Discutamos una caracterización: Tercera guerra mundial “fragmentada”, múltiples frentes, potencias nucleares implicadas y economía global al borde de la recesión y crisis capitalista

 


Por Raúl Valle


Hoy nos encontramos ante un escenario que hasta hace poco parecía confinado a la literatura distópica: una tercera guerra mundial que no se declara con un único disparo, sino que se fragmenta en frentes encadenados—Ucrania, Gaza, el Sahel, el estrecho de Taiwán—, donde las potencias nucleares no solo se observan, sino que ensayan sus límites, mientras la economía global tiembla al borde de una recesión que golpeará primero a los de siempre. Analizar este momento no es un ejercicio académico; es una necesidad vital. Porque comprender cómo se entrelazan estos hilos nos conmueve como naciones, como pueblos y como personas, y nos permite ubicarnos en el lado correcto de la historia: aquel desde el cual no solo se sobrevive, sino que se organiza la vida con dignidad y proyecto.


Me gusta pensar que en este tiempo de pantallas y ruido, el gesto de sentarnos a leer juntos, a escribir de puño y letra o en espacios compartidos, recupera un sentido profundo de trinchera cultural. Por eso el rol del escritor y del lector no es pasivo: es un verdadero ida y vuelta. No se trata de bajar líneas desde arriba, sino de construir teoría con los trabajadores, en los talleres, en los sindicatos, en los barrios. Solo así podemos procesar colectivamente la crisis capitalista y ensayar una salida común desde la izquierda y el socialismo que no sea un manifiesto lejano, sino una herramienta forjada entre todos.


Si miramos atrás, vemos que en los procesos de la Primera y Segunda Guerra Mundial, la prensa obrera, los folletos clandestinos y las lecturas colectivas fueron fundamentales para forjar conciencia de clase. Pero hoy tenemos algo que aquellos compañeros y compañeras no tenían: la posibilidad de leernos y escribirnos en tiempo real, de corregir colectivamente, de saltar la censura con redes obreras propias, de traducir la teoría a la práctica del día a día con una inmediatez que multiplica nuestra potencia. Actuar con esa herramienta, con conciencia, nos permite no solo resistir, sino anticipar un mejor futuro.


Así que la invitación es a debatir con la crudeza de quien sabe que no hay espectadores en esta crisis, y con la ternura de quien cree que, leyéndonos y escribiéndonos en común, aún podemos parir otro mundo posible.

Desde la crisis del Estado de Israel, la nación atraviesa en 2026 su momento más crítico desde su fundación, enfrentando una convergencia inédita de guerra multifrente, descomposición institucional, colapso económico y fractura social. En el plano militar, Israel libra desde febrero una guerra de desgaste con Irán que ha dejado al menos 24 víctimas fatales en suelo israelí, con más de 6.000 heridos y alrededor de 5.500 misiles y drones lanzados contra el país. Las fuerzas israelíes operan simultáneamente en Líbano, Gaza, Siria, Irán y Cisjordania, enfrentando un déficit de 15.000 soldados, de los cuales entre 7.000 y 8.000 son combatientes, mientras el jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, ha advertido que las fuerzas de reserva "no resistirán" bajo la presión actual y que el ejército enfrenta "10 banderas rojas" que podrían llevar a un colapso militar. En el frente norte, un soldado israelí, el sargento Liran Ben Zion de 19 años, fue asesinado por fuego antitanque de Hezbolá en el sur de Líbano, elevando a seis los soldados caídos en ese frente desde el reinicio de las hostilidades.


