PTS y PO, el abandono de la teoría y la construcción y lectura de un periódico de trabajadores. Se dedican a ''rollear'' y a ''stremear'' vedetista
Por Raúl Valle
Durante las revoluciones de 1848 Marx y Engels se jugaron la vida para levantar un periódico obrero internacional. La Neue Rheinische Zeitung no era un hobby ni un “medio alternativo”, era la herramienta material para que la clase trabajadora pensara, debatiera y se organizara con su propia voz. Hoy, sin embargo, una parte importante de la izquierda que se reclama trotskista —incluidos partidos como el PTS y el PO— ha abandonado en los hechos esa tradición. No entienden qué hacer en las derrotas trágicas y le echan la culpa a los trabajadores que votan esto a aquello y en su miserabilidad dicen que no luchan, son sentimentales, tan superficiales que no logran ser asequibles a la realidad politica. La elaboración teórica y la construcción y lectura sistemática de un periódico de trabajadores fueron relegadas a segundo plano, mientras la energía militante se vuelca a “rollear” en redes y a “stremear” en clave vedetista, donde lo central ya no es la argumentación ni el análisis, sino el personaje, el chiste rápido y la búsqueda de likes. Esta nota parte de la experiencia de Marx con la prensa obrera para discutir qué se pierde cuando la política se transforma en espectáculo y por qué, sin teoría rigurosa ni periódicos propios, la clase trabajadora queda desarmada frente a la crisis.
En 1850, exiliado, en extrema pobreza y perseguido por todos, Marx logró fundar a costa de enormes dificultades la Neue Rheinische Zeitung. No tenía dinero, ni seguridad, ni un Estado detrás; tenía un programa científico y la convicción de que sin prensa obrera no hay movimiento revolucionario posible. Los seis números del periódico que aparecieron contienen obras clásicas dedicadas a las revoluciones de 1848‑1849 en Francia y Alemania, textos que transformaron para siempre la comprensión de la sociedad moderna. Ese periódico era la trinchera teórica desde la cual Marx y Engels elaboraban ciencia en medio de una terrible derrota y de un fuerte reflujo revolucionario, no para distraer sino para armar intelectualmente a la clase trabajadora de cara a las futuras batallas.
Lenin retomó esta idea medio siglo después. En sus textos sobre la prensa revolucionaria sostuvo que el periódico no es solo un propagandista y agitador colectivo, sino también un organizador colectivo, comparable a los andamios que rodean un edificio en construcción. El periódico fija los contornos de la organización, une a los militantes dispersos, les da una visión de conjunto y crea una red de colaboradores que aprenden a trabajar con disciplina, información y responsabilidad. No es un accesorio ni un capricho, es la columna vertebral del partido, el instrumento que transforma simpatizantes aislados en un sujeto político consciente.
Hoy, buena parte de la izquierda ha roto con esa tradición. En lugar de invertir tiempo y esfuerzo en periódicos obreros, boletines de fábrica, revistas teóricas y espacios sistemáticos de formación, se vuelca al streaming vedetista, panelistas de la TV, colaborador periodístico, a la figura del conductor carismático frente a una cámara y a la lógica del “rolear”, representar un papel radical en redes sociales sin estudio ni elaboración. La política se degrada a espectáculo, las consignas se repiten sin análisis, y lo que se ofrece es consumo individual de opinión, no construcción colectiva de conciencia. Es lucha de clases, sí, pero lo claro es que es bajo la forma degradada de una sociedad en decadencia en la que hasta quienes dicen combatir al capitalismo reproducen sus modos vulgares de entretenimiento.
Frente a esto conviene volver a la práctica de Marx. En los primeros números de la Neue Rheinische Zeitung publicó el trabajo sobre la revolución francesa que Engels reeditó más tarde como Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. Allí Marx combinó un conocimiento minucioso de la historia francesa con el método del materialismo histórico para analizar uno de los períodos más complejos de la política europea. No se limitó a narrar hechos, identificó tendencias, desenmascaró intereses de clase, mostró cómo se articulaban las alianzas y las traiciones, y explicó por qué el proletariado, tras haber hecho la revolución de febrero, fue masacrado en junio por la misma república que había ayudado a instaurar.
En ese análisis, Marx formuló con claridad el contenido económico de la revolución proletaria. Mientras los socialistas utópicos imaginaban comunidades ideales sin explicar cómo se llegaría a ellas, Marx mostró que la transformación pasa por la apropiación de los medios de producción por parte de la clase obrera asociada y la abolición del trabajo asalariado y del capital. Su aporte no fue descubrir que existían clases sociales ni que luchaban entre sí, algo que ya habían intuido historiadores y economistas anteriores, sino demostrar que las clases están ligadas a determinadas fases del desarrollo de las fuerzas productivas, que la lucha de clases conduce a la dictadura del proletariado y que esa dictadura es el tránsito hacia una sociedad sin clases. La lucha de clases deja de ser un moralismo y se convierte en una categoría histórica precisa, con origen y desenlace.
El Manifiesto del Partido Comunista ya había dado el golpe inicial al afirmar que la historia de la sociedad es la historia de la lucha de clases y al definir con dureza el papel revolucionario de la burguesía, que destruye el viejo orden feudal y crea el mercado mundial. Pero las derrotas de 1848 obligaron a Marx a ir más lejos. Las luchas de clases en Francia, el Manifiesto y la carta a Weydemeyer forman un bloque teórico donde la dictadura del proletariado para la abundancia de los y las trabajadoras aparece por primera vez como concepto científico, un poder de clase transitorio necesario para desmantelar las viejas relaciones de producción y abrir paso a una forma superior de sociedad.
