Pastores del ajuste: la alianza entre el evangelismo y el proyecto Milei

 


Por Raúl Valle


En las últimas décadas, América Latina se convirtió en un laboratorio perfecto para una operación política que mezcla religión, geopolítica y disciplinamiento social: el avance explosivo de las iglesias evangélicas –sobre todo pentecostales y de “prosperidad”– en alianza con proyectos de derecha bajo el paraguas estratégico de Estados Unidos. Lo que comenzó en plena Guerra Fría como un intento de frenar a la Teología de la Liberación y al ascenso de las izquierdas organizadas, hoy se expresa en pastores que bendicen presidentes ultraliberales, diputados “de la fe” que votan el ajuste y templos repletos donde se predica obediencia al orden, defensa del “Estado de Israel” y demonización de cualquier horizonte anticapitalista.Si se mira la cronología, el punto de partida está en los años de dictaduras militares y contrainsurgencia.

En Brasil, después del golpe de 1964, el propio régimen comenzó a alentar la llegada de predicadores estadounidenses con el objetivo explícito de combatir el “ateísmo” y las “ideas subversivas”, un discurso calcado del anticomunismo de la época. En la Argentina, la última dictadura cívico‑militar contó con una jerarquía católica mayoritariamente cómplice o silenciosa, mientras un puñado de curas y laicos comprometidos con los pobres eran perseguidos, secuestrados y desaparecidos. Ese doble movimiento –dictaduras, represión a la iglesia de los pobres y promoción de un cristianismo obediente– abrió la puerta a la irrupción de corrientes evangélicas que ofrecían otra cosa: una salvación individual, despolitizada, que jamás cuestionara la estructura económica ni el orden imperial.

Desde los años 70 y 80, distintas agencias estadounidenses, fundaciones y redes de misiones protestantes canalizaron dinero, programas de radio y formación de cuadros religiosos con una idea nítida, construir un “cinturón espiritual” conservador que hiciera contrapeso a la Teología de la Liberación y a los movimientos revolucionarios. Mientras en las villas y barrios obreros surgían comunidades de base, curas tercermundistas y organismos de derechos humanos, también comenzaban a crecer los primeros templos pentecostales de gran escala, emisoras evangélicas y campañas masivas de “cruzadas por Cristo” que denunciaban al comunismo, al feminismo y a cualquier proyecto de emancipación como obra del demonio. En ese caldo de cultivo aparecen las grandes marcas religiosas que hoy dominan el paisaje: megaiglesias, ministerios independientes, redes de pastores que funcionan como cuadros políticos.Entre estas, la Iglesia Universal del Reino de Dios se vuelve un caso paradigmático. Nacida en Brasil en 1977, construyó un verdadero imperio religioso‑empresarial: templos que parecen shoppings, cadenas de televisión y radio, editoriales y campañas de “milagros financieros” que se extendieron a casi toda América Latina, incluida la Argentina. 

Su teología, la de la prosperidad, es sencilla y brutal, si das tu diezmo y obedecés al pastor-empresario, Dios te va a devolver multiplicado en forma de trabajo, plata, salud, ascenso social; si seguís siendo pobre, enfermo o desocupado, es porque te falta fe o no diste lo suficiente. En paralelo, otras denominaciones como la Asamblea de Dios y múltiples iglesias pentecostales y neopentecostales replican la misma lógica, instalando un cristianismo que privatiza el sufrimiento, moraliza la pobreza y la convierte en problema individual.A fines de los 80 y sobre todo en los 90, con las transiciones democráticas ya avanzadas y el neoliberalismo arrasando derechos, el mapa se acelera. Las dictaduras se van, pero dejan sociedades devastadas, privatizaciones, desocupación, destrucción de lazos comunitarios. En ese escenario, las iglesias evangélicas –en particular las pentecostales– ofrecen contención contradictoria donde el Estado se retiró, meriendas, roperos solidarios, visitas a cárceles, grupos de ayuda mutua, espacios donde el vecino roto por la crisis encuentra alguien que lo escucha. Pero todo eso viene atado a una narrativa que convierte la miseria en prueba divina y al patrón en voluntad de Dios. En lugar de explicar la pobreza como producto de una estructura de clase y de una dependencia brutal, se la explica como “atadura espiritual”, como demonio que se rompe con oración, obediencia y diezmo.En ese proceso, el catolicismo empieza a retroceder. 

