Irán: Otro salto al vacío de Trump
Raúl Valle
Rose Kelanic, reconocida analista de política exterior estadounidense, señaló que EEUU acaba de dar uno de los pasos más imprudentes de su historia reciente, acabar con la vida del principal líder religioso chiita durante el Ramadán, el mes más sagrado del calendario musulmán. Para dimensionar el impacto cultural y religioso de esta decisión, Kelanic recurrió a una comparación devastadoramente simple, es el equivalente a ejecutar al Papa durante la Cuaresma. A esto se suma otro detonante, un misil israelí que cobró la vida de decenas de estudiantes iraníes.
Advierte que la combinación de ambos hechos no generará rabia pasajera, sino algo mucho más profundo y duradero, es para décadas, si no generaciones, de enemistad del pueblo iraní hacia Estados Unidos, incluso entre quienes siempre rechazaron al régimen islámico. En otras palabras, Trump no solo no debilitó a sus enemigos, sino que los multiplicó. La analista fue categórica al desmantelar la narrativa oficial de Washington, la idea de que esta guerra podría transformar positivamente las relaciones entre EEUU e Irán, o incluso provocar una rebelión popular que derrumbe al régimen, es, en sus propias palabras, pura fantasía. Rosemary Kelanic es directora del Programa de Medio Oriente en Defense Priorities, donde publica ampliamente sobre seguridad energética, política de grandes potencias y estrategia de EEUU en Medio Oriente. Tiene un doctorado en Ciencias Políticas de la Universidad de Chicago y ha sido profesora en la Universidad de Notre Dame y Williams College, además de investigadora en el Centro Belfer de la Escuela Kennedy de Harvard. Sus análisis aparecen regularmente en Foreign Affairs, The New York Times y The Washington Post. Una de las voces más respetadas del mundo académico en asuntos del Golfo Pérsico
La noche en que los misiles comenzaron a caer sobre Irán, el calendario marcaba Ramadán y las calles de Teherán aún llevaban las marcas de las últimas protestas y de los últimos funerales. En cuestión de horas, una operación conjunta de Estados Unidos e Israel redujo a escombros centros de mando, bases militares, barrios enteros y, según confirmó el propio Donald Trump, la residencia del Líder Supremo, Ali Khamenei, muerto en un ataque que el presidente norteamericano celebró en redes como la eliminación de “uno de los hombres más malvados de la historia”.
El bombardeo no se detuvo ahí. En Minab, al sur de Irán, un misil impactó de lleno en una escuela primaria de niñas. Los recuentos oficiales hablan de decenas de muertas, con cifras que oscilan entre 40, 80 o más de 140 niñas asesinadas, según distintas agencias y autoridades iraníes, en medio del cruce de versiones y de la dificultad para verificar en el terreno. La imagen es brutal, mochilas desparramadas, pupitres quebrados, cuerpos pequeños envueltos en mantas mientras el sonido de los rezos se mezcla con el de las sirenas.
Es en ese contexto que la analista estadounidense, directora del programa de Medio Oriente en Defense Priorities y una de las voces más escuchadas en Washington cuando se habla de Irán, lanzó un juicio que atraviesa cualquier discusión técnica sobre “objetivos militares” o “daños colaterales”. Matar al líder religioso y político máximo del chiismo iraní durante el mes más sagrado del Islam, combinándolo con el bombardeo de una escuela de niñas, es —en términos simbólicos y culturales— el equivalente a ejecutar al Papa en plena Cuaresma frente a las cámaras. No se trata solo de un golpe militar, sino de una profanación calculada, un mensaje dirigido a millones de creyentes y no creyentes en todo Oriente Medio. Kelanic viene advirtiendo desde hace meses que los ataques de Estados Unidos contra Irán no traerían “liberación” ni “reformas democráticas”, sino un efecto clásico y conocido: el cierre de filas nacionalistas en torno a un régimen que, hasta ayer, enfrentaba una rebelión interna masiva, con decenas de miles de muertos por la represión, y una legitimidad profundamente erosionada.
