Secretos de la guerra: de los petrodólares a los petroyuanes. El conflicto que decide el precio de la nafta. Te lo explico.

 


Por Raúl Valle

China lleva años construyendo, paso a paso, una estrategia para reducir la centralidad del dólar en el comercio de energía, mientras que Estados Unidos, hoy presidido por Donald Trump, se apoya precisamente en ese poder financiero y en su peso histórico en el mercado petrolero para mantener influencia global. Esa tensión entre un orden dominado por el “petrodólar” y un nuevo entramado donde el yuan gana espacio es el telón de fondo de la guerra silenciosa por el control del petróleo, de las rutas comerciales y, en última instancia, de la capacidad de cada país para fijar las reglas del sistema internacional. Lo que está en disputa no es solo qué moneda se usa para pagar un barril de crudo, sino quién puede usar sanciones, créditos, tasas de interés y acceso a los mercados para premiar aliados y castigar adversarios.

Para entender cómo llegamos a este punto, hay que retroceder a la consolidación del petrodólar en los años 70. Vamos:

Tras la ruptura de Bretton Woods y el fin de la convertibilidad del dólar en oro, Washington selló acuerdos con Arabia Saudita y otros productores clave para que el petróleo se comerciara en dólares, a cambio de protección militar y acceso privilegiado a los mercados estadounidenses. Esa arquitectura permitió que la demanda global de dólares se mantuviera alta, porque cualquier país que necesitara petróleo debía tener reservas en esa moneda, comprar bonos del Tesoro o usar bancos de Estados Unidos. Con el tiempo, Estados Unidos descubrió que ese rol no era solo un privilegio económico, sino también un arma política, sanciones financieras, congelamiento de activos, exclusión del sistema de pagos internacional. Esa herramienta se volvió aún más visible tras la Guerra Fría y, sobre todo, después del 11 de septiembre, cuando se multiplicaron las sanciones contra Cuba,Irán, Irak, Venezuela, Rusia y un largo etcétera.

Mientras tanto, China iniciaba su propia transformación. Desde las reformas de finales de los 70 y especialmente a partir de los 90, la economía china se industrializó a una velocidad inédita, con un crecimiento basado en exportaciones, construcción y manufactura intensiva en energía. Eso la convirtió en el mayor importador de petróleo del mundo, dependiente de suministros que viajan por rutas vulnerables como el estrecho de Malaca, y expuesta a las decisiones de la Reserva Federal que mueven la cotización del dólar. Beijing acumuló enormes reservas en dólares, compró bonos estadounidenses y se integró al comercio global bajo reglas diseñadas en gran parte por Washington. Durante un tiempo, esa relación fue vista como "amistosa" , China producía bienes baratos, Estados Unidos consumía y financiaba ese consumo con deuda en su propia moneda. Pero con el correr de los años, la dirigencia china empezó a ver esa dependencia como un riesgo estratégico, si Washington puede congelar las reservas de Rusia o excluir bancos de Irán del sistema de pagos, también podría hacerlo con China en caso de un conflicto por Taiwán, por el mar de la China Meridional o por la tecnología avanzada.

A partir de esa percepción de riesgo, la estrategia china comenzó a cambiar de forma paulatina. El primer componente fue asegurar el suministro físico de energía, diversificando proveedores. China firmó contratos de largo plazo con Rusia, Irán, países africanos y de Medio Oriente, invirtió en infraestructura portuaria y en oleoductos, y utilizó a sus empresas estatales de petróleo y gas como brazos geopolíticos. La meta era reducir la vulnerabilidad a cortes o bloqueos en caso de crisis. El segundo componente fue financiero, desarrollar mecanismos para comerciar petróleo y gas sin depender exclusivamente del dólar y de los bancos estadounidenses. En 2018, China lanzó contratos de futuros de petróleo denominados en yuan en la Bolsa Internacional de Energía de Shanghái, ofreciendo a productores la posibilidad de vender su crudo en moneda china, con la opción de convertir luego esos yuanes en oro u otros activos. La adopción fue gradual, pero marcó un cambio simbólico, por primera vez, el mayor importador de petróleo del mundo ofrecía una alternativa operativa al estándar del dólar.

