Las uvas de la ira (Película 1940)

  


Por Raúl Valle


Las uvas de la ira es una película de 1940 dirigida por John Ford, basada en la novela homónima que John Steinbeck publicó en 1939. El guion fue escrito por Nunnally Johnson, la fotografía estuvo a cargo de Gregg Toland y el montaje fue realizado por Robert L. Simpson. Ya desde esos nombres se entiende que no se trata de una película menor, sino de una de las grandes obras del cine social norteamericano, una pieza donde la potencia narrativa, la sensibilidad política y la forma visual trabajan juntas para mostrar cómo una crisis económica puede deshacer familias enteras.

La historia sigue a la familia Joad, campesinos pobres de Oklahoma expulsados de sus tierras durante la Gran Depresión, en medio de la sequía, las tormentas de polvo del Dust Bowl y el avance de un capitalismo agrario que mecaniza el campo y vuelve innecesarios a quienes antes lo trabajaban. El eje del relato pasa por Tom Joad, que vuelve a su casa después de salir de prisión y encuentra a su familia al borde del derrumbe, obligada a abandonar lo poco que le queda y a partir rumbo a California con la esperanza de encontrar trabajo, comida y alguna forma de futuro. Lo que encuentran, sin embargo, no es la tierra prometida sino una maquinaria de explotación feroz, salarios de miseria, hambre, persecución contra los trabajadores organizados y una competencia despiadada entre pobres por sobrevivir un día más.

Como película, Las uvas de la ira se mueve entre el drama social, la road movie y una forma de realismo clásico que por momentos roza el documental. John Ford no la filma como una simple historia familiar ni como un melodrama sentimental. La filma como una tragedia social, como la crónica del derrumbe de un mundo y del viaje forzado de quienes quedan afuera. La fotografía de Gregg Toland, en blanco y negro, es decisiva para eso, usa contrastes de luz y sombra, rostros castigados, paisajes abiertos y campamentos miserables para dar una densidad material a la pobreza. No embellece el sufrimiento, pero tampoco lo convierte en una estadística fría. Lo vuelve presencia, cuerpo, espacio, respiración. El montaje de Robert L. Simpson acompaña con una narración sobria, sin golpes efectistas, dejando que el desgaste del camino y la repetición de las humillaciones construyan una angustia que crece escena tras escena.

El estilo de la película es el del gran cine social clásico de Hollywood, pero con una profundidad que lo saca de cualquier comodidad industrial. Hay épica popular, hay observación realista, hay denuncia de clase y también una búsqueda visual muy precisa para mostrar la descomposición de la vida material. Ford se apoya en la novela de Steinbeck, pero también en el clima histórico de la época, en las imágenes de la Gran Depresión y en la memoria colectiva de los desplazados. Por eso la película tiene algo de documento histórico, aunque sea ficción: muestra cómo familias enteras pueden quedar reducidas a la intemperie por fuerzas económicas que se presentan como inevitables.

La novela de Steinbeck, publicada en 1939, ya era una intervención política de enorme fuerza. No solo contaba la historia de los Joad, sino la de miles de campesinos expulsados de sus tierras por la sequía, la deuda, los bancos y la concentración de la propiedad. Steinbeck entendió que la miseria no era un accidente ni un castigo divino, sino el resultado de una estructura económica concreta. La película conserva ese núcleo y lo vuelve imagen. Lo que duele en Las uvas de la ira no es solo el hambre o el cansancio, sino la certeza de que esas personas no cayeron por fracasar individualmente, sino porque el sistema ya no tenía lugar para ellas.

Hay además un elemento biográfico importante en John Ford. Ford era hijo de inmigrantes irlandeses y estaba marcado por la memoria del despojo, el hambre y el exilio asociados a la historia irlandesa. Distintos estudios sobre la película señalan que él mismo vinculó esta historia con la experiencia de Irlanda, con las expulsiones de familias del campo y con la imagen de gente echada a los caminos para morirse de hambre. Eso le da a la película una dimensión todavía más profunda, Ford no solo estaba filmando una novela sobre la crisis norteamericana, también estaba filmando, en alguna medida, una memoria familiar e histórica de expulsión y desamparo.