En enero, cuando Trump todavía hablaba de “opción militar” como carta de presión, la misma Kelanic escribía que bombardear Irán “solo consolidaría al régimen”, porque los ataques externos desvían la rabia popular hacia el enemigo extranjero, produciendo el famoso “efecto rally ’round the flag” que la ciencia política viene documentando hace décadas: frente a la agresión imperialista, incluso quienes odian a su propio gobierno tienden a atrincherarse con él. Hoy, con Khamenei muerto bajo bombas estadounidenses e israelíes y una escuela de niñas convertida en cripta colectiva, ese diagnóstico deja de ser hipótesis académica para transformarse en una prefiguración tétrica de lo que se viene, no la caída del régimen clerical, sino su mutación defensiva hacia formas aún más cerradas, militarizadas y rabiosamente antioccidentales, apoyadas en un odio que ya no se dirige solo contra la cúpula religiosa sino, cada vez más, contra Washington y Tel Aviv.
El cálculo de Trump, sin embargo, se presenta ante la opinión pública norteamericana como el movimiento “final” en un tablero donde Irán aparece reducido a caricatura, un régimen demoníaco que solo entiende la fuerza, una sociedad pasiva, un tablero global donde Estados Unidos puede seguir apretando botones sin consecuencias estratégicas a largo plazo. El propio presidente habló de una “operación masiva y continua” para “dar a los iraníes su mayor oportunidad histórica de recuperar el país”, llamando abiertamente a la población a levantarse contra el régimen en medio del fuego cruzado. Es la misma fantasía que impulsó la invasión a Irak en 2003, bombardear desde arriba para, supuestamente, “abrir paso” a una revolución desde abajo. Lo que se omite —y que la historia reciente se encarga de recordar con sangre— es que las bombas nunca caen de manera aséptica sobre “los malos”, caen sobre barrios, escuelas, hospitales, centrales eléctricas, y lo que tienden a destruir primero no son las estructuras del poder, sino los frágiles tejidos de autoorganización popular que podrían haber dado lugar a una verdadera transformación.
En Irán, antes de estos ataques, había un proceso vivo, contradictorio y cargado de potencial revolucionario, oleadas de protestas obreras, huelgas en el sector petrolero, levantamientos juveniles desencadenados por el asesinato de Jina Mahsa Amini, redes de solidaridad clandestina que desbordaban las divisiones étnicas y confesionales. El régimen respondió con una represión feroz, con miles de detenidos y hasta 20.000 muertos según algunas estimaciones, pero no pudo borrar del todo la experiencia colectiva de haber desafiado al Estado teocrático. Es en ese punto de máxima fragilidad del poder clerical donde Trump decide intervenir no para fortalecer a ese movimiento emancipador, sino para subordinarlo a los objetivos estratégicos del imperialismo, contener a un rival regional, enviar un mensaje a China y Rusia sobre la disposición de Washington a usar la fuerza, reafirmar ante sus propias bases políticas una imagen de líder implacable.
Lo que surge de esa combinación es un escenario monstruoso. De un lado, un régimen teocrático y capitalista, con sus guardias revolucionarios, sus milicias paramilitares, sus prisiones repletas de opositores; del otro, la mayor potencia militar de la historia, asociada a un Estado colonial y nuclear como Israel, descargando una lluvia de fuego que mata niñas en un aula de primaria. Entre ambos polos, aplastada, una sociedad compleja que durante años intentó cuestionar a sus propios gobernantes y ahora ve ese conflicto interno sepultado bajo una nueva narrativa, no es “el pueblo contra los ayatolás”, sino “Irán contra el invasor”. Precisamente el guion que advertían Kelanic y otros especialistas, los ataques externos como la tabla de salvación de una élite que ya no podía apelar ni a la prosperidad económica ni al misticismo religioso para justificar su dominio.
