Del primer trabajador al primer presidente más sionista del mundo
Por Raúl Valle
Javier Milei se ha convertido en el primer presidente argentino que hace del sionismo no solo una posición de política exterior, sino un eje identitario de su gobierno. No se trata de teorías conspirativas, o la dificultad de hablar de algo que se mantiene en la oscuridad por vergüenza propia. No fue un desliz ni una frase aislada, en plena escalada bélica en Medio Oriente, viajó a Nueva York, habló en la Universidad Yeshiva, se declaró “orgulloso de ser el presidente más sionista del mundo” y afirmó que Irán es “enemigo” de la Argentina, reivindicando abiertamente la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel y vaticinando “vamos a ganar la guerra”. Esa fórmula concentra el giro histórico que está impulsando, romper la relativa tradición de no alineamiento de la política exterior argentina y atar al país, de manera directa, al campo de guerra de las potencias imperialistas.
Desde que asumió, Milei viene tejiendo una trama de gestos, decisiones y alineamientos que consolidan un avance del sionismo, entendido no como identidad judía sino como proyecto político nacionalista y colonial asociado al Estado de Israel, en el Estado y en la sociedad argentina. Viajó a Israel a los pocos días de asumir, se sacó fotos en el Muro de los Lamentos, anunció la intención de trasladar la embajada argentina a Jerusalén –una señal política clave de reconocimiento de la anexión israelí sobre la ciudad– y se mostró como aliado incondicional de Netanyahu mientras Gaza era devastada. En los actos oficiales por la Embajada de Israel y la AMIA, se paró explícitamente “del lado de Israel” y no dudó en señalar a Irán como responsable directo de los atentados y de la muerte de Nisman, sin matices ni mención alguna al rol de los servicios de inteligencia argentinos, de las pistas encubiertas ni de las maniobras de encubrimiento local. Su discurso fue premiado por las conducciones de AMIA y DAIA, que agradecieron el “alineamiento” del gobierno con Israel y celebraron que Argentina “se pare en el lugar correcto de la historia”.
En paralelo, la Cancillería bajo su mando emitió comunicados apoyando las acciones conjuntas de Estados Unidos e Israel contra Irán, presentándolas como aporte a la paz, la seguridad y la “no proliferación nuclear”, y describiendo al régimen iraní como una amenaza persistente para la estabilidad internacional. En reuniones con el embajador norteamericano y en cumbres organizadas por Trump, Milei ratificó que el vínculo con Washington e Israel es “total, automático e incondicional”. El viaje a Miami para participar de una cumbre de presidentes latinoamericanos aliados de Trump, la expectativa de visitas de altos funcionarios estadounidenses y la prioridad otorgada a un acuerdo comercial bilateral con Estados Unidos cierran el cuadro: la política exterior argentina se está reconfigurando como apéndice directo del eje Washington–Tel Aviv.
Ese avance del sionismo en el aparato estatal argentino no se limita a declaraciones. Se traduce en decisiones concretas, intromisión en el estado en educación, en el ejercito y servicios secretos, votaciones alineadas con Israel en organismos internacionales, respaldo a la ofensiva israelí en Gaza e Irán, criminalización discursiva de cualquier crítica a Israel como “antisemitismo” o apoyo al terrorismo, utilización de los atentados de los 90 como coartada para alinearse con la política de guerra de Trump y del Estado israelí. Se profundiza la cooperación en materia de seguridad e inteligencia con Israel y Estados Unidos, se abren puertas para negocios vinculados a ciberseguridad, armamento, tecnología dual, y se legitima el rol de las agencias de inteligencia locales como actores opacos pero “necesarios” en la “lucha contra el terror”.