Con el tiempo, esos pilares se reforzaron. China avanzó en el desarrollo del yuan digital (e‑CNY), emitido por su banco central, y lo probó en operaciones de comercio exterior, incluida la compra de petróleo. Se sumó a proyectos de infraestructura de pagos entre bancos centrales para probar liquidaciones transfronterizas en monedas digitales oficiales. Además, creó su propio sistema de compensación CIPS, una alternativa —todavía mucho menor— al sistema dominado por bancos occidentales. Paralelamente, la política de sanciones de Estados Unidos aceleró la búsqueda de alternativas. Rusia, después de las sanciones por Crimea y especialmente tras la invasión de Ucrania, quedó parcialmente expulsada del sistema financiero dominado por Occidente, y se volcó a vender más petróleo a China e India. Esas ventas se empezaron a pactar cada vez más en yuanes y en rublos, y a través de bancos menos expuestos a sanciones. Los productores sancionados descubrieron que tener un comprador grande como China, dispuesto a pagar en su propia moneda, les daba aire frente a las presiones de Washington.

En paralelo a este proceso financiero, se daba otro movimiento de fondo, la interdependencia económica se volvía más compleja. Mientras China dependía de la tecnología occidental y del dólar para muchas transacciones, Estados Unidos empezaba a depender cada vez más de China para componentes críticos de la transición energética, paneles solares, baterías, minerales refinados, procesamiento de tierras raras. China se posicionó como el eslabón central en muchas cadenas de suministro de energía limpia, lo que le otorgó un tipo de poder distinto al del control financiero. Esa interdependencia crea un juego de equilibrios inestables, Washington puede golpear a empresas chinas con sanciones o restricciones tecnológicas, pero Beijing puede responder afectando el suministro de componentes o insumos clave para la industria occidental.

En este contexto, la “guerra” por el precio del barril es tanto económica como política. El petróleo es un mercado global donde el precio se fija en función de la oferta, la demanda, el riesgo geopolítico y las decisiones de grandes productores como Arabia Saudita, Rusia y Estados Unidos. Tras el desplome de la demanda durante la pandemia, cuando el precio del Brent llegó a niveles históricamente bajos, pero el mundo vivió una recuperación abrupta, impulsada por la reactivación económica y las tensiones en Europa del Este. Los precios subieron, en algunos momentos superando los 100 dólares por barril, y luego retrocedieron pero manteniéndose en una banda relativamente alta comparada con el período de colapso. Cada vez que hay conflictos en zonas petroleras, decisiones de recortar producción por parte de la OPEP o amenazas de sanciones a grandes exportadores, el mercado reacciona con subas que se trasladan a los surtidores y a los costos de transporte.

Bueno, una consecuencia directa de un barril más caro es la presión inflacionaria. El petróleo encarece el combustible de camiones, barcos, aviones y automóviles, lo que eleva el costo de mover alimentos, bienes industriales y servicios. Además, muchas industrias usan derivados del petróleo como insumo, plásticos, fertilizantes, productos petroquímicos, asfalto. Si el costo energético aumenta, las empresas buscan mantener sus márgenes trasladando parte de ese aumento a los precios finales. A su vez, trabajadores y sindicatos presionan por aumentos salariales para compensar la pérdida de poder adquisitivo, lo que puede generar una segunda ronda de aumentos de precios. En países importadores netos de petróleo, la presión se suma por el lado externo, hay que destinar más divisas a pagar energía, y si la moneda local se deprecia frente al dólar, el encarecimiento en la moneda nacional puede ser aún mayor. El resultado es un círculo en el que energía cara, tipo de cambio débil e inercia inflacionaria se combinan.

Esta dinámica inflacionaria tiene un componente político central para Trump. Estados Unidos, si bien se convirtió en uno de los grandes productores gracias al shale, un tipo de perforación más complicada en piedra pero con tecnología, logró más abundancia de petróleo, y mejoró por la cantidad los precios internacionales. Cuando el petróleo sube mucho, el combustible se encarece en las estaciones de servicio, los costos de transporte suben y el votante medio percibe una pérdida de poder de compra. Un gobierno que se presenta como defensor del “trabajador americano” no puede ignorar esa sensibilidad.

