FATE: ¿QUÉ HACER? ES HORA DE UNA INTERSINDICAL POR LA HUELGA GENERAL

 



Por Raúl Valle 

La nota de Política Obrera del 25 de marzo de 2026 sobre FATE cumple un papel necesario: denuncia el callejón sin salida del planteo de la “continuidad productiva”, expone la adaptación del SUTNA a las audiencias, ministerios y parlamentos, y marca sin rodeos que el proyecto de ley presentado en la Legislatura bonaerense para que Axel Kicillof asuma el “control temporal” de la planta carece de perspectiva real y funciona, en los hechos, como sustituto de la acción directa. Mientras la patronal desconoce la conciliación obligatoria, mantiene el lockout, deja de pagar salarios y fuerza retiros “voluntarios”, el sindicato responde con gestiones institucionales, reuniones informativas y festivales, en lugar de asambleas resolutivas y un plan de lucha de conjunto. En este punto, la nota acierta: describe bien la trampa de una orientación que subordina la iniciativa obrera a los tiempos del Estado y del parlamento.  

Para entender el alcance de este conflicto, hay que ubicar FATE en el cuadro general del movimiento obrero. Bajo el gobierno Milei‑Caputo, la ofensiva capitalista combina apertura importadora, caída brutal del consumo interno y uso sistemático de los cierres y lockouts como método de disciplinamiento. FATE se convierte, así, en un caso testigo, la patronal anuncia el cierre, despide a 920 trabajadores, paraliza la planta y se apoya en la entrada masiva de neumáticos importados para justificar que la producción local ya no “cierra”. En el conjunto del movimiento obrero, se combinan grandes movilizaciones y paros parciales con una política consciente de contención de las centrales sindicales, que se limitan a jornadas aisladas y negociaciones de cúpula que no cuestionan el rumbo de conjunto del ajuste. En este escenario, el desenlace de FATE tendrá consecuencias que van mucho más allá del gremio del neumático.  

La nota señala con justeza el carácter patronal del planteo de la “continuidad productiva”. Se trata de una consigna que pone el eje en garantizar el abastecimiento del mercado interno, el transporte, la logística y ciertos “bienes esenciales”, pero deja en la sombra lo esencial para los trabajadores, la reincorporación de todos los despedidos, el rechazo a los retiros “voluntarios”, las condiciones de trabajo y, sobre todo, quién manda en la fábrica. Así, se corre el eje de la discusión, en lugar de partir de la defensa incondicional de todos los puestos de trabajo y de la necesidad del control obrero, se parte de la necesidad de que la producción continúe de algún modo, incluso si eso implica sacrificar a parte de la plantilla. La crítica de Política Obrera es correcta cuando señala que estamos ante un planteo de mercado y no de clase, pero la nota se queda corta al no desarrollar un programa alternativo integral que proponga la “continuidad laboral” bajo control obrero como contrapunto.  

Del mismo modo, el texto acierta al caracterizar como ilusorio el proyecto de ley que pretende que Kicillof intervenga temporalmente la planta bajo la figura de utilidad pública. El gobernador bonaerense se ha mostrado, en los hechos, como un defensor irrestricto de la propiedad privada, alineado con las patronales y preocupado por su proyección presidencial hacia 2027, más que por los puestos de trabajo. No se puede esperar que un gobierno que, además, rinde homenajes a figuras como José Ignacio Rucci —burócrata sindical, paraguas del aparato represivo que luego de su muerte se denominó ''Triple A'' y responsable de la masacre de Ezeiza— sea el que salve una ocupación obrera y abra paso al control de los trabajadores sobre la producción. Esa delimitación política con el Estado y con todo el arco patronal, desde Milei hasta Kicillof, está insinuada en la nota, pero debería ser planteada con más contundencia para cortar de raíz cualquier ilusión en una salida “desde arriba”.  