El sionismo no es un sentimiento abstracto de amor a Israel ni una “defensa de los judíos” en general, sino un movimiento político nacionalista burgués que se consolidó a fines del siglo XIX y principios del XX, que buscó construir un Estado judío en Palestina bajo el patrocinio de las potencias imperialistas y que se materializó en 1948 mediante la expulsión masiva del pueblo palestino y la formación de un Estado funcional a los intereses coloniales en la región. A partir de ahí, Israel se convirtió en enclave estratégico de Estados Unidos en Medio Oriente, pivote militar, tecnológico y de inteligencia de la dominación occidental. Ser “sionista” en este sentido implica apoyar esa estructura de ocupación y dominación, y defender el rol de Israel como gendarme regional del imperialismo. Milei no es “más sionista” por su fe personal en la Torá o por usar kipá, lo es porque abraza sin reservas ese papel y subordina la política exterior argentina a los intereses del eje israelí–estadounidense.
En el plano interno, el avance del sionismo se apoya en la estructura ya existente de instituciones comunitarias como DAIA y AMIA, que desde hace décadas funcionan menos como organizaciones representativas de la diversidad del pueblo judío argentino y más como interlocutoras privilegiadas del Estado de Israel y del poder político local. DAIA, en particular, ha sido un factor activo en la imposición de un relato único sobre los atentados, en la identificación automática entre comunidad judía e Israel, y en la persecución simbólica (y a veces judicial) de voces críticas, bajo la etiqueta de “antisemitismo”. Con Milei en el poder, esa convergencia se profundiza, la DAIA y la conducción de AMIA aparecen como aliadas directas del gobierno en la cruzada sionista, legitiman su alineamiento con Israel y su demonización de Irán, y contribuyen a colocar cualquier cuestionamiento en el terreno de lo “antisemita” en lugar de discutir el carácter imperialista y colonial de la política israelí.
Esta escena no puede separarse de la larga historia de complicidades del Estado argentino, de la DAIA y de la embajada de Israel en los atentados y sus encubrimientos. Desde el atentado a la Embajada de Israel en 1992 y el de la AMIA en 1994, el aparato de inteligencia argentino –con la SIDE a la cabeza–, sectores del Poder Judicial, funcionarios de sucesivos gobiernos y dirigencias de AMIA y DAIA construyeron un andamiaje de pistas falsas, pruebas fabricadas, testigos comprados y líneas de investigación abandonadas que impidieron deliberadamente llegar a la verdad. El encubrimiento fue tan grande que generó causas específicas que terminaron mostrando cómo se borraron huellas, se destruyeron pruebas, se compraron declaraciones y se desvió la atención de cualquier pista que apuntara a responsabilidades locales, tanto en la preparación como en la ejecución y la facilitación de los atentados.
La embajada de Israel, por su parte, actuó siempre con doble discurso, reclamando justicia en público, pero protegiendo en privado el marco político que le permitía usar los atentados como argumento para afianzar la alianza militar y de inteligencia con Argentina y para consolidar la narrativa de un Irán terrorista omnipresente. La hipótesis iraní, que Milei hoy presenta como verdad indiscutible, fue construida en buena medida desde los servicios estadounidenses e israelíes, adoptada sin comprobación judicial por el Estado argentino y sostenida durante décadas por DAIA y AMIA, incluso cuando las investigaciones demostraban el encubrimiento, las irregularidades y la manipulación de pruebas. En lugar de exigir una investigación independiente, libre de la influencia de servicios y embajadas, las conducciones comunitarias se alinearon con la geopolítica de Israel, convirtiendo la memoria de las víctimas en herramienta de una política de Estado ajena a los intereses de los trabajadores y del pueblo argentino.
En este marco, el avance del sionismo bajo Milei no es solo un problema de política exterior, sino un factor de militarización, racismo y persecución interna. Al declarar “enemigo” a Irán y, por extensión, a cualquier actor que se ubique fuera del eje Estados Unidos–Israel, abre la puerta a una mayor intromisión de agencias de inteligencia extranjeras, a leyes y prácticas de excepción bajo la excusa del terrorismo, a la criminalización de organizaciones palestinas o solidarias con Palestina, a la estigmatización de comunidades árabes y musulmanas en el país. El discurso que asocia árabes, musulmanes, iraníes y movimientos como Hezbollah con el “terror”, sin matices, funciona para justificar tanto el alineamiento externo como la vigilancia y la represión internas. En una sociedad atravesada por la crisis, el ajuste y la creciente movilización social, ese dispositivo también puede volverse contra las organizaciones obreras y populares, la etiqueta de “terrorismo” se vuelve herramienta disponible para criminalizar cualquier resistencia radical. Cuando en la vida práctica el sionismo, Trump y Milei son los primeros terroristas.