Trump, al mismo tiempo que impulsa una agenda de explotación de recursos fósiles y reducción de regulaciones ambientales, necesita evitar que los precios se le vayan completamente de las manos. En ese equilibrio, su administración busca presión sobre productores, acuerdos discretos para moderar subas y, al mismo tiempo, utiliza el dominio del sistema financiero en dólares como herramienta de negociación, premio y castigo. El mensaje implícito es, quien se alinea con Washington conserva acceso pleno a dólares, mercados y tecnología; quien se distancia, puede enfrentar sanciones y exclusiones.

Del lado chino, el aumento de precios también es un arma de doble filo. China es un gran importador de energía, por lo que un barril muy caro encarece sus costos de producción y presiona su propia inflación interna. Sin embargo, al mismo tiempo, la tensión en los mercados es una oportunidad para profundizar su estrategia alternativa, ofrecer contratos en yuan a países que se sienten asfixiados por sanciones o por la volatilidad del dólar, presentar a sus bancos y plataformas de pago como canales más “neutrales”, proponer acuerdos de largo plazo que incluyan infraestructura, financiamiento y comercio de energía. China no puede permitirse una ruptura total con el sistema del dólar sin sufrir daños serios, pero sí puede crear una red paralela que, con el tiempo, le permita amortiguar la influencia de Trump y de cualquier futuro presidente que use el dólar como arma.

El proceso ha tenido varias etapas, la consolidación del petrodólar en los 70 y 80, expansión de la interdependencia sino–estadounidense en los 90 y 2000, uso intensivo de sanciones financieras por parte de Estados Unidos a partir de comienzos de siglo, reacción china mediante la creación de instrumentos en yuan, lanzamiento del yuan digital y de sistemas de pago alternativos en la década de 2020, y aceleración de todo el esquema tras las guerras y conflictos recientes que pusieron bajo presión el comercio de energía. Cada uno de estos hitos fue añadiendo capas de desconfianza, ajustes y nuevas instituciones. Hoy, la sensación dominante en las élites políticas de ambos países es que el viejo equilibrio ya no es sostenible, pero el nuevo orden todavía no se terminó de escribir.

En Argentina, la disputa entre Trump y China por el petróleo y las monedas no es un juego lejano, sino el telón de fondo de muchos de los problemas cotidianos del país, cuánto cuesta el combustible, por qué sube el dólar, cómo se financia el Estado, qué rol tiene Vaca Muerta y con quién nos conviene hacer negocios. La Argentina es, al mismo tiempo, un país con un enorme potencial energético y un sistema económico extremadamente vulnerable al precio internacional del barril y al costo del financiamiento en dólares. En ese sentido, lo que pase entre Washington y Beijing con el petrodólar y el yuan condiciona de manera directa la dinámica inflacionaria local, las posibilidades de inversión y el margen de maniobra de cualquier gobierno. Mientras la cotización internacional del crudo se mueva en dólares y los mercados sigan leyendo el riesgo argentino en esa moneda, cualquier sacudón en la guerra del petróleo repercute en el surtidor, en el tipo de cambio y en la góndola.

Por un lado, la burguesía argentina está fuertemente dolarizada en su mente y en sus contratos clave, la deuda pública y corporativa se emite mayormente en dólares, los ahorros de la población se protegen comprando billetes verdes o activos ligados al dólar, los precios de referencia para exportaciones e importaciones se fijan en esa moneda y el tipo de cambio funciona como termómetro de la inflación y de la confianza. Cada vez que el dólar se fortalece a nivel global, suben las tasas de interés internacionales o aumenta el precio del petróleo en dólares, y así, la Argentina siente un doble golpe, se encarece el financiamiento y se encarece la energía importada. Eso obliga al Estado a elegir entre dos caminos difíciles, o destina más reservas escasas a pagar importaciones energéticas, o traslada ese costo a tarifas y combustibles, alimentando la inflación y el malestar social. En este marco, el dominio del dólar no es una cuestión abstracta, define cuánto margen tiene el país para estabilizar su economía y qué tan condicionadas estarán sus políticas frente a las decisiones que tome Trump sobre sanciones, tasas o alianzas energéticas.

