Tierra, Pueblos Originarios y Clase Obrera ante el saqueo. Las posiciones de la Izquierda: PO, MST, IS, PTS y PCR ante el despojo colonial
Por Raúl
Las palabras de Felipe VI admitiendo que en la conquista española hubo "mucho abuso" no cierran ninguna herida, la reabren desde arriba con la hipocresía característica de las potencias coloniales que conceden la dimensión moral del crimen para mantener intacto el orden material que ese crimen fundó, porque no hubo disculpa formal, no hubo reconocimiento jurídico, no hubo compromiso de reparación, apenas un gesto que reconoce el sufrimiento pero niega la responsabilidad, lamenta la conquista pero no discute el botín histórico ni el lugar que ocupan hoy España, Europa y el capital transnacional en la arquitectura del saqueo contemporáneo, y todo esto ocurre en un mundo atravesado por una nueva etapa de guerra imperialista donde la agresión de la OTAN a Rusia, la estrategia estadounidense del debilitamiento de los imperialismo europeos, terminar con CUBA, de la guerra imperialista a Venezuela, Iran para debilitar a China, el control del petróleo y las rutas energéticas, y el genocidio permanente contra el pueblo palestino sostenido por el sionismo y las potencias occidentales forman parte de un mismo tablero de acumulación por desposesión a escala planetaria donde los pueblos del Sur global son tratados como reserva de minerales, agua, energía y mano de obra barata.
Para entender esto necesitamos recuperar una categoría teórica que no es un lujo académico sino una herramienta de supervivencia política, la acumulación originaria, que cuando Marx la describe como despojo, expropiación violenta, saqueo colonial y genocidio no está contando un prólogo remoto de la novela capitalista sino señalando que el capital nace ahogado en sangre y que esa lógica de sangre no desaparece sino que se reactualiza una y otra vez, y Rosa Luxemburgo lo entendió con claridad genial al demostrar que el capital no puede reproducirse solo a partir de relaciones puramente capitalistas sino que necesita devorar permanentemente espacios no capitalistas, subordinarlos, disolverlos, absorber sus bienes comunes, sus formas de vida y sus territorios, y Pablo Rieznik insistió en que sin asumir que la acumulación originaria es genocidio y despojo de poblaciones preexistentes no hay marxismo serio, y David Harvey habló de acumulación por desposesión, y Stéfano Varese mostró cómo en América Latina ese proceso golpea con especial violencia allí donde persisten bienes comunes y relaciones comunitarias, territorios indígenas, campesinos y populares, y ese es el punto de partida para entender el saqueo del indigenismo hoy porque el capital no solo expulsa mapuches, qom, wichi, kolla y diaguitas porque es racista, que lo es, sino porque necesita esos territorios como soporte físico del extractivismo, de la soja, del fracking, de la megaminería, de los megaemprendimientos inmobiliarios, de los corredores bioceánicos y de la militarización estratégica, el mismo sistema que bombardea Gaza en nombre de la seguridad y del control geopolítico de Medio Oriente garantiza en América Latina la seguridad de las petroleras, las mineras y el agronegocio sobre territorios indígenas.
El indigenismo oficial, multicultural y de ONG reduce esta cuestión a reconocimiento simbólico, cupos, actos de memoria y protocolos de consulta que no frenan un solo proyecto extractivo, es la versión progresista del gesto de Felipe VI, reconocer la herida indígena sin tocar el régimen de propiedad que la produce, y a esa coartada se suma el indigenismo cultural de buena parte de la academia, del progresismo y del propio peronismo, festivales de diversidad, cátedras, paneles, días de la interculturalidad y discursos sobre la patria plurinacional que conviven sin conflicto con la firma de permisos mineros, la entrega de agua a las multinacionales y la represión a las comunidades cuando cortan una ruta, se celebra al indio en el plano simbólico mientras se lo aplasta en el plano material, la figura indígena se vuelve decorado identitario de un régimen que sigue organizado en torno al agronegocio, la megaminería y el extractivismo energético, y en Argentina el mapa habla más fuerte que cualquier discurso, millones de hectáreas están extranjerizadas, grandes grupos económicos concentran tierras sobre territorios ancestrales, y la frontera del agronegocio y la megaminería avanza sobre bosques, montes, ríos y comunidades, Benetton en la Patagonia es el símbolo más obsceno pero no el único, ahí se condensa el nudo, territorio indígena convertido en mercancía global con Estados provinciales y nacional como gestores y fuerzas de seguridad como brazo ejecutor, y el resultado es doble, se destruye la base material de la vida de los pueblos originarios y se reorganiza el espacio para una economía de exportación que precariza a la clase trabajadora y encarece la vida urbana, el indigenismo sin cuestionamiento de fondo al régimen de propiedad y sin ruptura con el extractivismo funciona como coartada moral del saqueo.
