Trump: Crimen de Guerra en Aguas Internacionales
Por Raúl Valle
El hundimiento del buque iraní IRIS Dena por un submarino estadounidense en aguas internacionales, cuando volvía desarmado de un ejercicio naval al que había sido invitado por India, es un crimen de guerra que condensa décadas de método cobarde del imperialismo en el mar. El Dena, una fragata de la marina iraní, había zarpado hacia el océano Índico para participar del ejercicio multinacional MILAN 2026 en Visakhapatnam, organizado por la Marina india y con la presencia de más de medio centenar de países, incluida la propia marina de Estados Unidos. India, en su política de “autonomía estratégica”, cursó invitaciones tanto a Irán como a Washington, Teherán aceptó porque necesita romper el cerco diplomático, mostrar su pabellón lejos del Golfo, acumular experiencia y tejer relaciones militares y técnicas con India y otras potencias regionales, aun sabiendo que compartiría escenario con su principal enemigo. Lejos de “infiltrarse” en aguas ajenas, el Dena estaba en la zona porque un Estado soberano lo convocó oficialmente, en igualdad formal con los buques norteamericanos.
Durante las maniobras, la normativa del ejercicio impuso fuertes restricciones de armamento, los buques participantes operaron con munición limitada o directamente sin munición de guerra. Así, cuando MILAN 2026 concluyó y el IRIS Dena emprendió el regreso, el barco navegaba desarmado o prácticamente desarmado, sin capacidad de sostener un combate real frente a un submarino moderno. En ese momento, ya fuera del marco del ejercicio y navegando por aguas internacionales frente a Sri Lanka, el Dena fue atacado desde las profundidades por un submarino estadounidense, que disparó un torpedo y lo hundió con casi 180 marinos a bordo. No había batalla, ni escuadras enfrentadas, ni amenaza inminente contra fuerzas yanquis: había un buque que se retiraba, indefenso, y una potencia imperial que decidió convertirlo en ejemplo sangriento. Para rematar el cinismo, el Pentágono presentó la operación como un “hito” militar, jactándose de que era el primer hundimiento de un buque enemigo con torpedo desde la Segunda Guerra Mundial, como si estuviera exhibiendo la performance de un arma y no la masacre de una tripulación desarmada.
Desde el derecho internacional, el cuadro es simple: un buque de guerra iraní, sin estar realizando hostilidades, desarmado por las condiciones de un ejercicio multinacional y en tránsito por aguas internacionales, es destruido por un Estado con el que no existe guerra declarada, sin que medie ataque ni amenaza directa a unidades estadounidenses. No hay legítima defensa posible, ni protección de aguas territoriales, ni “zona de exclusión” reconocida. Hay un acto unilateral de fuerza contra una nave en retirada, un acto de agresión que encuadra como crimen de guerra y como forma de terrorismo de Estado a escala global. El mensaje es doble. A Irán, cualquier intento de mostrarse como actor regional “normalizado”, incluso bajo invitación de un tercero, puede pagarse con centenares de muertos. A India y al resto de los países del Sur global, su soberanía y sus ejercicios “multilaterales” valen menos que la voluntad de fuego de Washington; el océano Índico, como antes el Atlántico o el Mediterráneo, es tratado de facto como mar propio del imperialismo.
Este crimen no es una anomalía, sino una pieza más de una cronología de ataques navales que muestran el mismo método. En 1982, durante la guerra de Malvinas, la Royal Navy británica hundió el crucero argentino ARA General Belgrano fuera de la zona de exclusión que el propio Reino Unido había declarado. El Belgrano, una nave veterana con cientos de conscriptos y marinos, navegaba hacia el oeste, alejándose del corazón de la flota británica, cuando fue alcanzado por torpedos del submarino nuclear HMS Conqueror. Más de 300 tripulantes argentinos murieron en pocas horas. Gran Bretaña intentó justificar el ataque como parte de la “legítima defensa” de su escuadra, pero con los años quedaron claros dos datos, el crucero estaba fuera de la zona de exclusión británica y no se dirigía hacia la flota enemiga sino que se replegaba. Es decir, fue atacado deliberadamente para mandar un mensaje político y militar: la Corona podía hundir un buque grande y simbólico, con centenares de jóvenes a bordo, aunque estuviera fuera del área que ella misma había delimitado. La lógica es idéntica, un submarino de una potencia imperial golpea desde las sombras a un blanco que no representa un peligro inmediato, en un punto donde la versión de los hechos queda en manos del agresor.
Si retrocedemos todavía más, la lista de episodios con el mismo patrón se agranda. Décadas de operaciones navales de Estados Unidos, del Reino Unido, de Israel, de la OTAN en su conjunto, muestran una constante, los mares son tratados como espacio de impunidad. Submarinos y fragatas atacan barcos que no pueden responder, muchas veces fuera de frentes de combate declarados, para imponer “líneas rojas” y disciplinar pueblos. El caso de la Flotilla de la Libertad rumbo a Gaza, en 2010, con comandos israelíes abordando en aguas internacionales barcos civiles cargados de ayuda humanitaria y asesinando activistas, es otra expresión de esa misma doctrina. En cada ocasión, los gobiernos imperialistas invocan la “seguridad”, la “disuasión”, la “protección de la paz”; en los hechos, usan su supremacía tecnológica para ejecutar, a distancia, objetivos vulnerables, sabiendo que controlan tanto el arma como el relato posterior.
Visto en esta secuencia, el hundimiento del IRIS Dena no es un rayo aislado. Es el eslabón más reciente de una cadena que va del Atlántico Sur a Gaza y que hoy vuelve a tensarse en el Índico. Un submarino yanqui contra un buque iraní desarmado; ayer, un submarino británico contra un crucero argentino que se alejaba de la zona de exclusión; mañana, quizás, otro “blanco” elegido en algún mar donde los pobres no pueden defenderse. Lo que se repite no es sólo el arma (el torpedo), sino la relación social: grandes potencias capitalistas que se arrogan el derecho de decidir qué barco vive y cuál se hunde, qué país puede navegar y cuál será castigado ejemplarmente si se atreve a desafiar el orden imperial.
Denunciar estos crímenes como parte de un mismo método cobarde, desenmascarar la farsa de las “reglas” que sólo se aplican a los débiles y organizar, en cada país, una fuerza obrera y popular que se niegue a poner barcos, bases y vidas al servicio de la política asesina del imperialismo y sus aliados.

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