Al mismo tiempo, el país posee recursos que lo colocan en una posición particular dentro de este tablero. Vaca Muerta es una de las mayores reservas de gas y petróleo no convencional del mundo, y en los últimos años se consolidó como activo estratégico para reducir importaciones de energía, generar exportaciones y atraer inversiones. Si la Argentina logra desarrollar la infraestructura necesaria —gasoductos, oleoductos, plantas de licuefacción, puertos— puede pasar de ser un importador estructural de energía a un exportador relevante para la región y más allá. Pero para alcanzar ese salto hace falta capital, tecnología y mercados de destino. Allí aparece nuevamente la tensión global, buena parte de la financiación de gran escala sigue siendo en dólares, con bancos, fondos y organismos multilaterales ligados directa o indirectamente a la órbita de influencia estadounidense, mientras que China se presenta como un socio dispuesto a invertir en infraestructura, comprar energía y ofrecer líneas de crédito, muchas veces atadas a sus propias empresas y a acuerdos de largo plazo que empiezan a introducir al yuan como moneda de referencia.

En esta encrucijada, la Argentina se mueve entre dos polos. Con Estados Unidos mantiene vínculos clave a través del FMI, del sistema financiero y del comercio agrícola; necesita el visto bueno de Washington para renegociar deuda, acceder a créditos de organismos internacionales y mantener cierto orden en el frente externo. Cada vez que el gobierno argentino entra en tensión con el Fondo o con el Tesoro norteamericano, el riesgo país se dispara, el crédito se cierra y la presión sobre el tipo de cambio se intensifica, lo que suele derivar en más inflación y en ajustes internos. Con China, en cambio, el vínculo se hizo más intenso en términos de comercio de bienes, swaps de monedas, inversiones en infraestructura —represas, trenes, energía— y potencial interés en el sector hidrocarburífero. Beijing se ofrece como un socio “alternativo” que no condiciona tanto su apoyo a reformas estructurales o a la agenda política local, pero sus préstamos y acuerdos de swap están denominados en yuanes o atados al comercio bilateral, no sustituyen plenamente la necesidad de dólares, pero la amortiguan y abren la puerta a que, en el futuro, parte del comercio energético pueda hacerse por fuera del circuito del petrodólar.

Cuando la guerra por el precio del barril se acelera —por conflictos, decisiones de la OPEP, sanciones o tensiones entre Washington y Beijing—, la Argentina vive su propia guerra interna de precios. Un petróleo caro en dólares impacta sobre el costo de importar combustibles y gas licuado en los meses de alta demanda, sobre todo mientras la infraestructura local no alcance para autoabastecerse plenamente con Vaca Muerta. Si el gobierno decide sostener precios internos artificialmente bajos con subsidios, aumenta el déficit fiscal y la emisión monetaria, lo que a la larga termina empujando la inflación por otra vía. Si, en cambio, reduce subsidios y permite que el precio de los combustibles se acerque al internacional, suben los costos de transporte, logística y producción, y se multiplican los aumentos en góndolas y tarifas. En una economía con memoria inflacionaria tan profunda, cada sacudón del barril funciona como chispa sobre un terreno ya seco.

La relación con China introduce, en este contexto, una posible válvula de escape y, al mismo tiempo, un nuevo tipo de dependencia. Los swaps de monedas con el banco central chino le permiten al Banco Central argentino reforzar sus reservas de corto plazo y enfrentar corridas cambiarias sin tener que conseguir tantos dólares en el mercado. Eso otorga algo de aire para evitar devaluaciones bruscas que disparan la inflación, pero tiene límites: esos yuanes sirven principalmente para el comercio con China y no siempre son fácilmente convertibles en dólares, que siguen siendo la moneda en la que se mide el riesgo país y en la que se paga buena parte de la deuda. Si China impulsa cada vez más el uso del yuan en el comercio de energía, la Argentina podría, en teoría, pactar parte de sus importaciones o exportaciones energéticas en moneda china, reduciendo la demanda directa de dólares. Pero mientras los mercados financieros y la mayoría de los contratos internacionales sigan dominados por el dólar, el país no puede desentenderse de la disciplina que impone ese sistema ni de las decisiones que tome la Casa Blanca respecto de sanciones, tasas y regulaciones.