El gobierno de Milei radicaliza esta tendencia pero no la inventa, al intentar derogar la Ley de Tierras, al abrir de par en par el país al extractivismo minero, petrolero y sojero, al habilitar el desalojo de comunidades en nombre de la seguridad jurídica, lo que hace es llevar a su forma más descarnada una lógica que viene de antes, convertir todo territorio en activo negociable y todo bien común en unidad de negocio, y esa ofensiva se apoya en un terreno preparado por los gobiernos peronistas que nunca revirtieron la extranjerización de la tierra ni desmontaron el modelo sojero-minero y que gobernaron de la mano de los gobernadores más extractivistas del país, mientras hablaban de patria grande y pueblos originarios firmaban pactos fiscales con las mineras, habilitaban el fracking, defendían la expansión del agronegocio y se alineaban con las petroleras en el Atlántico Sur, y la acumulación originaria permanente no se agota en el despojo indígena sino que se extiende al remate de bienes públicos, al vaciamiento de las empresas estatales, al loteo de los territorios militares, los cuarteles, arsenales, predios y puertos que antes funcionaban como infraestructura estatal construida con trabajo obrero y recursos públicos se transforman en botín inmobiliario.
Esa venta no es un negocio aislado sino parte de la misma matriz que privatiza la tierra, los ríos, la energía, la costa y los puertos, el capital se apropia de todos los espacios donde pueda extraer renta, chacras, montes, barriadas, cuarteles, costas, glaciares y mares, y ahí entra el papel específico de las Fuerzas Armadas, la tropa vive con salarios de hambre, pide la baja, deserta por miseria, mientras la oficialidad negocia tierras, contratos y alineamientos geopolíticos integrándose dócilmente a la estrategia militar de las potencias imperialistas, y esa cúpula no solo se asocia al saqueo interno sino que renuncia en los hechos a la defensa de Malvinas y de la proyección antártica, la presencia británica consolidada en Malvinas, la militarización del Atlántico Sur, la disputa creciente por recursos en la Antártida y el Mar Austral son parte del mismo escenario donde la oficialidad argentina actúa como socio menor, no como obstáculo, entrega soberanía por arriba mientras administra el disciplinamiento hacia abajo, y la entrega de Malvinas no es solo una claudicación diplomática sino el eslabón de una cadena, sin una política de defensa soberana el Atlántico Sur se consolida como retaguardia estratégica de la OTAN y de las petroleras, sin control sobre Malvinas y la plataforma continental el reclamo antártico argentino pierde peso, sin control sobre la Antártida y sus proyecciones se resigna la disputa sobre recursos estratégicos, rutas marítimas y posiciones militares decisivas para el siglo XXI.
