la población y que se sostiene sobre un aparato militar cuya cúpula teme un nuevo atolladero, crea las condiciones para que la oposición deje de ser un simple dato de encuesta y se convierta en antagonismo organizado. El desenlace no está escrito, pero la combinación de un rompimiento o superación por izquierda de la AFL‑CIO y otros sindicatos, About Face y Veterans For Peace en el Capitolio, miles de estudiantes en los campus, trabajadores inmigrantes en las calles y un porcentaje creciente de la población que asocia la guerra con el deterioro de su vida cotidiana, muestra que el germen existe y que, por primera vez en décadas, tiene la posibilidad real de superar el carácter predominantemente cultural del movimiento contra Vietnam y de cristalizar en acciones políticas y directas de masas contra el complejo militar‑industrial y contra la política de guerra de Estados Unidos. Es decir, pasar a comprender que antes y después de Vietnam, Afganistán, Irak y ahora Irán, siempre se trató de la misma guerra de Estados Unidos contra los pueblos del mundo y contra su propia clase trabajadora.

Comentarios
Publicar un comentario