En el frente interno, la crisis institucional se ha profundizado con un ejecutivo que ha consolidado su control sobre el poder judicial: la Corte Suprema anuló por unanimidad el intento de destituir a la Fiscal General, mientras que el 30 de marzo la Knesset aprobó con 62 votos a favor una ley que establece la horca como sentencia predeterminada para palestinos juzgados en tribunales militares de Cisjordania —donde la tasa de condena supera el 99%— en un plazo de 90 días, excluyendo explícitamente a los ciudadanos israelíes, una norma que el Consejo de Europa calificó como "grave retroceso" y que organismos de derechos humanos denuncian como un reforzamiento del "sistema de apartheid". Paralelamente, Israel sufre una fuga de cerebros sin antecedentes: casi 100.000 israelíes abandonaron el país entre 2023 y 2024, entre ellos 950 médicos de los cuales 510 permanecen en el extranjero, y las tasas de emigración entre doctores alcanzan el 25,4% en matemáticas, 21,7% en ciencias de la computación y 19,4% en genética, mientras el Banco de Israel redujo la proyección de crecimiento del PIB para 2026 del 5,2% al 3,8% con una inflación del 2% y una caída del 20% en las compras con tarjeta de crédito. A esta crisis económica se suma una ola de huelgas masivas que reflejan el hartazgo social: la Histadrut declaró una huelga general que paralizó el aeropuerto Ben Gurión, puertos, bancos y hospitales con pérdidas diarias superiores a los 2.000 millones de shekels; los médicos suspendieron la atención no urgente en los principales centros hospitalarios; los docentes universitarios iniciaron un paro indefinido; y los reservistas militares anunciaron su negativa a presentarse al servicio en señal de protesta contra la deriva autoritaria. Ante este escenario, los ministros de Asuntos Exteriores de Reino Unido, Francia, Alemania e Italia emitieron una declaración conjunta advirtiendo que la deriva israelí "socava los principios democráticos", en una señal del creciente aislamiento diplomático del país. En definitiva, desde la crisis del Estado de Israel, la nación se encuentra atrapada en una tormenta perfecta donde la guerra regional de desgaste, la erosión de la democracia, la fuga de su capital humano más valioso, la recesión económica y una sociedad movilizada en huelgas convergentes amenazan con desmantelar los cimientos mismos sobre los que se construyó el proyecto israelí.


 1. De guerra “bilateral” a conflicto sistémico


Lo que parece una guerra “limitada” entre Estados Unidos e Irán es, en realidad, un episodio dentro de una reconfiguración mayor del orden mundial. El ataque iraní con misiles y drones a la base de Prince Sultan en Arabia Saudita, que destruye un avión AWACS y hiere a militares estadounidenses, marca un punto de inflexión: Irán demuestra capacidad para golpear activos críticos de EE. UU. fuera de su territorio, en un nodo central de la arquitectura de defensa en Oriente Medio. Esa acción revela que la guerra ya no se da solo mediante sanciones, ciberataques o proxies, sino con ataques directos a infraestructura militar de alto valor. A partir de ahí, la nota plantea que mientras Washington absorbe los costos militares y políticos, otras potencias —Rusia y China— usan el caos como palanca para mejorar su posición económica, energética y geopolítica. El conflicto, por tanto, deja de ser “una guerra más en Medio Oriente” y se convierte en una pieza clave de la competencia entre grandes potencias.

 2. Rusia como aliado en la sombra: inteligencia y petróleo

En el plano militar y de inteligencia, la nota presenta a Rusia como un “socio invisible” de Irán. El elemento central es la acusación de Zelenski: satélites rusos habrían tomado imágenes de la base de Prince Sultan días antes del ataque y esa información habría sido compartida con Teherán, facilitando la destrucción del AWACS. Eso implica que Moscú presta capacidades críticas (observación satelital, procesamiento de inteligencia) a Irán sin involucrarse directamente en el combate. Al mismo tiempo, el cierre o la grave perturbación del Estrecho de Ormuz dispara los precios del petróleo, porque por allí pasa una parte decisiva del suministro mundial. Ante el temor a una crisis energética global, la administración Trump relaja temporalmente sanciones al petróleo ruso (por ejemplo, permitiendo ventas a India) para evitar una escalada mayor de precios. La paradoja es evidente: mientras EE. UU. combate a Irán, termina abriendo una ventana para que Rusia coloque más crudo a mejor precio, generando una “renta de guerra” que refuerza al Kremlin en otros frentes, en especial Ucrania. Así, Rusia gana dos veces: contribuye a debilitar militarmente a EE. UU. mediante inteligencia y, al mismo tiempo, obtiene oxígeno económico gracias al shock energético.

 3. China: asegurarse la energía y empujar el yuan

En paralelo, la nota describe la estrategia “silenciosa” de China, que no se manifiesta en misiles ni en satélites militares, sino en rutas, contratos y moneda. Pekín negocia con Irán para garantizar que los buques de crudo y gas (incluidos los de Qatar hacia Asia) puedan cruzar el Estrecho de Ormuz con protección iraní o con algún tipo de acuerdo tácito, en momentos en que muchas otras embarcaciones evitan la zona por el riesgo. Eso le da a China una doble ventaja: asegura su suministro energético en medio del caos y se convierte en un actor imprescindible para mantener el flujo de energía hacia Asia. Además, la nota subraya que Irán discute con varios países permitir y priorizar el tránsito de buques que transportan petróleo negociado en yuanes. Si esa dinámica se consolida, parte del comercio energético del Golfo podría empezar a desdolarizarse y a usar la moneda china como referencia, erosionando el rol del dólar como moneda hegemónica en el mercado del petróleo. Para algunos centros de análisis, la “ganancia” china es más estructural que la rusa: mientras el superciclo de precios altos puede ser transitorio, un mayor uso del yuan en contratos energéticos y una presencia consolidada de China en el Golfo pueden perdurar más allá de la guerra.