Es el mismo sistema que sostiene el sionismo y el genocidio palestino y que arma guerras por petróleo y gas en Medio Oriente exige a los países dependientes alinearse con sus bloques militares para garantizar la libre circulación de mercancías y energía, el aparato castrense en lugar de ser herramienta de defensa popular funciona como gestor dócil de esta entrega mientras sus altos mandos se enriquecen con el remate del patrimonio militar, y la acumulación por desposesión atraviesa también la cuestión militar, despojo de tierras indígenas, despojo de bienes públicos, despojo de soberanía territorial, y aquí viene el nudo del asunto que incomoda a mucha gente en la izquierda argentina, si la acumulación originaria es un proceso que se repite en el presente y atraviesa todas las dimensiones de la sociedad entonces la lucha de los pueblos originarios, la lucha de los trabajadores precarizados y la lucha contra la entrega del patrimonio estatal y de la soberanía no son compartimentos estancos sino frentes de una misma batalla contra un mismo régimen saqueador, y en ese marco el comportamiento de las direcciones de izquierda no es un detalle menor sino parte del problema, el Partido Obrero defiende a las comunidades mapuches, denuncia su criminalización y apoya bloqueos como los de Vaca Muerta pero en Santa Cruz impulsa proyectos para elevar las regalías mineras aceptando de hecho que la megaminería continúe y desplazando la discusión desde el saqueo en sí hacia el porcentaje de renta a cobrar, administrar mejor las regalías no es enfrentar el modelo sino gestionarlo, el Partido de los Trabajadores Socialistas combina una crítica al extractivismo con una práctica crecientemente electoralista donde el peso de las figuras mediáticas se impone sobre la construcción paciente de cuadros obreros con inserción real, la cuestión indígena y la cuestión ambiental ingresan a su agenda como temas a cubrir no como un eje estratégico articulado con la crítica de conjunto al régimen de saqueo territorial y laboral, el Movimiento Socialista de los Trabajadores y la Izquierda Socialista arrastran una trayectoria que no es un detalle, fueron parte del dispositivo que acompañó o llamó a votar a Sergio Massa en 2023, un candidato que impulsó una reforma laboral pro patronal, sostuvo leyes represivas contra la juventud y defendió el modelo sojero-minero, a nivel discursivo levantan una crítica al extractivismo pero la atan a la demanda de mayores impuestos y regalías para las mineras, lo que implica aceptar la continuidad de la actividad, el debate pasa a ser cuánto se cobra por el saqueo no si el saqueo puede tolerarse, y el Partido Comunista Revolucionario se integró al Frente de Todos oficiando como brazo izquierdo de una coalición que consolidó la extranjerización de tierras, profundizó la dependencia del agronegocio y avaló en los hechos la flexibilización laboral y las leyes represivas que hoy se descargan sobre la juventud y los sectores populares, y todo esto ocurre en un país donde una porción significativa de las hectáreas rurales está en manos extranjeras y donde regiones enteras como la Patagonia aparecen loteadas entre grandes grupos económicos sobre territorios reclamados por comunidades originarias, la extranjerización no es una cifra neutra, reordena el mapa productivo, presiona sobre el precio de la vivienda, condiciona el empleo y vacía de contenido cualquier discurso de soberanía, los gobernadores peronistas son la primera línea de este esquema, garantizan la megaminería en las provincias cordilleranas, profundizan el fracking en las cuencas petroleras, facilitan el avance del agronegocio en el norte y el litoral, y promueven el turismo y la especulación inmobiliaria en las costas, los bosques y las zonas de montaña, gobernar para ellos es pactar con las empresas y disciplinar a los pueblos, el indigenismo oficial y el discurso nacional y popular no tocan este nudo, pueden levantar la bandera de Malvinas en los actos mientras avanzan en acuerdos con petroleras que operan en el Atlántico Sur, pueden hablar de pueblos originarios mientras promueven leyes marco para el extractivismo responsable, pueden denunciar el hambre mientras pactan con el mismo agronegocio que concentra la tierra y define qué se produce para quién y a qué precio, y en ese marco gran parte de la izquierda parlamentaria incluyendo al FIT-U oscila entre la denuncia episódica y la adaptación, pero la crítica no puede quedarse en la denuncia de lo que otros hacen mal porque eso sería un gesto tan vacío como el indigenismo oficial que criticamos, la pregunta que debemos hacernos es qué sujeto político concreto puede encarnar la