Universidad, Estado y clase: la funcionalidad política del canon epistemológico en la UBA

 


Por Raúl Valle

En el mundo académico de la UBA el llamado método científico suele presentarse en las materias de metodología y epistemología como un estándar neutral, asociado a la formulación de hipótesis, su operacionalización y su contrastación empírica, y dentro de ese marco la figura de Karl Popper ocupa un lugar central como garante de una ciencia crítica pero no revolucionaria. La exaltación de Popper cumple una funcionalidad precisa: legitimar una imagen de ciencia basada en el método hipotético‑deductivo, en la exigencia de formulaciones falsables y en una actitud crítica frente a los dogmas, pero al mismo tiempo acotada al interior de las reglas del juego institucional, donde el cuestionamiento se dirige a teorías particulares y nunca a las estructuras de poder que organizan la producción de conocimiento. La falsación popperiana, enseñada como paradigma de racionalidad, opera así como criterio de demarcación que permite presentar al marxismo como ideología o metafísica no científica, desplazándolo al plano de doctrina política y reforzando la separación entre ciencia y política que conviene a la reproducción de las universidades públicas en un Estado capitalista periférico.  


Si se reagrupan los autores del cuadro inicial en grandes corrientes, puede verse con cierta claridad el mapa que suele transmitirse en las aulas: Popper y Lakatos representan el racionalismo crítico y los programas de investigación, que sostienen la idea de un progreso científico racional y normado por criterios lógicos; Kuhn introduce la perspectiva histórico‑sociológica de los paradigmas y las revoluciones científicas, matizando el modelo lineal del progreso acumulativo sin romper con la idea de comunidad científica relativamente autónoma; Bunge y Kerlinger encarnan el racionalismo sistemista y el empirismo metodológico aplicado a las ciencias sociales, subrayando la necesidad de construir teorías bien estructuradas y empíricamente contrastables; Merton, finalmente, ejemplifica un positivismo sociológico de teorías de alcance medio que evita tanto la metafísica como los grandes relatos críticos. En este diagrama, Popper aparece como figura axial porque permite articular el ideal de crítica racional con una metodología clara para los estudiantes, mientras que Kuhn y Lakatos se enseñan como correcciones o complementos históricos al modelo popperiano, y Bunge, Kerlinger y Merton como traductores de esos criterios al trabajo empírico concreto en ciencias sociales. La consecuencia es que la reflexión epistemológica queda encapsulada en debates intra‑académicos sobre el progreso de la ciencia, la naturaleza de los paradigmas o la estructura lógica de las teorías, dejando en la penumbra la pregunta por las condiciones sociales de producción del conocimiento y por su inscripción en relaciones de clase.  


En este contexto se incorpora a Marx y al marxismo de manera fragmentada: se lo aborda en cátedras de teoría social, filosofía o economía política como un autor más de la tradición clásica, se leen fragmentos del Manifiesto o de El capital, se discuten conceptos aislados como alienación, ideología o lucha de clases, pero raramente se reconstruye el proyecto global de la crítica de la economía política ni se vincula de manera orgánica la teoría con la práctica política de organización de un partido de trabajadores. Existen excepciones importantes, como cátedras que se proponen estudiar sistemáticamente El capital o desarrollar un marxismo sociológico como programa de investigación, pero en la estructura curricular dominante Marx aparece desdoblado: por un lado, como clásico de la sociología o de la filosofía, reducido a un autor de lectura obligatoria; por otro, como referencia política que se desplaza a los espacios militantes, separados institucionalmente del aula. Esta fragmentación tiene consecuencias epistemológicas y políticas: el materialismo dialéctico se vacía de su carácter de método para analizar la totalidad social y se vuelve un repertorio de categorías que pueden ser neutralizadas dentro del discurso académico, mientras la crítica radical del Estado, del derecho y del fetichismo de la mercancía queda atenuada o relegada.  


El materialismo dialéctico, tal como se desprende de la tradición marxista, se presenta en cambio como una concepción de la ciencia que parte de la materia en movimiento —natural y social—, que entiende los objetos como procesos históricos atravesados por contradicciones y que concibe la teoría como reconstrucción abstracta de las leyes de ese movimiento, destinada a orientar una práctica transformadora. En la crítica de la economía política esta perspectiva se concreta en el análisis del capital como relación social, en la exposición de categorías como valor, plusvalía y acumulación, y en la comprensión de la clase obrera no sólo como objeto de estudio sino como sujeto potencial de la superación del capitalismo; por eso, en su núcleo, la teoría está inseparablemente ligada a la tarea de organizar política y prácticamente a los trabajadores en un partido que pueda hacer de esa comprensión científica una guía para la acción revolucionaria. Cuando en las unidades académicas se enseña a Marx despegado de este horizonte —por ejemplo, como teórico de la alienación sin el andamiaje categorial de El capital, o como filósofo humanista despojado de su estrategia política— se pierde el rasgo específico del materialismo dialéctico: ser a la vez teoría científica de la sociedad capitalista y programa de emancipación de la clase trabajadora. El resultado es una recepción que puede coexistir sin demasiados conflictos con el canon popperiano‑bungeano, siempre que el marxismo quede confinado a la esfera de la reflexión crítica sin cuestionar la organización efectiva del trabajo científico y sin poner en el centro la lucha de clases como motor histórico.  


Desde esta perspectiva, las consecuencias son nítidas: el campo académico de la UBA forma profesionales capaces de manejar instrumentos metodológicos sofisticados y de participar en debates epistemológicos internos, pero tiende a desactivar la unión viva entre análisis teórico y organización política que está en el corazón del marxismo; así, la crítica social se profesionaliza mientras la práctica política se relega a la militancia extra‑universitaria, reproduciendo una división entre teoría y praxis que el propio Marx había atacado. El materialismo dialéctico, entendido rigurosamente, es un análisis de la materia en movimiento y en abstracción, que exige derivar de esa comprensión tareas estratégicas para la clase trabajadora; sin embargo, buena parte de la izquierda argentina, incluida una franja importante de las organizaciones que integran el FIT‑U, tiende a quedarse en el plano parlamentario, sin articular de manera orgánica las tareas tácticas inmediatas con un horizonte de ruptura revolucionaria, lo que refuerza la escisión entre la teoría de la totalidad y la práctica cotidiana en el Estado burgués. En este sentido, la hegemonía del esquema popperiano y afines en la universidad, combinada con la fragmentación académica de Marx, contribuye a que el materialismo dialéctico no se despliegue como método vivo de intervención, sino como tradición respetada pero neutralizada, y la superación de esta situación implica precisamente recomponer la unidad entre ciencia crítica, análisis de la totalidad y organización política de la clase trabajadora.


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