¿Por qué el capitalista tiene ganancias y a la vez, puede destruir su fuerza productiva. ¿Cómo lo hace? Te lo explico
Por Raúl Valle
La ganancia capitalista y destrucción de fuerzas productivas son dos caras de la misma dinámica. El capitalista adelanta capital constante (máquinas, edificios, materias primas) y capital variable (salarios) con un único objetivo, extraer plusvalía, trabajo no pago que se realiza como ganancia. Mientras la tasa de ganancia que obtiene de una determinada planta sea “suficiente”, invertirá en mantenerla y desarrollarla. Cuando esa tasa cae por debajo de lo que considera aceptable, esa misma planta —por más útil y tecnológicamente viable que siga siendo— pasa a ser capital sobrante, y el capitalista la puede cerrar, desmantelar o reconvertir. Así, el capitalismo desarrolla fuerzas productivas y, llegado cierto punto, las mutila cuando ya no sirven a la valorización del capital.
La fuerza productiva, en sentido estricto, es la unidad concreta de tres cosas: los medios de producción (maquinaria, instalaciones, herramientas, energía, insumos), la fuerza de trabajo (las capacidades físicas e intelectuales de los trabajadores) y la organización técnico‑social del proceso de trabajo (división de tareas, técnicas, tecnologías, coordinación). Esa articulación específica —una planta determinada, con un colectivo obrero determinado, trabajando de cierta manera— es lo que se destruye cuando se cierra una fábrica, no se apagan solo fierros, se rompe un modo concreto de producir que fue construido históricamente.
Si llevamos estas categorías al caso Fate–Aluar, la secuencia se vuelve muy clara. Durante décadas, la planta de Fate en San Fernando concentró una fuerza productiva compleja, un establecimiento industrial de gran escala, maquinaria específica para neumáticos, una organización de la producción consolidada y cientos de trabajadores con un saber acumulado para transformar caucho, acero y energía en cubiertas para el mercado interno y externo. Mientras la producción de neumáticos rendía una tasa de ganancia aceptable, el grupo de Javier Madanes la sostuvo e incluso fue apuntalado en momentos críticos por el Estado, que llegó a subsidiar parte de los salarios en la pandemia para evitar su cierre inmediato.
Pero la competencia internacional, y en particular la irrupción masiva de neumáticos de origen chino, fue comprimiendo esa rentabilidad. Neumáticos producidos con otra escala, otra composición orgánica del capital y otras condiciones laborales empezaron a inundar el mercado argentino a precios más bajos. El precio de venta de la producción local tendió a bajar o a estancarse, mientras el costo de mantener la planta —energía, mantenimiento, salarios que los trabajadores defendían mínimamente— no lo hacía en la misma proporción. En términos de Marx, la tasa de ganancia de la rama local se fue deteriorando: el capital adelantado en Fate por cada unidad de producto producida se valoriza menos que antes y menos que en otras ramas donde el mismo grupo puede invertir.
En ese contexto, Fate deja de ser, para el grupo, un lugar rentable donde valorizar su capital. La planta, con sus 920 trabajadores, pasa a ser capital sobrante, una fuerza productiva que, aunque sigue siendo socialmente útil, ya no cumple con el criterio de rentabilidad privada. La decisión empresarial de cerrar la fábrica, despedir a toda la plantilla y liquidar activos es la forma concreta que toma la destrucción de la fuerza productiva: se apagan máquinas, se desarma la organización del trabajo, se dispersa el saber obrero. Desde la óptica de la sociedad, se pierde una capacidad instalada para producir un bien necesario; desde la óptica del capital, se elimina un centro de costos que ya no devuelve la ganancia esperada.
La relación con China aparece aquí en dos momentos diferentes pero conectados. Primero, como origen de la competencia que erosiona la ganancia de Fate: la importación de neumáticos chinos a gran escala deprime precios y fuerza el cierre de la planta. Segundo, como proveedor de la nueva forma bajo la cual el capital de Madanes recompone su rentabilidad en ese mismo predio: un gran depósito de baterías chinas. Tras el cierre de Fate, una parte del terreno se transfiere a Aluar, también del grupo Madanes, que decide reconvertir una fracción de las hectáreas en un parque de almacenamiento de energía basado en baterías de litio de origen chino. Ese depósito de baterías estacionarias —un sistema BESS de decenas de megavatios de potencia— se construye con contenedores de baterías LFP importados, inversores y sistemas de control electrónicos también provenientes de empresas chinas.