Hasta aquí, la nota de Política Obrera es correcta en su crítica; donde muestra sus límites es en la perspectiva. FATE no es solo una lucha ejemplar que hay que “defender mejor”, es un laboratorio de la crisis del movimiento obrero y de sus direcciones. Si FATE es derrotada, si el cierre se consolida y los 920 despidos se transforman en una realidad aceptada, las consecuencias serán profundas. En el plano inmediato, la derrota alentará a Bridgestone, Pirelli y otras patronales a avanzar en cierres parciales, recortes y flexibilización, con el argumento de que “si FATE cayó, nadie está a salvo”. En el plano nacional, reforzará la política de Milei‑Caputo de destruir la industria local y reemplazarla por importaciones baratas, consolidando un modelo de país semi‑colonial basado en la exportación de recursos primarios y la logística. Y, en el plano subjetivo, será utilizada por el gobierno, los medios y la burocracia sindical para sembrar la idea de que “pelear no sirve”, de que lo único razonable es negociar la mejor indemnización posible y reacomodarse como se pueda.  

Pero también hay que sacar conclusiones de lo que se ha hecho y de lo que no se ha hecho para evitar esa derrota. El sindicato del neumático combinó acciones importantes —paros, movilizaciones, ocupación— con una fuerte apuesta a la vía institucional, audiencias, conciliaciones, presentaciones judiciales, proyecto de ley. En lugar de transformar FATE en bandera de toda la clase trabajadora, dejó que la pelea se encuadre en el estrecho marco de una rama, e incluso de una sola planta, mientras el resto del movimiento obrero seguía enfrentando el ajuste casi por separado. La propia nota de Política Obrera lo detecta al cuestionar la falta de un plenario regional de lucha; sin embargo, no termina de desarrollar las tareas necesarias para romper ese aislamiento.  

La orientación que hace falta —y que la nota solo insinúa— implica varios niveles. Primero, en lo organizativo, volver al método de la asamblea resolutiva como centro de la lucha, reemplazando reuniones meramente informativas por instancias donde la base decida el rumbo, el programa, los plazos y las negociaciones. Abrir el sindicato y el conflicto a los estudiantes, a la juventud precarizada, a las mujeres trabajadoras y a los movimientos de desocupados, de modo que FATE se convierta en un eje de confluencia para todos los sectores atacados por la ofensiva capitalista. Segundo, en el plano de la coordinación, convocar un plenario regional y nacional de delegados de base, comisiones internas y organizaciones combativas de toda la rama del neumático y del conjunto de la industria, para discutir y votar un plan de lucha que incluya la huelga general del neumático, paros regionales, cortes de rutas de la zona norte y una gran jornada nacional en apoyo a FATE.  

Tercero, en el plano programático, sustituir la consigna vacía de “continuidad productiva” por un programa de “continuidad laboral y control obrero”. Esto significa defender la reincorporación de todos los despedidos, rechazar los retiros “voluntarios”, exigir la apertura de los libros contables de la empresa para demostrar el vaciamiento y plantear, si la patronal insiste en el cierre, la expropiación sin pago y la puesta en marcha de la fábrica bajo gestión de los trabajadores. De este modo, la lucha económica se enlaza con una lucha política contra la propiedad privada de los medios de producción y abre la discusión sobre qué tipo de poder necesita la clase obrera para garantizar sus derechos.  

Por último, hay que pensar en términos de pronóstico y de estrategia a más largo plazo. Si se logra revertir el cierre o arrancar una victoria significativa —por ejemplo, la reincorporación de la mayoría y la reanudación de la producción con los obreros adentro—, FATE puede convertirse en punto de partida para convocar un congreso de trabajadores ocupados, desocupados y en lucha, junto con estudiantes y movimientos de mujeres, que discuta un programa para enfrentar los cierres, un plan de lucha nacional y la tarea estratégica de construir un partido de trabajadores. Si, en cambio, la derrota se impone, la lucha no termina, hay que organizar a los despedidos en una comisión permanente, ligada a otras fábricas, que recorra el país explicando lo que pasó, denunciando el rol del Estado y de las direcciones sindicales, y aportando su experiencia a la formación de una nueva vanguardia. En ambos escenarios, victoria o derrota, el hilo conductor debe ser el mismo, sacar lecciones, elevar la conciencia y avanzar en la construcción de una dirección obrera capaz de transformar resistencias dispersas en una lucha por el poder de la clase trabajadora.

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