Respuesta a Gabriel Solano: así, no…
Por Raúl Valle
Tu nota en elDiarioAR sobre el peronismo arranca de un punto correcto y termina en el lugar político equivocado. Es cierto que el peronismo no es una suma de “traidores individuales”, que es un aparato integrado al orden capitalista y que sus gobernadores y legisladores son hoy un sostén clave del régimen de Milei. Es cierto que la CGT y los barones del PJ no son “desprolijidades” del movimiento nacional, sino herramientas de control social de una burguesía nacional que se desarrolló a la sombra del Estado. Hasta ahí, nada nuevo, es lo que el trotskismo argentino dice desde hace décadas y lo que cualquiera que haya leído a Pablo Riesnik puede verificar con los ojos cerrados. El problema es que esa crítica, en la pluma de Solano, no sirve para trazar un camino de organización obrera independiente sino para ocultar su propia historia y la degeneracion de un partido y, sobre todo, la propia adaptación al régimen que dice combatir.
Empecemos por la universidad, que es donde la trayectoria de Solano y su corriente hablan más fuerte que cualquier nota de opinión. La FUBA piquetera nació el 28 de diciembre de 2001, cuando un frente de izquierda encabezado por la UJS‑PO desplazó a Franja Morada en pleno Argentinazo y sostuvo durante 17 años la conducción de la federación estudiantil más importante del país. La experiencia de las bases universitarias fue, durante todo ese período, una anticipación del desgaste del peronismo como referencia juvenil: el kirchnerismo nunca logró disputar seriamente la UBA mientras la izquierda mantuvo una política de independencia de clase. Pero Solano y su corriente no llevaron esa ruptura hasta el final. En 2018, después de años de desgaste, la izquierda pierde la FUBA y un frente reformista de peronistas, radicales y socialistas se queda con la conducción. Ese desenlace no cayó del cielo, fue la culminación de un proceso de burocratización interna, de sustitución de la militancia por el control de las fotocopiadoras y de concesiones crecientes al clima filo kirchnerista que venía ganando terreno en la universidad. Los acuerdos por arriba con el kirchnerismo “universitario”, primero episódicos y tácticos, fueron preparando una orientación de convivencia y adaptación al régimen académico que hoy Solano prefiere silenciar, aunque formen parte de su propio prontuario político.
¿Cómo se llegó a eso? Por un proceso de burocratización interna y de concesiones crecientes al clima filo kirchnerista que venía ganando terreno en la universidad. Ya en noviembre de 2018, después de las elecciones de centros de estudiantes, la propia Prensa Obrera denunciaba un "acuerdo antidemocrático del PTS con el kirchnerismo" para la FUBA . El PTS, según esa nota, planteaba un "acuerdo democrático" con La Cámpora y La Mella para "derrotar a Franja Morada" . Pero la UJS del PO también terminó compartiendo presidencias de centros con agrupaciones kirchneristas como La Mella, como en Agronomía en 2018 . Es decir, mientras la experiencia de las bases venía haciendo la anticipación del derrumbe del peronismo, la dirección de Solano vino al rescate del orden universitario, sosteniendo acuerdos por arriba con kirchneristas y radicales que terminaron reforzando justo aquello que dice combatir.
El propio Solano, en una entrevista, reconoce el dato central que su nota actual esconde, “En una mayoría, la izquierda, lamentablemente, se hizo peronista en Argentina. Y al hacerse peronista, la izquierda ha perdido su esencia. Y después perdió casi su militancia”. Pero en lugar de hacer la autocrítica de cómo su propia corriente contribuyó a ese proceso —frentismo con el kirchnerismo en la universidad, profesionalización del aparato, renta de los cargos— transforma esa confesión en un dato externo, como si fuera una fatalidad del clima político y no una consecuencia de decisiones políticas concretas. Incluso llega a catalogar a sus propios aliados del FIT de “mediáticos” y de tener “cierta connivencia con el kirchnerismo”, pero se cuida muy bien de no incluirse en esa descripción, como si él estuviera por fuera del fenómeno que señala.
