“La CGT calla mientras Milei nos lleva a la guerra”
Por Raúl Valle
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva militar masiva contra Irán, asesinando al líder supremo Alí Jamenei y bombardeando instalaciones en todo el país. En apenas días, el conflicto se extendió a más de catorce países, el Estrecho de Ormuz fue cerrado al tránsito de petroleros y el mundo se asomó al borde de una crisis energética sin precedentes en décadas. Argentina, a trece mil kilómetros de Teherán, fue el único país de América Latina que respaldó abiertamente los bombardeos. Javier Milei celebró los ataques en sus redes sociales, su ministro de Defensa agradeció estar "del lado correcto de la historia" y el fundador de Mercado Libre, Marcos Galperín, tuiteó que era "un gran día para la civilización occidental". Frente a este alineamiento suicida, frente a esta guerra que amenaza con hundir a la Argentina en una crisis económica devastadora, la conducción de la CGT no dijo absolutamente nada. Ni una palabra sobre la guerra. Ni una línea sobre el alineamiento incondicional de Milei con Trump y Netanyahu. Ni una declaración sobre las consecuencias económicas que van a pagar los trabajadores argentinos con su bolsillo, con su empleo y, si la locura continúa, con su propia sangre.
La dirección cegetista convocó un paro general el 19 de febrero contra la reforma laboral, pero fue un paro sin movilización al Congreso, lo que le valió críticas durísimas de gremios como la UOM, ATE y las dos CTA. Rodolfo Aguiar, secretario general de ATE, calificó la estrategia de la CGT como insuficiente frente a "la mayor ofensiva que en democracia se recuerde contra los trabajadores y sus organizaciones". Y eso fue antes de que estallara la guerra. Desde que empezaron los bombardeos, el silencio de la conducción cegetista es ensordecedor. La CGT se ocupó de presentar un amparo judicial contra la reforma laboral pero no abrió la boca para cuestionar que Argentina se meta en una guerra que no es suya, que ponga en riesgo la seguridad nacional, que exponga al país a represalias terroristas y que destruya las condiciones económicas de millones de trabajadores. Es un silencio cómplice. Es el silencio de una burocracia sindical que negocia en los márgenes de lo que el poder le permite y que no se atreve a enfrentar las cuestiones de fondo, que este gobierno está subordinando los intereses de la nación y de la clase trabajadora a los designios del imperialismo norteamericano.
La guerra contra Irán no cayó del cielo. Hay que entenderla en el marco de una crisis económica mundial que se viene gestando hace años y que la política de Trump aceleró brutalmente. La OCDE ya había advertido que la guerra comercial desatada por Washington estaba empujando al mundo a un crecimiento más lento y a una inflación más alta, reduciendo las perspectivas de expansión global al 3,1% en 2025 y al 3% en 2026. El FMI recortó sus proyecciones a un 2,8% de crecimiento mundial, condenando a México a la recesión y debilitando a las principales economías del planeta [10]. En este contexto de sobreproducción, caída de la demanda y guerra comercial generalizada, la agresión contra Irán no es un capricho de Trump ni una cuestión humanitaria: es la consecuencia lógica de un sistema que, cuando no puede resolver sus contradicciones por la vía económica, recurre a la guerra. Irán tiene el 10% de las reservas mundiales de petróleo, produce 3,3 millones de barriles diarios y controla junto con sus vecinos del Golfo el Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% de todo el crudo que consume el planeta [4]. Controlar Irán es controlar la llave energética del mundo. Trump busca un cambio de régimen para instalar un gobierno dócil que abra las puertas al capital norteamericano, exactamente como hizo en Irak, con los mismos argumentos sobre armas de destrucción masiva que después resultaron ser mentira. El propio Organismo Internacional de Energía Atómica declaró que no hay indicios de desarrollo activo de armas nucleares por parte de Irán [11]. Pero eso no importa cuando lo que está en juego es el control de los recursos naturales y la disputa geopolítica con China y Rusia por la hegemonía mundial.
