¿Por qué hay que soportar a Trump? ¿Es un abusador al servicio del imperio?

 



Por Raúl Valle

Llamar “loco” a Trump no solo estigmatiza a quienes padecen problemas de salud mental, sino que además oculta lo esencial, su papel de clase. Y como definición política es pobre. No estamos frente a una patología individual, sino ante un dirigente perfectamente funcional a una fracción específica de la burguesía imperialista estadounidense –petroleras, armamentistas, finanzas, grandes tecnológicas– que cierra filas detrás suyo porque ejecuta su programa de guerra, saqueo y reacción. Por eso hay que dar buenas  herramientas a nuestras lectoras y lectores para que se destaquen en el aprecio de correctas caracterizaciones, debates, que sean admirados por amigos y adversarios y en definitiva tengan las armas para que en esta guerra de la lucha de clases, resulten victoriosos. Para que vencer a nuestros abusadores y opresores sociales y políticos sea nuestra tarea. Vamos a los bifes. 

Analizarlo seriamente exige una caracterización social y politica, no psicologista, ver qué intereses materiales organiza, qué proyecto expresa en la lucha de clases internacional y cómo se lo puede enfrentar desde la fuerza independiente de la clase trabajadora, en Estados Unidos y en el mundo.

Trump es funcional a una fracción concreta de la clase dominante imperialista de Estados Unidos. Esa oligarquía –petroleras, bancos, constructoras, mafias empresariales, aparatos mediáticos– cerró filas detrás suyo aún sabiendo sus vínculos con Epstein y redes de explotación sexual, las múltiples denuncias de abuso y violencia contra mujeres, el intento de golpe del 6 de enero y una trayectoria plagada de fraude, evasión, negocios con la mafia del cemento y lavado en el negocio inmobiliario. Que, pese a documentos, condenas civiles y penales, y acusaciones reiteradas, siga en el centro del poder muestra menos “la locura” de Trump que la podredumbre de un sistema que lo fabrica, lo protege y lo usa mientras le sirva a sus intereses.

Trump hoy expresa, de forma condensada, a la fracción más agresiva del capital imperialista estadounidense, un bloque formado por el gran capital fósil (petróleo, gas, carbón, oleoductos), el complejo militar–industrial, una parte decisiva de las finanzas especulativas y sectores de las grandes tecnológicas, articulado con "think tanks"  ultraderechistas que es un laboratorio de ideas o centro de pensamiento, grupos de “expertos” que investigan, escriben informes y diseñan propuestas para influir en gobiernos, partidos y medios, casi siempre financiados por grandes empresas y sectores del capital, que los usan como usinas ideológicas y una base social reaccionaria que se usa como fuerza de choque política. No es un “accidente” ni un exabrupto de la historia, sino la forma concreta que adopta, en esta fase de crisis, la dominación de una oligarquía que necesita más guerra, más saqueo de recursos y más explotación para sostener sus tasas de ganancia y su peso en el sistema mundial. La guerra en Medio Oriente, la presión permanente sobre Rusia y China, la ofensiva sobre América Latina y el resto del Sur Global son distintos escenarios de una misma estrategia, utilizar la fuerza militar, el control financiero y la palanca energética para recomponer el poder del capital imperialista norteamericano.

En el centro de ese bloque se encuentra el capital fósil. Las grandes petroleras y gasíferas estadounidenses –ExxonMobil, Chevron, ConocoPhillips, Occidental, entre otras– vienen de encadenar años de ganancias extraordinarias, decenas de miles de millones de dólares por año gracias a los precios altos del petróleo y el gas y al aumento de la demanda de combustibles fósiles en un mundo sacudido por guerras, sanciones y cortes de suministro. A esas cifras se suman las de empresas de servicios como Schlumberger y de compañías ligadas a oleoductos, gasoductos y terminales de exportación. No solo ganan por la coyuntura, han logrado colocar a sus directivos, abogados y lobistas en los ministerios y agencias que regulan la energía, las tierras públicas y el medio ambiente, convirtiendo al aparato estatal en una prolongación directa de sus directorios. Desde ahí impulsan la apertura de nuevas áreas a la explotación, el desmantelamiento de normas ambientales, la persecución de cualquier intento de transición energética que limite su negocio y el uso del petróleo y el gas como armas de presión internacional.