Y aquí llegamos al capítulo más revelador, el ballotage de noviembre de 2023. Cuando el balotaje enfrentó a Massa con Milei, la posición oficial del FIT‑Unidad fue no apoyar a ninguno de los dos candidatos. El discurso público de Solano y del PO fue el de “Ni Massa ni Milei”, reivindicando la independencia de clase frente a la trampa del mal menor. Sin embargo, dos de los cuatro partidos que integran el FIT‑Unidad cruzaron abiertamente esa línea. Izquierda Socialista llamó a un “voto crítico” a Massa para derrotar a Milei, presentando el apoyo al candidato peronista como un sacrificio inevitable para frenar a la ultraderecha. El MST, por su parte, construyó una fórmula formalmente distinta, pero políticamente convergente, llamó a “no votar a Milei”, se negó a levantar el voto en blanco como posición de la izquierda y dijo que “comprendía” y acompañaba a quienes votaban a Massa para frenar a la ultraderecha. Es decir, en los hechos, uno llamó directamente a votar al peronismo y el otro hizo una campaña cuyo resultado práctico fue reforzar el mismo voto, aunque sin pronunciar la palabra maldita. El FIT‑Unidad, lejos de romperse frente a este ataque frontal a la independencia de clase, siguió funcionando como si nada. Solano convive orgánicamente con partidos que ya llamaron a votar a Massa, y su nota contra el peronismo no incluye una sola línea de crítica seria a este hecho. La conclusión se impone sola, la independencia de clase no es un límite estratégico infranqueable, sino una bandera que se iza o se baja según la conveniencia electoral del momento. Quizás Gabriel y el PTS digan que esa agua no beben, que no se hacen cargo, pero las prensas de los miembros del FITU están obligadas a publicar ya las diferencias y difundirlas, no como columnas de opinión, sino como documentos políticos, y nada, mutis por el foro de los Solano y el PTS.
Lo que emerge de todo esto no es un desliz táctico ni un error de coyuntura. Es una tendencia política de adaptación al peronismo y de abandono del trotskismo como estrategia independiente de la clase obrera. El FIT‑Unidad funciona cada vez más como un frente electoral amplio que tolera en su interior posiciones abiertamente frentepopulistas. El llamado de Izquierda Socialista al “voto crítico a Massa” es exactamente la política clásica del frente popular, subordinar a los trabajadores a un candidato burgués en nombre del “mal menor”, sacrificando la independencia política en el altar de la supuesta responsabilidad democrática. El MST, con su negativa a llamar al voto en blanco y su acompañamiento explícito de quienes elegían a Massa, actuó en la misma dirección, usando un lenguaje ligeramente más pudoroso. Esas premisas ya están instaladas dentro del FIT‑Unidad. El frente que nació para defender la independencia política de los trabajadores hoy alberga a partidos que llaman a votar al peronismo, y la dirección de Solano lo acepta como un dato de la convivencia interna, un “problema” a administrar y no una línea divisoria de clase.
Pero el problema es todavía más profundo que la cuestión electoral. Lo que se juega detrás de estas posiciones es un modelo de militancia y de vida. Solano y buena parte de la dirección del FIT, Del Caño, llevan décadas viviendo de la política, bancas legislativas, cargos de asesor, rentas de aparato. No es una denuncia moralista, es un dato estructural y político, cuando la actividad política se convierte en profesión y en fuente de sustento, la presión del régimen se hace cada vez más difícil de resistir. La tendencia natural es hacia la profesionalización mediática, el comentario permanente en los grandes medios, la construcción de un personaje “de izquierda” para el consumo de la audiencia progresista y la transformación del dirigente en columnista de opinión. Pablo Iglesias en el Estado español es el ejemplo más avanzado de ese recorrido, pasó de dirigir un partido que se presentaba como impugnación del régimen a ser el gerente de un emprendimiento audiovisual que vende crítica al sistema empaquetada en productos para plataformas, vive de suscripciones, publicidad y acuerdos de distribución, y organiza más plantillas de programación que comités obreros. La “alternativa mediática” reemplazó a la organización de clase, la marca personal sustituyó al programa revolucionario y el horizonte dejó de ser el poder obrero para convertirse en el rating y el engagement.
Ese es el horizonte al que empuja la trayectoria de Solano y de una fracción importante del FIT. Escribir columnas en diarios burgueses criticando al peronismo mientras se convive orgánicamente con partidos que llaman a votar al peronismo. Denunciar la integración del PJ al orden capitalista mientras se vive de las rentas de la política profesionalizada. Proclamar la independencia de clase mientras se toleran premisas frentepopulistas dentro del propio frente electoral. El resultado de toda esta evolución es una izquierda que ya no actúa como ala revolucionaria de la clase obrera, sino como tendencia de adaptación al peronismo, al parlamentarismo y a la lógica del frente popular. Sus premisas prácticas —frentismo sin delimitación estratégica, conciliación con corrientes nacional‑populares, profesionalización del aparato, sustitución de la militancia por la tribuna mediática— empujan a abandonar el trotskismo en los hechos, aunque se lo siga invocando en los discursos.
Por suerte para los trabajadores y para la izquierda que quiere pelear en serio, Gabriel Solano se dedica cada vez más a ser un simple columnista de las prensas burguesas. Las historias de Solano es ir a la rastra del PTS. Mientras ocupe su tiempo en escribir notas para la prensa del régimen en lugar de organizar obreros y levantar una alternativa realmente independiente, el daño que puede hacer al movimiento será menor que si sus posiciones se transformaran en dirección efectiva de la clase trabajadora, donde los jóvenes y las mujeres trabajadoras lo están haciendo mejor. Por comités abiertos del FITU que integren a todos, estén o no en su dirección, y a todos los partidos y luchadores que quieran estar, con financiamiento para sus prensas, documentos y volantes. Por un partido de trabajadores.

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