 4. La tesis central: EE. UU. paga los costos, otros cosechan las ventajas

 Estados Unidos está pagando el costo directo de la guerra con Irán —vidas, desgaste militar, tensiones con aliados, decisiones impopulares sobre sanciones— mientras Rusia y China capitalizan sus efectos secundarios. Washington se ve obligado a tomar medidas contradictorias con su propia estrategia de presión (como aliviar sanciones a Moscú) para contener el impacto en los mercados. Rusia, sin intervenir abiertamente, obtiene ingresos extraordinarios y fortalece una alianza de facto con Irán en el plano militar e informativo. China, sin disparar un tiro, refuerza su control sobre rutas energéticas clave y avanza en su proyecto de internacionalización del yuan, usando el conflicto como catalizador. La nota advierte que si EE. UU. interpreta la guerra solo como un duelo bilateral con Irán y no como parte de una confrontación más amplia con Moscú y Pekín, corre el riesgo de ganar batallas tácticas mientras pierde terreno estratégico: sale más debilitado en términos de prestigio, de control financiero y de capacidad de marcar las reglas del orden internacional.

 5. Un sistema de alianzas antiestadounidense en formación


En este punto, el texto introduce la idea de un “frente” o ecosistema antiestadounidense compuesto por Rusia, China e Irán, aunque no formalizado como alianza militar clásica. Irán aporta el teatro de operaciones y la capacidad de desgaste contra Washington y sus aliados en la región. Rusia suma inteligencia, apoyo tecnológico, armamento y una producción energética que se vuelve más rentable gracias a la guerra. China agrega poder económico, diplomático y financiero, ofreciendo alternativas en rutas, inversiones y moneda. El conjunto configura una presión multidimensional sobre Estados Unidos: militar (ataques a bases y activos), económica (shock de precios, necesidad de relajar sanciones), financiera (emergencia del yuan en el comercio de hidrocarburos) y simbólica (pérdida de capacidad para arbitrar conflictos en Oriente Medio). Voces como la de Gordon Chang, citadas en la nota, señalan que subestimar esta coordinación —aunque sea informal y llena de tensiones internas— puede llevar a que EE. UU. “pierda” la guerra en un sentido amplio: no porque sea derrotado en una batalla puntual, sino porque, al cabo del conflicto, el equilibrio de poder global se desplace a favor de sus adversarios sistémicos.


6. Israel en 2026: el eslabón más frágil en la cadena de crisis


Sobre ese telón de fondo, el último tramo amplía el foco hacia Israel y lo presenta como un eslabón especialmente frágil de esta cadena de crisis regional. En el plano militar, Israel libra desde febrero una guerra de desgaste directa con Irán (misiles y drones sobre territorio israelí, miles de heridos, decenas de muertos) mientras, al mismo tiempo, mantiene operaciones en Líbano, Gaza, Siria e incluso en territorio iraní, además de la ocupación permanente en Cisjordania. Esa multifrontalidad expone un déficit estructural de recursos humanos: faltan unos 15.000 soldados, las reservas están al límite y el propio jefe del Estado Mayor advierte sobre “10 banderas rojas” que podrían desembocar en un colapso militar si la presión se mantiene. El asesinato reciente de un joven sargento por fuego antitanque de Hezbolá en el sur del Líbano simboliza que el frente norte sigue activo y costoso, incluso mientras la atención se concentra en Irán. En paralelo, la crisis interna adquiere rasgos de descomposición institucional: el ejecutivo consolida su control sobre el sistema judicial, se aprueba en la Knesset una ley que introduce la horca como pena predeterminada para palestinos juzgados en tribunales militares de Cisjordania (con tasas de condena casi absolutas) y se profundiza un régimen de discriminación legal que organismos internacionales describen ya abiertamente como “apartheid”. Todo esto se combina con un deterioro económico acelerado —fuga masiva de profesionales y científicos, caída en el crecimiento proyectado, desplome del consumo— y con una oleada de huelgas que paralizan sectores clave (aeropuertos, puertos, hospitales, universidades) y erosionan la cohesión social. El resultado es un escenario de “tormenta perfecta”: guerra regional de desgaste, erosión democrática, colapso económico y ruptura del contrato social. La nota sugiere que, así como EE. UU. aparece sobreextendido a escala global, Israel está sobreextendido a escala regional e interna; y que ambos, por caminos distintos, corren el riesgo de ver socavados los pilares sobre los que construyeron su poder en Oriente Medio en el mismo momento en que Rusia y China están más preparados para explotar ese vacío.


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