Junto a ellas opera el complejo militar–industrial. Gigantes como Lockheed Martin, Raytheon/RTX, Northrop Grumman, General Dynamics y otros han visto cómo sus ventas, beneficios y carteras de pedidos se disparan con cada nueva escalada bélica, Ucrania, Medio Oriente, la militarización de Europa y Asia, la expansión de bases y acuerdos con gobiernos serviles en América Latina y África. Los presupuestos militares estadounidenses alcanzan niveles sin precedentes, y el horizonte que se plantea es el de una economía de guerra permanente, donde fabricar armas, sistemas de vigilancia y “soluciones de seguridad” es un negocio garantizado a largo plazo. Estas empresas presionan por más gasto militar, por menos límites a las exportaciones de armamento, por el desarrollo de nuevas generaciones de misiles, drones, sistemas espaciales y nucleares. La guerra deja de ser un “último recurso” y pasa a ser la condición normal de funcionamiento de un capital que ha hecho de la destrucción su fuente de acumulación. Y esto es una contradicción muy importante, el capital es enemigo del propio capital y está obligado, porque se agudiza, a expresarlo en la guerra permanente. Científicamente, el capitalismo para valorizarse está obligado a destruir su fuerza productiva. Entendiendo esto avanzamos un 90% hacia una claridad de nuestro diagnóstico.

Este eje fósil–militar se integra con una parte decisiva del capital financiero y especulativo. Grandes bancos, fondos de inversión y traders operan en todos los eslabones: financian proyectos de hidrocarburos, compran deuda pública con la que se pagan guerras y subsidios a las corporaciones, especulan con acciones de energía y defensa, apuestan a la subida y bajada del barril, de las monedas y de los índices bursátiles. Para ellos, cada crisis geopolítica, cada sanción, cada amenaza de cierre de una ruta marítima es una oportunidad de enriquecimiento. No hay contradicción entre “mercados” e imperialismo, son las dos caras de la misma moneda. La inestabilidad controlada –el caos en la periferia, el orden en el centro– es el clima ideal para este capital, que se beneficia tanto de la guerra como de la reconstrucción, tanto del hambre como de los planes de rescate.

La cuarta pata del bloque son sectores de la gran tecnología y de la economía de plataformas. Los magnates de Silicon Valley, dueños de empresas de redes sociales, inteligencia artificial, servicios en la nube, vehículos eléctricos y proyectos espaciales, se benefician de un modelo que combina rebajas impositivas, desregulación laboral, debilitamiento sindical, vigilancia masiva y contratos con el complejo militar y de seguridad. Lejos de ser un “capitalismo nuevo y progresivo”, estos sectores se articulan con los viejos amos del petróleo y las armas en torno a una estrategia común, abaratar y fragmentar la fuerza de trabajo, privatizar datos y servicios, reforzar el control social y colonizar nuevas esferas de la vida con lógica de mercancía.

Este bloque de poder no se coordina “espontáneamente”, lo hace, como dijimos antes, a través de una red de think tanks, fundaciones, universidades y medios de comunicación que traducen los intereses de clase en programa político. Instituciones como Heritage, Texas Public Policy Foundation, America First Policy Institute, Americans for Prosperity y muchas otras elaboran documentos, entrenan cuadros, redactan proyectos de ley, diseñan estrategias de comunicación. De ahí salen los eslóganes (“America First”, “energy dominance”), las doctrinas de seguridad que señalan a enemigos externos e internos, las reformas regulatorias que desmontan derechos laborales y ambientales, las narrativas que justifican guerras y golpes “en defensa de la democracia”. La llamada “guerra cultural” no es una distracción, sino un dispositivo funcional, se agitan temas contra el aborto, los derechos LGTBI, las “ideologías” en la escuela, el ataque a las mujeres que las coloca como sirvientas o "cosas" o mercancía de sometimiento sexual, la inmigración, la continuidad del racismo, el desprecio a los pobres y marginados, para dividir a la clase trabajadora y ocultar quién se queda con la torta.

Trump es, en este cuadro, la figura que condensa y expresa con más crudeza ese proyecto. Su trayectoria empresarial ligada a la especulación inmobiliaria, sus vínculos con financiadores del sector fósil, su cercanía con lobbistas del carbón y del petróleo, su discurso de macho alfa, racista, misógino y nacionalista, todo eso lo convierte en un representante ideal de esa fracción de capital. No gobierna “solo” ni “contra el sistema”; gobierna como gerente político de una coalición de oligopolios. El programa real de su gobierno se puede resumir en cuatro vectores: rearmar a Estados Unidos hasta niveles nunca vistos, relanzar una ofensiva fósil a escala global, disciplinar a aliados y rivales mediante guerra comercial, sanciones y chantaje financiero, y endurecer la dominación interna contra la clase trabajadora y las minorías oprimidas.