El sionismo de Milei tiene, además, una dimensión cultural, se intenta instalar la idea de que estar “del lado correcto de la historia” es apoyar sin reservas al Estado de Israel, que cuestionar sus crímenes en Palestina o su papel en la guerra contra Irán es ser “antisemita” o “amigo del terrorismo”, que toda la comunidad judía piensa y siente en clave sionista y respalda la política de guerra. Se invisibiliza así la existencia de judíos antisionistas, de organizaciones y voces judías que se oponen a la ocupación, de sectores de la comunidad que no se sienten representados por las conducciones de DAIA y AMIA. Se borra deliberadamente la distinción entre judaísmo (religión, cultura, identidad) y sionismo (ideología nacionalista y colonial), de modo de utilizar el antisemitismo real –que existe y es peligroso– como escudo para defender un Estado y una política opresora.
El lugar de Milei en este tablero es el de gerente local de la fracción del capital imperialista que hoy apuesta por guerra y saqueo. Su sionismo no es un capricho místico ni un “exceso ideológico”, es la forma concreta que adopta el alineamiento de la burguesía argentina –o al menos de su fracción hoy dominante– con el eje Trump–Estados Unidos–Israel. Mientras se bendicen bombas sobre Gaza o sobre Teherán, se firma deuda, se privatiza, se entrega litio, gas y recursos estratégicos, se ajusta a los trabajadores y se reprime la protesta. El sionismo sirve como lenguaje moral y “civilizatorio” para disfrazar un programa de disciplina imperial: Argentina se presenta como “aliada del mundo libre” mientras refuerza su lugar de país dependiente, proveedor de materias primas y mano de obra barata, subordinado a los intereses del capital financiero y las grandes corporaciones de la guerra y la energía.
En última instancia, el avance del sionismo estatal bajo Milei revela una doble tarea para la izquierda y el movimiento obrero. Por un lado, desmontar la identificación entre judaísmo y sionismo, entre memoria de los atentados y alineamiento con Israel, entre lucha contra el antisemitismo y apoyo a la guerra imperialista. Eso implica defender a la comunidad judía de todo ataque racista, pero al mismo tiempo criticar sin concesiones al Estado de Israel como aparato de opresión y colonización y al sionismo como ideología reaccionaria. Por otro lado, construir una política independiente del imperialismo en su conjunto, que rechace tanto la subordinación al eje Estados Unidos–Israel como las variantes burguesas que buscan apoyarse en otras potencias. Una política que parta de los intereses de la clase trabajadora argentina y de los pueblos oprimidos de Medio Oriente, que se solidarice con el pueblo palestino, con los trabajadores iraníes y con todas las víctimas de la guerra, y que apunte a enfrentar a sus propios imperialismos, sin elegir entre verdugos.
Milei y su sionismo militante son una expresión de la etapa, un capitalismo mundial en crisis que necesita más gendarmes, más enclaves coloniales, más vasallos dóciles para sostener un orden desigual e injusto. Enfrentarlos exige algo más que indignación moral: exige organización, unidad de las luchas y una perspectiva internacionalista que conecte la resistencia al ajuste y la represión en Argentina con la lucha contra la guerra y la ocupación en Medio Oriente. Solo una clase trabajadora consciente de que su enemigo está tanto en la Casa Rosada como en la Casa Blanca y en el gobierno israelí podrá frenar el avance del sionismo como brazo del imperialismo y abrir la posibilidad de una Argentina que, en lugar de ser parte de la maquinaria de guerra, se ponga del lado de los pueblos que la sufren.

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