La comparación con “ejecutar al Papa en Cuaresma” no es solo una imagen brillante; es el reconocimiento de un error civilizatorio, un cruce de línea roja simbólica que no se olvida en una generación. En la memoria colectiva chiita, el martirio cumple un papel fundante, Karbalá, el Imam Huséin, la traición y la masacre como núcleo identitario. Que el líder de esa tradición religiosa sea abatido por misiles extranjeros durante el mes del ayuno sagrado, mientras niñas mueren en una escuela, es la clase de episodio que se incrusta en el imaginario popular igual o más que la toma de la embajada en 1979 o las armas químicas de Saddam en los años 80. Es la materia prima de décadas de resentimiento y deseo de venganza, incluso entre sectores que detestan al régimen actual. Ahí está el corazón de la advertencia, esta acción no solo no desarma al enemigo, sino que multiplica su base social de odio hacia Estados Unidos y sus aliados.
Al mismo tiempo, la operación desnuda la podredumbre de la política exterior estadounidense en su fase de declive. Un presidente que vuelve al poder sobre la base del resentimiento interno —la promesa de restaurar una grandeza perdida— se encuentra atrapado en la misma lógica que dice querer superar, para sostener su autoridad en casa, necesita demostrar brutalidad afuera. Cuando la promesa de “no más guerras interminables” se estrella contra la realidad de un aparato militar-industrial que exige enemigos, el resultado es este: intervenciones quirúrgicas que terminan abriendo heridas imposibles de cerrar. Cada bomba que cae sobre Minab, cada cadáver pequeño que abandona un aula cubierta de polvo, es también un recordatorio para millones de personas, dentro y fuera de Estados Unidos, de que el poder imperial está dispuesto a cruzar cualquier frontera moral con tal de conservar su posición. Y en esa pérdida de legitimidad global, en ese aislamiento creciente, se insinúa ya el final político de Trump, no necesariamente en los términos de una derrota electoral inmediata, sino como figura histórica marcada indeleblemente por un crimen que ni siquiera puede vender como “victoria”.
Porque, ¿qué significa “ganar” aquí? ¿Un Irán decapitado que entra en guerra civil, con facciones armadas disputando los restos del aparato estatal, con milicias suníes y chiitas reproduciendo el escenario iraquí, con cientos de miles de refugiados atravesando la región? ¿Un Golfo Pérsico militarizado al extremo, misiles iraníes cayendo sobre bases norteamericanas en Irak, Siria, Qatar, Bahréin, con decenas o cientos de soldados estadounidenses muertos? ¿Un aumento del precio del petróleo que golpea la economía mundial y alimenta nuevas crisis sociales internas en Estados Unidos y Europa? Incluso en los términos más cínicos del cálculo imperialista, la jugada aparece como un salto al vacío. No por casualidad, voces como la de Kelanic insistían en que Irán no representa una amenaza real para el territorio continental de Estados Unidos, y que cualquier escalada militar se traduciría en un atolladero sin objetivo estratégico claro.
Desde el punto de vista de quienes miran este escenario desde abajo, desde los escombros de las escuelas, desde las cárceles iraníes, desde los barrios obreros de La Boca, Barracas, Orán, Zapala, Detroit, o de Marsella, el cuadro es aún más siniestro, dos bloques de poder enfrentados hasta la demencia, ninguno de los cuales encarna una salida para la mayoría. En Teherán, los clérigos y los generales ya preparan el relato, el Líder Supremo caído como mártir, las niñas muertas como víctimas del “Gran Satán”, la represión interna justificada en nombre de la defensa nacional. En Washington, el relato es el inverso, un presidente que se presenta como campeón de la libertad, que habla de “dar una oportunidad a los iraníes” mientras destruye en segundos las condiciones materiales mínimas para cualquier proceso de autoorganización popular independiente.