La guerra en Medio Oriente es un ejemplo perfecto de cómo funciona esta lógica. Veamos, a simple vista, se presenta como una disputa entre Estados, religiones o “civilizaciones”: Irán, Israel, las monarquías del Golfo, Estados Unidos, Rusia, China. Se coloca a lo extraño como terroristas, sucios y mesiánicos, y a Trump como un proceso civilizador, de buen vestir y buenos perfumes, del lado correcto, dicen que de dios.  Pero por debajo está la capa decisiva, el control de las reservas de petróleo y gas, de los estrechos y rutas marítimas, de los oleoductos y gasoductos, de los contratos de suministro a largo plazo, de la moneda en la que se factura el comercio energético. Cada misil, cada sanción, cada base, cada golpe de mano diplomático empuja ese tablero en una u otra dirección. Cuando sube el petróleo, ganan las petroleras de todos los bandos, pero no por igual. Cuando se cierran rutas, cuando se cambian proveedores, cuando se obliga a un país a vender con descuento y bajo ciertas condiciones jurídicas, se decide quién acumula y quién queda atado a la dependencia. Trump representa a la fracción del capital imperialista que está dispuesta a llegar a donde haga falta –guerra, golpes, sanciones masivas, sabotajes– para que ese control no se le escape.

Pero este proyecto no avanzaría tanto sin la actitud de la oposición oficial. Para introducir el tema es bueno un ejemplo,  se podría decir que existe un  imperialismo de izquierda y otro de derecha, uno gobierna con democracia vigilada y otro con dictaduras, pero como ejemplo sirve pero no es así realmente. Atrás de la democracia de EEUU está la dictadura del capital y la formalidad de la democracia. Atrás de esa formalidad existe la definición abstracta y la real, y se trata de esa experiencia y comprensión que hacemos entre todos de esa "democracia" (trucha). Sigamos, en EEUU, el Partido Demócrata comparte la misma  defensa de la propiedad privada de los grandes medios de producción, el rol dominante de Estados Unidos en el sistema mundial y la continuidad del capitalismo como orden natural. Su diferencia con Trump es de formas, de estilo, de distribución interna de cargos y prebendas, no de fondo. Los mismos bancos, corporaciones tecnológicas, aseguradoras, farmacéuticas y fondos que financian al Partido Republicano financian también al Demócrata. La llamada “resistencia” a Trump se concentra en los tribunales, en las comisiones de investigación, en maniobras institucionales y en campañas electorales basadas en el miedo al fascismo, pero rehúye cualquier confrontación frontal con el poder económico que sostiene ese fascismo. En vez de apoyarse en la fuerza de las huelgas, de los movimientos antirracistas, de las luchas estudiantiles y feministas, busca encauzarlo todo hacia la urna y hacia un “retorno a la normalidad” que es precisamente la normalidad que parió al trumpismo. Esto también hay que entenderlo un 90% porque facilita una evolución en la comprensión de nuestras vidas.


Sigamos. Vamos a una lectura más política, que Trump haya podido seguir su carrera política a pesar de haber instigado el asalto al Congreso, de haber intentado desconocer el resultado electoral, de acumular causas penales, de estar salpicado por las revelaciones de redes de poder y corrupción como las que rodeaban a Epstein, no es una anomalía, es una radiografía del Estado burgués. La democracia liberal tolera, integra e incluso normaliza a figuras que atacan sus propias reglas formales siempre que no cuestionen la propiedad de los grandes medios de producción ni el dominio del capital. Se lo condena en discursos, se lo investiga, se lo expone mediáticamente, pero se mantiene intacta la estructura de poder que lo hace posible. Una parte de la clase dominante teme su estilo y sus excesos, pero otra lo considera útil para aplicar medidas impopulares, reordenar el sistema en clave más autoritaria y desviar la bronca social hacia enemigos imaginarios. En última instancia, el propio aparato judicial y legislativo está atravesado por los intereses del capital, no va a dinamitar la figura que mejor sirve, hoy, a la fracción más agresiva de ese capital.

