Del Gaspar Campos de Perón a la calle Rucci de Kicillof: historia de una regresión

 


Por Raúl Valle 

El retorno de Juan Domingo Perón a la Argentina en 1973 abrió una de las etapas más contradictorias y violentas de la historia política nacional. Después de dieciocho años de exilio, proscripción y reorganización interna del movimiento, su regreso no produjo la unidad esperada, sino la cristalización de una fractura profunda entre dos proyectos irreconciliables, por un lado, la izquierda peronista, la militancia juvenil, sindical y territorial que había depositado en el regreso de Perón la posibilidad de una transformación social más profunda; por el otro, la derecha sindical y política que buscaba cerrar toda apertura hacia esos sectores y reinstalar un orden vertical, disciplinador y anticomunista. En ese marco, la violencia no fue un accidente ni una deriva secundaria, sino el modo en que esa disputa terminó resolviéndose sobre el terreno.

Perón llegó a ese momento después de haber pasado años en España, donde siguió de cerca la reorganización del movimiento y fue definiendo una estrategia de retorno que buscaba recuperar la conducción del peronismo. Pero ese proceso no estuvo guiado por una idea de democratización interna. Muy por el contrario, fue consolidando un esquema en el que los sectores más duros del aparato sindical, político y de seguridad fueron ganando peso frente a la izquierda peronista. Desde la óptica histórica, no puede afirmarse de manera liviana que Perón haya sido el “autor intelectual” de la Triple A en un sentido técnico y directo, pero sí puede sostenerse que su liderazgo político fue funcional a la reconfiguración que hizo posible su formación. La Triple A no surgió de la nada: fue el resultado de una acumulación de poder dentro del propio peronismo, de una lectura cada vez más hostil hacia la izquierda y de la tolerancia hacia mecanismos de persecución que terminaron instalándose como política.

El 20 de junio de 1973, la masacre de Ezeiza expuso brutalmente ese proceso. Lo que debía ser la fiesta del regreso definitivo de Perón terminó en una emboscada armada contra las columnas de la militancia popular y de la izquierda peronista. Las cifras exactas de muertos y heridos varían según las reconstrucciones históricas, pero el saldo fue enorme y el impacto político, irreversible. Ezeiza mostró que el peronismo ya estaba partido en dos y que la disputa por la conducción del movimiento había dejado de ser simbólica para convertirse en una pulseada armada por el control territorial, la seguridad del acto y el dominio del espacio público. La jornada fue también la señal de que la derecha peronista había logrado ocupar posiciones estratégicas en la organización y estaba dispuesta a impedir por la fuerza cualquier expresión autónoma de la militancia más combativa.

La izquierda peronista no logró advertir a tiempo la magnitud de ese giro. Su visión policlasista del movimiento, que había servido para pensar al peronismo como una alianza amplia de clases subalternas y sectores medios, le dificultó caracterizar con claridad el proceso en curso. Esa lectura, que había sido una fortaleza para la etapa de la proscripción y la resistencia, se volvió una debilidad frente a una interna que ya se había militarizado y donde la derecha del movimiento no estaba simplemente disputando ideas, sino construyendo dispositivos de control y de violencia. La izquierda peronista no sólo subestimó la profundidad de la fractura: tardó en reconocer que el enemigo ya no era un adversario interno más, sino una fracción decidida a resolver la disputa mediante el terror.

Gaspar Campos fue uno de los centros políticos clave de ese reordenamiento. Allí, en la residencia donde Perón se instaló a su regreso, se fueron definiendo alianzas, lealtades y orientaciones que consolidaron el ascenso de la ortodoxia peronista. No hace falta exagerar su peso para reconocer que funcionó como un espacio de concentración del poder político y de articulación con sectores sindicales y administrativos que favorecieron la marginación de la izquierda. En torno a ese núcleo se fue configurando el nuevo mapa interno del peronismo, cada vez más inclinado hacia la disciplina, el orden y la eliminación de toda disidencia que amenazara la conducción central.

A partir de Ezeiza, la violencia política adquirió un carácter cada vez más sistemático. La Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, se consolidó como una organización parapolicial de ultraderecha orientada a perseguir, amenazar y eliminar militantes de izquierda, dirigentes sindicales combativos, intelectuales, abogados, periodistas y opositores. Su función no era solamente eliminar personas: era producir miedo, desorganizar al campo popular y disciplinar políticamente al conjunto de la sociedad. La Triple A operó con una lógica de terror selectivo y con apoyos que incluyeron sectores policiales, cuadros de inteligencia y franjas del sindicalismo peronista ortodoxo. No fue una banda aislada, sino un dispositivo de poder con articulaciones estatales y paraestatales.

