Carrascosa, el capitán que le gambeteó a la dictadura genocida



Por Raúl Valle

Jorge Omar Carrascosa nació el 15 de agosto de 1948 en Valentín Alsina, a las afueras de Buenos Aires, en una Argentina donde el potrero aún era la primera escuela de fútbol y los clubes de barrio, el segundo hogar de cualquier niño que soñara con jugar al fútbol. Su llegada al fútbol grande llegó de la mano de Banfield, donde debutó profesionalmente en 1967 como goleador por la banda izquierda, una posición que transformó en algo más que un simple defensa, un rústico, era un extremo con despliegue, ida y vuelta, firmeza en el mano a mano y una personalidad tranquila pero muy fuerte, de esos que gobiernan desde el silencio. 

Tras consolidarse en Banfield, en 1970 se trasladó a Rosario Central, y allí dio un salto deportivo y simbólico, se convirtió en el lateral izquierdo titular de un equipo que en 1971 rompió la hegemonía de los grandes porteños y se coronó campeón del Nacional, siendo asociado con una de las hazañas más queridas del club rosarino. En esos años también se ganó su lugar en la Selección Argentina e incluso jugó el Mundial de Alemania 1974, donde ya empezaba a ser visto como un defensor confiable, sobrio, sin estridencias, más preocupado por la solidez colectiva que por la brillantez personal.

En 1973, se produjo el fichaje que lo marcaría para siempre, su llegada a Huracán, el equipo que César Luis Menotti convirtió en un símbolo del juego ofensivo y los toques cortos, y que se coronó campeón del Metropolitano ese año. En aquel Huracán, Carrascosa fue mucho más que un extremo, fue referente, capitán, garantía de equilibrio en la zaga de un equipo que deleitaba con Houseman, Babington, Brindisi y Avallay, y encarnó al tipo de jugador que acompaña a los talentosos haciendo el trabajo menos visible, pero esencial, manteniendo la estructura, la marca, la salida limpia desde el fondo. Su estilo se puede definir como el de un goleador clásico pero muy técnico, con lectura del juego, buen posicionamiento, criterio para atacar y, sobre todo, una ética de juego que lo distanció del éxito barroco y del valor del todo. Con la llegada de Menotti a la Selección, a quien ya conocía de Huracán, Carrascosa se consagró como capitán de Argentina y se perfilaba como el que llevaría la cinta en el Mundial 78 organizado por la dictadura. Acababa de jugar el Mundial 74, estaba en plena forma física y futbolística, y Menotti lo vio como el líder ideal de un equipo que debía afrontar la enorme presión de jugar un Mundial en casa.

Sin embargo, el 13 de enero de 1978, tomó una decisión que lo apartó para siempre de la trayectoria habitual de un futbolista profesional, renunció a la Selección Nacional y le pidió al entrenador que no lo incluyera en la prelista que viajaría a Mar del Plata para comenzar a entrenar. Nunca dio una explicación que se redujera a un simple eslogan; al contrario, siempre habló de una suma de factores, dijo que se estaba cansando de muchas cosas que distorsionaban la esencia del fútbol, ​​dentro y fuera de la cancha, que sentía que el país no estaba en condiciones de organizar un Mundial y que no quería traicionarse. En diferentes entrevistas, insistió en que su decisión se debía a su conciencia, afirmó que renunció para tener la conciencia tranquila, que en otras circunstancias similares que hubiera atravesado por el país tampoco habría jugado y que hizo lo que sintió, aun sabiendo el costo que tendría para su carrera. No habló con tono panfletario ni se proclamó héroe, pero quedó claro al marcar que para él lo más importante eran los valores fundamentales, la familia, la libertad de decisión, y que el clima general —la presión, el uso del fútbol, ​​la situación del país— lo hacía sentir mal y le impedía afrontar un Mundial como si nada hubiera pasado. Esa renuncia le abrió la puerta a Daniel Passarella para heredar el brazalete de capitán y terminar levantando la Copa en el Monumental, mientras Carrascosa veía el Mundial por televisión, anónimo y firme en su convicción de que, para él, era incompatible continuar en ese puesto.

Jorge Carrascosa nunca dijo públicamente "No juego para la dictadura", ni propuso su renuncia como un boicot explícito al régimen dictatorial, pero su decisión tampoco puede desvincularse por completo del clima político en el que se disputó ese Mundial. En sus propias declaraciones, cuando se le pregunta por el motivo de su renuncia, siempre repite dos ideas: que renunció "para tener la conciencia tranquila" y que estaba cansado de "muchas cosas que distorsionaban la esencia del fútbol, ​​dentro y fuera de la cancha". 

Esto lo sitúa en un registro más ético y existencial que estrictamente partidista. No pronuncia discursos contra la Junta, pero sí indica que había algo en el ambiente general, en la forma en que se vivía y se practicaba el fútbol, ​​que lo hacía sentir mal y lo llevaba a pensar que no era "10 puntos" física, mental y espiritualmente para vestir esa camiseta en ese contexto. Cuando se le pregunta directamente si la dictadura fue la razón principal, suele matizar, diciendo que "específicamente, no influyó de la forma que uno podría imaginar", que habla de deportes, pero al mismo tiempo deja frases contundentes, como que "en otras circunstancias similares por las que atravesó nuestro país, él tampoco habría jugado", que no habría ido a un Mundial mientras Argentina estaba en guerra. 

No reconoció su renuncia como un gesto político directo contra Videla, pero sí deja claro que, para él, un Mundial no se puede jugar como si fuera otra cosa cuando el país atraviesa situaciones muy graves. La dictadura aparece en sus palabras como parte de ese "poco" que lo agota y lo empuja a distanciarse, un contexto de uso del fútbol como ventana, de presión, silencios y cosas que, en su opinión, traicionan la esencia del juego.

También es cierto que Carrascosa estuvo marcado por ciertos acontecimientos muy específicos, haber sido capitán de la Selección Nacional el 24 de marzo de 1976 en el amistoso contra Polonia, mientras se producía el golpe, le dio una idea muy clara de lo que significaba estar en la cancha mientras el país se hundía en otra cosa. Y con el tiempo, al hablar del Mundial 78, insiste en que «Argentina no estaba en condiciones de organizar su primer Mundial», que la responsabilidad era demasiado grande y que eligió postularse para no ser parte de algo con lo que no estaba en paz. No se queja ni utiliza el lenguaje de las organizaciones de derechos humanos, pero su decisión está atravesada por la conciencia de que el Mundial también fue una operación política de la Junta. Por eso muchos interpretaron su renuncia como un gesto de conciencia contra la dictadura, aunque él, fiel a su estilo, la formula en clave íntima y moral más que como un eslogan, como la decisión de no traicionarse a sí mismo en medio de un país y un fútbol que sentía profundamente distorsionados.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

¿Qué hacen en Fate?

La Crisis del Peronismo y el Resurgimiento de la Izquierda: Un Análisis de la Política Argentina Contemporánea

Alejandro Guerrero, Militante Incansable y Educador Revolucionario