Desde el punto de vista técnico y económico, la lógica cambia por completo. La planta de neumáticos era intensiva en trabajo, cientos de trabajadores por turno, una cadena de montaje con múltiples etapas, mucha coordinación y alto peso del salario en la estructura de costos. El depósito de baterías chinas, en cambio, es intensivo en capital fijo importado y muy poco intensivo en trabajo local: una vez construido, requiere una dotación reducida de personal permanente para operación y mantenimiento. La inversión inicial en baterías y equipos —por ejemplo, del orden de los 20 millones de dólares— se respalda en contratos de almacenamiento de energía con una distribuidora o con el sistema eléctrico, que pueden garantizar ingresos anuales del orden de varios millones de dólares durante una década. La plusvalía ya no se extrae fundamentalmente en la línea de montaje mediante la explotación de cientos de obreros, sino que se materializa en la apropiación de flujos de ingresos ligados a una infraestructura energética crítica, con una base de trabajo vivo mucho más estrecha.
Cronológicamente, el movimiento del capital de Madanes puede ordenarse así. Primero, años de funcionamiento de Fate como gran fuerza productiva industrial, con el apoyo ocasional del Estado para sostenerla en momentos de crisis coyunturales. Segundo, presión creciente de las importaciones de neumáticos, particularmente de China, que reduce la competitividad de la producción local y comprime la tasa de ganancia. Tercero, decisión de cierre, se destruye la fuerza productiva concreta de Fate —fábrica, organización, colectivo obrero— y se despide a 920 trabajadores. Cuarto, reconversión parcial del predio, una parte se vende dentro del propio grupo y una fracción específica se transforma en depósito de baterías chinas, con una inversión relativamente acotada y contratos de almacenamiento que aseguran un flujo de ingresos futuros. Quinto, consolidación de una nueva base de acumulación, el capital que se retiró de la producción de neumáticos vuelve a valorizarse ahora en el negocio del almacenamiento energético, apoyado en tecnología importada de China y en un esquema regulatorio estatal.
Teóricamente, esto confirma el diagnóstico inicial, el capitalista puede sostener o aumentar sus ganancias destruyendo su propia fuerza productiva porque lo que conserva no son las formas concretas de producir, sino la capacidad de desplazar su capital hacia donde la tasa de ganancia sea más alta. Si para mejorar su posición tiene que cerrar una fábrica, despedir a un millar de trabajadores y levantar en su lugar un depósito de baterías chinas que emplea a un puñado de técnicos, lo hará. El criterio no es preservar capacidades productivas locales, ni mantener empleos industriales, ni aprovechar el saber acumulado de los obreros de Fate, sino colocar su capital en aquel punto de la economía —neumáticos ayer, energía y baterías hoy— donde la relación entre plusvalía y capital adelantado le resulte más favorable.
Frente a esta racionalidad, la pregunta política es quién debe decidir sobre el destino de las fuerzas productivas. Mientras el mando permanezca en manos de los propietarios del capital, la historia de Fate se repetirá en otras ramas, cuando convenga, se cerrarán plantas, se demolerán estructuras, se sustituirán colectivos obreros por equipamientos importados y contratos financieros. Si, en cambio, las decisiones estuvieran en manos de quienes trabajan, la lógica podría invertirse. En una fábrica como Fate, son los trabajadores quienes conocen el proceso de producción, las máquinas, los tiempos, las posibilidades de diversificación y mejora. Son ellos quienes pueden pensar cómo mantener y reorientar la fuerza productiva para responder a necesidades reales de la sociedad, incluso incorporando nuevas tecnologías o productos, pero sin que eso implique expulsar a cientos de compañeros.
Por eso, una conclusión coherente con todo este análisis es que la verdadera “racionalización” de la producción no pasa por dejar que el capital cierre fábricas y las reemplace por depósitos de baterías chinas, sino por poner las fuerzas productivas bajo control de quienes las ponen en marcha todos los días. Solo así se podría evitar que el aumento de las ganancias de unos pocos se construya, una y otra vez, sobre la destrucción de la fuerza productiva que ellos mismos —los trabajadores— han construido con años de trabajo.

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