En ese entramado, Avellaneda ocupó un lugar particularmente sensible. Era un distrito de fuerte presencia obrera, sindical e industrial, y por eso mismo un territorio estratégico para cualquier política de control o de resistencia. Allí gobernaba Herminio Iglesias, una figura central del peronismo local, en años en que la ciudad quedó atravesada por la creciente violencia interna del movimiento. Avellaneda no fue un escenario marginal de la historia nacional, sino uno de los espacios donde se sintió con especial intensidad el avance de la persecución política, las amenazas, las intervenciones y los asesinatos que formaron parte del clima de terror impulsado primero por la derecha peronista y luego profundizado por la Triple A. En una ciudad así, el poder municipal no era un dato menor: se insertaba en una trama mucho más amplia de disputa por el control del territorio, del sindicalismo y del orden público.

La referencia a José Ignacio Rucci debe hacerse con cautela. Fue una figura clave del sindicalismo peronista y tuvo una gravitación enorme en la definición del clima político de esos años. Representó una línea de endurecimiento frente a la izquierda peronista y fue parte del bloque que contribuyó al corrimiento del peronismo hacia posiciones más autoritarias. Sin embargo, atribuirle de manera categórica la organización de Ezeiza exige una prueba documental específica que no conviene forzar. Lo históricamente sólido es ubicarlo como parte del entramado de poder que habilitó el clima de hostilidad y de violencia que hizo posible la masacre.

La continuidad de ese proceso quedó sellada con el avance represivo de 1974 y 1975, y luego con el golpe de Estado de 1976. La violencia paraestatal que la Triple A había anticipado se transformó después en terrorismo de Estado abierto, con desaparición forzada, centros clandestinos de detención y exterminio sistemático. La dictadura llevó al extremo industrial la lógica de la eliminación del adversario político, pero no creó desde cero el clima de persecución. Ese clima había sido preparado por la descomposición interna del peronismo, por la consolidación de la derecha dentro del movimiento y por la naturalización de la violencia como herramienta política.

Con la recuperación democrática en 1983, la izquierda peronista sobreviviente entró en una etapa de reacomodamiento profundo. El trauma de la represión, la derrota estratégica de los setenta y la pérdida de referencia en los viejos marcos de militancia obligaron a muchas de esas corrientes a abandonar la idea de una ruptura revolucionaria dentro del peronismo y a reinsertarse en la política institucional bajo nuevas condiciones. En ese recorrido, una parte importante de ese universo terminó convergiendo, al menos en términos electorales y de gobernabilidad, con el proyecto de Carlos Menem en 1989. Ese apoyo no fue homogéneo ni lineal, pero sí expresa una mutación de fondo: sectores que en los setenta habían pensado el peronismo como vehículo de liberación terminaron respaldando un peronismo ya plenamente integrado a la lógica de la estabilidad estatal, la negociación permanente y el ajuste neoliberal.


Esa transformación se explica por el agotamiento de una época. La izquierda peronista ya no era la misma después de la represión, del exilio, de la derrota y de la transición democrática. El Menem de 1989 apareció para muchos como una salida pragmática frente al colapso económico y a la crisis del sistema político. Pero ese viraje también mostró hasta qué punto el peronismo había mutado, de la esperanza de transformación nacional y popular a una forma de gestión del poder mucho más adaptada a las exigencias del capitalismo periférico y del orden institucional. En ese sentido, el recorrido que va de Ezeiza a Menem expresa no sólo una serie de acontecimientos, sino una transformación histórica de largo plazo en la cultura política argentina.


Ese derrumbe se vuelve todavía más visible cuando se mira la deriva posterior de algunas de sus figuras y de su cultura política. Sergio Massa, que tuvo sus primeros pasos en la UCD, terminó convirtiéndose en una pieza central del peronismo contemporáneo y en un candidato capaz de condensar, en nombre de la amplitud y la gobernabilidad, una identidad cada vez más vaciada de contenido propio. Y el gesto de Axel Kicillof de encabezar el homenaje a José Ignacio Rucci el 20 de octubre de 2025 en La Plata, con el descubrimiento de una placa y la nueva denominación de un tramo de la calle 36 entre 2 y 3, en la sede de la CGT regional y en el marco de un plenario de la central obrera, terminó de poner en escena esa descomposición simbólica. El peronismo, que alguna vez se pensó como síntesis de lo nacional y lo popular, aparece hoy como una maquinaria que homenajea sus propias zonas más oscuras mientras intenta seguir administrando poder. 

Si además sectores de su entramado parlamentario y territorial acompañan reformas laborales impulsadas por Milei, el cuadro ya no es de simple adaptación, sino de derrumbe político e ideológico: un movimiento que dejó de discutir su rumbo para acostumbrarse a sobrevivir en cualquier marco, incluso en aquel que desmiente todo lo que dijo ser.

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