En Argentina, por otra parte, la Iglesia Católica fue históricamente uno de los pilares ideológicos del capitalismo local, primero asociada a la oligarquía terrateniente y al Estado agroexportador, luego integrada a las distintas formas del Estado burgués, incluso cuando este se sostuvo en el terror abierto. Desde el siglo XIX bendijo al Ejército que conquistó territorios y poblaciones indígenas, sostuvo la idea de una nación “blanca y cristiana” y legitimó un orden con una élite propietaria en la cumbre y una masa de trabajadores e inmigrantes en posición de subordinación, llamando a los de abajo a aceptar “su lugar” en nombre del “bien común”.  Su tarea política fue reducir a los sectores plebeyos a la servidumbre. Durante la dictadura de 1976‑1983, esa matriz se mostró con brutal claridad, buena parte de la jerarquía colaboró o guardó silencio frente a un régimen que desaparecía opositores en nombre de la “civilización cristiana occidental”, legitimando un proyecto económico de apertura, endeudamiento y disciplinamiento obrero. En el largo plazo, la Iglesia actuó como sostén ideológico del capitalismo dependiente, enseñó obediencia, sacrificio y resignación a las mayorías y defendió la propiedad privada como principio intocable, reduciendo a las y los pobres a una servidumbre moderna donde la explotación salarial, la pobreza estructural y la subordinación al capital aparecen como voluntad divina, aun cuando ciertos sectores internos ensayen críticas morales al sistema sin romper realmente con él.

En su conjunto, la Iglesia Católica, que durante siglos fue prácticamente sinónimo de religión en América Latina, comienza a perder terreno frente a templos nuevos que se multiplican en los barrios. La crisis de credibilidad por los abusos, negocios millonarios, terrenos y propiedades con fachadas de colegios innumerables que los colocaba como terratenientes, tenencias de bancos, pedofilia,  la falta de curas, corrupción, misoginia, la distancia entre una jerarquía envejecida y un pueblo cada vez más golpeado por el ajuste hacen que muchos fieles se vayan. La gente se va de la Iglesia Católica a los templos evangélicos porque allí encuentra lo que el Estado y el cura le negaron, contención, respuesta más rápida al drama cotidiano, una presencia más real en el barrio, las cárceles, salida espiritual ante las drogas, el acceso a la politica por medio del pastor-empresario y una promesa de salida individual frente a la miseria

En varios países de la región los evangélicos pasan del margen a rozar o superar la mitad de la población; en Brasil, el catolicismo cae década tras década, mientras que las iglesias pentecostales y la Iglesia Universal crecen a un ritmo vertiginoso y colocan una “bancada evangélica” con poder de veto en el Congreso, clave para proyectos como el de Bolsonaro. La religión deja de ser un simple campo de creencias y se transforma abiertamente en bloque de poder.Argentina entra a esta película un poco más tarde, pero con la misma lógica. Durante la dictadura del 76, el peso de la Iglesia Católica como institución del régimen fue gigantesco, capellanes castrenses, misas por la “patria cristiana”, legitimación del Proceso. 

Pero en el régimen capitalista quedó grabado, la experiencia bajo la dictadura, donde  emergieron  experiencias de base católicas  y una memoria de curas y laicos comprometidos con los pobres que la dictadura intentó sepultar. Y eso no se los van a perdonar y por eso si remplazo por el evangelismo, que allí, sí, estuvo ausente. Y a la par, en esos años también se terminan de perfilar redes evangélicas que verán en la democracia un terreno fértil. En 1982, todavía bajo dictadura, nace ACIERA, la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina, un paraguas institucional para miles de iglesias independientes, en su mayoría pentecostales, que hoy afirman agrupar más de 15.000 congregaciones en todo el país. No es un dato técnico, marca el momento en que un conjunto de templos dispersos empieza a pensarse como actor nacional, con agenda propia.