Lo que asoma detrás de esta coreografía macabra es la imposibilidad del orden capitalista actual de ofrecer algo distinto al horror escalonado. Estados Unidos, incapaz de aceptar el declive de su hegemonía, responde como una potencia senil, lanzando golpes cada vez más temerarios que erosionan su propia base de poder. Irán, atrapado en una estructura clerical y represiva, utiliza la agresión externa para reciclar su autoridad moral y postergar la hora del ajuste de cuentas con su propia sociedad. Entre ambos, se va acumulando una reserva de odio, miedo y dolor que tarde o temprano buscará salida, pero que hoy se expresa como un clima de fin de época, cielos iluminados por misiles sobre Teherán en Ramadán, niñas enterradas bajo sus cuadernos, un presidente norteamericano jactándose en redes sociales mientras los mercados calculan el impacto en el barril de petróleo.
Cuando se habla del “final de Trump”, no hay que imaginar necesariamente un desenlace inmediato, una renuncia o una derrota espectacular. Hay finales que son más lentos y más oscuros, el de las figuras que cruzan un umbral de violencia y quedan fijadas para siempre en la memoria del mundo como sinónimo de una época decadente. Este ataque —el asesinato de un líder religioso durante su mes sagrado y la matanza de niñas en una escuela— es uno de esos umbrales. Aunque la maquinaria mediática se esfuerce por normalizarlo, aunque los voceros hablen de “objetivos legítimos” y “errores trágicos”, algo se ha roto. No solo en la relación entre Estados Unidos e Irán, ya de por sí corroída por décadas de golpes, sanciones, sabotajes y guerras proxy, sino en la capacidad del propio sistema internacional de encubrir sus crímenes bajo el lenguaje pulcro de la diplomacia.
En esa grieta se abre, a la vez, la posibilidad de otras respuestas. No vendrán de los palacios presidenciales ni de los búnkeres militares. Vendrán —si logran abrirse paso entre los escombros— de los mismos sectores que hoy están siendo usados como carne de cañón, las y los jóvenes trabajadoras iraníes que ya se levantaron contra el velo obligatorio y contra la corrupción clerical; las familias trabajadoras que ven cómo sus hijas mueren bajo bombas “civilizadas”; los soldados rasos norteamericanos que empiezan a preguntarse qué hacen muriendo en bases perdidas del Medio Oriente; las masas de refugiados que cruzan fronteras y llevan consigo el relato de estas masacres. La tarea que se perfila no es la de “elegir entre los regímenes politicos” entre Trump y los ayatolás, entre Washington y Teherán, sino la de construir otra lógica, otra subjetividad, una proletaria, que se niegue a aceptar que el presente y el futuro solo pueden escribirse con los lenguajes del misil y del martirio.
Mientras tanto, el presente se oscurece. Irán llora a su Líder Supremo y a sus niñas al mismo tiempo. Estados Unidos se encamina, una vez más, hacia una guerra sin horizonte claro. Y el mundo asiste a la escena con una mezcla de estupor y de déjà vu, ya se ha visto esta película, siempre termina igual, con ciudades arrasadas, generaciones marcadas y presidentes que pasan a la historia no por sus promesas, sino por sus crímenes.
En ese sentido, el final de Trump ya está escrito, no en los votos, no en los tribunales, sino en las ruinas de una escuela de Minab y en la memoria de millones de personas para quienes el nombre del presidente estadounidense quedará asociado, para siempre, a la noche en que el cielo de Ramadán se llenó de fuego. Y, también, para millones de trabajadores que necesitan organizarse para terminar de confirmar que Trump es una lacra del capitalismo.
Anexo:
El capitalismo de occidente ''defiende'' a las mujeres matando mujeres
La mañana en que el misil cayó sobre la escuela primaria Shajareh Tayyebeh de Minab, en el sur de Irán, el edificio estaba lleno. Era el inicio de la semana escolar, con aulas completas de niñas de entre siete y doce años, uniformes prolijos, mochilas ordenadas junto a los pupitres, maestras intentando mantener una normalidad frágil en un país que lleva décadas viviendo bajo la amenaza de la guerra. Minutos después, esa rutina infantil quedó borrada. El impacto convirtió el colegio en un montículo de hormigón colapsado, hierro retorcido y polvo. Las primeras cifras oficiales hablaron de al menos 40 muertas, luego 57, luego 85, hasta llegar a los 148 fallecidos, la inmensa mayoría alumnas, en lo que ya se considera el episodio más mortífero para la población civil desde el inicio de la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán.
