Milei ataca también a los trabajadores bancarios


Por Raúl Valle

Milei cierra 60 sucursales del Banco Nación y prepara más de 4.000 despidos encubiertos contra la clase trabajadora. No es “modernización”, es ajuste brutal: el principal banco público del país achica su red de 769 a 709 puntos de atención para recortar costos a costa de los puestos de trabajo y de los sectores populares que dependen del Nación para cobrar su salario, la jubilación o acceder a un crédito. Detrás de la pantalla del “Plan Estratégico 2024-2027” se esconde un ataque directo: miles de bancarios empujados a retiros “voluntarios” bajo amenaza, sucursales que cierran en barrios y ciudades donde el banco era la única presencia estatal, y un recorte de personal que apunta a sacar de escena a unas 4.500 personas entre retiros, traslados y eliminación de puestos.  

Desde un punto de vista clasista, el movimiento es claro, el gobierno y la nueva casta directiva y gerencia de parásitos libertarios usan al Nación como laboratorio para disciplinar trabajadores, achicar el Estado y abrirle más espacio a la banca privada y del narcotrafico. Los números hablan por sí solos, alrededor de 3.000 retiros sobre una dotación superior a los 18.000 trabajadores significan casi uno de cada seis bancarios expulsados, y sobre esa base se suman otros 1.500 empleos “en revisión” por cierres, fusiones y digitalización forzada. Mientras los balances celebran el “ahorro” en salarios y alquileres, son miles de familias trabajadoras las que quedan en la calle o colgando de un hilo, y millones de usuarios –sobre todo jubilados, laburantes informales y pymes– los que se quedan sin ventanilla en sus barrios.  

La motosierra no cae sobre los banqueros privados ni sobre los grandes fugadores, cae sobre los laburantes del Nación y sobre el pueblo que usa el banco público. Cada sucursal que baja la persiana es un triunfo de los negocios financieros privados y una derrota concreta para la clase trabajadora: menos empleo estable, más precariedad, menos Estado en los territorios y más poder para los bancos que especulan. El cierre de 60 sucursales y los más de 4.000 puestos de trabajo puestos en la mira no son un “ajuste técnico”, son una ofensiva política contra una fracción organizada de la clase obrera, con un mensaje claro, o aceptan retiros y recortes, o los pasan por arriba.  

Desde una mirada de clase, la respuesta que se impone no es esperar el próximo comunicado del directorio, sino organizar la resistencia con asambleas, paros y coordinación entre bancarios, usuarios y el resto de los sectores en lucha. El ataque al Banco Nación no es un tema “corporativo” de un gremio, es parte de una estrategia más amplia para debilitar a los trabajadores, privatizar funciones del Estado y convertir derechos en negocio. Si se deja pasar el cierre de 60 sucursales y miles de despidos en el banco público más grande del país, el mensaje para todo el movimiento obrero es brutal: nadie está a salvo. 

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