alianza estratégica obrero-indígena-popular que el diagnóstico exige, y aquí tenemos que animarnos a pensar más allá de la fragmentación actual, porque el cuadro social completa la escena, crece la inseguridad alimentaria entre trabajadores ocupados incluso formales, millones de personas viven bajo amenaza de desalojo en villas, asentamientos, alquileres abusivos o hipotecas impagables, el déficit habitacional se expresa en familias que no acceden a tierra ni a vivienda digna pero conviven con countries y barrios cerrados que se expanden sobre humedales, costas y periferias, esa contradicción está directamente ligada a la concentración de la tierra, a la mercantilización del territorio y al uso del Estado como gestor del negocio inmobiliario, el capital reordena el espacio geográfico para reordenar la vida social, despoja a los pueblos originarios en el campo y expulsa a los pobres de la ciudad, privatiza el suelo y con él la posibilidad de vivir, y desde esta perspectiva el programa no puede ser una sumatoria de reclamos sectoriales sino que tiene que partir de una idea central, el mismo capital que expulsa a los mapuches, que precariza a los trabajadores, que entrega Malvinas y la Antártida, que remata los predios militares y que sostiene guerras imperialistas, genocidios y bloqueos en todo el planeta es un solo enemigo estructural, y por eso la lucha indígena, la lucha obrera, la lucha por la vivienda, la lucha ambiental y la lucha por la soberanía no pueden seguir tratándose como capítulos separados de un pliego infinito sino como dimensiones de una misma batalla contra la acumulación por desposesión en un país dependiente insertado en un sistema mundial de saqueo, y aquí es donde tenemos que dar un paso más allá de la crítica a los partidos existentes, porque si nos limitamos a señalar lo que el PO, el PTS, el MST o el PCR hacen mal terminamos construyendo un diagnóstico certero pero sin sujeto, un llamado a la unidad sin herramienta para construirla, y la historia no se transforma solo con diagnósticos correctos sino con organizaciones capaces de intervenir, y eso significa que la tarea no es solo denunciar la cooptación o el electoralismo de la izquierda parlamentaria sino empezar a construir desde abajo, desde los territorios, desde las fábricas, desde las comunidades indígenas, desde los barrios populares y desde las bases militares empobrecidas, organismos de lucha que articulen las diferentes dimensiones del despojo en un mismo movimiento, asambleas barriales que discutan no solo el precio del alquiler sino también quién es el dueño de la tierra y de dónde viene su dinero, fábricas recuperadas que se pregunten cómo articular con las comunidades indígenas que defienden los humedales, soldados que enfrenten la miseria salarial y la entrega de soberanía organizándose contra la oficialidad que negocia el patrimonio militar, estudiantes que no solo tomen los colegios por el boleito educativo sino que discutan el modelo extractivo que financia las universidades, porque la acumulación por desposesión es un proceso total que requiere una respuesta total, y eso implica superar la fragmentación sectaria que ha caracterizado a la izquierda argentina, no para fundirnos en una unidad impostada que diluya las diferencias sino para construir convergencias en la acción que permitan acumular fuerza, porque el enemigo no espera a que nos pongamos de acuerdo en cada punto del programa, el enemigo desaloja hoy, reprime hoy, explota hoy, y la respuesta tiene que ser hoy, y esa respuesta no puede depender de que una dirección iluminada nos diga qué hacer sino que tiene que nacer de la organización colectiva de los que sufrimos el despojo en todas sus formas, un programa a la altura implica reconocimiento de los pueblos originarios como naciones oprimidas con derecho a autodeterminación y a propiedad comunitaria inalienable de sus territorios, restitución efectiva de tierras, nulidad de títulos fraudulentos, expropiación sin indemnización de latifundios y de tierras en manos extranjeras sobre territorios reclamados, prohibición de la megaminería y las formas más depredadoras del extractivismo, reconversión productiva bajo control obrero y comunitario, preservación de glaciares, humedales, bosques y cuencas como bienes comunes, ruptura con la subordinación militar a las potencias imperialistas, recuperación de Malvinas como causa concreta y no meramente declamativa, defensa activa del reclamo antártico, recuperación de los bienes militares enajenados, y desmantelamiento del aparato represivo como estructura de guerra interna contra los de abajo, y ese programa solo puede sostenerse con una alianza