La escena que describen los rescatistas y los vecinos es insoportable incluso para quienes están habituados a desastres, cuerpos pequeños apilados en improvisadas morgues, padres buscando entre mantas ensangrentadas, maestras que habían ensayado simulacros de ataque aéreo intentando ahora reconocer a sus alumnas bajo capas de escombros. La escuela, un antiguo edificio militar reciclado para uso educativo, estaba situada a unos seiscientos metros de una base naval de la Guardia Revolucionaria, blanco declarado de los ataques de la alianza Washington–Tel Aviv. Esa proximidad fue toda la coartada necesaria para que una institución dedicada a enseñar a niñas se convirtiera de repente en “daño colateral”. La bomba cayó en horario de clase. No sobre un búnker, no sobre una sala de mando: sobre un aula.
En paralelo, y sin titubear ante las imágenes que empezaban a circular por las redes y las cadenas internacionales, Donald Trump aparecía en un mensaje grabado celebrando el inicio de “operaciones de combate masivas y en curso” contra Irán. Habló de “eliminar amenazas inminentes”, de “defender al pueblo estadounidense” frente a un régimen “vicioso”, y convocó a los iraníes a “aprovechar la oportunidad” para derribar a sus gobernantes, presentando los bombardeos como un acto de liberación destinado, entre otras cosas, a proteger los derechos de las mujeres frente al oscurantismo del clero chiita. El contraste entre esa retórica y los cuerpos de las niñas bajo los escombros ilumina, con una crudeza difícil de maquillar, el grado de cinismo al que ha llegado el discurso humanitario de Occidente: se bombardea una escuela con alumnas adentro en nombre de su emancipación futura.
Los números, necesariamente imprecisos en las primeras horas, crecen con cada verificación. La fiscalía de Minab habló de 148 estudiantes muertas y cerca de un centenar de heridas. El ministerio de Salud iraní elevó luego el total a 180 fallecidas por un único impacto, mientras organismos como la UNESCO expresaban “alarma profunda” y recordaban que las escuelas, especialmente las de niñas, gozan de una protección reforzada en el derecho internacional humanitario. Lo que en los comunicados militares se presenta como “un blanco que se encontraba en las proximidades de instalaciones estratégicas” se traduce, en términos concretos, en padres cargando restos de pupitres como si fueran ataúdes, en libros de lectura manchados de sangre, en pequeños zapatos alineados sobre el polvo a falta de otra forma de identificación.
Trump y sus voceros saben todo esto. No es un secreto que la escuela funcionaba como escuela, que allí no había tropas ni depósitos de armas visibles. La ubicación a pocos cientos de metros de una base militar fue suficiente para que los planificadores de la operación la incluyeran en la lista de riesgos aceptables. Esa lógica —la que subordina la vida de niñas a la conveniencia táctica de destruir una instalación enemiga— es la misma que durante años se vistió con las palabras “intervención humanitaria”, “guerra por los derechos humanos”, “protección de minorías oprimidas”. En el caso de Irán, el relato occidental sumaba una capa adicional, la defensa de las mujeres frente a un régimen que controla sus cuerpos, su vestimenta, su libertad de movimiento, que encarcela y asesina a quienes desafían el código de vestimenta obligatorio. Pero el misil que destruyó la Shajareh Tayyebeh no distinguió entre hijas sumisas o rebeldes, entre creyentes y escépticas. A todas las trató del mismo modo: como daños colaterales sacrificables en el altar de la geopolítica.