Milei no solamente apoyó los bombardeos: se posicionó como el aliado más entusiasta de Trump en toda América Latina, el único mandatario de la región que celebró abiertamente la agresión. Se reunió con el embajador norteamericano Peter Lamelas en Olivos para ratificar el alineamiento, viajó a Miami para participar de una cumbre de presidentes serviles a Trump en uno de los hoteles de lujo del magnate, y se espera la visita del secretario de Estado Marco Rubio a Buenos Aires. Milei habló de "hacer de la alianza con Estados Unidos una política de Estado" y exclamó "Make Americas Great Again, de Alaska a Tierra del Fuego" mientras Lamelas era el único embajador que aplaudía [13]. Argentina firmó acuerdos de cooperación militar, se sumó a las Fuerzas Marítimas Combinadas comandadas por Washington con base en Baréin, y reportes filtrados del Ministerio de Defensa indican que el gobierno evalúa el envío de tropas argentinas para apoyar la ofensiva contra Irán. Esto es una locura. Argentina no tiene ninguna obligación con la OTAN, no tiene intereses estratégicos en el Golfo Pérsico y no tiene capacidad militar para intervenir en un conflicto de esta envergadura.
Y no tiene capacidad militar porque el propio Milei se encargó de destruirla. La Fábrica Argentina de Aviones, FAdeA, la emblemática planta de Córdoba que fabricó los aviones Pampa durante décadas, está al borde del cierre. El gobierno pasó dos años sin firmar contratos con la Fuerza Aérea, despidió a más de 200 trabajadores mediante retiros forzados y la llevó a una "crisis estructural sin precedentes", según reconoció el propio vicepresidente de la empresa en una carta filtraa. Lo insólito es que mientras dejaba morir a FAdeA, Milei gastó casi mil millones de dólares en comprar aviones F-16 usados a Dinamarca, negándole a la fábrica nacional incluso el contrato de mantenimiento de esas aeronaves. Fabricaciones Militares, la empresa estatal que produce municiones y explosivos con plantas en Fray Luis Beltrán, Villa María, Río Tercero y Azul, sufrió oleadas sucesivas de despidos: 150 despedidos entre las sedes de Rosario y Córdoba, la planta de FANAZUL en Azul cerrada y sus 268 trabajadores en la calle, contratos de exportación cancelados y la producción paralizada. En Fabricaciones Militares, de las catorce fábricas originales con 25 mil trabajadores, apenas quedan cuatro plantas desfinanciadas con un puñado de empleados. El gobierno no solo desmanteló la industria militar: ofreció privatizarla a empresas extranjeras vinculadas a la OTAN, como la checa CGS Defence y la española Hispania Group, para producir municiones destinadas a Ucrania y otros conflictos ajenos. Es decir, la industria de defensa argentina, construida con décadas de esfuerzo y conocimiento de los trabajadores, fue vaciada para después venderla al mejor postor extranjero.
Entonces, cuando el gobierno evalúa mandar tropas a Medio Oriente, hay que preguntarse: ¿con qué las manda? ¿Con las fábricas cerradas? ¿Con los aviones comprados de segunda mano? ¿Con soldados que cobran salarios miserables y cuya obra social, IOSFA, está colapsada?. Los soldados argentinos irían como carne de cañón de una guerra imperial, como tropa de segunda al servicio de intereses que no son los suyos. Y hay que decirlo con todas las letras: los que van a morir no son los hijos de Milei, ni los de Caputo, ni los de Sturzenegger, ni los de Galperín. Los hijos de la casta capitalista que gobierna no van a pisar un campo de batalla jamás. Van a seguir brindando en los hoteles de Trump mientras los pibes de los barrios pobres, los mismos que no tienen laburo, los mismos a los que les cierran las fábricas y les recortan los derechos, son mandados al muere por una guerra que solo beneficia a las petroleras norteamericanas y a los contratistas de defensa de Washington.
