El ejército israelí: un estado sin estado (Documental 2025)



 Por Raúl Valle

Es un documental francés de 2025 dirigido por Damien Fleurette y disponible en dos episodios en Movistar Plus+. La película parte de una idea simple y contundente, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) no son solo "el ejército" de un país, sino una estructura que atraviesa toda la sociedad, organiza la vida política, tecnológica y económica, y termina funcionando como un poder propio que desborda el Estado que supuestamente debería controlar. El título lo resume con precisión, un Estado sin Estado, porque las FDI aparecen como la verdadera columna vertebral del régimen genocida, el núcleo duro sobre el que se asientan gobiernos, partidos y grandes empresas.

El documental no se limita a la propaganda militar ni al despliegue de armamento. Muestra la trayectoria entre la autoimagen fundacional de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) como una "fuerza moral" nacida después de 1948 para garantizar la supervivencia de un nuevo país, y su transformación en un ejército de ocupación permanente sobre Palestina y la región. Así, se incluyen los controles diarios en los puestos de control, las demoliciones de viviendas, las redadas en Gaza y Cisjordania, y el papel del ejército como administrador de una vida civil palestina sujeta a toques de queda, permisos y castigos colectivos. La película se basa en imágenes de campo y entrevistas con soldados, exsoldados y especialistas, lo que permite demostrar que la ocupación no es un "exceso", sino una política de Estado incorporada a la doctrina militar.

Un punto clave que el documental ayuda a comprender es cómo el servicio militar obligatorio convierte a casi todos los hombres judíos israelíes en parte directa de esa maquinaria. Tres años de servicio, seguidos de años de reserva, naturalizan la idea de que la ciudadanía se evalúa con fusil en mano y uniforme en los territorios ocupados. Una parte importante de las quejas más duras contra la ocupación proviene precisamente de exsoldados que estuvieron allí, cumpliendo órdenes. Muchos de ellos se organizan en grupos como Rompiendo el Silencio, rompen la disciplina del silencio, admiten abusos, humillaciones y crímenes, y cuestionan que toda una generación haya sido educada para controlar a otra población a punta de pistola. En esa tensión entre el orgullo militar oficial y la vergüenza de quienes desertan o se rebelan, el documental muestra una profunda fisura en el consenso interno.

En este contexto político y humano, las cifras del gasto militar israelí ponen de relieve la magnitud del problema. En los últimos años, Israel ha destinado alrededor del 8% de su PIB a defensa, lo que lo sitúa entre los países con mayor carga militar del mundo. Esto implica decenas de miles de millones de dólares anuales en el presupuesto para el ejército, los servicios de inteligencia, los asentamientos, la industria de defensa y los sistemas de control y vigilancia en los territorios ocupados. Una parte significativa del presupuesto estatal se destina a sostener esta estructura, lo que recorta recursos para vivienda, sanidad, educación y salarios, y refuerza una economía organizada en torno al complejo tecnológico-militar.

Nada de esto sería posible a esta escala sin el apoyo financiero y militar de Estados Unidos, que funciona como proveedor estratégico de armas, tecnología y dinero. Durante años, Washington ha garantizado a Israel un mínimo de varios miles de millones de dólares en ayuda militar anual, junto con fondos específicos para sistemas antimisiles como la Cúpula de Hierro y otros programas conjuntos. Esta ayuda no es solo una muestra de solidaridad entre aliados: obliga a Israel a comprar armamento estadounidense, desde cazas F-35 y F-16 hasta bombas de alta potencia, misiles guiados, helicópteros y vehículos blindados. Cada operación militar en Gaza o en el Líbano es, al mismo tiempo, un banco de pruebas y una ventana para la industria militar norteamericana.

En Israel, el proceso político de la propia “democracia parlamentaria” se usa para castigar a quienes se oponen a la guerra. Diputados comunistas y de la izquierda árabe‑judía, como Ofer Cassif y Ayman Odeh, han sido suspendidos y hasta sacados a la fuerza de la Knesset por denunciar el genocidio en Gaza y la ocupación. El mensaje es claro, cuando el militarismo se vuelve régimen, el primer blanco institucional son quienes dicen no a la guerra. Y eso es una advertencia directa para Argentina, donde ya se intenta etiquetar como “antisemita” o “proterrorista” a quienes critican a Israel, abriendo la puerta a futuras proscripciones y expulsiones de voces antiimperialistas y anti‑sionistas

Con la llegada de Trump de nuevo a la presidencia, este vínculo se profundiza y se vuelve aún más brutalmente explícito. Trump representa la fracción más agresiva del capital imperialista estadounidense, la que ve la guerra como un negocio directo y a Israel como un socio armado de primera línea para disciplinar a Oriente Medio. Bajo su mandato, se acelera la venta de armas, se habilitan paquetes multimillonarios de bombas, aviones y municiones, y se negocian acuerdos a largo plazo para asegurar décadas de compras de equipo militar "hecho en EE. UU." De hecho, parte del rearme israelí tras derrotas parciales, como las sufridas contra Hezbolá en el frente libanés, se financia con dichos acuerdos, convirtiendo cada revés militar en un argumento para solicitar más recursos y más tecnología.

Israel es hoy un Estado cuya cohesión interna se basa en un ejército de ocupación que absorbe una enorme porción de la riqueza social, y ese ejército, a su vez, depende de un flujo constante de dinero, armas y legitimidad política de Washington, hoy encarnado por Trump. La sociedad israelí paga el costo social de la militarización, los jóvenes obligados a servir, el miedo permanente y las crecientes desigualdades internas; el pueblo palestino paga el costo directo de la ocupación, otros pueblos como Irán y siguientes, los bombardeos y los genocidios; y la clase capitalista estadounidense se beneficia de los contratos, las regalías y el control geopolítico. 

El ejército israelí: un Estado sin Estado, al priorizar la centralidad militar en la vida cotidiana, ofrece una vía perfecta para mostrar que el problema no es solo "cómo" lucha ese ejército, sino para quién, con qué dinero y contra quién se ha organizado toda esta maquinaria de genocidio. 

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