En las calles de Minab, los testimonios de las familias desnudan la hipocresía de la narrativa occidental. Muchas de esas niñas crecieron viendo por televisión las imágenes del movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, sabían de las protestas contra el hiyab obligatorio, se preguntaban por su propio futuro en un país atravesado por la represión y la crisis económica. No necesitaban que un presidente extranjero les explicara qué significaba la opresión. Lo que sí necesitaban —y no tuvieron— era la mínima garantía de que su escuela no se convertiría en blanco legítimo de una demoledora demostración de fuerza. El mensaje que reciben ahora es otro: las mismas potencias que se indignan selectivamente por los abusos del régimen iraní están dispuestas a arrasar un edificio lleno de niñas mientras se golpean el pecho hablando de libertad.
La lógica que sostiene este tipo de operaciones no es un desvío aislado, sino una constante en la historia reciente. Cuando se bombardeó Afganistán bajo el argumento de salvar a las mujeres del Emirato Islámico, decenas de novias murieron en bodas atacadas por drones; en Irak, los misiles que supuestamente anunciaban democracia dejaron tras de sí generaciones enteras marcadas por la violencia y la pobreza. Hoy, en Minab, se repite la fórmula con un cinismo redoblado, una alianza militar se presenta como garante de los derechos femeninos mientras convierte una escuela de niñas en un mausoleo. Las autoridades estadounidenses hablan de “trágico incidente” y piden cautela ante la “propaganda” iraní, como si la magnitud del horror pudiera relativizarse en una disputa de cifras entre 40, 85 o 180 muertas. Para las familias, la discusión es absurda, una sola hija perdida ya basta para desmontar cualquier discurso emancipador.
El concepto de “defender a las mujeres” se ha convertido en un arma retórica cómoda para justificar agresiones que, una y otra vez, terminan matándolas. Se invoca la lucha contra el patriarcado de los otros, mientras se consolidan estructuras de dominación propias, bases militares diseminadas por todo el planeta, industrias armamentísticas que se enriquecen con cada nueva campaña, gobiernos que necesitan enemigos externos para ocultar el deterioro social interno. La escuela de Minab estaba a 10.000 kilómetros de la Casa Blanca, pero el dedo que apretó el botón tenía la seguridad de que la distancia geográfica amortiguaría el impacto moral. Las niñas muertas serían cifras, no rostros; “pupilas” genéricas, no sujetos concretos con nombres, historias y sueños.
Aunque la responsabilidad jurídica específica sobre el misil que impactó la escuela se siga discutiendo entre comunicados oficiales y desmentidas diplomáticas, el contexto político es inequívoco, se produjo durante la primera ola de una ofensiva planificada y reivindicada públicamente por Donald Trump como parte de un plan para “anular” la capacidad militar iraní y abrir la puerta a un cambio de régimen. La destrucción de la Shajareh Tayyebeh no fue un accidente en un vacío histórico, sino un engranaje más en la maquinaria de una guerra decidida desde despachos lejanos, donde los mapas no muestran aulas ni patios de recreo, solo puntos estratégicos y radio de explosión.
Desde la perspectiva de las niñas que ya no están, toda esa arquitectura de justificaciones se desmorona. El capitalismo occidental, que se proclama faro de derechos, igualdad y empoderamiento femenino, revela su verdadero rostro cuando sus intereses geopolíticos y económicos chocan con la vida concreta de las mujeres que dice defender. Entonces la libertad se mide en toneladas de explosivos, la igualdad en capacidad de destrucción, la protección en el silencio embarazoso que sigue a cada masacre. En Minab, ese silencio se rompe apenas con los sollozos de las familias y el ruido mecánico de las palas excavadoras.
Es allí, entre el polvo y los cuerpos de las pequeñas envueltas en sábanas, donde se ve con nitidez la frase que nadie en Washington se atreverá a pronunciar en voz alta, para este sistema capitalista, las mujeres son valiosas como bandera, prescindibles como vidas.

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