A nivel internacional, el trumpismo agrava todas las contradicciones del imperialismo norteamericano. Al intensificar la militarización, forzar a Europa a comprar armas y gas caros, atacar a China y a Rusia, recolonizar América Latina y apretar a África y Asia, acelera la fragmentación del orden mundial que dice defender. Abre espacios para que otros imperialismos hagan pie, empuja a países semicoloniales a buscar alternativas, alimenta una carrera armamentista peligrosa y pone al planeta al borde de guerras cada vez más difíciles de controlar. Al mismo tiempo, al apostar por el “fascismo fósil” en plena emergencia climática, pisa el acelerador de un desastre ecológico que golpeará primero a los pobres, pero que también socava las bases materiales de la acumulación capitalista: destrucción de cosechas, colapso de infraestructuras, migraciones masivas, crisis sanitarias. Es un proyecto que maximiza beneficios a corto plazo, pero prepara catástrofes a mediano y largo.

En el interior de Estados Unidos, la combinación de desigualdad extrema, precarización, racismo, patriarcado y violencia estatal empuja ciclos recurrentes de resistencia, huelgas en sectores clave, organización en empresas que antes eran “zonas libres de sindicatos”, revueltas antirracistas, movimientos estudiantiles, luchas feministas y LGTBI, resistencia de migrantes. Pero, sin una dirección política de clase, ese potencial se disipa o es canalizado por el Partido Demócrata, las ONGs y los aparatos sindicales burocratizados hacia salidas institucionales impotentes. Ahí está el núcleo del problema, el trumpismo no se enfrenta principalmente en los tribunales o en las urnas, sino en el terreno de la lucha de clases, con métodos y objetivos propios de la clase trabajadora.

Ahora vamos a un análisis profundo, a una perspectiva socialista, la conclusión no puede ser otra: no basta con denunciar a Trump ni con confiar en que sus excesos lo hundirán por sí solos. Mientras la fracción fósil–militar–financiera siga mandando, encontrará dirigentes, partidos y figuras –Trump u otros– que intenten imponer su programa. Lo que puede quebrar ese proyecto es la irrupción consciente de la clase trabajadora como sujeto político independiente, en Estados Unidos y a escala internacional. Y esa irrupción no se dará por acumulación lenta dentro del régimen, sino a través de saltos, de choques, de enfrentamientos abiertos. Entre esos enfrentamientos, la huelga general política ocupa un lugar estratégico.

Una huelga general política de los trabajadores en Estados Unidos –y, en la medida de lo posible, coordinada internacionalmente– sería un golpe directo al corazón del proyecto de Trump y de la oligarquía que lo sostiene. No se trataría solo de parar por salario o por condiciones, sino de paralizar la producción, la logística, los servicios y el funcionamiento normal del Estado con reivindicaciones claramente políticas, contra la guerra, contra el fascismo fósil, contra la represión, contra los ataques a inmigrantes, por la ruptura con las grandes corporaciones, por la socialización de la energía, las finanzas y los sectores estratégicos bajo control de los trabajadores. Una huelga de ese tipo haría visible quién hace funcionar realmente la sociedad, mostraría que sin la clase trabajadora no se mueve un barco, no despega un avión, no produce una fábrica, no opera un hospital ni una red de comunicaciones. Rompería la ilusión de que la única salida es elegir entre dos caras del mismo régimen y abriría la perspectiva de un poder alternativo.

Bueno, queremos dejar nuestro aporte final, quizás haya que leerlo varias veces, y el lector tenga que explicarlo a otra persona porque es el método pedagógico de comprender y desarrollar las neuronas espejos, y es que lo más importante de una perspectiva no es solo táctica, sino estratégica. Hablar de huelga general política es hablar de poner en cuestión la legitimidad del Estado burgués y plantear, en acto, la posibilidad de que la clase trabajadora tome en sus manos el destino de la sociedad. Frente a un capitalismo imperialista en crisis, que se desliza hacia la barbarie de la guerra, el fascismo y la catástrofe ecológica, la tarea de los revolucionarios no es administrar el mal menor, sino preparar las condiciones subjetivas y organizativas para que esas huelgas, esas luchas y esas resistencias fragmentadas se unifiquen en un movimiento consciente por el poder. Solo una clase trabajadora organizada internacionalmente, capaz de golpear donde más duele –en la producción, la circulación y el corazón político del sistema– puede derrotar el proyecto de Trump y de la fracción de capital que representa, y abrir el camino a una salida socialista basada en las necesidades de la mayoría y no en las ganancias de una minoría parasitaria.

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