En los 90, la devastación social del menemismo abre las compuertas. Donde se cierran fábricas, aparecen iglesias; donde se destruyen sindicatos y redes barriales, surgen templos en galpones, casas convertidas en centros de culto, filiales de la Iglesia Universal del Reino de Dios con su estética de espectáculo religioso y promesas de milagros inmediatos. La privatización no es sólo de empresas públicas, también de la salvación, cada uno se salva como puede, y la iglesia se convierte en una mezcla de consultorio emocional, agencia de empleo simbólica y caja de recaudación. ACIERA consolida su red, la Iglesia Universal se expande y otras corrientes como ministerios neopentecostales “apostólicos” y congregaciones ligadas a la teología de la prosperidad se reparten el territorio urbano y periurbano.Desde principios de siglo, los números muestran de manera clara el corrimiento religioso en la Argentina. En 2001, el peso evangélico en la población estaba todavía por debajo del 10%; a partir de la crisis de ese año y de los años posteriores, el fenómeno se acelera. 

En 2008, las encuestas nacionales de creencias registran ya alrededor de un 9% de población que se identifica como evangélica, y para 2019 esa proporción supera el 15%, es decir, se duplica en poco más de una década. En términos absolutos, hablamos hoy de del orden de seis a siete millones de personas que se reconocen evangélicas sobre una población cercana a los 45 millones. Paralelamente, el catolicismo pasa de más de tres cuartas partes de la población a algo así como dos tercios en ese mismo período, mientras crece también el sector que se declara sin religión, siguiendo una tendencia regional. 

Lo decisivo es que, entre quienes se dicen evangélicos, una mayoría asiste regularmente al culto frente a una minoría entre los católicos, menos porcentaje total, pero mucha más militancia religiosa efectiva.Si se mira la infraestructura, el salto también es enorme. Las principales alianzas evangélicas del país reconocen que agrupan a cientos de denominaciones y consejos pastorales que, en conjunto, reúnen decenas de miles de congregaciones. De forma conservadora, se puede hablar hoy de más de 20.000 iglesias evangélicas de distintos sellos en todo el territorio nacional –templos grandes, medianos y pequeños– contando tanto las redes nucleadas en ACIERA como otras alianzas y ministerios independientes. En las grandes ciudades y en el conurbano bonaerense, pastores y sociólogos de la religión señalan que ya hay, en muchos barrios, más iglesias evangélicas que parroquias, y solo en el área metropolitana se cuentan varios miles de templos levantados desde principios de los 2000, al calor de la crisis de 2001 y de los ciclos posteriores de empobrecimiento. Desde ese momento, y sobre todo a partir de 2008, la curva de crecimiento evangélico se acelera, mientras la hegemonía católica se resquebraja. En los 2000, con el ciclo kirchnerista, se abre una tensión distinta. Por un lado, el Estado vuelve a ocupar parte del espacio social abandonado y la política vuelve al centro, reaparecen la militancia, los derechos humanos, los juicios a los genocidas, la agenda de ampliación de derechos. Por otro, las iglesias evangélicas ya no son un fenómeno marginal, sino un actor consolidado. Su irrupción en la disputa pública se ve con claridad en las batallas por el matrimonio igualitario primero y por el derecho al aborto después, marchas “pro vida” masivas, pastores al frente, redes de iglesias movilizando fieles contra cada avance en materia de derechos de género y diversidad. 

Es ahí cuando el evangelismo conservador argentino se muestra sin disfraces, como una fuerza política orgánica de la reacción moral. En la década de 2010 se van viendo también los primeros pasos hacia la representación institucional, concejales, diputados provinciales, dirigentes que se reivindican evangélicos y proponen “recuperar los valores” frente a la “ideología de género” y el “colectivismo”. Sobre esa base se construye el salto cualitativo que significa la alianza abierta con Javier Milei. El libertarismo mileísta ofrece a las iglesias un paquete perfecto, ajuste feroz, desmantelamiento del Estado social, ataque a sindicatos y movimientos sociales, combinado con defensa de “la vida”, mano dura, subordinación a Estados Unidos e Israel. ACIERA toma partido, pastores celebran su triunfo, se bendicen motosierras y se colocan diputadas y diputados propios, con cuadros surgidos de familias de referentes evangélicos que hoy integran La Libertad Avanza. El nuevo gobierno devuelve gentilezas. Reconoce oficialmente el Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes, otorga el estatus de “personas jurídicas religiosas” a las iglesias protestantes tras décadas de reclamos y abre la llave de recursos públicos a través de convenios de asistencia alimentaria y programas sociales canalizados vía templos y organizaciones evangélicas. Al mismo tiempo, empuja o convalida el final de los aportes directos del Estado a la Iglesia Católica, dejando atrás el viejo modelo de “iglesia oficial” financiada por el presupuesto nacional. 

