Te explico el liberalismo (Milei no sabe nada).
Por Raúl Valle
Adam Smith, jefe y figura clave del liberalismo, escribió La riqueza de las naciones en 1776, en un momento en que el capitalismo aún estaba naciendo y, por lo tanto, podía percibir con claridad no solo sus promesas de riqueza, sino también sus contradicciones, desventajas e injusticias. Su obra debe leerse como la de un autor situado en una coyuntura histórica de transición: alrededor de 1760. Inglaterra inició la Revolución Industrial y, gracias a la abundancia de carbón en su territorio como fuente de energía, a su condición de centro marítimo y comercial del mundo y al desarrollo temprano de la maquinaria industrial, fue el país que avanzó de manera más decidida hacia el gran capitalismo. El trabajo asalariado se expandía, el comercio atlántico y colonial impulsaba la acumulación de capital y el antiguo orden mercantil y terrateniente se mantenía vigente. Smith no contempla un capitalismo ya consolidado, sino uno en formación, y es precisamente por eso que su pensamiento conserva una aguda percepción de sus tensiones internas.
Desde una perspectiva crítica, Smith se presenta como el gran pensador de la burguesía emergente, pero no como un apologista ingenuo del mercado. Defendió la división del trabajo, la competencia y la expansión de los mercados porque veía en ellas los motores de la riqueza social; sin embargo, también advirtió que este mismo proceso generaba formas de dominación y empobrecimiento. Milei y sus secuaces ocultan deliberadamente esta dimensión. Smith sostiene que la productividad aumenta con la especialización y, al final del libro V, afirma que el trabajador que dedica su vida a una sola tarea se vuelve “tan estúpido e ignorante como puede serlo un ser humano”, pierde la capacidad de juzgar incluso su propio interés y queda incapacitado para ejercer plenamente sus deberes como ciudadano. Esa degradación intelectual y moral es, para él, un efecto directo de la división del trabajo y por eso justifica que el Estado financie la educación básica para la población trabajadora. En otros términos, el mismo mecanismo que genera riqueza puede empobrecer la inteligencia, la autonomía y el desarrollo moral del trabajador.
La riqueza de las naciones es, con justicia, uno de los libros fundamentales de la historia económica, entre otras cosas porque contiene esta intuición, el capitalismo produce opulencia y, al mismo tiempo, deterioro humano. Ahí reside una de las críticas más profundas de Smith a su propio modelo, la organización capitalista del trabajo, aun siendo muy eficiente, tiende a degradar al trabajador y a convertirlo en un simple engranaje del proceso productivo. Lo que Milei presenta como “libertad de empresa” y “mérito individual” ya aparece en Smith atravesado por una pregunta incómoda: ¿qué tipo de seres humanos forma ese régimen de trabajo?
Smith también comprendió que el capital no actúa como una suma neutral de individuos aislados, sino como una fuerza social organizada. Advertía que los empresarios tienden a conspirar para bajar salarios, subir precios y obtener privilegios, de modo que la competencia perfecta es más un ideal abstracto que una realidad histórica. Mientras Milei defiende el individualismo como pilar de la sociedad capitalista y la propiedad privada incluso sin contenido productivo, solo como título de valor abstracto, Smith describe un capitalismo realmente existente que tiende a concentrarse, a formar monopolios, a organizar “conspiraciones” empresariales contra trabajadores y consumidores y a apoyarse en el Estado para conseguir ventajas. Por eso desconfiaba profundamente de los capitalistas cuando hablaban en nombre del bien común, entendía que sus asociaciones suelen actuar contra el interés general, imponiendo condiciones injustas a la clase trabajadora y al conjunto de la sociedad. El mileísmo, que se limita a idealizar al empresario concreto y a demonizar cualquier límite estatal, es una caricatura ultra‑reaccionaria del propio liberalismo clásico.
Otra contradicción que Smith identificó con precisión es la relación desigual entre capitalistas y trabajadores. Para Milei, esa desigualdad es un “círculo virtuoso” que premia al más apto; para Smith, la realidad es que el salario no se fija entre iguales, sino entre partes con poder muy diferente. Los patrones pueden esperar, negociar y organizarse; los trabajadores dependen de su salario diario para sobrevivir. El trabajador produce el valor que sostiene el sistema, pero solo recibe una parte en forma de salario; el excedente permanece en manos del dueño del capital. Aunque Smith no formula una teoría revolucionaria de la explotación, deja en claro que la distribución del producto social es profundamente desigual y que esa desigualdad es constitutiva del orden capitalista. Se puede afirmar que percibe la injusticia de un sistema en el que quienes trabajan de forma más intensa y material reciben menos que quienes solo aportan capital. El mileísmo transforma esa injusticia en virtud moral.