El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte profundiza estas conclusiones en el terreno político. Marx analiza el golpe del 2 de diciembre de 1851 y muestra cómo la burguesía, incapaz de gobernar de forma estable mediante el parlamento, entrega el poder a un aventurero que concentra en sus manos el aparato del Estado. El bonapartismo aparece como expresión de una sociedad en la que las clases tradicionales están agotadas, donde ninguna puede gobernar abiertamente y todas recurren a un líder que se presenta como salvador por encima de las clases, pero que en realidad garantiza la continuidad del orden existente. Marx desnuda la manipulación que hace posible este régimen: el uso demagógico de la propaganda, el soborno, el chantaje, la explotación de los prejuicios de las masas campesinas y urbanas, la promesa de seguridad y grandeza nacional como pantalla para consolidar una dictadura personal.
Especial atención le da al campesinado francés. Fragmentado en millones de pequeñas parcelas, aislado, sin vínculos orgánicos entre sí, el campesinado no puede representarse políticamente de manera consciente y se transforma en terreno fértil para la manipulación. Vota por un nombre glorioso, por la memoria de Napoleón, por el mito, no por intereses de clase. Marx muestra que esa base social es la que sostiene al bonapartismo y concluye que la tarea del proletariado es ganar al campesinado para una alianza revolucionaria, no con discursos superficiales, sino demostrando en la práctica que los intereses profundos de los campesinos se identifican con los de la clase obrera y no con los de la burguesía.
En este proceso, Marx también revisa la teoría del Estado. Deja claro que todas las revoluciones anteriores, incluso las más radicales, se habían limitado a apoderarse de la máquina estatal y perfeccionarla, reforzando su aparato burocrático‑militar. Su conclusión es que la revolución proletaria no puede repetir ese camino, debe romper la máquina del Estado existente y sustituirla por un poder nuevo basado en la democracia obrera. Lenin retomará esta idea en su obra sobre el Estado y la revolución, subrayando que aquí está lo más original y decisivo del marxismo sobre el problema del poder.
Engels complementa el cuadro con sus propios textos surgidos en el contexto de la Neue Rheinische Zeitung. En Campaña alemana por la Constitución imperial critica la indecisión y las vacilaciones de los demócratas pequeñoburgueses y elabora la teoría de la insurrección armada como un arte que debe estudiarse y prepararse, no improvisarse. En La guerra campesina en Alemania usa la experiencia de 1525 para sacar lecciones sobre el papel del campesinado y la necesidad de que el proletariado aspire a dirigirlo en las futuras revoluciones. Lo que se va forjando en conjunto es un método para leer la historia y actuar sobre ella: análisis materialista, estudio de la correlación de fuerzas, comprensión de los sujetos sociales concretos, rechazo del aventurerismo y del voluntarismo.
¿En qué se traduce todo esto para una crisis actual?
En que no basta con “salir a hacer algo” ni con transmitir emociones por cámara. La experiencia de Marx demuestra que las derrotas no se superan con gestos teatrales sino con un reforzamiento teórico serio. Estudiar, escribir, editar un periódico, distribuirlo, discutirlo en fábricas, barrios y escuelas, formar núcleos de lectura, elaborar balance crítico de cada situación, ese es el trabajo invisible que prepara una fuerza capaz de aprovechar las futuras irrupciones de masas. Lenin insistía en que en los períodos de reflujo es cuando más se necesita el trabajo sistemático, porque en el momento de la explosión ya es tarde para construir organización.
La lucha de clases, tal como la entiende Marx, es la forma en que se expresa la desintegración de la sociedad capitalista. El capitalismo vive una fase de ascenso histórico en la que impulsa de manera increíble el desarrollo de las fuerzas productivas, pero a partir de cierto punto esas mismas relaciones que fueron motor de progreso se convierten en cadenas que frenan el desarrollo de la humanidad. Esa es la fase de decadencia, proliferan las crisis, el desempleo, las guerras, la destrucción ecológica, mientras una minoría concentra riqueza obscena. Políticamente, esa decadencia se traduce en fenómenos bonapartistas y autoritarios, en la colonización del espacio público por el dinero y los medios de comunicación, en la transformación de la política en espectáculo.
Frente a esa degradación, el legado científico de Marx es una invitación a hacer exactamente lo contrario de lo que propone el capitalismo de la atención. No se trata de abandonar la comunicación moderna ni las redes, pero sí de subordinarlas a un proyecto de formación y organización, no a la lógica del like y la polémica efímera. Se trata de recuperar la idea del periódico obrero como centro de gravedad de la vida política de una organización, un lugar donde se condensan la experiencia de la clase, el análisis crítico de la realidad, los debates estratégicos y las orientaciones para la acción. Se trata de que cada militante no sea solo espectador de streams, sino lector y escritor, sujeto activo de una tradición que combina ciencia y revolución.
Marx no legó un repertorio de frases hechas para repetir en redes; legó un método para conocer y transformar el mundo. Sus descubrimientos —el materialismo histórico, la teoría de la plusvalía, la concepción de la dictadura del proletariado y de la desaparición futura de las clases— surgieron de un trabajo paciente de estudio, polémica, edición y escritura, en estrecho vínculo con la lucha de su tiempo. Recuperar esa práctica, en lugar de sustituirla por el roleo y el streaming, es una de las condiciones para que la lucha de clases deje de ser un espectáculo decadente y vuelva a ser una fuerza consciente capaz de abrir el camino a una sociedad diferente.

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