En un país empobrecido, con inflación y despidos, la institución católica se ve obligada a replegarse y a sostenerse con donaciones cada vez más escasas, mientras la red evangélica refuerza su anclaje territorial con comida, contención y una prédica que naturaliza el sacrificio y el ajuste. El contraste es brutal, el catolicismo pierde fieles, bancas y plata; las iglesias evangélicas –entre ellas la Iglesia Universal del Reino de Dios, ACIERA y decenas de ministerios pentecostales y neopentecostales– ganan templos, fieles, bancas y contratos. La teología de la prosperidad encaja con el discurso libertario, si sos pobre es porque el Estado te malcrió o porque no trabajaste lo suficiente; si el ajuste te pega, no es culpa del presidente ni del Fondo Monetario, sino de tus pecados, tu falta de fe, tu flojera. La fe deja de ser refugio para convertirse en dispositivo de control. En los hechos, en la Argentina de la poscrisis de 2001 a hoy, mientras se multiplican las más de veinte mil iglesias evangélicas y los evangélicos pasan de menos del 10% a más del 15% de la población, el catolicismo cae más de diez puntos y abandona su posición de monopolio absoluto.Si se levanta la vista hacia el norte, la hipocresía se hace evidente. 

En Estados Unidos, la corriente evangélica que sirve de matriz ideológica a buena parte de estas iglesias es mayoritariamente blanca, racista y nacionalista (Anglófila). En Argentina la Iglesia Catolica contiene la misma defensa del contenido de clases y discriminador pero con mediaciones. El evangelismo fue y es sostén de la supremacía blanca, del odio al inmigrante, del muro en la frontera, de las leyes que criminalizan a los trabajadores latinos. Allí, la palabra “brown” –marrón– se usa como insulto para designar a quienes vienen del sur, a los morochos de piel y de clase. Esa gente es la que, exportando dinero, teología de la prosperidad y formatos de megaiglesia, viene a decirle a nuestros pueblos cómo vivir, qué amar, a quién obedecer. Lo paradójico y cruel es que, al aterrizar en países como la Argentina, esa misma matriz se adapta sin pudor al ''morochaje'' y a la vergüenza de clase, abraza a quienes, si estuvieran allá, serían tratados como ciudadanos de segunda, y les ofrece un lugar en la fila siempre y cuando renuncien a la rebeldía. El resultado es una escena donde pastores y fieles que, en el corazón del imperio, serían estigmatizados como “brown trash” se paran en nuestros barrios a repetir con devoción la ideología de los que los desprecian. Les piden a los trabajadores, a las mujeres pobres, a la juventud precarizada, que acepten el ajuste como “prueba de Dios”, que aguanten el hambre como “desierto espiritual”, que no salgan a la calle con sus compañeros porque eso sería “política” y “división”, mientras levantan la bandera de un proyecto que profundiza la dependencia, la pobreza y la entrega. La fuerza vital que se congrega en esos templos –gente que se organiza, que canta, que se ayuda, que sueña– es una energía social inmensa, pero hoy secuestrada por un discurso que la ata al carro de la reacción. Sin embargo, esa historia no está cerrada. La misma fe que hoy se canaliza hacia la resignación puede transformarse en rebeldía. Los mismos cuerpos que se arrodillan frente al altar pueden pararse frente a la fábrica cerrada, al comedor sin mercadería, al ministerio que recorta. Hay algo profundamente subversivo en un pueblo que sigue buscando sentido, comunidad y esperanza incluso en medio del desastre: ahí late una potencia que ni el pastor más reaccionario ni el presidente más servil pueden extinguir del todo. Esa fuerza sufriente que hoy se refugia en el evangelismo y en la religión, esa multitud de rostros morochos que llenan templos buscando consuelo, hay que transformarla en fuerza revolucionaria, llevándola a la lucha contra el régimen que la oprime y la superexplota, para que un día toda esa fe, toda esa lágrima, toda esa canción nocturna en los barrios, se levante como un solo puño y convierta el dolor en organización, la plegaria en grito y el milagro esperado en conquista material ganada en la calle.

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