A esto se suma su crítica a los terratenientes. Smith consideraba que la renta de la tierra era una deducción sobre el producto del trabajo que no provenía de una función productiva real. El terrateniente recibe ingresos por poseer un recurso natural, no por haber creado nueva riqueza; por eso lo veía como una clase parasitaria, heredera de privilegios del antiguo orden feudal, que vive apropiándose de una parte del valor generado por otros. El capitalismo industrial debe cargar, además, con el peso de esa clase ociosa que extrae ingresos sin aportar trabajo ni innovación, reforzando la concentración de riqueza y poder. En la Argentina de Milei, esta crítica cobra una actualidad, la derogación de restricciones a la venta de tierras a extranjeros y el avance de la extranjerización del territorio expresan la subordinación del país a una fracción rentista y especulativa del capital, exactamente lo que Smith señalaba como un lastre histórico, no como un ideal de “seguridad jurídica”.
Smith también advirtió que el mercado no podía resolver por sí solo cuestiones esenciales de la vida social. Reconoció la necesidad de la educación, de la infraestructura y de ciertas funciones estatales que el sector privado no asumiría porque no son inmediatamente rentables. Esta reflexión se distancia del liberalismo puramente doctrinario y, mucho más, del liberalismo grotesco de Milei y de la versión vulgarizada de la escuela austríaca que esgrime. Smith sabía que el orden económico requiere instituciones, normas y una capacidad pública de corrección, precisamente porque el mercado tiende a producir desigualdad, exclusión y deterioro de las capacidades humanas. Si todo se deja en manos del mercado, se generan desigualdades tan grandes y formas tan profundas de atraso cultural que el sistema termina socavando sus propios fundamentos morales y políticos. El ajuste de Milei –recortes brutales en educación, salud, jubilaciones e inversión pública, mientras se garantiza el pago a los acreedores y se aceleran privatizaciones y ventas de activos estratégicos– no es “ordenamiento”, es saqueo social en beneficio del capital concentrado.
En este punto aparece la cuestión del Estado. Smith fue un observador atento de la Inglaterra de su tiempo, una sociedad en transición donde la Revolución Industrial, como ya dijimos arriba, se basaba en la abundancia de carbón, la mecanización, el comercio marítimo y la acumulación inicial de capital resultante del saqueo colonial en América, África y Asia. El capitalismo inglés no nació como un sistema de libre comercio puro, sino como una formación protegida por el Estado, los monopolios, los privilegios coloniales y una política mercantil que resguardaba los intereses de la metrópoli. Solo más tarde, cuando la industria británica se consolidó, el liberalismo comercial se convirtió en un estandarte útil para la expansión de los mercados y la consolidación de la primacía británica. La derogación de las Leyes del Maíz en 1846 simbolizó el giro hacia el libre comercio, pero incluso después de esa fecha Inglaterra continuó combinando apertura con poder imperial, control financiero y defensa de sus sectores estratégicos. El liberalismo inglés fue menos un principio universal que una estrategia histórica de un capital ya fortalecido.
Desde una perspectiva marxista, el Estado debe entenderse como una instancia donde los capitalistas se organizan para el poder, no es nunca individual, es de clase. Milei lo presenta como una “minarquía” ideal y se autodefine como anarco‑capitalista, pero en la práctica refuerza el aparato represivo, aumenta el presupuesto de seguridad y somete toda su política económica a la disciplina del capital financiero y de las grandes corporaciones. El Estado no es un árbitro neutral situado por encima de la sociedad, sino la forma política en la que se organiza la dominación de la clase propietaria. El Estado capitalista funciona como el instrumento que ordena, protege y reproduce los intereses generales del capital. No actúa mecánicamente ni refleja de manera lineal la voluntad de cada empresario individual, pero responde a una lógica de clase que trasciende esas voluntades particulares. El capital funciona como una clase, y el Estado le otorga cohesión, legalidad, coerción y continuidad histórica. En otras palabras, el Estado es el mando unificado de los capitalistas. El individualismo armonioso que pregona Milei es una farsa, mientras habla de “libertad”, su gobierno persigue, criminaliza y reprime a quienes se organizan y disienten.
Podemos cerrar, entonces, con una conclusión teórica sólida. Smith expuso, en su época, las tensiones de un capitalismo en auge: la degradación del trabajador por la división del trabajo, la tendencia a la colusión y al monopolio de los capitalistas, la existencia de una clase terrateniente parasitaria, la desigualdad estructural entre capital y trabajo y la incapacidad del mercado para garantizar educación, bienestar e igualdad efectiva. Precisamente porque vivió en la fase de expansión del capitalismo, pudo percibir tanto su potencia productiva como sus injusticias constitutivas. La crítica marxista retoma este diagnóstico y lo profundiza al afirmar que estas contradicciones no son fallas corregibles, sino expresiones estructurales de un modo de producción basado en la propiedad privada de los medios de producción y la explotación del trabajo asalariado. De allí se desprende que toda perspectiva democrática de izquierda tiene el derecho y la tarea de cuestionar el carácter de clase del Estado, transformar sus instituciones y abrir el camino hacia una política verdaderamente democrática para las mayorías, en la que jóvenes, mujeres y hombres trabajadores puedan cambiar la naturaleza de ese poder y disolver la dictadura del capital en una democracia real, al servicio de las necesidades sociales y de los proyectos emancipadores de la clase trabajadora y el pueblo plebeyo.

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