En este cuadro, la continuidad lógica de la historia que veníamos contando es una doble conclusión. Por el lado de Trump, su camino probable es consolidar una estrategia en la que el dominio del dólar y la capacidad de influir en el precio del petróleo siga siendo una palanca central para ordenar aliados y presionar a quienes se acerquen demasiado a China. Eso implica un mundo en el que las decisiones del Tesoro, la Reserva Federal y el complejo energético estadounidense sigan condicionando de manera directa la vida económica argentina, el acceso al crédito, las renegociaciones con el FMI, el costo de la energía y el humor de los mercados que miran cada movimiento de la Casa Blanca para decidir cuánto vale un bono argentino o un contrato de futuros sobre el país. Por el lado de China, la dirección es la de una expansión paciente de su huella financiera y comercial, incluyendo la energía y, potencialmente, Vaca Muerta, usando el yuan como herramienta complementaria y no excluyente. Para la Argentina, eso significa que la disputa global no le permitirá “elegir bando” de forma simple, sino que la obligará a un equilibrio delicado, mantener canales abiertos con Trump para no quedar atrapada en una crisis de deuda y dólares, y al mismo tiempo profundizar la relación con China para ganar inversión, infraestructura y opciones de financiamiento que alivien, aunque sea en parte, la crónica escasez de divisas que alimenta su inflación. En última instancia, hacia donde vaya Trump —preservar el petrodólar como centro del sistema— y hacia donde avance China —construir un mundo con varios polos monetarios y energéticos— marcará los límites y las oportunidades de la política económica argentina en las próximas décadas.

Al final, para una trabajadora o trabajador de a pie la pelea Trump–China no es un tema lejano, de ahí sale cuánto vale el dólar, cuánta nafta paga y si hay laburo o no. Milei no tiene el lujo de elegir bando; si se recuesta solo en Washington se ahoga en deuda y tasas, si se entrega solo a Pekín se queda sin el crédito que todavía define el sistema. Su única chance de que aflojen la inflación y las pérdidas de empleo es navegar esa grieta global con frialdad, usando a los dos sin convertirse en rehén de ninguno. Pero la lucha de clases no permite los vacíos políticos.

Entre Trump y China, Milei se pretende o se autopercibe como un Ícaro moderno, fascinado por el sol del poder global, sube cada vez más alto mientras abajo, en la Argentina real, se derriten las alas hechas de ajuste, recesión y promesas de shock. De un lado lo llama el canto del dólar fuerte, el aplauso de los mercados, las fotos con líderes occidentales; del otro, la tentación del yuan, las obras de infraestructura, los créditos que prometen aliviar la sed eterna de divisas. 

Pero el laberinto argentino no perdona: la inflación que no afloja, salarios que se achican, fábricas que paran, trabajadores desocupados, changas que desaparecen.

Como en las viejas tragedias griegas, no hay salida limpia, si se inclina demasiado hacia Trump, corre el riesgo de asfixiarse en deuda cara y dependencia financiera; si se recuesta demasiado en China, puede quedar atrapado en una red de compromisos que chocan con el sistema todavía regido por el dólar. Y mientras Milei por dentro es la duda, entonces, la escena se desarma, la calle se impacienta, la economía se enfría, la política se fragmenta. En ese tablero, más que elegir correctamente entre dioses rivales, la sensación es que el tiempo se le acorta. Como no va a aparecer nunca un giro que conecte la abundancia con el mundo de las grandes potencias con la mesa argentina de todos los días, el gobierno de Milei nunca va a ser recordado como el que domó la tormenta, sino como otro experimento que, atrapado entre fuerzas más grandes que él, y es la que en la Historia, su clase es la que tiende inevitablemente al colapso.

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