Hay quienes argumentan, con un cinismo notable, que la guerra le conviene a la Argentina porque la suba del petróleo beneficia a Vaca Muerta. Es cierto que la producción petrolera argentina alcanzó un récord histórico en enero de 2026 y que cada diez dólares de aumento en el barril representan unos 1.300 millones de dólares adicionales en exportaciones. Pero esto es mirar un árbol y no ver el incendio del bosque. El Brent ya superó los 92 dólares por barril con una suba del 34% en un solo mes, y analistas de JP Morgan e ING advierten que podría trepar a entre 120 y 130 dólares en el peor escenario. Esa suba no es una bonanza: es una catástrofe. En Argentina, los combustibles podrían aumentar hasta un 10%, sumando entre 150 y 200 pesos por litro en los surtidores, y el CEO de YPF ya advirtió que si el Brent se mantiene arriba de 80 dólares el traslado a precios será inevitable. El combustible para aviones ya se encareció un 55% en una semana. Eso significa inflación, aumento del transporte, encarecimiento de los alimentos, caída del poder adquisitivo. Los analistas advierten que incluso si el conflicto se resolviera hoy, el impacto inflacionario ya está en marcha y los efectos de segunda ronda pueden ser permanentes. Para una economía que viene de años de ajuste, con una desocupación que tocó el 7,9% en el primer trimestre de 2025, el nivel más alto desde 2021, y con una reforma laboral que destruye derechos y abarata despidos, la crisis del petróleo es el golpe de gracia. Los beneficios de Vaca Muerta quedan en manos de las petroleras y los fondos de inversión; los costos los pagan los trabajadores en la góndola del supermercado.
Los trabajadores argentinos no tienen nada en común con la casta que gobierna este país ni con los capitalistas que celebran la guerra. En cambio, tienen mucho en común con los trabajadores iraníes, que son superexplotados por un régimen teocrático brutal. En Irán, el costo de vida triplica el salario promedio de un trabajador, los salarios llevan meses de atraso, la inflación es del 50%, los sindicatos independientes están prohibidos y los dirigentes gremiales que protestan son encarcelados. Desde fines de diciembre las protestas por la crisis económica y la inflación galopante se extendieron por todo el país y fueron reprimidas con munición de guerra y armamento pesado en zonas urbanas. Trump pretende que el régimen que reemplace a los ayatolas sea exactamente eso que Milei construye aquí: un gobierno autoritario, represor, privatizador, de salarios de hambre, que abra toda la economía al capital extranjero y aplaste cualquier resistencia de los trabajadores. La Internacional de Resistentes a la Guerra lo dijo con claridad: "Esta es una guerra por la guerra misma. Ninguna justificación puede legitimar bombardeos que ignoran la vida humana" [34]. Y desde IndustriALL Global Union exigieron que "el curso futuro de los acontecimientos en Irán es competencia exclusiva de su pueblo", no de Trump ni de Netanyahu ni de Milei.
La dirección de la CGT mira para otro lado. Su estrategia es un amparo judicial contra la reforma laboral mientras el país se mete en una guerra que va a traer crisis energética, inflación, devaluación y desocupación. Demostró que es un paro de silencio, sin movilización, sin plantarse de verdad. La clase trabajadora argentina necesita una dirección que denuncie el alineamiento belicista de Milei, que exija que Argentina no mande un solo soldado a morir por los negocios de Trump, que plantee un programa de defensa de la industria nacional y del empleo, y que levante la bandera de la solidaridad internacional con los trabajadores de Irán y de todo el mundo que son víctimas de esta guerra. Mientras la conducción cegetista calla, los que pagan las consecuencias son siempre los mismos, los que trabajan, los que producen, los que ponen el cuerpo. Nunca la casta de Milei. Nunca los parásitos del capital. Siempre los de abajo.

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