Las uvas de la ira parece, a primera vista, una historia lejana, campesinos norteamericanos expulsados de sus tierras en los años treinta, carretones cargados de muebles, caminos interminables de polvo y miseria. Pero si uno se sienta a verla desde la Argentina de hoy, la película de John Ford deja de ser un clásico de museo y se convierte en un espejo incómodo. Lo que allí aparece como consecuencia de la Gran Depresión y del Dust Bowl, acá resuena con los desalojos rurales, la concentración de la tierra, las fábricas cerradas, los barrios populares sitiados por el extractivismo y la amenaza permanente sobre el agua y la vivienda. No es solo cine, es una forma de leer cómo un sistema económico puede convertir en basura a quienes ya no necesita.

Visto desde Argentina, todo esto adquiere otra densidad. Acá sabemos que el despojo no es un capítulo cerrado del pasado. Lo vimos con las privatizaciones y cierres de fábricas de los noventa, con los desalojos rurales, con la expansión del agronegocio sobre pequeños productores, con las crisis que empujan a familias enteras a las villas y asentamientos. Y lo vemos hoy en los debates sobre megaminería, extractivismo y el saqueo de Trump. Cuando una empresa minera se instala en una zona cordillerana, no solo perfora montaña, perfora equilibrios sociales, economías locales y, sobre todo, reservas de agua. La discusión sobre la Ley de Glaciares de Milei se inscribe exactamente ahí. Proteger glaciares y ambientes periglaciares no es un capricho ecologista, es defender la base material que sostiene la vida de comunidades enteras. Si esa protección se flexibiliza al gusto de las corporaciones, lo que se habilita no es solo un negocio más, sino la posibilidad de que dentro de unos años haya pueblos sin agua, producción regional destruida y familias obligadas a irse porque ya no pueden vivir donde vivieron siempre.

En la película, el tractor que arrasa las casas de los arrendatarios es el símbolo perfecto de esa lógica, una máquina guiada por alguien que “solo cumple órdenes” de un banco que “solo sigue reglas”. Nadie se asume responsable, pero al final hay una familia más en la ruta. En la Argentina actual, el tractor puede ser una topadora que despeja tierras para un emprendimiento, un proyecto megaminero que contamina ríos, un modelo agrícola que envenena poblaciones con agrotóxicos o una política económica que, en nombre del ajuste, recorta derechos básicos y deja a millones sin red. El resultado es similar, trabajadores y trabajadoras expulsados de su territorio o de su lugar en el mundo, obligados a sobrevivir como pueden. Si el despojo y el saqueo de los trabajadores en Estados Unidos ya resultan dolorosos en ''Las uvas de la ira'', en Argentina esa herida se siente el doble, porque acá no la vemos como un recuerdo lejano, sino como una amenaza permanente que puede materializarse cada vez que el capital avanza sin freno sobre la tierra, el agua y la vivienda.

Las uvas de la ira demuestra que quedarse en la calle no es un gesto del destino, sino la consecuencia de decisiones políticas muy concretas, quién controla la tierra, quién decide sobre el agua, a quién se protege con leyes y a quién se deja librado al “mercado”. En Estados Unidos, Steinbeck y Ford mostraron el precio humano de una crisis que el discurso oficial presentaba como fatalidad. En Argentina, la película nos ayuda a poner en palabras algo que sabemos por experiencia, que cada vez que se subordina todo a la rentabilidad de unos pocos, el camino termina igual, con familias expulsadas, pueblos vaciados y generaciones enteras condenadas a la precariedad.

Por eso, más que una obra del pasado, Las uvas de la ira es una advertencia para el presente. Es una forma de decirnos que detrás de los discursos capitalistas sobre inversión, modernización o desarrollo puede esconderse la misma historia de siempre, la de un sistema que necesita seguir acumulando y, para hacerlo, considera sacrificables a los de abajo. Verla hoy, en un país sitiado por proyectos extractivistas y políticas de ajuste, y saqueo, es una oportunidad para reconocer esos mecanismos a tiempo y para entender que la verdadera elección no es entre progreso o atraso, sino entre un sistema que destruye la vida de las mayorías, y otro, que pongamos la dignidad y los derechos de los trabajadores por encima de sus negocios.


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