estratégica obrero-indígena-popular que incorpore a la tropa empobrecida contra la oficialidad entreguista y alimente organismos de base en fábricas, escuelas, barrios, territorios y donde sea posible en los propios cuarteles, memoria sí pero con medidas materiales, soberanía sí pero entendida como control popular sobre territorio y recursos no como bandera que tapa negocios ni como coartada para nuevas guerras, socialismo sí pero no como mera estatización de la economía sino como transformación radical de la relación entre sociedad y naturaleza, de la propiedad de la tierra y de las formas de vida, y en esa batalla la teoría de la acumulación originaria permanente no es un lujo intelectual sino el nombre riguroso del enemigo que tenemos enfrente desde la Patagonia hasta Palestina, desde Vaca Muerta hasta el Mar del Sur de China, y entenderlo es condición para poder derrotarlo, pero entenderlo no basta, hay que organizarse para derrotarlo, y eso significa que cada crítica a lo que otros hacen mal debe ir acompañada de la construcción de algo mejor, cada denuncia del vaciamiento de la soberanía debe ir acompañada de la construcción de poder popular desde las bases, cada llamado a la unidad debe ir acompañado de la práctica concreta de la unidad en la lucha, porque si nos quedamos en la denuncia corremos el riesgo de convertir este análisis en un ejercicio intelectual más que no mueve un centímetro la correlación de fuerzas, y el despojo sigue, la minería avanza, las comunidades son desalojadas, los soldados cobran miserias, Malvinas sigue en manos británicas y Palestina sigue siendo bombardeada mientras nosotros discutimos, y no se trata de abandonar la discusión sino de que la discusión nos lleve a la acción, de que el diagnóstico se convierta en estrategia y la estrategia en organización, y esa organización no puede ser la reproducción de los mismos vicios que criticamos, la misma fragmentación, el mismo sectarismo, el mismo electoralismo que reduce la lucha a la pelea por bancas, tiene que ser algo nuevo que nazca de la experiencia concreta de los que luchan, de los mapuches que resisten el desalojo, de los trabajadores precarizados que se organizan en sus barrios, de las madres que defienden sus territorios del fracking, de los soldados que empiezan a preguntarse por qué defienden las tierras de las petroleras y no las de su pueblo, y en esa construcción la teoría es una guía pero no un sustituto de la práctica, el marxismo no es un conjunto de fórmulas que se aplican mecánicamente sino una herramienta para entender la realidad y transformarla, y si la acumulación originaria es permanente entonces la resistencia también tiene que ser permanente, y si el despojo articula todas las dimensiones de la vida entonces la resistencia tiene que articular todas las dimensiones de la lucha, y si el enemigo es global entonces la respuesta tiene que ser global, pero global no significa esperar a que se coordinen todos los oprimidos del planeta sino construir desde aquí, desde nuestro territorio, desde nuestra historia y desde nuestras contradicciones, los puentes que nos permitan conectar con otras luchas, aprender de ellas y construir solidaridad efectiva, no declamativa, porque la solidaridad internacionalista no es un sentimiento bonito sino la comprobación práctica de que la liberación de los oprimidos de cada país depende de la liberación de todos, y eso significa que defender a Palestina es defender a los mapuches, que defender Malvinas es defender los humedales, que defender a los trabajadores precarizados es defender a las comunidades indígenas, porque el capital que explota a todos es el mismo y solo podremos derrotarlo si luchamos juntos, no como sectores que se solidarizan ocasionalmente sino como un solo movimiento que entiende que cada lucha particular es una batalla en la guerra de clases global, y para eso necesitamos organizaciones que estén a la altura, que no reproduzcan la fragmentación que critican, que sean capaces de articular lo local con lo global, lo sindical con lo territorial, lo indígena con lo obrero, lo ambiental con lo antiimperialista, y esa construcción no va a salir de un llamado iluminado ni de un partido que tenga todas las respuestas, va a salir de la práctica colectiva de los que nos negamos a seguir siendo despojados, de los que entendemos que la teoría de la acumulación originaria permanente no es un fetiche académico sino el nombre de nuestra experiencia cotidiana de explotación y desposesión, y que por eso mismo es la base para construir una fuerza capaz no solo de entender el mundo sino de transformarlo.

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